sábado, diciembre 30, 2006

Jesús, Hijo de Dios y de María y de José


El tiempo de Navidad ofrece varias fiestas que nos ayudan a percibir distintos motivos en ese retablo compuesto por la infancia de Jesús. Una de ellas es la fiesta de la Sagrada Familia; otra, íntimamente relacionada con ella, la Maternidad divina de María. La víspera de esta celebración se conmemora el final del año civil, día de balance, agradecimiento, propósitos para el nuevo año –mucho más eficaces que las cábalas–. 

San Josemaría predicaba en una fiesta de la Sagrada Familia: «Estamos en Navidad. Los diversos hechos y circunstancias que rodearon el nacimiento del Hijo de Dios acuden a nuestro recuerdo, y la mirada se detiene en la gruta de Belén, en el hogar de Nazareth. María, José, Jesús Niño, ocupan de un modo muy especial el centro de nuestro corazón. ¿Qué nos dice, qué nos enseña la vida a la vez sencilla y admirable de esa Sagrada Familia? Entre las muchas consideraciones que podríamos hacer, una sobre todo quiero comentar ahora. El nacimiento de Jesús significa, como refiere la Escritura, la inauguración de la plenitud de los tiempos, el momento escogido por Dios para manifestar por entero su amor a los hombres, entregándonos a su propio Hijo. Esa voluntad divina se cumple en medio de las circunstancias más normales y ordinarias: una mujer que da a luz, una familia, una casa. La Omnipotencia divina, el esplendor de Dios, pasan a través de lo humano, se unen a lo humano. Desde entonces los cristianos sabemos que, con la gracia del Señor, podemos y debemos santificar todas las realidades limpias de nuestra vida. No hay situación terrena, por pequeña y corriente que parezca, que no pueda ser ocasión de un encuentro con Cristo y etapa de nuestro caminar hacia el Reino de los cielos. No es por eso extraño que la Iglesia se alegre, que se recree, contemplando la morada modesta de Jesús, María y José. “Es gratorecordar la pequeña casa de Nazareth y la existencia sencilla que allí se lleva, celebrar con cantos la ingenuidad humilde que rodea a Jesús, su vida escondida. Allí fue donde, siendo niño, aprendió el oficio de José; allí donde creció en edad y donde compartió el trabajo de artesano. Junto a El se sentaba su dulce Madre; junto a José vivía su esposa amadísima, feliz de poder ayudarle y de ofrecerle sus cuidados”». —se reza en el Himno de maitines de esta fiesta— (San Josemaría. Es Cristo que pasa, n. 22)

La Iglesia hace coincidir el inicio del año civil con la fiesta de Santa María, Madre de Dios. El Apóstol Pablo escribe, en uno de los primeros textos del Nuevo Testamento (Gal 4, 4-7), la importancia de la filiación mariana de Jesús: «Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su propio Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo el dominio de la ley, para liberarnos del dominio de la ley y hacer que recibiéramos la condición de hijos adoptivos de Dios. Y la prueba de que ustedes son hijos es que Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que grita: ¡Padre! De modo que ya no eres siervo, sino hijo, y como hijo, también heredero por gracia de Dios». Se cumple de esa manera la bendición que Dios había prometido en el Antiguo Testamento (Números 6, 22-27): «El Señor te bendiga y te proteja; haga resplandecer su rostro sobre ti y te conceda su favor; que el Señor te mire con benevolencia y te conceda la paz. Así invocarán mi nombre sobre los israelitas, y yo los bendeciré». 

Veíamos en la noche de Navidad la revelación del nombre de Jesús como Salvador. Hoy sigue insistiendo la liturgia en que ese Mesías ha querido tomar la forma de hijo: en distintas ocasiones y de muchas maneras, habló Dios en el pasado a nuestros antepasados por boca de los profetas; ahora, en estos tiempos, nos ha hablado por medio de su Hijo. Así lo predicaba el cardenal Ratzinger en un retiro espiritual en el Vaticano: «El título central de Jesús, el que más propiamente expresa su dignidad, es el de “Hijo”. […] La orientación total de su vida, el motivo originario y el objetivo que la modelaron, se expresan en una palabra: Abbá, Padre amado. Jesús sabía que nunca estaba solo: aquel a quien llamaba Padre siguió volcándose en Él hasta el último grito sobre la cruz. Únicamente así es posible comprender que no haya querido llamarse rey, ni señor, sino utilizando una palabra que podríamos traducir también por “niño”. Podemos, pues, afirmar: la infancia tiene en la predicación de Jesús una significación tan extraordinaria porque es ella la que con mayor profundidad responde al misterio más personal de Jesús, a su filiación. Su dignidad más elevada, que remite a su divinidad, no es un poder que él posea en definitiva; se funda sobre su estar vuelto hacia el Otro: Dios, el Padre. […] Jeremias dice con mucho acierto que ser niños, en el sentido de Jesús, significa aprender a decir Padre».

Es lo que se ve en la escena del establo de Belén (Lucas 2,16-21): «los pastores fueron de prisa y encontraron a María, a José y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que el ángel les había dicho de este niño. Y cuantos escuchaban lo que decían los pastores, se quedaban maravillados. María, por su parte, conservaba todos estos recuerdos y los meditaba en su corazón. Los pastores regresaron glorificando y alabando a Dios, porque todo cuanto habían visto y oído era tal como les habían dicho. A los ocho días, cuando lo circuncidaron, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel ya antes de la concepción». Los pastores encuentran a Jesús en medio de su familia terrenal. Sus padres ejercen su papel dándole nombre, mostrándolo al mundo como hijo de su hogar. 

También nosotros somos hijos, formamos parte de una familia que debemos construir diariamente con nuestra alegría, perdón, pobreza, trabajo. Y también podemos, como Jesús, José y María, convertir esas relaciones cotidianas en ocasión de encuentro con la Familia del cielo, con la Trinidad: El Padre, nuestro Hermano Jesucristo y el Amor que es el Espíritu Santo.

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