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Vida de fe


En los comienzos de la predicación de Jesucristo, los sinópticos narran que estableció su sede en Cafarnaúm, importante ciudad de predominio judío, a la que asistirían los hebreos de los pueblos vecinos. En su sinagoga predicaría algunas veces, como preparación o refuerzo de la catequesis itinerante por Galilea. 

En una de esas ocasiones, cuenta San Lucas (4, 31-37) que “había en la sinagoga un hombre poseído por un demonio inmundo, que se puso a gritar muy fuerte: "¿Qué tenemos nosotros que ver contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a destruirnos? Yo sé quién eres: el Santo de Dios". Pero Jesús le ordenó: "¡Cállate y sal de ese hombre!" Entonces el demonio tiró al hombre por tierra en medio de la gente, y salió de él sin hacerle daño. Todos se llenaron de asombro y se decían unos a otros: "¿Qué tendrá su palabra? Manda con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y éstos se salen". Y su fama se extendía por todos los lugares de la región.  

En ocasiones se hace difícil vivir de fe: el Evangelio habla de un hombre poseído por el demonio. A veces parece como si fuese toda una sociedad, las clases dominantes, los medios de comunicación, los que son impermeables al mensaje evangélico (que no es simplemente religioso, sino un anuncio que muestra la clave para encontrar la felicidad humana). Es como si en el ambiente se escuchara esa pregunta, dirigida por los poderosos: "¿Qué tenemos nosotros que ver contigo, Jesús Nazareno?

El Siervo de Dios Alcide De Gasperi, uno de los «padres de Europa», escribía a su esposa: «Hay hombres de prensa, hombres de poder, hombres de fe. Yo quisiera ser recordado entre estos últimos». [30 Giorni, 2004, XXII (9):48]. San Josemaría también invitaba al optimismo en esas situaciones difíciles, un optimismo basado en la fe en Jesucristo. Decía que, si bien es posible que muchas veces triunfe aquí el enemigo de Dios, eso no puede retraer de trabajar a los cristianos, porque Cristo también está aquí triunfando, en medio de los hombres. Y contemplando la escena del exorcismo, se llenaba de ilusión: Todas las criaturas -también Satanás y sus espíritus malignos- se rinden ante la majestad de Jesucristo y le sirven. El Señor sigue triunfando ahora en medio de los hombres. Cristo no ha fracasado: su vida y su doctrina están fecundando continuamente la tierra. Concluía, lleno de ánimo: ¡Optimistas, pues! Son palabras que nos tienen que servir de impulso, que nos deben llevar a una más intensa vida de fe, a la luz del Magisterio del actual Pontífice.

En una reciente homilía (15-VIII-2006), Benedicto XVI consideraba la fe de la Virgen María: “Escuchemos una vez más las palabras de Isabel, que se completan en el Magníficat de María: «Dichosa la que ha creído». El acto primero y fundamental para transformarse en morada de Dios y encontrar así la felicidad definitiva es creer, es la fe en Dios, en el Dios que se manifestó en Jesucristo y que se nos revela en la palabra divina de la sagrada Escritura. Creer no es añadir una opinión a otras. Y la convicción, la fe en que Dios existe, no es una información como otras. Muchas informaciones no nos importa si son verdaderas o falsas, pues no cambian nuestra vida. Pero, si Dios no existe, la vida es vacía, el futuro es vacío. En cambio, si Dios existe, todo cambia, la vida es luz, nuestro futuro es luz y tenemos una orientación para saber cómo vivir. Por eso, creer constituye la orientación fundamental de nuestra vida. Creer, decir: «Sí, creo que tú eres Dios, creo que en el Hijo encarnado estás presente entre nosotros», orienta mi vida, me impulsa a adherirme a Dios, a unirme a Dios y a encontrar así el lugar donde vivir, y el modo como debo vivir. Y creer no es sólo una forma de pensamiento, una idea; como he dicho, es una acción, una forma de vivir. Creer quiere decir seguir la senda señalada por la palabra de Dios".

Al comienzo del Sínodo de los Obispos sobre la Eucaristía (03-10-05), comentaba a los prelados las palabras de 2 Co 13, 11 (“Hermanos, alegraos; sed perfectos; animaos; tened un mismo sentir; vivid en paz, y el Dios de la caridad y de la paz estará con vosotros”). «Idem sapite»: sentimos detrás de la palabra latina la palabra «Sapor»: Tengan el mismo sabor por las cosas, tengan la misma visión fundamental de la realidad, con todas las diferencias que no sólo son legítimas sino necesarias, pera tengan «eundem sapore», tengan la misma sensibilidad. El texto griego dice «froneite», lo mismo. Es decir, tengan sustancialmente el mismo pensamiento. ¿En realidad cómo podremos conseguir conjuntamente un pensamiento común que nos ayude a guiar a la Santa Iglesia si no compartimos conjuntamente la fe que no está inventada por ninguno de nosotros, sino que es la fe de la Iglesia, el fundamento común que nos guía, sobre el cual estamos y trabajamos? Por lo tanto, es una invitación a que entremos siempre y nuevamente en este pensamiento común, en esta fe que nos precede. «Non respicias peccata nostra sed fidem Ecclesiae tuae» (no mires nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia): es la fe de la Iglesia que el Señor busca en nosotros y que también es el perdón de los pecados. Tener esta misma fe común. Podemos, debemos vivir esta fe, cada uno en su originalidad, pero siempre sabiendo que esta fe nos precede. Y debemos comunicarles a todos los demás la fe común. Este elemento ya nos hace superar el último imperativo, que nos trae la paz profunda entre nosotros.

Llegados a este punto, también podemos pensar en «touto froneite», en otro texto de la Carta a los Filipenses, al principio del gran himno al Señor, donde el Apóstol nos dice: tengan los mismos sentimientos de Cristo, entrar en la «fronesis», en el «fronein», en el pensamiento de Cristo. Por tanto, podemos tener la fe de la Iglesia conjuntamente, para que con esta fe entremos en los pensamientos y en los sentimientos del Señor. Pensar juntos con Cristo.

Esto es la última profundización de la advertencia del Apóstol: pensar con el pensamiento de Cristo. Y podemos hacerlo leyendo la Sagrada Escritura en la que los pensamientos de Cristo son Palabras, hablan con nosotros. En este sentido, debemos ejercer la «Lectio Divina», escuchar en las escrituras el pensamiento de Cristo, aprender a pensar con Cristo, a pensar el pensamiento de Cristo y, de esta manera, tener los pensamientos de Cristo, ser capaces de dar a los demás también el pensamiento de Cristo y los sentimientos de Cristo.

Por último, como ejemplo de ese modo de vida, propone en la Encíclica Deus Caritas est, n. 41, a la Madre de Dios y Madre nuestra:
“Entre los Santos, sobresale María, Madre del Señor y espejo de toda santidad. El Evangelio de Lucas la muestra atareada en un servicio de caridad a su prima Isabel, con la cual permaneció « unos tres meses » (1, 56) para atenderla durante el embarazo. « Magnificat anima mea Dominum », dice con ocasión de esta visita -« proclama mi alma la grandeza del Señor »- (Lc 1, 46), y con ello expresa todo el programa de su vida: no ponerse a sí misma en el centro, sino dejar espacio a Dios, a quien encuentra tanto en la oración como en el servicio al prójimo; sólo entonces el mundo se hace bueno. María es grande precisamente porque quiere enaltecer a Dios en lugar de a sí misma. (…) Es una mujer de fe: « ¡Dichosa tú, que has creído! », le dice Isabel (Lc 1, 45). El Magníficat -un retrato de su alma, por decirlo así- está completamente tejido por los hilos tomados de la Sagrada Escritura, de la Palabra de Dios. Así se pone de relieve que la Palabra de Dios es verdaderamente su propia casa, de la cual sale y entra con toda naturalidad. Habla y piensa con la Palabra de Dios; la Palabra de Dios se convierte en palabra suya, y su palabra nace de la Palabra de Dios. Así se pone de manifiesto, además, que sus pensamientos están en sintonía con el pensamiento de Dios, que su querer es un querer con Dios. Al estar íntimamente penetrada por la Palabra de Dios, puede convertirse en madre de la Palabra encarnada”.

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