sábado, enero 29, 2011

Las Bienaventuranzas, o los secretos del Reino


Celebramos el cuarto domingo del tiempo ordinario. Terminamos el primer mes, y ya tenemos las pinceladas maestras del cuadro que el evangelista Mateo nos ha querido pintar hasta ahora: después de las tentaciones en el desierto, aparece Jesús cumpliendo la profecía sobre la luz que ilumina a Galilea de los gentiles, el pueblo que andaba en la oscuridad. 

Aquel pasaje concluía mostrando con obras la autoridad de la predicación: Jesucristo sana a todos los enfermos de distintas procedencias, después de haber llamado a los primeros discípulos. Es profeta, maestro, médico. Es el Mesías.
Hoy veremos un marco distinto: ahora Mateo se desplaza de las playas de Genesaret a un monte, no sabemos cuál. Lo importante no es la ubicación geográfica, sino el simbolismo del gesto: Al ver Jesús a las multitudes, subió al monte; se sentó y se le acercaron sus discípulos; y abriendo su boca les enseñaba. El Papa (“Jesús de Nazaret”) explica que “con esta gran composición en forma de sermón, Mateo nos presenta a Jesús como el nuevo Moisés”. En este “sermón del monte”, Jesús enseña la Ley Nueva, como en otra época Moisés transmitía los mandatos que le había recordado el Señor en el Sinaí.
Sigue diciendo el Papa que “Jesús se sienta: un gesto propio de la autoridad del maestro; se sienta en la "cátedra" del monte (…) como maestro de Israel y como maestro de los hombres en general. (…) se sienta allí como el Moisés más grande, que extiende la Alianza a todos los pueblos”.
Tú y yo nos sentamos alrededor del Maestro, en un corrillo amplio que se debió formar en algún lugar aplanado, quizá coronando aquella montaña. Los exégetas dicen que en este discurso –uno de los cinco grandes sermones que constituyen el evangelio de Mateo- se resumen las grandes enseñanzas de Jesús. Podríamos decir que aquí están, en síntesis, los "secretos del Reino", para dar un título llamativo a esta meditación.
El Sermón del monte, los secretos del Reino. Se trata de una especie de Catecismo cristiano: la recopilación de las principales doctrinas de Cristo. Algunos pretenden ver en ellas una especie de abolición del Antiguo Testamento, de una "nueva ética". Y no es así, si por estas ideas se entiende comenzar desde cero.
Lo que el Señor pretende es mostrar el atajo, el camino expedito para ser buen discípulo suyo. O, si se quiere, nos enseña la “versión 2.0” (por decirlo con términos actuales). San Agustín y el pasaje del joven rico dan a entender que la Antigua Alianza es la cuota inicial: primero cumple los mandamientos, después, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres y ven y sígueme. 

Juan Pablo II cita al Santo de Hipona, en la misma línea, en el n. 13 de la Veritatis Splendor: “La primera libertad consiste en estar exentos de crímenes... como serían el homicidio, el adulterio, la fornicación, el robo, el fraude, el sacrilegio y pecados como éstos. Cuando uno comienza a no ser culpable de estos crímenes (y ningún cristiano debe cometerlos), comienza a alzar los ojos a la libertad, pero esto no es más que el inicio de la libertad, no la libertad perfecta.”
Para avanzar, para identificarnos con Cristo, hace falta acudir a este discurso, en el que están descritos los secretos de la predicación del Maestro. ¿Y cuáles son esos arcanos? La liturgia nos da una pista con la primera lectura que pone en paralelo –como todos los domingos- con el Evangelio. Se trata del profeta Sofonías (2,3; 3,12-13), un hombre que escribió un libro pequeño, un profeta menor, pero que anuncia la salvación de un “resto”, de un pequeño grupo de Israel.
¿Qué características tienen estas personas? –que son humildes, pobres (“anawim”): “Dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre, y pondrán su esperanza en el Nombre del Señor. Los restos de Israel no cometerán iniquidad, ni hablarán mentira, ni se encontrará en su boca lengua dolosa”. Esta idea se enriquece también con el salmo 145: “El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente, hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos, el Señor libera a los cautivos”.
Jesús presenta la clave para los destinatarios de su mensaje, más en concreto, para sus seguidores, para ti y para mí: de ellos no se espera que sean superhombres, que tengan capacidades extraordinarias, medios económicos abundantes, linaje o apariencia física. Al contrario, las personas que escoge para continuar su obra son en apariencia poca cosa: por linaje, por medios económicos, hasta por virtudes.


Así nos tenemos que considerar delante del Señor: pobres, hambrientos, cautivos. Piensa en tus deficiencias, en tus miserias -yo pienso en las mías- tantos propósitos incumplidos, tantos deseos santos que pretendemos hacer compatibles con un ritmo cansino, mediocre, egoísta, comodón. Solo reconociéndonos necesitados estaremos en capacidad de acoger con fruto la predicación del Señor:
—Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados. Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque quedarán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios. Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque suyo es el Reino de los Cielos.
—Bienaventurados los pobres de espíritu, los que lloran, los mansos, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los pacíficos, los que padecen persecución por causa de la justicia… ¡Qué escandalosa doctrina! Para algunos, se trata de una moral de borregos, ocasionada por el resentimiento de un cristianismo débil y falseado. Nietzsche llegará a proponer la alternativa: «Dionisio contra el Crucificado»: «he ahí la antítesis». Girard hace ver esta encrucijada una clave de la sociedad contemporánea: “la alternativa irreducible entre paganismo y cristianismo. El paganismo exalta el sacrificio del débil a favor del fuerte y del progreso de la vida; el cristianismo exalta el sacrificio del fuerte a favor del débil” (citado por Cantalamessa, 16-III-2007).
No hace falta ser Nietzsche para darse cuenta de que este sermón va contra toda la corriente dominante en nuestra sociedad “dionisíaca”, en las sociedades de todos los tiempos.  Y precisamente ahí radica “la fuerza de la locura cristiana”, como diría T. Goritcheva: en el sacrificio de Dios –el más fuerte- por los hombres débiles de todos los tiempos.
Curiosamente, el Compendio del Catecismo describe estas bienaventuranzas como “el camino que lleva a la felicidad sin fin” (359). Para explicar la importancia que tienen para nosotros, también indica este libro que “las Bienaventuranzas son el centro de la predicación de Jesús; recogen y perfeccionan las promesas de Dios, hechas a partir de Abraham. Dibujan el rostro mismo de Jesús, y trazan la auténtica vida cristiana, desvelando al hombre el fin último de sus actos: la bienaventuranza eterna” (360).
Dibujan el rostro mismo de Jesús, que fue el primer pobre, manso, misericordioso, limpio, pacífico, y que ha asumido en su carne divina toda lágrima y padecimiento por la justicia, por nosotros los pobres y débiles. Y este redentor solo espera que utilicemos, como guía para encontrar la felicidad sin fin, su ejemplo.
El Papa explica esa paradoja de encontrar la felicidad en la Cruz: “El poder de Dios se manifiesta ahora en su mansedumbre; su grandeza, en su sencillez y cercanía. Pero no por ello resulta menos abismal. Lo que antes se expresaba en forma de huracán, fuego o terremoto, ahora toma la forma de la cruz, del Dios que sufre, que nos llama a entrar en ese fuego misterioso, en el fuego del amor crucificado”.
En tiempos de Moisés, la señal de la presencia divina eran los fenómenos atmosféricos que generaban temor: la zarza ardiente, los huracanes, el terremoto. Con Cristo, el Moisés más grande, que extiende la Alianza a todos los pueblos, los signos son de otro tipo: el fuego misterioso ya no quema la zarza sin consumirla, sino que arde en el Corazón divino, entregado por amor  hasta el extremo, hasta la muerte en la Cruz. Con ese fuego misterioso se cumplen las palabras de Jesús: "Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos".

Concluye el Papa diciendo que el "Sermón de la Montaña" es la nueva Torá –la Nueva Ley, cumplimiento de la Antigua-que trae Jesús. Así como fue necesario que Moisés, para traer su Torá, se internara en la oscuridad de Dios en la montaña, así también “para la Torá de Jesús se requiere previamente la inmersión en la comunión con el Padre, la elevación íntima de su vida, que se continúa en el descenso en la comunión de vida y sufrimiento con los hombres”.
El sermón del monte es el secreto de la felicidad. En Él, Cristo nos muestra su amor, enseñándonos la clave para gozar la vida aquí en la tierra y por toda la eternidad, que consiste en unirnos a la Trinidad y, al mismo tiempo, asumir el sufrimiento en esta vida. 

Esta es la clave para entender el dolor humano: Jesús quiso asumirlo para enseñarnos a encontrar en él un modo de unirnos a todos los hombres y para llevarlos a Dios. De este modo, la Cruz pasa de ser un lugar maldito a convertirse en altar de sacrificio, de “fuego misterioso”, de amor, de comunión y, por tanto, de felicidad.
Esta es la única manera de satisfacer verdaderamente todas las aspiraciones del corazón humano: la justicia, el amor, la caridad. Por eso enseña el Compendio que “Las Bienaventuranzas responden al innato deseo de felicidad que Dios ha puesto en el corazón del hombre, a fin de atraerlo hacia Él, el único que lo puede satisfacer” (361).
Cuando el Catecismo explica las Bienaventuranzas (n. 1717), enseña que ellas quedan inauguradas en la vida de la Virgen María y de todos los santos. Precisamente de María tenemos un precioso autorretrato, cuando exulta, ante su prima Isabel, por las maravillas de la vocación que Dios le ha dado: “Proclama mi alma las grandezas del Señor,  y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador: porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava”.
En María quedan inauguradas las Bienaventuranzas, porque ella forma parte de ese “resto de Israel” que anunciaba el profeta Sofonías. Ella es “pobre de espíritu”, reconoce que la excelsitud de su llamada se debe a la misericordia divina que puso los ojos en la humildad, en la pobreza, de quien no quiere tener otro título más digno que el de “esclava del Señor”.
Unidos a nuestra Madre, concluyamos nuestra oración. Señor: te damos gracias por revelarnos este atajo para ser felices. Por enseñarnos que la verdadera felicidad no consiste en buscar nuestro bienestar personal a como dé lugar, sino en aprender de Ti, de tu ejemplo, que en el olvido de nosotros mismos, poniendo en Ti nuestra esperanza, sabiéndonos “pobres de espíritu”, necesitados de tu ayuda, es como podremos servir mejor a los demás y como encontraremos la alegría eterna.

Luz del mundo


Estamos en los comienzos del tiempo ordinario de un nuevo año litúrgico, y comentaremos en estas semanas el Evangelio de Mateo, que se caracteriza por mostrar a Jesús como el Mesías prometido. En el tercer domingo, nos presenta al Maestro que comienza su ministerio en Galilea. Acaban de pasar las tentaciones del desierto, y el evangelista presenta a Jesús en esa zona con un fin específico: mostrar que en Él se cumplen las promesas del Antiguo Testamento.
¿Por qué comienza en Galilea su vida pública? En aquel entonces, aquella región se denominaba “Galilea de los gentiles” o “de los paganos”. Había sido un destino de deportación de inmigrantes que el Imperio enviaba desde diversas zonas. De ahí el nombre. Y quizá por eso exclamará Natanael: ¿de Nazaret puede venir algo bueno? Por eso, explica Benedicto XVI, Mateo afronta la “sorpresa de que el Salvador no viniera de Jerusalén y Judea, sino de una región que ya se consideraba medio pagana”. De este modo, lo que podría considerarse una desventaja apologética pasa a ser un argumento a favor: la procedencia galilea de Jesús “es en realidad la prueba de su misión divina”.
El contexto viene desde el libro de Isaías, quien profetizó en medio del destierro, muchos siglos antes, lo siguiente (8,23-9,9): “Así como en el tiempo primero menospreció la tierra de Zabulón y la tierra de Neftalí, en el tiempo postrero honrará el camino del Mar, al otro lado del Jordán, la Galilea de los gentiles. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz, a los que habitaban en tierra de sombras de muerte, les ha brillado una luz”.
Es un pasaje muy citado en la liturgia de Navidad, pues continúa con la profecía sobre el Niño que ha nacido. Pero en esta ocasión quedémonos con la alusión a la luz, con la que comienza el pasaje de Mateo: “Cuando oyó que Juan había sido encarcelado, se retiró a Galilea. Y dejando Nazaret se fue a vivir a Cafarnaún, ciudad marítima, en los confines de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías (…). Desde entonces comenzó Jesús a predicar y a decir: —Convertíos, porque está al llegar el Reino de los Cielos”.
Esa gran luz que aparece en tierra de tinieblas es Jesucristo. Mateo lo presenta predicando el mismo mensaje de Juan, pero con una perspectiva diferente: el Precursor anunciaba su próxima venida, Jesucristo manifiesta que ha llegado la basileia, el Reino, la soberanía de los Cielos. Así lo resume el Concilio Vaticano II: «El Señor Jesús comenzó su Iglesia con el anuncio de la Buena Noticia, es decir, de la llegada del Reino de Dios prometido desde hacía siglos en las Escrituras (...). Este Reino se manifiesta a los hombres en las palabras, en las obras y en la presencia de Cristo» (LG, 5).
La primera condición que pone Jesús para acceder a ese reino es la conversión, retomando la predicación de Juan Bautista, cuando anunciaba su cercanía. Convertíos. “El Señor no se contenta compartiendo: lo quiere todo. Y acercarse un poco más a Él quiere decir estar dispuesto a una nueva conversión, a una nueva rectificación, a escuchar más atentamente sus inspiraciones, los santos deseos que hace brotar en nuestra alma, y a ponerlos por obra” (San Josemaría, Es Cristo que pasa, 58).
Señor: al inicio de un nuevo año, al regresar a la vida ordinaria, te presentamos nuestros deseos de cambio, de una mudanza más profunda, de una nueva conversión. Ayúdanos a prepararnos para vivir este año más conscientes de que participamos de tu Reino, de que estamos siempre a tu lado. Queremos rectificar de nuevo, escuchar más atentamente tus inspiraciones, tus santos deseos y –con tu gracia- esperamos ponerlos por obra.
2. El Evangelio continúa la peregrinación de Jesucristo por Galilea: “Mientras caminaba junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón el llamado Pedro y Andrés su hermano, que echaban la red al mar, pues eran pescadores. Y les dijo: —Seguidme y os haré pescadores de hombres. Ellos, al momento, dejaron las redes y le siguieron. Pasando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y Juan su hermano, que estaban en la barca con su padre Zebedeo remendando sus redes; y los llamó. Ellos, al momento, dejaron la barca y a su padre, y le siguieron”.
La misión pública de Jesucristo incluye la llamada al apostolado. Lo hace de un modo diferente al que usaban los rabinos de aquella época, que andaban predicando y esperaban que algunos oyentes les siguieran después de sus discursos. Jesús mismo es quien llama, “eligió a los que quiso”, dice San Lucas.
Llama la atención la rápida respuesta de aquellos hombres: “al momento”, dice Mateo que respondieron estos cuatro primeros discípulos. San Josemaría recomendaba imitarlos en su prontitud: “No tengas miedo, ni te asustes, ni te asombres, ni te dejes llevar por una falsa prudencia. La llamada a cumplir la Voluntad de Dios —también la vocación— es repentina, como la de los Apóstoles: encontrar a Cristo y seguir su llamamiento... —Ninguno dudó: conocer a Cristo y seguirle fue todo uno” (Forja, n. 6).
Seguir a Cristo en su labor de almas es una necesidad urgentísima en el momento actual. Así lo expresa el Papa en su entrevista “Luz del mundo” (cuyo título es muy apropiado para el tema de esta meditación): “nos encontramos realmente en una era en la que se hace necesaria una nueva evangelización, en la que el único evangelio debe ser anunciado en su inmensa, permanente racionalidad y, al mismo tiempo, en su poder, que sobrepasa la racionalidad, para llegar nuevamente a nuestro pensamiento y nuestra comprensión” (p. 146).
Y en este papel juegan un papel muy importante los laicos. Se trata de un apostolado de la inteligencia, de llevar a todos los ambientes el “evangelio de evidencia” de la propia vida, en las distintas profesiones, para anunciar la permanente racionalidad evangélica, encarnada en nuestra labor cotidiana, que de ese modo llegará al pensamiento y a la comprensión de nuestros contemporáneos.
Con esa fe animaba San Josemaría al apostolado después de la guerra, con unas palabras que no pierden actualidad: “Nunca ha estado nuestra juventud más noblemente revuelta que ahora. Sería un remordimiento grande dejar sin provecho, sin aumento de nuestra familia, esos ímpetus y esas realidades de sacrificio, que indudablemente se ven —en medio de tantas otras cosas, que callo— en los corazones y en las obras de vuestros compañeros de estudios y de trincheras y posiciones y parapetos. Sembrad, pues: yo os aseguro, en nombre del Amo de la mies, que habrá cosecha. Pero, sembrad generosamente... Así, ¡el mundo!”
3. La tercera parte de esta presentación del Mesías describe cómo refrendaba su predicación con signos milagrosos: Recorría Jesús toda la Galilea enseñando en las sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y dolencia del pueblo. Comenta el Papa: “Jesús quiere revelar el rostro del verdadero Dios, el Dios cercano, lleno de misericordia hacia todo ser humano; el Dios que nos da la vida en abundancia, su misma vida. En consecuencia, el reino de Dios es la vida que triunfa sobre la muerte, la luz de la verdad que disipa las tinieblas de la ignorancia y de la mentira”.
Qué importante es ver a Jesús que fundamenta su labor apostólica en unos pobres pescadores y en la curación del sufrimiento. Para que nos quede claro que en nuestro apostolado hemos de tener los mismos medios: todo el pobre trabajo que podamos poner nosotros pero, ante todo, la gracia. El Evangelio y el crucifijo. La Palabra y la Eucaristía.
Así resumía San Josemaría su antropología del sufrimiento: “- Niño. - Enfermo. - Al escribir estas palabras, ¿no sentís la tentación de ponerlas con mayúscula? Es que, para un alma enamorada, los niños y los enfermos son Él” (Camino, n. 419). Este punto es el resumen de un pensamiento más extenso: “Los nuestros, a fin de convertirse en hombres de Dios, dedicarán al principio una buena parte de su actividad a la catequesis de niños y a la visita de enfermos. Para hacerse entender de los primeros, habrán de humillar su inteligencia: para comprender a los pobres enfermos, tendrán que humillar su corazón. Y así, de rodillas su entendimiento y su carne, les será fácil llegar a Jesús, por el camino seguro del conocimiento de la miseria humana, de la miseria propia, que les llevará a anonadarse, para dejar a Dios que construya sobre su nada” (Apunte del 110332, citado en Camino. Edición Histórico-crítica, n. 419).
Acudimos a la Santísima Virgen para que también nosotros sintamos, ahora que comienza el año laboral, el “sígueme” que nos dirige su Hijo, que nos lleve a una conversión renovada para ser también apóstoles y curemos las necesidades de nuestros amigos con la doctrina del Maestro. ¡Santa María, Reina de los Apóstoles, ruega por nosotros!

viernes, enero 21, 2011

Humildad: conviene que Él crezca


En esta última semana de Navidad, hemos visto a Jesús como el Mesías anunciado. Sus obras milagrosas lo confirman: la multiplicación de los panes y de los peces, su caminar sobre las aguas, la curación del leproso. Hoy, la Liturgia de la  Palabra nos aproxima a la celebración del Bautismo del Señor, que será el próximo domingo: “Jesús fue con sus discípulos a la región de Judea, y allí convivía con ellos y bautizaba. También Juan estaba bautizando en Ainón, cerca de Salim, porque allí había mucha agua, y acudían a que los bautizara–porque aún no habían encarcelado a Juan”. 
El cuarto Evangelio nos muestra a San Juan Bautista cumpliendo su misión de Precursor. Él anuncia la inminente llegada del Mesías e insiste en la importancia de prepararse con una conversión radical. Las multitudes se congregan para escuchar este mensaje y responden con generosidad a su propuesta: hacen una especie de confesión general de sus pecados ante Juan y manifiestan su deseo de enmienda con el símbolo externo del bautismo. Desde luego, todavía no se habían instituido los sacramentos de la Nueva Ley de Cristo, pero los gestos de Juan y del pueblo preparaba el terreno para la predicación de Jesús.
Predicaba San Josemaría, considerando la predicación del Bautista: “Hijo mío, ¿cómo vas? ¿Qué tal te preparas para un examen más rígido, con una petición de gracias al Señor, para que tú le conozcas a Él, y te conozcas a ti mismo, y de esta manera puedas convertirte de nuevo? Debes pensar en tu vida y pedir perdón. Porque el Señor está dispuesto a darnos la gracia siempre, y especialmente en estos tiempos; la gracia para esa nueva conversión, para la ascensión en el terreno sobrenatural; esa mayor entrega, ese adelantamiento en la perfección, ese encendernos más” (Apuntes de la predicación, 2-III-52).
“Se originó una discusión entre los discípulos de Juan y un judío acerca de la purificación. Y fueron a Juan a decirle: —Rabbí, el que estaba contigo al otro lado del Jordán, de quien tú diste testimonio, está bautizando y todos se dirigen a él”.  Aparece un episodio de celos entre discípulos: Juan tenía un grupo de seguidores fieles, además de las multitudes que peregrinaban y regresaban a sus tierras. De entre sus discípulos, algunos serían los primeros apóstoles (para ser exacto, cinco de los doce). Pero algunos permanecieron con él y vemos en este comentario cómo le presentan el “problema” del aumento del prestigio de Jesús. Lo ven como una especie de “competencia”: está bautizando y todos se dirigen a él.
Respondió Juan: —No puede el hombre apropiarse nada si no le es dado del cielo. Vosotros mismos me sois testigos de que dije: «Yo no soy el Cristo, sino que he sido enviado delante de él». Esposo es el que tiene la esposa; el amigo del esposo, el que está presente y le oye, se alegra mucho con la voz del esposo. Por eso, mi alegría es completa. Es una respuesta ejemplar. Es muestra de una virtud muy escasa: saber estar en el lugar que a uno le corresponde. Generalmente, queremos estar “arriba”, en los círculos del poder. Aunque sea el poder del edificio en que vivimos, de la acción comunal, de lo que sea. Le sucedió a los mismos Apóstoles: “te pido que mis hijos se sienten, uno a la derecha y otro a tu izquierda, en el Reino”, solicitó la madre de Juan y Santiago –que ya pertenecían al círculo más selecto de los discípulos-. Hoy día, igual. Se habla de la “me generation”. Centro del universo. Que los demás giren alrededor de mí. Que yo sea el mito. Que me sirvan, me cuiden, me entretengan, me admiren…
En cambio, Juan sabe estar en su sitio de Precursor. En esto insiste varias veces: «Yo no soy el Cristo, sino que he sido enviado delante de él». San Agustín glosa la respuesta con estas palabras: “en esto se cumple mi gozo: en alegrarme de oír la voz del esposo. Tengo mi gracia y no tomo más para no perder lo que he recibido. Porque el que quiere alegrarse de sí mismo, está triste; mas el que quiere alegrarse en el Señor, se alegrará siempre, porque Dios es eterno”. Juan se goza en que Jesús vaya instituyendo la Iglesia, como su Esposa. Goza viendo que han comenzado los tiempos mesiánicos. Por eso, su alegría es completa.
La escena concluye con una frase que resume la actuación del Precursor y que es todo un modelo para la vida del cristiano: “Es necesario que él crezca y que yo disminuya”. Así escribía San Josemaría en una de sus cartas dirigidas a los fieles del Opus Dei: “He sentido en mi alma, desde que me determiné a escuchar la voz de Dios -al barruntar el amor de Jesús-, un afán de ocultarme y desaparecer; un vivir aquel illum oportet crescere, me autem minui (Jn 3, 30); conviene que crezca la gloria del Señor, y que a mí no se me vea” (Carta 29-XII-1947/14-II-1966, n.16).
Ocultarme y desaparecer. Humildad. San Agustín glosa las palabras del Bautista: “Crezca en nosotros la gloria de Dios y disminuya nuestra gloria, para que crezca en Dios la nuestra. Cuanto mejor conoces a Dios, tanto más parece que Dios crece en ti. (…) El hombre interior adelanta en relación a Dios y Dios parece que crece en él y él se disminuye cayendo de su gloria y levantándose en la gloria de Dios”. El Fundador del Opus Dei continúa su exégesis con estas palabras (“Es Cristo que pasa”, n. 58): “Desde nuestra primera decisión consciente de vivir con integridad la doctrina de Cristo, es seguro que hemos avanzado mucho por el camino de la fidelidad a su Palabra. Sin embargo, ¿no es verdad que quedan aún tantas cosas por hacer?, ¿no es verdad que queda, sobre todo, tanta soberbia? Hace falta, sin duda, una nueva mudanza, una lealtad más plena, una humildad más profunda, de modo que, disminuyendo nuestro egoísmo, crezca Cristo en nosotros, ya que illum oportet crescere, me autem minui, hace falta que El crezca y que yo disminuya”.
Con estas palabras, la liturgia del tiempo de Navidad nos invita a la nueva mudanza, concretada en una humildad más profunda. Pidámosla al Señor: “Danos la humildad, ayúdanos a rechazar la soberbia”. Todavía estamos en Navidad, y esta virtud es una de las más claras enseñanzas de este tiempo. En Belén nuestro Creador carece de todo: ¡tanta es su humildad!
San Josemaría explicaba que se trata de vivir una “humildad sin caricatura”: no es ir sucios, ni abandonados, “mucho menos es ir pregonando cosas tontas contra uno mismo. No puede haber humildad donde hay comedia e hipocresía, porque la humildad es la verdad”. Y también la comparaba con la sal, que condimenta todos los alimentos. Así, la humildad hace virtuosos los actos humanos. Evita que la atención se vuelque sobre nuestro yo, sobre los efectos de nuestras acciones. Nos ayuda a arrancar de raíz la vanidad y el orgullo.  Si queréis ser felices, sed humildes; rechazad las insinuaciones mentirosas del demonio, cuando os sugiere que sois admirables (…). El que es humilde no lo sabe, y se cree soberbio. Y el que es soberbio, vanidoso, necio, se considera algo excelente. Tiene poco arreglo, mientras no se desmorone y se vea en el suelo, y aun allí puede continuar con aires de grandeza. También por eso necesitamos la dirección espiritual; desde lejos contemplan bien lo que somos: como mucho, piedras para emplearlas abajo, en los cimientos; no la que irá en la clave del arco”.
Con esta última alusión encontramos un acto en el que es importantísima la humildad: la dirección espiritual. Para preparar ese medio de formación, acudamos al Señor pidiéndole que nos aumente esa virtud, para conocernos mejor al momento del examen; para ser muy sinceros durante la conversación con quien dirige nuestra alma y luego, para ser muy dóciles a la hora de llevar a la práctica los consejos que nos han dado.
Humildad y conocimiento propio. Para el examen de conciencia, es muy importante  huir de las disculpas, de las justificaciones. Así lo resumía Epicteto: “El que revisa su vida, recuerda sus fracasos y culpa a los demás es un inmaduro. El que recuerda sus fracasos y se culpa a sí mismo está en el camino de la madurez. El que recuerda sus fracasos, los reconoce y no culpa a nadie, ése es un verdadero ser humano, una persona perfecta” (en el sentido de completa, terminada, cumplida)" (citado por García-Valdecasas en "El árbol de las verdades", p. 151).
Humildad y sinceridad. San Josemaría hablaba del “demonio mudo”, de tener secretos con el diablo, una situación absurda para un alma que quiere ser santa. Siempre se ha dicho que el demonio quita la vergüenza para pecar y la devuelve para la sinceridad. Conviene que Él crezca y que yo disminuya, dice Juan Bautista. Esta es una manera de llevar a la práctica el lema de nuestra meditación de hoy: que disminuya nuestro prestigio delante del director. Que nos conozca como somos, siendo sinceros incluso “antes”: contar hasta las tentaciones. Decir primero lo que más nos cuesta (visto desde fuera, puede ser una bobada).  Esta humildad también se concreta en la puntualidad para asistir a ese medio de formación y a la Confesión sacramental. Nuestro Padre lo resumía en una petición: “Madre mía: a estos hijos míos y a mí, danos el don bendito de la humildad en la lucha, que nos hará sinceros”.
Humildad y docilidad. Por eso decía nuestro Padre en el Colegio Romano que la primera condición para la formación es la humildad, ponerse en manos de quien dirige nuestra alma como el barro en manos del alfarero, como la cera que se deja  moldear, como María, Sede de la Sabiduría y Esclava del Señor. La clave para ser buenos instrumentos, decía, son: «vida interior. Estudio. Práctica de las cosas que aquí aprendéis. Y después, hijos míos, humildad».
Reconocer nuestra nada, hijos, nos hace eficaces, nos llena de alegría. Pauper servus et humilis! Soy, Señor, una pobre criatura, llena de miseria, de pequeñez; tantas veces juguete de la soberbia, de la sensualidad. Aun así, Dios te ha escogido, sabiendo cómo eras, sabiendo que podías llegar a ser un instrumento de maravilla.
El Papa comentaba que las palabras del Bautista que estamos considerando “constituyen un programa para todo cristiano. Dejar que el "yo" de Cristo ocupe el lugar de nuestro "yo" fue de modo ejemplar el anhelo de san Pablo, quien escribió de sí mismo: "Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí" (Ga 2, 20). Antes que él y que cualquier otro santo vivió esta realidad María santísima, que guardó en su corazón las palabras de su Hijo Jesús. Ella, con su Corazón de Madre, sigue velando con tierna solicitud por todos nosotros. Que su intercesión nos obtenga ser siempre fieles a la vocación cristiana.

Jesús camina sobre las aguas


En el capítulo sexto de Marcos aparece una de las multiplicaciones milagrosas del pan, símbolo de la futura institución de la Eucaristía. Inmediatamente después, el discípulo de Pedro pone a nuestra consideración otra escena milagrosa de Jesús, para manifestar su naturaleza divina: “Y enseguida mandó a sus discípulos que subieran a la barca y que se adelantaran a la otra orilla junto a Betsaida, mientras él despedía a la multitud”.
Los apóstoles obedecen a lo que el Señor les manda. Ya saben quién es su Maestro, que da de comer a las multitudes, que cumple la profecía de Ezequías: Él mismo es el pastor, que guía y alimenta a su pueblo. Ya han aprendido a obedecer, y no ponen obstáculos. Podrían preguntar: ¿cómo llegarás Tú? ¿No será mejor si dejamos una barca, con dos de los nuestros para esperarte? Enséñanos, Señor,  a obedecer prontamente como estos apóstoles, sin poner trabas, confiando en la fuerza eficaz de tu palabra.
Y después de despedirlos, se retiró al monte a orar. Oración, fuente de eficacia: Jesús nos enseña con su vida un principio para el apostolado: hablar a Dios de los amigos, antes de hablar a los amigos de Dios. Retirarnos. La vida de apóstol conlleva el sacrificio: vemos en esta escena que, para Jesús, se acabó la fiesta, la popularidad, el amor de las gentes, las compensaciones afectivas (la gratitud, las sonrisas, el reconocimiento). Jesús se retira. Al monte. A orar.
Así lo contempla el Catecismo (n. 2602): “Jesús se aparta con frecuencia a la soledad en la montaña, con preferencia por la noche, para orar. Lleva a los hombres en su oración, ya que también asume la humanidad en la Encarnación, y los ofrece al Padre, ofreciéndose a sí mismo. Él, el Verbo que ha "asumido la carne", comparte en su oración humana todo lo que viven "sus hermanos"; comparte sus debilidades para librarlos de ellas. Para eso le ha enviado el Padre. Sus palabras y sus obras aparecen entonces como la manifestación visible de su oración "en lo secreto"”.
Señor: que aprendamos de Ti a valorar la importancia de la oración. Que busquemos en Ti la fuerza para el apostolado. Que no nos busquemos a nosotros, sino a Ti. Que nunca olvidemos que somos tuyos, antes que de la gente. Que solo de Ti proceden las gracias que daremos a las almas (el pan, los consejos, los milagros, la salud, la corredención). Que te llevemos a la oración a nuestros hermanos, ofreciéndonos también por ellos.
Cuando se hizo de noche, la barca estaba en medio del mar, y él solo en tierra. Y viéndoles remar con gran fatiga, porque el viento les era contrario, hacia la cuarta vigilia de la noche
También nosotros remamos, obedeciendo al Señor. A veces, parece que sucede lo mismo que en esta escena: Él se queda en tierra y nos ve remar. Nos encomienda al Padre, nos da su gracia. Pero quiere contar con nuestro esfuerzo. Esta es la clave de la teología católica: el con-curso. En la escena anterior, pidió cinco panes y dos peces para alimentar una muchedumbre. En esta, vemos cómo contempla a sus discípulos remando, con fatiga, con el viento en contra: cuánto nos cuesta, comprender Señor, tu modo de obrar. Siempre queremos que estés a nuestro lado. Que nos acompañes en la barca. Somos tan exigentes que querríamos que Tú mismo navegaras. No nos damos cuenta de que forma parte de tu plan formativo el darnos las riendas, los remos, de nuestra vida interior, de nuestra labor apostólica, pero que nos acompañas con tu gracia. Con tu mirada, que no es inútil: es más eficaz que cualquier otra compañía.
Y viéndoles remar con gran fatiga, porque el viento les era contrario, hacia la cuarta vigilia de la noche vino a ellos andando sobre el mar, e hizo ademán de pasar de largo.
Vida de fe. Cuántas veces pensamos, al sentir el cansancio del trabajo, al cual se añade el viento contrario -las dificultades externas-, que quizá Tú nos has abandonado. O que todo depende solo de nuestras fuerzas, de nuestros remos. Podemos sentirnos solos. O pensar, como los apóstoles, que pasas de largo y nos dejas solos en nuestra labor. Son momentos difíciles. En esta oración podemos pensar cuándo fue la última vez que nos sentimos así: quizá por un revés interior, o porque sentimos la traición o nos faltó el apoyo humano en el que nos estábamos sosteniendo. O porque descubrimos nuestra miseria… Quizá sentimos que la nuestra era una labor imposible. O tal vez, al palpar lo raquítico de nuestros frutos, pensamos que se trataba de una labor estéril. Que Jesús hacía ademán de pasar de largo.
Ellos, cuando lo vieron andando sobre el mar, pensaron que era un fantasma y empezaron a gritar. Pues todos le habían visto y se habían asustado.
Contemplando desde fuera, la escena da risa: unos hombres hechos y derechos, gritando como niños, sobresaltados ante un posible fantasma. La verdad es que no podemos olvidar que se trata de una escena marina, y que el temor a Poseidón es muy explicable en la historia humana. Cualquiera de nosotros, en realidad, hubiera gritado.
 
Pues todos le habían visto y se habían asustado. Es bueno darnos cuenta que los apóstoles, las piedras miliares de la Iglesia, no eran superhombres. Tenían debilidades, como tenemos nosotros. Por eso, comentaba San Josemaría: “¡Con qué humildad y con qué sencillez cuentan los evangelistas hechos que ponen de manifiesto la fe floja y vacilante de los Apóstoles! - Para que tú y yo no perdamos la esperanza de llegar a tener la fe inconmovible y recia que luego tuvieron aquellos primeros(Camino, 581).
Sin embargo, pensándolo mejor, llama la atención. ¿Por qué se asustan al ver al Señor? Pero al instante él habló con ellos, y les dijo: —Tened confianza, soy yo, no tengáis miedo.  Señor: auméntanos la fe. Ayúdanos a verte en las dificultades, en el cansancio, a tener siempre claro que Tú estás a nuestro lado y nos repites: —Tened confianza, soy yo, no tengáis miedo. Además, nos garantizas la victoria sobre todas las dificultades: Y subió con ellos a la barca y se calmó el viento.
Aprendamos de esta escena que cualquier dificultad solo se calma con Dios. Que la esterilidad, el cansancio, la tempestad de la soberbia, de la pereza, de la sensualidad o del egoísmo se curan con tu presencia. Calma, Señor, nuestra tibieza. Acompaña nuestra soledad. Danos tu gracia, auméntanos la fe, para que confiemos más en Ti y menos en nuestras fuerzas.
Que confiemos en tu misión. Que si  nos das un encargo, nos darás los medios para lograrlo. Porque la obra es tuya, nosotros solo somos instrumentos en tus manos poderosas. Que apliquemos a nuestra vida el consejo de San Josemaría: Si consientes en que Dios señoree sobre tu nave, que El sea el amo, ¡qué seguridad!..., también cuando parece que se ausenta, que se queda adormecido, que se despreocupa, y se levanta la tormenta en medio de las tinieblas más oscuras (Amigos de Dios, 21).
Entonces se quedaron mucho más asombrados; porque no habían entendido lo de los panes, ya que su corazón estaba endurecido. El Papa comenta que esta reacción es inesperada: el Señor se acerca, les aclara que es Él, se sienta a su lado, el viento se calma y ellos, por toda respuesta, se asombran más aún: “estaban en el colmo del estupor”. 

Comenta el Santo Padre que “se trata, evidentemente, del típico temor "teofánico", el temor que invade al hombre cuando se ve ante la presencia directa de Dios. Ya lo hemos encontrado al final de la pesca milagrosa, cuando Pedro, en vez de dar gracias jubiloso por el portento, se asusta hasta el fondo del alma y, postrándose a los pies de Jesús, dice: "Apártate de mí, Señor, que soy un pecador" (Lc 5,8). Es el "temor de Dios" lo que invade a los discípulos. Andar sobre las aguas es ciertamente algo propio de Dios: "El solo despliega los cielos y camina sobre la espalda del mar", se dice de Dios en el Libro de Job (Jb 9, 8). El Jesús que camina sobre las aguas no es simplemente la persona que les resulta familiar; en El los discípulos reconocen de pronto la presencia de Dios mismo” (Jesús de Nazaret).
Señor: ablanda nuestro corazón. Ayúdanos a rechazar la falta de fe, como dice el Catecismo (2732): “La tentación más frecuente, la más oculta, es nuestra falta de fe. Esta se expresa menos en una incredulidad declarada que en unas preferencias de hecho. Se empieza a orar y se presentan como prioritarios mil trabajos y cuidados que se consideran más urgentes”.
Podemos concluir con la consideración de Teofilacto: “Cuando los hombres o los demonios se esfuerzan en abatirnos por temor, oigamos lo que dice Jesucristo: "Yo soy, no temáis". Esto es: yo sin cesar os defiendo, y como Dios, subsisto siempre y nunca falto; no perdáis la fe en mí, asustados por falsos temores. Véase también cómo el Señor no acudió en los primeros momentos del peligro, sino en los últimos. Porque permite que nos encontremos en medio de los peligros, para que así, peleando en las tribulaciones, nos volvamos mejores y recurramos únicamente a Él solo, que es quien puede librarnos cuando menos se espera.”
Para crecer en fe, hemos de acudir a la fuente, que es el mismo Cristo. Y podemos servirnos de la mediación todopoderosa de su Madre, maestra de fe. Ella, que no dudó de la palabra divina cuando le proponía un camino totalmente novedoso y que perseveró en su seguimiento hasta el final, intercederá ante su divino Hijo para que también de nosotros se pueda decir lo que predicó de Ella su prima Isabel: Bienaventurada tú, porque has creído.