viernes, agosto 06, 2010

El administrador fiel y prudente


Después de la parábola del rico necio, el Señor concluye su discurso insistiendo en la necesidad de poner el corazón en el Reino de Dios, no en los bienes materiales: No temáis, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino. Vended vuestros bienes y dad limosna. Haceos bolsas que no envejecen, un tesoro que no se agota en el cielo, donde el ladrón no llega ni la polilla corroe. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón.  
Una señal clara de que ansiamos el Reino como el mayor don de Dios, que tengamos puesto en él nuestro corazón, es que estemos  vigilantes y preparados a la espera del Señor. Esta es la predicación del Evangelio de esta semana.
En primer lugar, Jesús invita a estar vigilantes con la parábola de los siervos del señor que sale de nupcias: «Tened ceñidas vuestras cinturas y encendidas las lámparas, y estad como quienes aguardan a su amo cuando vuelve de las nupcias, para abrirle al instante en cuanto venga y llame. Dichosos aquellos siervos a los que al volver su amo los encuentre vigilando. En verdad os digo que se ceñirá la cintura, les hará sentar a la mesa y acercándose les servirá. Y si viniese en la segunda vigilia o en la tercera, y los encontrase así, dichosos ellos. Sabed esto: si el dueño de la casa conociera a qué hora va a llegar el ladrón, no permitiría que se horadase su casa. Vosotros estad también preparados, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del Hombre.
Tener las cinturas ceñidas recuerda el gesto de los hebreos la noche pascual, antes de salir hacia el desierto. Significa la disposición para emprender el camino. Lo mismo sucede con la figura de las lámparas encendidas. Recuerda la fiesta del matrimonio, en la que la novia esperaba con sus amigas a que llegara el novio para recogerla. También recuerda la parábola de las vírgenes prudentes: se trata de esperar en vela, vigilantes, con las lámparas encendidas, prestos a la voz del Señor cuando nos llame.
En el contexto de la espera de la segunda venida de Cristo, recordemos la discusión de San Pablo con los tesalonicenses, a los que debió escribirles una segunda carta amonestándolos porque se habían entregado a la vida cómoda cuando entendieron que el Señor tardaría en llegar definitivamente: ahora el Señor recuerda el deber de estar en vela, como los sirvientes vigilan preparados para la llegada de su amo.
Esta expectativa es característica del cristianismo y debemos preguntarnos si vivimos con esa perspectiva de la vida eterna como lo verdaderamente importante o si, como el rico necio o el joven rico, nos dejamos contaminar por la creencia en que nuestras posesiones, nuestros talentos, las virtudes que hemos incorporado serán los que nos sostendrán por siempre. Si así fuera, aprovechemos este rato de oración para pedirle al Señor que sea Él quien nos dé la fuerza para serle fieles, para aguardar con las cinturas ceñidas y con las lámparas encendidas.
          Y le preguntó Pedro: —Señor, ¿dices esta parábola por nosotros o por todos? El Señor respondió: —¿Quién es, pues, el administrador fiel y prudente a quien el amo pondrá al frente de la casa para dar la ración adecuada a la hora debida? Dichoso aquel siervo a quien su amo cuando vuelva encuentre obrando así. En verdad os digo que le pondrá al frente de toda su hacienda. Pero si ese siervo dijera en sus adentros: «Mi amo tarda en venir», y comenzase a golpear a los criados y criadas, a comer, a beber y a emborracharse, llegará el amo de aquel siervo el día menos pensado, a una hora imprevista, lo castigará duramente y le dará el pago de los que no son fieles. El siervo que, conociendo la voluntad de su amo, no fue previsor ni actuó conforme a la voluntad de aquél, recibirá muchos azotes; en cambio, el que sin saberlo hizo algo digno de castigo, recibirá pocos azotes. A todo el que se le ha dado mucho, mucho se le exigirá, y al que le encomendaron mucho, mucho le pedirán.
La parábola del administrador nos presenta las virtudes que el Señor espera de nosotros: quiere Dios que seamos buenos administradores, fieles y prudentes, laboriosos, previsores, obedientes y responsables.
La vigilancia que el Señor nos pide se concreta, en primer lugar, en ser fieles. En la situación actual, la fidelidad es una virtud en crisis. Parece muy difícil, o casi imposible, comprometerse para toda la vida. Y, sin embargo, el Señor no deja de ser fiel. Y espera que también nosotros le seamos fieles: sin importar los cambios de ánimo, la situación de salud, económica o familiar. Espera que seamos administradores leales, como muchísimos militares, las almas entregadas a Dios, tantos matrimonios cristianos, como los santos del Cielo fueron fieles a Cristo, algunos incluso padeciendo martirio.
Viene a mi mente la figura de la Beata Teresa de Calcuta, de la que se supo hace unos años que su vida interior fue muy difícil, pues padeció una situación que le ocurre a muchos santos llamada “la noche oscura del alma”, que consiste en no sentir nada respecto de Dios, en sufrir para ser fieles al llamado. Cuando se supo esto, algunos reaccionaron con sorpresa. El postulador de la causa de beatificación respondió que veía, en, la actitud de la Madre Teresa, un antídoto frente al sentimentalismo de nuestra cultura: “La tendencia en nuestra vida espiritual, y también en la actitud más general respecto al amor, es que lo que cuenta son nuestros sentimientos. Así que la totalidad del amor es lo que sentimos. Pero el amor auténtico a alguien requiere compromiso, fidelidad y vulnerabilidad. La Madre Teresa no ‘sentía’ el amor de Cristo, y podría haber cortado. Pero se levantaba a las 4.30 cada mañana por Jesús, y era capaz de escribirle: ‘Tu felicidad es lo único que quiero’. Este es un poderoso ejemplo, incluso en términos no puramente religiosos”. Y concluía el P. P. Kolodiejchuk  que esta actitud puede indicar también a otras personas cómo sobrellevar los momentos de oscuridad o de crisis espiritual, a lo largo de una vida no fácil, al servicio de los demás.
El amor auténtico requiere compromiso, fidelidad y vulnerabilidad. Por eso el Señor habla de vigilar como administradores fieles y prudentes. San Josemaría explicaba a sus  hijos espirituales que la labor formativa de la juventud consiste en enseñarles a luchar. Nunca es tarde para aprender, pero esa época es el mejor momento para adquirir hábitos. Y el resto de la vida, ¡a luchar para consolidarlos! en eso consiste el "vigilar".
Porque no son corrientes, para quien procura ser un buen cristiano, las caídas aparatosas, inesperadas y sorpresivas. No es ése el modo de actuar del demonio: más bien suele llevar a las almas que descuidan su lucha, su vigilancia, por una pendiente resbaladiza. Un día, retrasamos la oración porque estamos un poco indispuestos; otro, porque tenemos mucho que hacer; al siguiente, porque tenemos que hacer apostolado (!) y, cuando menos pensamos, comenzamos a ceder en puntos de mayor envergadura. Se nos hacen cuesta arriba las prácticas que antes hacíamos con gusto -aunque costaran- y las pasiones (la soberbia, la impureza) aparecen con insidia renovada. Resurgen de nuevo los respetos humanos: tampoco hay que ser fanáticos, no se trata de ir muy rápido, no vaya a ser que piensen que me estoy dejando lavar el cerebro, etc.
Por eso nos invita hoy el Señor a la vigilancia, a cuidar la lucha en lo pequeño –que no se acabe el aceite en la alcuza-, para que después no caigamos en lo grande: “Mucho duele al Señor la inconsciencia de tantos y de tantas, que no se esfuerzan en evitar los pecados veniales deliberados. ¡Es lo normal —piensan y se justifican—, porque en esos tropiezos caemos todos! Óyeme bien: también la mayoría de aquella chusma, que condenó a Cristo y le dio muerte, empezó sólo por gritar —¡como los otros!—, por acudir al Huerto de los Olivos —¡con los demás!—,... Al final, empujados también por lo que hacían "todos", no supieron o no quisieron echarse atrás..., ¡y crucificaron a Jesús! —Ahora, al cabo de veinte siglos, no hemos aprendido” (Surco 139).
En el pasaje que contemplamos aparecen unas virtudes que nos ayudan a concretar la fidelidad que deseamos: lo administradores fieles y prudentes son aquellos que se esfuerzan por ser laboriosos, previsores, obedientes y responsables. Son aquellos que “dan la ración adecuada a la hora debida”,  a los que “su amo encuentra así a la hora de la llegada”. Laboriosidad. Una virtud que debería caracterizarnos a los que tenemos como medio de santificación el trabajo ordinario. Dar la ración a la hora adecuada. Hacer lo que se debe y estar en lo que se hace. No dilatar los plazos. Hacer lo que se debe, hoy y ahora. No dejar las cosas para después. No distraernos –evitar la tentación de “navegar”  mientras trabajamos-, hacer rendir el tiempo. “Una hora de estudio, para un apóstol moderno, es una hora de oración” (Camino, n. 335). El ejemplo de laboriosidad de Benedicto XVI es admirable (basta con mirar su producción intelectual), por eso es un administrador fiel y prudente. Cuentan que, cuando estudiaba en el Seminario, le preguntaron: ¿sabe lo que dice Santo Tomás sobre este punto?, y respondió: -sí, hay ocho lugares, ¿cuál quiere que le diga?
La última virtud que el Señor pone en la caracterización del administrador fiel y prudente es que conoce la voluntad de su amo, es previsor y obedece. No se contraponen la creatividad y la obediencia. Es más, para obedecer hace falta audacia, pues esta virtud requiere hacer propia la voluntad del que manda. ¡Qué mala prensa tiene hoy día la obediencia! Y resulta que el Señor la alaba como una característica importante de la fidelidad. Y nos da ejemplo. San Pablo resumía su actitud con estas palabras: “obediente hasta la muerte y muerte de cruz”. Un ejemplo más del Papa Benedicto: Cuando le llegó el nombramiento como Arzobispo de Múnich, consultó con su confesor, que le respondió: tienes que aceptarlo. Después diría: A veces, hay que aceptar algo que no parece estar en consonancia con lo que uno se ha propuesto para su propia vida. Dice una persona que le conoció de cerca que la mayor componente de su vida es la renuncia, también la renuncia a concluir su obra teológica: podría haber escrito la Dogmática de nuestro tiempo. Y se sacrificó para sacar los encargos que Juan Pablo II le encomendaba.
Acudamos a nuestra Madre María, Virgen fiel, para que ella nos alcance la prudencia, la laboriosidad, la obediencia que permitan al Señor decirnos, cuando nos tenga que juzgar: Bien, siervo bueno y fiel, ¡entra en el Reino de tu Señor!

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