sábado, enero 31, 2009

Optimismo y esperanza cristiana




Comienza un nuevo año, al menos en lo laboral, para muchos. Aunque ya llevamos un mes, el inicio de febrero nos hace caer en la cuenta de que el 2009 no da espera: ¡ya gastamos la duodécima parte! Y el inicio de un año siempre crea expectativas: es famoso el chiste del fanático de un equipo malo de fútbol que repite: “este año sí”. Pero también nos acechan miedos: la crisis económica, los vaivenes de la política, las normas que emanarán los gobernantes de turno, si seremos capaces de lograr los objetivos, cómo responderá nuestra salud… En la vida interior, un poco de lo mismo: cómo responderemos a lo que nos pide Dios; dudamos de nuestras capacidades, parece que cada vez fuéramos peores o, al menos, que no mejoramos. Como si las tentaciones fueran mayores o nuestras defensas cada vez más débiles. Por fuera y por dentro se nota la “mancha viscosa que extienden los sembradores del odio”: crece la tentación del pesimismo.

Por otra parte, la liturgia del IV domingo nos muestra motivos para la esperanza: en la primera lectura, el Señor anuncia a Moisés que siempre tendremos un profeta como él: “yo suscitaré en medio de tus hermanos un profeta como tú; pondré mis palabras en su boca y él les dirá lo que yo le mande”. Sabemos que esa promesa se cumplió en Jesucristo, el profeta definitivo y eterno.

En este 2009 meditaremos cada domingo el Evangelio de Jesucristo escrito por San Marcos, el segundo en antigüedad, que reproduce la predicación de Pedro. Aunque hay pocos comentarios de los Padres sobre este Evangelio, es uno de los más valorados actualmente por su cercanía al tiempo de Cristo y su espontaneidad, que facilitan “meterse” más en las escenas, acercarse más a Jesús. En el Evangelio de Marcos se insiste mucho en lo que hoy se llama “el misterio de Jesús”: es decir, el repetido mandato de guardar el secreto de su mesianismo, de su condición de Hijo de Dios.

Es lo que vemos en el primer capítulo (21-28), donde notamos que se cumple la profecía de Moisés: “Entraron en Cafarnaún y, en cuanto llegó el sábado, fue a la sinagoga y se puso a enseñar. Y se quedaron admirados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene potestad y no como los escribas. Se encontraba entonces en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu impuro, que comenzó a gritar: —¿Qué tenemos que ver contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a perdernos? ¡Sé quién eres: el Santo de Dios! Y Jesús le conminó: —¡Cállate, y sal de él! Entonces, el espíritu impuro, zarandeándolo y dando una gran voz, salió de él. Y se quedaron todos estupefactos, de modo que se preguntaban entre ellos: — ¿Qué es esto? Una enseñanza nueva con potestad. Manda incluso a los espíritus impuros y le obedecen. Y su fama corrió pronto por todas partes, en toda la región de Galilea”.

En el relato vemos precisamente lo que dijimos antes: Jesús rechaza el reconocimiento de los demonios como Santo de Dios. Pero podemos fijarnos en la conclusión de la escena: la gente queda atónita, “estupefacta”, por la autoridad del nuevo Profeta, que incluso domina a los espíritus maléficos.

Podemos tomarlo como una respuesta a nuestros miedos, a esos malos espíritus que sentimos alrededor y que pueden llenarnos de miedo. Encontramos la razón última del anuncio de los dos recientes Papas a la humanidad: “no tengáis miedo”, nos repiten. Vienen a la memoria unas palabras de San Josemaría que han llenado de optimismo a muchos: Es posible que muchas veces triunfe aquí el enemigo de Dios. Pero eso no nos va a retraer de trabajar, porque Cristo también está aquí triunfando, en medio de los hombres. Todas las criaturas -también Satanás y sus espíritus malignos- se rinden ante la majestad de Jesucristo y le sirven. El Señor sigue triunfando ahora en medio de los hombres. Cristo no ha fracasado: su vida y su doctrina están fecundando continuamente la tierra. ¡Optimistas, pues!”

Lo vimos en el Evangelio, y lo notamos también hoy: Cristo también está aquí triunfando, en medio de los hombres. Aunque a veces no se note, aunque parezca que vence el mal, El Señor sigue triunfando ahora en medio de los hombres. La conclusión, contemplando el relato de hoy, no puede ser otra que: ¡Optimistas, pues!

Pero la actitud cristiana supera con mucho al optimismo humano. Los hijos de Dios sabemos que en Cristo se cumple la promesa de Moisés: es uno de nuestros hermanos, en su boca están las palabras de Dios y nos dice lo que manda el Señor. Es más: se encuentra de continuo junto a nosotros. Y nos manda: Duc in altum! ¡Mar adentro y echad vuestras redes para la pesca! (Lc 5,4). Por eso, superamos todos los temores, porque Él está comandando la barca. Y si sentimos miedo, nos repite: “Tened confianza. Soy Yo. No temáis” (Mt 14, 27).

Estamos en el año paulino, y el Apóstol de las gentes nos enseña que la esperanza “no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado”. Y esa esperanza nos impulsa a enfrentar el nuevo año con conciencia de misión: “Movidos por la fuerza de la esperanza, lucharemos para borrar la mancha viscosa que extienden los sembradores del odio, y redescubriremos el mundo con una perspectiva gozosa, porque ha salido hermoso y limpio de las manos de Dios, y así de bello lo restituiremos a El” (San Josemaría, Amigos de Dios, n. 219).

Redescubrir el mundo: mirarlo con el filtro de la mirada divina, que ―al crearlo― vio que era bueno. Adquirir la perspectiva gozosa del materialismo cristiano: el mundo es bueno, porque viene de Dios y porque la vida y la doctrina de Cristo están fecundando continuamente la tierra. Pero la esperanza no es pasiva: nos mueve a esa maravillosa misión de restituirle a Dios el mundo hermoso, limpio y bello.

La esperanza, enseña el Compendio del Catecismo de la Iglesia (n. 387), “es la virtud teologal por la que deseamos y esperamos de Dios la vida eterna como nuestra felicidad, confiando en las promesas de Cristo, y apoyándonos en la ayuda de la gracia del Espíritu Santo para merecerla y perseverar hasta el fin de nuestra vida terrena”. Esta virtud nos enseña el verdadero valor de las cosas de la tierra, que no son más que instrumentos para alcanzar el verdadero bien, que es el Señor.

Decíamos al comienzo que, ante el empuje de un nuevo año, podemos sentirnos incapaces. Puede ser una situación buena, si nos lleva a reaccionar humildemente, acudiendo a Dios, apoyándonos en la ayuda de la gracia del Espíritu Santo, no en nuestras fuerzas. Y ese apoyo nos hace ver que Dios bendice a sus hijos ―en primer lugar, a Jesucristo― con la Cruz: Cuando emprendemos el camino real de seguir a Cristo, de portarnos como hijos de Dios, no se nos oculta lo que nos aguarda: la Santa Cruz, que hemos de contemplar como el punto central donde se apoya nuestra esperanza de unirnos al Señor (San Josemaría, Amigos de Dios, n. 212).

La esperanza nos ayuda a vencer todas las asechanzas del enemigo. Por eso San Pablo (1 Tes 5, 8) nos invita a que “estemos revestidos con la coraza de la fe y de la caridad, con el yelmo de la esperanza de salvación”. Ese yelmo nos ayudará a mantener fija la cabeza, con la mirada en el cielo.

Para esta batalla contamos con el apoyo de Nuestra Madre, María. Ella, “Esperanza nuestra”, cuidará de nosotros cada que la invoquemos, especialmente cuando estemos más necesitados. Nos lo garantiza la misma Palabra de Dios, no solo al comienzo del Nuevo Testamento, en el Evangelio de Marcos, sino también al final, en el último libro de la Biblia. Como explica Benedicto XVI, “Todas las fuerzas de la violencia del mundo parecen invencibles, pero María nos dice que no lo son. La Mujer, como nos muestran el Apocalipsis y el Evangelio, es más fuerte porque Dios es más fuerte. Ciertamente, en comparación con el dragón, tan armado, esta Mujer, que es María, que es la Iglesia, parece indefensa, vulnerable. Y realmente Dios es vulnerable en el mundo, porque es el Amor, y el amor es vulnerable. A pesar de ello, él tiene el futuro en la mano; vence el amor y no el odio; al final vence la paz (Homilía 15-VIII-06).

martes, enero 20, 2009

Obama: religión y política


Por fin se posesionó Obama. He de decir que, desde varios meses atrás, no veía la hora de que se acabara el tinglado mediático sobre las elecciones gringas. Y eso que no soy anti-imperialista. Solo que no me parecía importante estar enterado de los porcentajes diarios en las estadísticas pre-electorales y toda la parafernalia anexa. En el fondo, se trataba de un cierto pesimismo porque pensaba que cualquier candidato sería, en principio, regular tirando a malo. Como católico, sí que me preocupaba la posición de los candidatos ante los menos favorecidos: los enfermos, los viejos, los embriones, los pobres… Ojalá Obama no cumpla sus promesas anti-vida.

Pero el objetivo principal de este apunte -que se sale del habitual carácter litúrgico, pero que el lector encontrará muy relacionado con la línea del blog- era reseñar la primera parte de la ceremonia de posesión. Todos los medios señalaron que el “presidente electo acudió en compañía de su esposa a un servicio religioso en la Iglesia de San Juan Bautista”. Algunos añadían que “la pequeña iglesia, de color amarillo y llamada con frecuencia "la Iglesia de los Presidentes", se ha convertido en una parada tradicional del mandatario estadounidense entrante, que ha acudido a una ceremonia de oración sin denominación religiosa, antes de prestar juramento. El vicepresidente electo Joseph Biden fue el primero en llegar la mañana de este martes al templo junto con su esposa Jill para el corto servicio”.

Me venía a la memoria el elogio de Benedicto XVI en su paso por ese país, precisamente alabando que allí los gobernantes no tienen reparo en manifestar su fe. En la ceremonia de bienvenida a Norteamérica, el Papa dijo: “Ya desde los albores de la República, la búsqueda de libertad de América ha sido guiada por la convicción de que los principios que gobiernan la vida política y social están íntimamente relacionados con un orden moral, basado en la señoría de Dios Creador. Los redactores de los documentos constitutivos de esta Nación se basaron en esta convicción al proclamar la “verdad evidente por sí misma” de que todos los hombres han sido creados iguales y dotados de derechos inalienables, fundados en la ley natural y en el Dios de esta naturaleza. El curso de la historia americana demuestra las dificultades, las luchas y la gran determinación intelectual y moral que han sido necesarias para formar una sociedad que incorporara fielmente estos nobles principios. A lo largo de ese proceso, que ha plasmado el alma de la Nación, las creencias religiosas fueron una constante inspiración y una fuerza orientadora, como, por ejemplo, en la lucha contra la esclavitud y en el movimiento en favor de los derechos civiles. También en nuestro tiempo, especialmente en los momentos de crisis, los americanos siguen encontrando energía en sí mismos adhiriéndose a este patrimonio de ideales y aspiraciones compartidos”.


Ojalá ese breve paso de Obama por “la Iglesia de los Presidentes” recuerde a muchos intolerantes que la manifestación pública de la propia fe no desdice de un gobernante. Todo lo contrario, ayuda a recordar que los ideales religiosos pueden ser, también hoy, “una constante inspiración y una fuerza orientadora”.