sábado, junio 25, 2016

San Josemaría y el Año de la misericordia

Celebramos la fiesta de San Josemaría, y recordamos que, en la ceremonia de su canonización, el papa san Juan Pablo II lo nombró «el santo de lo ordinario»: el motivo es que el Fundador del Opus Dei «estaba convencido de que, para quien vive en una perspectiva de fe, todo ofrece ocasión de un encuentro con Dios, todo se convierte en estímulo para la oración. La vida diaria, vista así, revela una grandeza insospechada. La santidad está realmente al alcance de todos» (Discurso, 7-X-2002).

Uno de los puntos en los que insistía san Josemaría es la importancia que tiene para un católico la unión con el Santo Padre, hasta acuñó una frase que resume el itinerario de su misión apostólica: «Todos, con Pedro, a Jesús por María» (C,833). Siguiendo su ejemplo de amor al Romano Pontífice, aprovechemos esta Eucaristía para renovar nuestra unión a sus intenciones. En concreto, al año jubilar de la misericordia, que estamos viviendo desde diciembre del año pasado hasta el próximo 20 de noviembre.

El papa Francisco ha visto que el punto central que Dios quiere legar a la Iglesia y a la humanidad entera, como fruto de su pontificado, es el anuncio de la misericordia divina. Ese amor de Dios se manifiesta desde la creación, como hemos escuchado en la primera lectura: el diseño original, amoroso, del Creador, antes del pecado original, era que el ser humano colaborase en la perfección del cosmos. Por eso, san Josemaría resaltaba dos palabras del Génesis: Dios puso al hombre en el mundo ut operaretur, para que trabajara. El trabajo no es castigo, sino misericordia, camino de santificación.

La revelación del amor divino se completó con la Encarnación del Hijo: «Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre. El misterio de la fe cristiana parece encontrar su síntesis en esta palabra» (Francisco, MV, 1). El Señor nos invita, como vimos en el Evangelio, a seguirle mar adentro y a echar las redes para la pesca.

Esa llamada también es misericordiosa, como escribió san Josemaría en una frase que podría resumir el sentido del año jubilar para los que siguen su espiritualidad: «nuestra entrega, al servicio de las almas, es una manifestación de esa misericordia del Señor, no solo hacia nosotros, sino hacia la humanidad toda» (Carta, 24-III-1930, n.1. Citada por Echevarría, Carta pastoral, 4-XI-2015, n.3).

Jesús nos invita a ir mar adentro, a que invitemos a todas las personas que queremos, a cruzar la Puerta Santa de la misericordia divina. Por esa razón, durante este año la tradicional Puerta jubilar no solo está en Roma, sino en todas las diócesis, como un signo «a través de la cual quien quiera que entrará podrá experimentar el amor de Dios que consuela, que perdona y ofrece esperanza» (MV,3).

Esa peregrinación hacia la Puerta Santa es una muestra del esfuerzo que conlleva la conversión. El tema central de la predicación del Papa es que «Dios no se cansa de perdonar, somos nosotros quienes nos cansamos de pedir perdón». Gracias a Dios, son muchos los que regresan a la Iglesia, como el hijo pródigo, quizá después de bastante tiempo alejados de la vida cristiana, al escuchar estas palabras.

En este Año Santo, además de la absolución de la culpa, que recibimos en el sacramento de la reconciliación, podemos lucrar la indulgencia, que es el perdón de la pena que debemos por esos pecados ya perdonados. En un gesto de misericordia, podemos ofrecerla por las almas del purgatorio de nuestros seres queridos, o simplemente de quien más lo necesite. Los otros requisitos para alcanzar la indulgencia del año jubilar, además de cruzar la Puerta Santa y confesarse, son: comulgar, rezar el Credo, y pedir por las intenciones del papa Francisco.

Por otra parte, como una manera concreta de manifestar la transformación que la gracia de Dios realiza en nosotros, el Papa desea «que la Iglesia redescubra en este tiempo jubilar la riqueza contenida en las obras de misericordia corporales y espirituales. La experiencia de la misericordia se hace visible en el testimonio de signos concretos, como Jesús mismo nos enseñó. Cada vez que un fiel viva personalmente una o más de estas obras obtendrá ciertamente la indulgencia jubilar» (Carta, 1-IX-2015).

San Josemaría fue muy generoso, con su ministerio sacerdotal, en la atención a las personas pobres, enfermas y necesitadas. Y quería que todos sintiésemos esa necesidad de salir al encuentro de Jesucristo, presente en sus hermanos más pequeños. Por eso fomentó las visitas a los pobres y las catequesis en barrios necesitados, entre otras labores que aún se continúan en los cinco continentes. Bajo su inspiración se han desarrollado muchísimas actividades en favor de las personas que viven en las «periferias existenciales», también en esta ciudad: consultorios médicos y de orientación familiar, centros educativos populares, bancos de alimentos, etc. Pensemos en este momento cuáles obras de misericordia, corporales y espirituales, podríamos concretar como fruto de esta celebración.

Un ámbito privilegiado para ejercitar esas obras de misericordia es la propia familia. Como enseñaba san Josemaría, «los esposos cristianos han de ser conscientes de que están llamados a santificarse santificando, de que están llamados a ser apóstoles, y de que su primer apostolado está en el hogar. Deben comprender la obra sobrenatural que implica la fundación de una familia, la educación de los hijos, la irradiación cristiana en la sociedad. De esta conciencia de la propia misión dependen en gran parte la eficacia y el éxito de su vida: su felicidad» (Conv 91).

El Santo Padre ha recordado recientemente, en la Exhortación Apostólica Amoris laetitia, algunas virtudes que manifiestan esa misericordia intrafamiliar: la paciencia, el servicio, la amabilidad, el desprendimiento, el perdón, la alegría, la confianza, la esperanza; en una palabra: el amor.

Concluyamos agradeciendo al Señor por los regalos que nos ha hecho con el ejemplo de la vida santa de San Josemaría, con su predicación y con su intercesión. Aprendamos a imitarlo en su amor al Santo Padre, secundando esas dos enseñanzas que el Papa quiere fomentar ahora: que acojamos la misericordia divina y que nos esforcemos por ser misericordiosos como el Padre, comenzando con nuestra propia familia, que son las personas que más cerca tenemos.

En los últimos años de su vida, el Señor le hizo ver a san Josemaría que, para alcanzar misericordia, «hemos de ir con mucha fe al trono de la gloria, la Virgen Santísima, Madre de Dios y Madre nuestra (…). Vayamos, a través del Corazón Dulcísimo de María, al Corazón Sacratísimo y Misericordioso de Jesús, a pedirle que, por su misericordia, manifieste su poder en la Iglesia y nos llene de fortaleza para seguir adelante en nuestro camino, atrayendo a Él muchas almas» (Notas de una reunión familiar, 9-IX-1971, citado por Echevarría, Carta pastoral 4-XI-2015, n.8). 

jueves, junio 02, 2016

Sagrado Corazón de Jesús

La solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús aparece entre las grandes fiestas que la liturgia prevé para recomenzar el tiempo ordinario después de la Pascua, además de la Santísima Trinidad y el Corpus Christi.
Durante la semana dedicada a la adoración de la Hostia Santa, el viernes, día en que murió Cristo, se contempla el amor misericordioso del Corazón de Jesús y se le desagravia por las ofensas contra el Santísimo Sacramento. Vemos entonces que se trata de una fiesta muy especial: hay naciones consagradas a Él, muchas familias tienen una imagen suya presidiendo los hogares y las fincas, etc.
Se entiende que sea una devoción tan arraigada en los pueblos cristianos, pues se remonta a la consideración de la Humanidad santísima de Jesucristo, de ese corazón que nos amó tanto, hasta el extremo de hacerse hombre para redimirnos de nuestros pecados.
La celebración litúrgica del Sagrado Corazón de Jesús se remonta al siglo XVII, cuando el Señor se le apareció a santa Margarita María de Alacoque todos los primeros viernes, durante varios años. En esas apariciones le mostraba su Corazón sacratísimo, y le hacía ver las heridas que le causaban los pecados de los hombres, especialmente las que le originaban sus elegidos. En uno de esos encuentros, le pidió a santa Margarita María que promoviera la fiesta del Sagrado Corazón el viernes de la Octava de Corpus y que difundiera la devoción de los primeros viernes durante el año.
Entonces podemos definir esta solemnidad como la fiesta del amor. De la caridad infinita de Dios, de su invitación a corresponderle, de acuerdo con el afamado refrán (amor con amor se paga): «Al tratar ahora del Corazón de Jesús, ponemos de manifiesto la certidumbre del amor de Dios y la verdad de su entrega a nosotros. Al recomendar la devoción a ese Sagrado Corazón, estamos recomendando que debemos dirigirnos íntegramente —con todo lo que somos: nuestra alma, nuestros sentimientos, nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras acciones, nuestros trabajos y nuestras alegrías— a todo Jesús» (ECP,164).

La liturgia escoge textos de la Escritura que enfatizan ese amor del Padre por nosotros. Por ejemplo, la Antífona de entrada está tomada del salmo 32, que alaba el plan del Señor, un designio que subsiste por siempre; los proyectos de su corazón, de edad en edad. En concreto, agradece que los ojos del Señor estén puestos en quien lo teme, en los que esperan su misericordia. Esa es la disposición generosa del Padre: librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre. Así se nota a lo largo de toda la Sagrada Escritura.
Con la oración colecta de la Misa «recordamos los beneficios de tu amor». Y es lo que hacemos en nuestra meditación, agradecerle al Señor todo lo que nos ha dado. Dios quiere que nos detengamos a contemplar su misericordia. Como explica san Juan Pablo II en su encíclica sobre este atributo divino, el amor del Padre se nota desde la creación: Dios crea por amor, no necesita del cosmos para ser más grande, sino que lo trae a la existencia como una manifestación de la superabundancia de su amor.
En el Antiguo Testamento, se revela con un amor de esposo, fiel, que perdona las ofensas. El Señor muestra esa misericordia en hechos y en palabras. La terminología bíblica ayuda a entender las principales dimensiones del amor misericordioso de Dios: una de las palabras usadas para definirlo es Hesed, que significa «amor bueno, amor fiel». Es la gracia, que procede de la fidelidad divina. Dios, como es fiel, ama y perdona siempre. Otra palabra es rah mim, que se relaciona con una visión que podríamos decir más femenina: es el amor materno, se refiere a las entrañas misericordiosas de Dios; es un amor gratuito, del Señor que salva, que perdona y que cumple las promesas.
De esa manera, el Antiguo Testamento va abriendo el camino para entender mejor la potencia la caridad divina, que prevalece sobre el pecado, sobre la infidelidad de ese pueblo que era tan traidor. Ese amor sobresale por encima de las miserias, tanto comunitarias como individuales. Por lo tanto, concluye san Juan Pablo II, la misericordia define a Dios y, además, al pueblo que la recibe (Cf. DM, nt.52).
Y podemos aprovechar nuestro diálogo con el Señor para recordar en este momento, y agradecerle sus dones: gracias, Dios mío, por el don de la creación, gracias por haberme traído al mundo, por habernos redimido con tu muerte en la Cruz, porque te quedaste en la Eucaristía, porque me hiciste cristiano, por haber venido a mi alma en el sacramento del Bautismo, por haber perdonado mis pecados ¡tantas veces!, también —si fuera el caso— por haber enriquecido la vocación bautismal a la santidad con una llamada específica para seguirte más de cerca, preocupado por la salvación de las almas, y así vivir mi existencia con una perspectiva nueva…
Son muchos los motivos que tenemos para darle gracias a Dios, y la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús es un buen momento para meditarlo. En cuántas ocasiones omitimos la gratitud, o ni siquiera somos conscientes, de tantos regalos que el Señor nos ha dado: «Dios me ama... Y el Apóstol Juan escribe: “amemos, pues, a Dios, ya que Dios nos amó primero”. —Por si fuera poco, Jesús se dirige a cada uno de nosotros, a pesar de nuestras innegables miserias, para preguntarnos como a Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?”... —Es la hora de responder: “¡Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo!”, añadiendo con humildad: ¡ayúdame a amarte más, auméntame el amor!» (F,497).
Ayúdanos, Señor, a aprender de tu ejemplo de misericordia. Auméntanos el amor, para querer como Tú lo haces, con ese Corazón humano y divino de Jesús, que siempre salía al encuentro de los enfermos, de los desplazados, de los hambrientos, de los más necesitados, como la viuda de Naím con su hijo muerto, o como las hermanas de Lázaro en Betania. Esa actitud que san Juan resume en el prólogo de la última cena: habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo…
La liturgia de la Misa cita en la primera lectura al profeta Ezequiel (34,11-16), para mostrar hasta dónde se remontan esas prefiguraciones del amor divino, esos anuncios del Antiguo Testamento: yo mismo apacentaré mis ovejas, y las haré reposar. La figura del pastor era muy común en ese tiempo, recordamos que era la profesión del rey David. La Escritura enseña que Dios esperaba que los dirigentes de su pueblo fueran pastores, y no monarcas al estilo humano, tiranos. Y por eso el Señor anuncia que él mismo será el Pastor de su rebaño. Y, además, hace una promesa que se cumplirá en Jesús, quien dirá de sí mismo: yo soy el buen Pastor (Jn 10,11). 
Debido a esa actitud pastoral hacia los «publicanos y pecadores», el Señor padecería contradicciones hasta morir en la Cruz, y por eso explicaba, con la parábola de la oveja perdida, que estaba cumpliendo la profecía de Ezequiel: ¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? (Lc 15,4). Ese es Jesús, el buen Pastor, que se preocupa de la única oveja extraviada y la cura. Ahí vemos reflejado su Corazón misericordioso, que viene a nuestro encuentro, que nos busca en medio de nuestras miserias y nos carga sobre sus hombros para llevarnos de nuevo a su redil.
Los Padres explicaban que el Buen Pastor nos apacienta con su palabra. Y también nos hace reposar con su amor, con su perdón, con su compañía, y con su presencia en el sagrario. Por eso la fiesta del Sagrado Corazón está inserida en la Octava del Corpus Christi. La misericordia prefigurada en el Antiguo Testamento llega a su perfección con Jesucristo: en sus palabras, en sus gestos, especialmente en su sacrificio en el Calvario, cuyos efectos podemos recibir ahora a través de los sacramentos. 

Por esa razón, la liturgia detiene su mirada en ese Pastor que da la vida por sus ovejas. Siguiendo al profeta Zacarías (12-10), nos ayuda a «mirar al que traspasaron», al que dio su vida por amor a nosotros en la Cruz. El profeta continuaba su anuncio presagiando que aquél día manaría una fuente para lavar el pecado y la impureza, lo que San Juan vio cumplido en el agua que brotó del costado traspasado con una lanza en la cima del Gólgota: Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua (Jn 19,34). 

El prefacio de la Misa resume la teología de la redención con una oración poética: «con amor admirable se entregó por nosotros, y elevado sobre la cruz hizo que de la herida de su costado brotaran, con el agua y la sangre, los sacramentos de la Iglesia; para que así, acercándose al corazón abierto del Salvador, todos puedan beber con gozo de la fuente de salvación».
Contemplamos en nuestra oración el amor misericordioso de Jesucristo, nuestro buen Pastor: «Celebramos la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús y con la liturgia echamos una mirada, por así decirlo, dentro del corazón de Jesús, que al morir fue traspasado por la lanza del soldado romano. Sí, su corazón está abierto por nosotros y ante nosotros; y con esto nos ha abierto el corazón de Dios mismo. La liturgia interpreta para nosotros el lenguaje del corazón de Jesús, que habla sobre todo de Dios como pastor de los hombres, y así nos manifiesta el sacerdocio de Jesús, que está arraigado en lo íntimo de su corazón» (BXVI, Homilía 110610).
Y qué mejor manera de hacerlo que meditando sobre el salmo 22, que nos ayuda, nos acompaña, prepara la mesa eucarística para la lucha por la santidad. Agradezcamos al Señor por tantas manifestaciones de su misericordia: «¡Gracias, Jesús mío!, porque has querido hacerte perfecto Hombre, con un Corazón amante y amabilísimo, que ama hasta la muerte y sufre; que se llena de gozo y de dolor; que se entusiasma con los caminos de los hombres, y nos muestra el que lleva al Cielo; que se sujeta heroicamente al deber, y se conduce por la misericordia; que vela por los pobres y por los ricos; que cuida de los pecadores y de los justos... —¡Gracias, Jesús mío, y danos un corazón a la medida del Tuyo!» ... (S,813).
Danos, Señor, un corazón que se duela de sus faltas y que desagravie por sus pecados y los de todos los hombres. Recordemos que, entre las promesas que nuestro Señor hizo a santa Margarita María para quienes vivieran esta devoción, decía: «Yo les prometo, en el exceso de la infinita misericordia de mi Corazón, que Mi amor todopoderoso les concederá a todos aquellos que comulguen nueve primeros viernes de mes seguidos, la gracia de la penitencia final; no morirán en desgracia ni sin recibir los sacramentos. Mi divino Corazón será su refugio seguro en este último momento».
Ante nuestra mala respuesta, podemos pedirle a Dios que nos conceda «recibir de esta fuente divina una inagotable abundancia de gracia» (oración Colecta). Que de ese manantial infinito saquemos amor para enmendar nuestra falta de correspondencia a su misericordia. Que nos esforcemos por desagraviarlo: con amor a Dios (en primer lugar, pidiendo perdón en el sacramento de la reconciliación las veces que haga falta; luchando para ser almas de oración y para crecer en amor a la Cruz; recibiendo con frecuencia la sagrada comunión; o con la práctica de los primeros viernes, etc.).
Otra manera de reparar por las ofensas al Corazón de Jesús puede ser a través del amor a los demás. Pidámosle, con la jaculatoria tradicional: «Haced mi corazón semejante al Vuestro». Enséñanos a amar, como amas Tú, a nuestros hermanos más cercanos (fraternidad) y a todas las almas (apostolado). Es un verdadero programa de vida, que viene resumido en la oración para después de la comunión: «Este sacramento de tu amor, Dios nuestro, encienda en nosotros el fuego de la caridad que nos mueva a unirnos más a Cristo y a reconocerle presente en los hermanos».
La Virgen santísima es Madre de Misericordia. Justamente el día después del Sagrado Corazón de Jesús celebramos la fiesta del Corazón Inmaculado de María, porque Ella nos enseña el camino seguro para amar a Dios y a nuestros hermanos. A nuestra Madre le pedimos que interceda ante la Trinidad para que escuche nuestra oración: «Concédenos la gracia de encontrar en el divino Corazón de Jesús nuestra morada; y establece en nuestros corazones el lugar de tu reposo, para permanecer así íntimamente unidos: a fin de que un día te podamos alabar, amar y poseer por toda la eternidad en el Cielo, en unión con tu Hijo y con el Espíritu Santo. Así sea» (San Josemaría, Consagración, 26-X-1952, en AVP).

sábado, mayo 28, 2016

Corpus Christi, Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo

Después de la solemnidad de Pentecostés, con la que termina el tiempo de la pascua, la liturgia continúa celebrando los grandes misterios de la fe cristiana, como si quisiera alargar el gozo de la Pascua: por tanto, hemos celebrado la Santísima Trinidad, el sacerdocio sumo y eterno de Jesucristo, y la presencia del Señor, con su cuerpo y con su sangre, con su alma y su divinidad, en las especies sacramentales del pan y del vino (el Corpus Christi). Un día para aumentar nuestra fe en la presencia de Jesús en el sagrario, para hacer muchos actos de amor, de esperanza y de fe.
Nos puede servir, para nuestro diálogo con el Señor, meditar las alabanzas que la liturgia le dispensa, como intentaremos en este rato de oración. Un himno del Breviario ensalza esta conmemoración diciendo: «Se dio a los suyos bajo dos especies, en su carne y su sangre sacratísimas, a fin de alimentar en cuerpo y alma a cuantos hombres en este mundo habitan». Y continúa, glosando sus efectos en el alma del cristiano: «Se dio, naciendo, como compañero; comiendo, se entregó como comida; muriendo, se empeñó como rescate; reinando, como premio se nos brinda». Vamos a meditar en esas distintas facetas de la presencia de Jesús en la Hostia Santa.
Esta solemnidad se remonta al siglo XIII, cuando el papa Urbano IV quiso difundir más la devoción a la Sagrada Eucaristía entre el pueblo cristiano y fomentar la comunión frecuente. Le pidió a santo Tomás de Aquino que compusiera los textos para la celebración y este santo teólogo resumió en unos bellos textos la doctrina católica sobre el Sacramento del altar: «Para que la inmensidad de este amor [de Jesús] se imprimiese más profundamente en el corazón de los fieles, en la última cena, cuando después de celebrar la Pascua con sus discípulos iba a pasar de este mundo al Padre, Cristo instituyó este sacramento como el memorial perenne de su pasión, como el cumplimiento de las antiguas figuras y la más maravillosa de sus obras; y lo dejó a los suyos como singular consuelo en las tristezas de su ausencia».
En esta explicación descubrimos tres momentos: pasado, presente y futuro; manifestaciones temporales que, en la Eucaristía tienen una vivencia diversa. Podemos decir que en este sacramento el tiempo se desdobla: el pasado se hace presente, el presente se hace comunión y al mismo tiempo se lanza a la esperanza futura de la vida eterna. Manifestaciones que también se exponen en la antífona de las vísperas de esta celebración: «¡Oh sagrado banquete (Oh Sacrum convivium) en que Cristo se da como alimento! En él, (1) se renueva la memoria de su pasión, (2) el alma se llena de gracia y (3) se nos da una prenda de la gloria futura».
En primer lugar, se habla de la Eucaristía como «Memorial de la pasión». Podríamos decir que es la dimensión más importante de este sacramento, porque resume el motivo de la Encarnación de nuestro Señor Jesucristo, «que por nosotros los hombres, y para nuestra salvación, bajó del cielo», de acuerdo con el Credo. La Santa Misa es la renovación incruenta del sacrificio de Cristo en el Calvario. Una dimensión que durante muchos años estuvo un poco escondida por darle más importancia a la faceta horizontal, al banquete, al convivio, pero la base de todo aquello está en que la Eucaristía hace presente de nuevo el sacrificio de Jesús.
Como dice el prefacio de la Misa, su misericordia lo llevó al amor extremo: «al instituir el sacrificio de la eterna alianza, se ofreció a sí mismo como víctima de salvación». Gracias, Señor, por ese sacrificio. Gracias por ese amor tan grande, hasta el extremo. De esa manera se cumplían las antiguas profecías, prefiguraciones de su presencia sacramental desde el Antiguo Testamento.
La liturgia de la fiesta selecciona algunas señales: por ejemplo, en la antífona de entrada se cita el Sal 80,17, que recuerda el prodigio del maná, con el que Dios cuidó de su pueblo en la travesía por el desierto: El Señor los alimentó con flor de harina y los sació con miel silvestre.
En la primera lectura aparece una figura misteriosa de los comienzos del Antiguo Testamento: el sacerdote Melquisedec, al que se encontró Abrahán después de haber vencido unas batallas. El patriarca le ofreció unos dones, a modo de diezmo, y aquél sacerdote —que también era rey, de Salem, la futura Jerusalén— lo bendijo y le ofreció pan y vino. El autor de la epístola a los hebreos glosa así su papel en la historia de la salvación, relacionando el sacerdocio de Jesucristo con el de Melquisedec: Sin padre, sin madre, sin genealogía; no se menciona el principio de sus días ni el fin de su vida. En virtud de esta semejanza con el Hijo de Dios, es sacerdote perpetuamente (7,3). Por la misma razón, el salmo responsorial es el 109, que habla del Mesías que no solo será Rey, sino también Sacerdote. Pero no como los levitas de esa época, sino de la manera originaria. Ese es el motivo por el cual la liturgia no duda en aplicar este himno a Jesucristo: El Señor lo ha jurado y no se arrepiente: «Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec». Y se atreve a pedirle al Padre que mire con ojos de bondad nuestra ofrenda eucarística y la acepte, como aceptó «la oblación pura de tu sumo sacerdote Melquisedec» (Canon romano).
Esas imágenes antiguas quedan desveladas en el Nuevo Testamento, ya desde las primeras manifestaciones públicas de la divinidad de Jesucristo. Por ejemplo, san Lucas (9,10-17) presenta una de las primeras multiplicaciones del pan. Los gestos de Jesucristo son claramente eucarísticos, se pueden poner en paralelo con el relato de la institución de la Eucaristía: tomando él los cinco panes y los dos peces y alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los iba dando a los discípulos para que se los sirvieran a la gente.
Son como una anticipación de lo que celebrará unos años más tarde en el cenáculo, y que san Pablo fue el primero en reportar a través de sus cartas (Cf. 1Co 11,23-26): Porque yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía». Esa entrega habla del sacrificio en el Calvario, del cual la Eucaristía es memorial.
Con esta tradición recibida, Pablo anuncia que el signo anunciado en la multiplicación de los panes se hizo real con la presencia de Jesús en la Eucaristía: Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía». Está recordando una profecía de Jeremías (31,31), que hablaba de una alianza definitiva, después de todas las alianzas pasajeras del Antiguo Testamento. Una alianza sellada con la sangre del Hijo, no con la de los animales. El pan partido y la sangre derramada anuncian esa dimensión de holocausto que conlleva el sacramento en el que Jesucristo es, al mismo tiempo, sacerdote, víctima y altar.
San Juan lo aclara más con el sermón del pan de vida, en el que Jesús remata su predicación diciendo (6,53): si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. «Aquí no sólo resulta evidente la referencia a la Eucaristía, sino que además se perfila aquello en que se basa: el sacrificio de Jesús que derrama su sangre por nosotros y, de este modo, sale de sí mismo, por así decirlo, se derrama, se entrega a nosotros» (Benedicto XVI, 2007). Él dice que esa es la clave por la cual muchos teólogos contemporáneos no entienden la Eucaristía, ni el mensaje de Jesucristo, porque no aceptan la expiación, que el Hijo de Dios se haya ofrecido en sacrificio por nuestros pecados. Aprovechemos para darle muchas gracias al Señor, y para unirnos a su sacrificio conscientes de que «todos, por el Bautismo, hemos sido constituidos sacerdotes de nuestra propia existencia» (ECP,96).
La liturgia alaba esa expiación con las palabras del Prefacio: «Su carne, inmolada por nosotros, es alimento que nos fortalece; su sangre, derramada por nosotros, es bebida que nos purifica». Y en el segundo Prefacio para alabar la Eucaristía, la Iglesia recuerda que, «en la última cena con los Apóstoles, se ofreció a ti como cordero sin mancha [otra figura del Antiguo Testamento], para perpetuar su pasión salvadora y tú lo aceptaste como sacrificio de alabanza perfecta». Por esa razón la Eucaristía es el «centro y la raíz de la vida espiritual del cristiano» (ECP,87), «la cumbre y la fuente» de la gracia sacramental (SC,10). Con esta convicción, solicitamos al final de la oración colecta «que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención», memorial de la pasión redentora, culmen de la misericordia divina. Jesucristo mismo es el rostro de la misericordia, como ha recordado el papa Francisco (MV,1).
En segundo lugar, podemos fijarnos en un detalle aparentemente pequeño de la narración del milagro de Jesús en el desierto: Comieron todos y se saciaron, y recogieron lo que les había sobrado: doce cestos de trozos. Una de las exégesis de esta conclusión del milagro es que alude a las formas consagradas que se conservaban desde la antigua cristiandad para llevar la comunión a los enfermos, y que son el origen de la actual adoración a Jesús sacramentado, presente en el sagrario.
Así meditamos la segunda dimensión del sacrificio eucarístico, que de hecho le da uno de los principales nombres al sacramento: la comunión que Dios establece con nosotros. Por eso hemos considerado en la predicación de santo Tomás que «el alma se llena de gracia», y que «lo dejó a los suyos como singular consuelo en las tristezas de su ausencia». Jesús está en el cielo, pero se quedó con nosotros. Podemos pensar qué tanto es la Eucaristía nuestro quitapesares, si nos hace falta rondarlo, pasar un momento junto al sagrario, rezar delante de Él, hacerle compañía, dejarnos acompañar por Él, si nos escapamos con la imaginación al tabernáculo más cercano, si «asaltamos» los sagrarios en nuestros recorridos por la ciudad, visitándolo, o al menos haciendo una comunión espiritual.
La liturgia también alaba este efecto de la presencia del Cuerpo y la Sangre de Cristo en las especies eucarísticas: «Con este sacramento, alimentas y santificas a tus fieles para que, a los hombres que habitan un mismo mundo, una misma fe los ilumine y los una un mismo amor». Ese es un efecto muy importante: el amor de Dios que se derrama en nuestros corazones (Cf. Rm 5,5). Por eso la Eucaristía también es llamada «sacramento de caridad, vínculo de unidad». Y ese es el motivo por el cual se le pide al Señor en la oración sobre las ofrendas que conceda a su Iglesia «el don de la paz y la unidad, significado en las ofrendas sacramentales que te presentamos».
Esta es una de las maneras como Cristo transforma el mundo: convirtiendo a los fieles en otros Cristos, sembradores de su paz y de su alegría: «nos acercamos a tu mesa para que, penetrados por la gracia de este admirable misterio, nos transformes en imagen de tu Hijo» (Prefacio). Aprovechemos nuestra oración para formular propósitos que nos ayuden a ser almas esencialmente eucarísticas, unidas al sacrificio de Cristo en medio de las ocupaciones de cada día, y conscientes del gran regalo que significa el hecho de tenerlo a pocos pasos, esperándonos en el sagrario: «hemos de amar la Santa Misa que debe ser el centro de nuestro día. Si vivimos bien la Misa, ¿cómo no continuar luego el resto de la jornada con el pensamiento en el Señor, con la comezón de no apartarnos de su presencia, para trabajar como Él trabajaba y amar como Él amaba? Aprendemos entonces a agradecer al Señor esa otra delicadeza suya: que no haya querido limitar su presencia al momento del Sacrificio del Altar, sino que haya decidido permanecer en la Hostia Santa que se reserva en el Tabernáculo, en el Sagrario» (ECP,154).
La tercera característica del sacramento de la Eucaristía, además del sacrificio y de la comunión, es su dimensión escatológica: Jesucristo en la comunión es prenda de la gloria futura, de la vida eterna. Como decíamos con el himno, el Señor, «reinando, como premio se nos brinda». El Catecismo enseña que la Eucaristía anticipa la gloria celestial (n.1402), y por eso decimos, inmediatamente después de la consagración, las palabras del Maran atha judío: «ven, Señor Jesús». El rito de la comunión ayuda a meditar en esta realidad, después de rezar el Padrenuestro: «celebramos la Eucaristía “mientras esperamos la gloriosa venida de Nuestro Salvador Jesucristo” (cf. Tt 2,13), y le pedimos entrar “en tu reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria; allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque, al contemplarte como tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a ti y cantaremos eternamente tus alabanzas, por Cristo, Señor Nuestro”» (CEC,1404).
Garantía de vida futura, y fundamento del optimismo cristiano para nuestra lucha en la tierra: «Jesús, en la Eucaristía, es prenda segura de su presencia en nuestras almas; de su poder, que sostiene el mundo; de sus promesas de salvación, que ayudarán a que la familia humana, cuando llegue el fin de los tiempos, habite perfectamente en la casa del Cielo, en torno a Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo: Trinidad Beatísima, Dios Único» (ECP,153).

A la Virgen santísima, mujer eucarística, le pedimos que nos ayude a preparar, a celebrar y a continuar nuestra vida de almas de Eucaristía con la vista puesta siempre en esas tres características que hemos considerado (el sacrificio, la comunión y la vida eterna): «¡Oh sagrado banquete en que Cristo se da como alimento! En él, se renueva la memoria de su pasión, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura».

viernes, marzo 25, 2016

Sacerdocio, Eucaristía, Caridad

La Santa Misa en la Cena del Señor comienza con la antífona de entrada (Ga 6,14): Nosotros hemos de gloriarnos en la cruz de nuestro señor Jesucristo. Con esa cita nos ponemos en la órbita en la que hemos de girar durante los días Santos, ya que conmemoramos los máximos misterios de nuestra redención.  La liturgia añade al texto sagrado que «en Él en Cristoestá nuestra salvación, nuestra vida y nuestra resurrección». Celebramos que la misericordia divina «nos ha salvado y nos ha liberado».

Por eso se entona el Gloria con todo boato, después de cuarenta días sin hacerlo, para alabar, bendecir, glorificar y agradecer a la Trinidad Beatísima con el mismo canto de júbilo que los Ángeles entonaron la noche del nacimiento de Jesús. Esas campanas, que tañeron festivas, callarán hasta la vigilia Pascual.

En la oración colecta nos dirigimos al Señor diciéndole que nos congregamos «para celebrar esta sacratísima Cena, en la cual tu Unigénito, cuando iba a entregarse a la muerte, encomendó a la Iglesia el sacrificio nuevo y eterno»…

Nos detenemos a considerar esa entrega, ese encargo que Jesucristo hizo a la Iglesia de renovar su propio sacrificio. Y es la primera idea que consideramos en esta celebración: la institución del orden sacerdotal, sacramento que Jesucristo estableció fundamentalmente para renovar el sacrificio del Calvario, para dispensar el Sacramento del amor, desde la mesa de la Palabra y la mesa de la Eucaristía. Como dice San Juan Crisóstomo: «no es el hombre quien convierte las cosas ofrecidas en el cuerpo y la sangre de Cristo, sino el mismo Cristo que por nosotros fue crucificado. El sacerdote, figura de Cristo, pronuncia aquellas palabras, pero su virtud y la gracia son de Dios».

Haced esto en conmemoración mía… Al instituir el sacramento del Orden, Jesús nos invitó a imitarle. Y esa emulación no es un proyecto dirigido sólo a los ministros ordenados: «la vocación cristiana nos exige a todos a los seglares también practicar cuantas virtudes han de vivir los buenos sacerdotes» (San Josemaría, Carta 2-II-1945, n.10. Citado por Echevarría, 2009). Todos los cristianos, por el hecho de recibir el bautismo, somos injertados en el sacrificio de Cristo, participamos del sacerdocio común de los fieles de acuerdo con la expresión de San Pedro (1 P 2,9): Vosotros sois un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios para que anunciéis las proezas del que os llamó de las tinieblas a su luz maravillosa.

En esa misma línea, concluye el Fundador del Opus Dei que, «con esa alma sacerdotal que pido al Señor para todos vosotros debéis procurar que, en medio de las ocupaciones ordinarias, vuestra vida entera se convierta en una continua alabanza a Dios: oración y reparación constantes, petición y sacrificio por todos los hombres.  Y todo esto, en íntima y asidua unión con Cristo Jesús, en el santo sacrificio del altar» (San Josemaría, Carta 28-III-1955, n.4. Citado por Echevarría, 2009)

La oración colecta hace énfasis en la razón del ser del sacerdocio ministerial: «Tu Unigénito, cuando iba a entregarse a la muerte, encomendó a la Iglesia el sacrificio nuevo y el terreno y el banquete de su amor»

El Sacramento del orden, que es «participación en la misión salvífica de Cristo» (AIG, 35) y por el cual «el hombre se convierte en instrumento de la gracia salvadora» (AIG, 39), es una manifestación maravillosa de la Misericordia divina. Y no sólo con la persona llamada (se trata de una dignidad «que en la tierra nada supera» [AIG, 70)), sino con la Iglesia y con la humanidad entera.

Pidamos al Señor vocaciones para el sacerdocio, para la vida consagrada, y para el celibato apostólico en medio del mundo, sirviéndonos de la intercesión de San José, patrono de las vocaciones. Pidamos que reviva la ilusión vocacional en las familias, que haya muchos padres y madres orgullosos de la vocación de sus hijos y dispuestos a entregarlos con generosidad para un posible llamado, si es la voluntad de Dios; que los eduquen con esas disposiciones de magnificencia y apertura a los demás y que haya muchos jóvenes en todo el mundo dispuestos a seguir las sendas de misericordia de Jesucristo, que se entregó por nosotros y nos dio la misión de imitarlo para llevar su gracia, sus sacramentos, su evangelio hasta el último rincón del mundo.

Para eso está el sacerdocio, para servir a las almas. Su dimensión teológica más profunda consiste en la consagración a Dios y la misión hacia los demás. Y una manifestación concreta de esa disponibilidad, es el segundo tema de la celebración del Jueves Santo: la centralidad que en la vida del sacerdote debe tener la celebración de la Eucaristía, que es el «banquete de su amor».

En un estudio reciente sobre los primeros pasos del Opus Dei, cuentan algunos testigos que san Josemaría pasaba «horas largas cerca del Sagrario, en conversación con el Señor. Solía estar en la iglesia en momentos en que solía estar vacía». Y uno de los estudiantes que tenían dirección espiritual con él concluye que, «sin predicaciones, sin homilías, nada más que en la manera de decir la Misa, la emoción con que realizaba el Sacrificio, era tan poderosa que se transmitía a los que estábamos cerca de él». Pidámosle hoy que nos contagie ese amor al sacramento del altar, que es «signo de unidad y vínculo de caridad» (González, 2016).

Y de ese modo llegamos a la tercera idea de la celebración del Jueves Santo, que es precisamente el amor fraterno. En el Evangelio del Jueves Santo se considera que, antes de celebrar la Pascua, Jesús lavó los pies a sus discípulos (Jn 13,1-15). El Señor presta un servicio que era propio de esclavos. Como dice San Pablo, se despojó de su rango (Flp 2,7). El Papa Benedicto decía que Jesús se arrodilla ante nosotros, lava nuestros pies sucios y nos purifica como en el Apocalipsis (7,14). El amor servicial de Jesús nos saca de nuestra soberbia y nos hace capaces de Dios, nos hace puros, nos dispone a ser misericordiosos como Él (Cf. Benedicto XVI, 2011).

Explicando ese pasaje, mons. Echevarría dice que este lavar los pies los unos a los otros a que nos invita el Señor «lleva consigo tantas cosas concretas, porque ese limpiar de que se habla, nace del cariño; y el amor descubre mil formas de servir y de entregarse a quien se ama. En cristiano, lavar los pies significa, sin duda, rezar unos por otros, dar una mano con elegancia y discreción, facilitar el trabajo, adelantarse a las necesidades de los demás, ayudarse unos a otros a comportarse mejor, corregirse con cariño, tratarse con paciencia afectuosa y sencilla que no causa humillaciones; alentarse a venerar al Señor en el Sacramento, emularse mutuamente en ese ir a Jesús con las manos cargadas de atenciones de cariño a Él y a nuestros hermanos. Lavar los pies implica colmar la propia vida de obras de servicio sacrificado y gustoso, de mediación apostólica cumplida con alma sacerdotal» (2005). 

Acudamos a la Virgen Santísima, que estaría en el cenáculo preparando la celebración de la Pascua unida a la entrega de su Hijo. Pidámosle a Ella que nos ayude a profundizar en el significado de estos tres aspectos de la celebración del Jueves Santo: el sacerdocio, la Eucaristía y la caridad. Y que interceda ante el Padre para que nos conceda lo que le pedíamos al final de la oración colecta: «que por la celebración de tan sagrado misterio obtengamos la plenitud del amor y de la vida».

miércoles, marzo 23, 2016

La oración en el huerto


El Evangelio de san Marcos dice que, después de la última cena, Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní (26,36). En arameo esta palabra significa “prensa de aceite”, por lo cual se intuye que en ese lugar se procesaban las olivas cosechadas en los alrededores. Se trata de un pequeño rincón del valle del Cedrón, al oriente de Jerusalén, en la base del monte de los Olivos (Díez, 2010,148).

San Lucas añade que Jesús lo visitaba con frecuencia para orar cuando se encontraba en la Ciudad Santa: se encaminó, como de costumbre, al monte de los Olivos (22,39). Costumbre de orar. El Señor nos da ejemplo de piedad frecuentemente: antes de los grandes acontecimientos, como la elección de los Doce, pasa la noche en oración; al hacer milagros, el Evangelio lo muestra en diálogo con su Padre. Ahora, en la recta final de su paso por la tierra, también es modelo de plegaria: Y dijo a los discípulos: «Sentaos aquí, mientras voy allá a orar».

¡Qué importante es dedicar unos ratos diarios a la conversación con el Señor! Es muy común encontrar personas que habitualmente rezan una pequeña oración al despertarse y quizá también agradecen a Dios antes de irse a la cama… ¡y poco más! Aprovechemos la contemplación de Jesús orante para concretar el propósito de dedicar unos ratos diarios, ojalá un tiempo fijo y a hora determinada, para contarle al Señor nuestras cosas, meditar en su vida, fortalecer nuestra relación con Él y lograr, de esa manera, tenerlo como nuestro mejor amigo.

Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo… El Señor se acompaña con los tres discípulos mejor preparados, los mismos que lo habían asistido en los momentos de gloria, como la transfiguración en el monte Tabor o la resurrección de la hija de Jairo. Vemos la importancia de la amistad humana, que hasta el mismo Dios encarnado la quiso vivir: os he llamado amigos. Amistad que no solo consiste en dar —Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos (Jn 15,13)—, sino que también recibe. En este caso, Jesús no solo no rehúye, sino que busca la compañía de aquellos amigos a los que tanto quería. Nos sirve también para pensar en el valor que tiene, a los ojos del Señor, la intercesión de los santos, que han sido sus mejores amigos en la tierra.

Empezó a sentir tristeza y angustia. Entonces les dijo: «Mi alma está triste hasta la muerte». Meditando esta sincera confesión de Jesucristo a los apóstoles podemos considerar que, entre las manifestaciones de la amistad, se encuentra la apertura del alma, la comunión del consuelo humano, y el buscar juntos la ayuda divina. Jesús, como buen amigo, comparte su pasión con los discípulos más cercanos. Y los invita a ellos —también a nosotros ahora— a ser corredentores con Él: «quedaos aquí y velad conmigo». ¿En qué consiste esa vigilancia, esa vela que el Señor le pide a sus tres discípulos más cercanos? El papa Benedicto explicaba que es tomar conciencia tanto sobre la cercanía de Dios como sobre el poder amenazante del mal. También decía que la causa de la tristeza de Jesús es la somnolencia de los cristianos (cf. 2011, 181). 

Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba… Amistad con los hombres, pero con fundamento en el abandono en Dios. Conversación con los amigos, pero primacía del trato con el Padre. En el mismo texto citado, el papa alemán se detenía en la posición de Jesús cuando oraba: rostro en tierra, que denota sumisión a Dios, confianza en el Señor, un gesto que repite la liturgia el Viernes Santo. Por su parte, san Lucas dice que Jesús oraba de rodillas, como mueren los mártires, luchando y en oración.

¿Qué decía Jesús en su diálogo personal? Una frase muy simple: Padre mío. Con esa invocación nos invita a que consideremos el inmenso regalo de la filiación divina adoptiva que nos alcanzó con sus padecimientos. Gracias a la redención, también nosotros podemos tratar a Dios, hablar con Él como un hijo pequeño. Con la confianza del niño, que sabe que puede solicitar todo a su Padre. Aprendamos de Jesús a pedir lo que veamos conveniente, lo que nos apetece: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz».

Sin embargo, no olvidemos el matiz con el que el Señor condiciona su petición: si es posible… Yo te pido lo que veo y lo que quiero, pero Tú sabes mejor que nadie lo que más me conviene. Por eso el Maestro había enseñado antes a rezar: Hágase tu voluntad… ¡Cuántas veces queremos imponer nuestro modo de ver las cosas, nuestros caprichos, y nos olvidamos de que Dios sabe más! Aprendamos de Jesús a terminar nuestras oraciones como Él hizo: «no se haga como yo quiero, sino como quieres tú».

El Catecismo resume esta escena diciendo que «la oración de Jesús ante los acontecimientos de salvación que el Padre le pide es una entrega, humilde y confiada, de su voluntad humana a la voluntad amorosa del Padre» (n.2600). En Jesucristo se reconcilian, por la obediencia, las voluntades que estaban separadas desde el pecado original. Gracias a ese «fiat!» del Señor recuperamos la filiación divina: el Hijo «ha acogido en sí la oposición de la humanidad y la ha transformado, de modo que, ahora, todos nosotros estamos presentes en la obediencia del Hijo, hemos sido incluidos dentro de la condición de hijos» (Benedicto XVI, 2011, 191).

De ese modo, podemos unirnos a la oración filial del Señor: «Jesús ora en el huerto: “Pater mi”, “Abba, Pater!”. Dios es mi Padre, aunque me envíe sufrimiento. Me ama con ternura, aun hiriéndome. Jesús sufre, por cumplir la Voluntad del Padre... Y yo, que quiero también cumplir la Santísima Voluntad de Dios, siguiendo los pasos del Maestro, ¿podré quejarme, si encuentro por compañero de camino al sufrimiento? Constituirá una señal cierta de mi filiación, porque me trata como a su Divino Hijo. Y, entonces, como Él, podré gemir y llorar a solas en mi Getsemaní, pero, postrado en tierra, reconociendo mi nada, subirá hasta el Señor un grito salido de lo íntimo de mi alma: “Pater mi, Abba, Pater,... fiat!”» (AI 1663, 10-X-1932; cfr VC, 1,1).

«Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú». Este modo de actuar no solo se aplica a la oración, sino para todos los momentos de la vida. Recuerdo a un amigo que contaba su proceso vocacional: había decidido dar su vida al Señor, estaba contento con su decisión, pero surgió un nuevo llamado, una petición más exigente, y esta persona dudaba, temía, le costaban los riesgos que asumiría con las nuevas circunstancias; le dolía ver lo que dejaba por seguir a Cristo: la familia, su terruño, el trabajo que desempeñaba, sus aficiones… Para tomar la decisión definitiva fue concluyente la meditación de este pasaje. Viendo a Jesús dialogar con su Padre, no se sintió capaz de responder de otra forma distinta a la del Maestro: «no se haga como yo quiero, sino como quieres tú».

Después de estas palabras, san Lucas añade un material propio, la agonía de Jesús (22,43-44): Y se le apareció un ángel del cielo, que lo confortaba. En medio de su angustia, oraba con más intensidad. Y le entró un sudor que caía hasta el suelo como si fueran gotas espesas de sangre. Son manifestaciones del padecimiento extremo que sufría por nuestra salvación. Benedicto XVI considera que esta turbación se debía a que Jesús, como Dios, veía la gravedad del mal, del cáliz que iba a beber. La angustia era mucho mayor que el natural horror humano de morir. Y cita a Pascal, que veía sus pecados en aquel cáliz, y decía que Jesús había derramado esas gotas de sangre por él (Cf. 2011, 185). Como resume un teólogo: «Aquí, en el Huerto, el dolor se hace presente en la oración: la oración se hace dolor, para luego, a lo largo de toda la pasión, transformar el dolor en oración» (Rodríguez, SRECH, 1 doloroso).

El drama de Getsemaní nos interpela continuamente: no solo nos invita a orar, a unir nuestra voluntad con la del Padre, sino que nos llama a perseverar en ese empeño: Y volvió a los discípulos y los encontró dormidos. ¡Cuántas veces no habremos sido nosotros esos Pedros dormilones, que merecen escuchar el reproche de Jesús: Dijo a Pedro: ¿No habéis podido velar una hora conmigo?!

El Señor nos enseña otra clave para la vida de oración: no basta con programar un tiempo fijo, a hora precisa, con generosidad. El diálogo con Dios debe ser con el alma y con el cuerpo: «Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil». Por esa razón, la ascética cristiana enseña a acompañar la oración con la penitencia y con las obras de misericordia. Se trata de vivir en unidad de vida, no conformarse con unas prácticas externas de piedad, sino confirmarlas con la mortificación, con el trabajo, con la vida en familia y en sociedad.

«Al meditar esos momentos en los que Jesucristo —en el Huerto de los Olivos y, más tarde, en el abandono y el ludibrio de la Cruz— acepta y ama la Voluntad del Padre, mientras siente el peso gigante de la Pasión, hemos de persuadirnos de que, para imitar a Cristo, para ser buenos discípulos suyos, es preciso que abracemos su consejo: si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz, y me siga. Por esto, me gusta pedir a Jesús, para mí: Señor, ¡ningún día sin cruz! Así, con la gracia divina, se reforzará nuestro carácter, y serviremos de apoyo a nuestro Dios, por encima de nuestras miserias personales» (AD, n.216).

«Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil». Jesucristo enseña con su ejemplo, y continúa velando: De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo: «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad». Una vez más, el Señor nos muestra la importancia de persistir en la oración, aunque no veamos los frutos. Esa constancia, ese vigilar sin recibir nada a cambio, serán las pruebas de la fe y del amor que nos mueven a pedir que se cumpla la voluntad divina.

Los apóstoles, por el contrario, cansados después de una jornada extenuante, de una cena festiva, y además emocionados por la oración sacerdotal de Jesucristo, por los discursos de despedida, por los anuncios relacionados con la traición de Judas, continuaban dormidos, porque sus ojos se cerraban de sueño. Jesús afronta esa soledad con dolor, y los invita a acompañarlo en su camino de sufrimiento, que estaba a punto de comenzar. Invitación que ellos no seguirían —y nosotros tampoco lo hacemos, cada vez que le damos la espalda a los llamados divinos—. Como entonces, el Señor nos sigue invitando: ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega.


Solo la Virgen acompañaba a su Hijo, quizá oteando por la ventana del cenáculo. Terminemos nuestra oración pidiéndole a Ella que, aunque seamos cobardes, aunque sigamos a su Hijo de lejos, estemos siempre «despiertos y orando. —Oración... Oración...» (SR, 1 doloroso).

lunes, marzo 21, 2016

La unción en Betania

El Sábado de Pasión, la víspera del Domingo de Ramos, el Señor fue a comer a Betania, la pequeña aldea a la que tanto le gustaba ir. Allí, con la compañía de esos queridísimos amigos que eran Lázaro, María y Marta, Jesús descansaba y reponía fuerzas (Jn 12,1-11). Ellos habían invitado al Maestro para celebrar la resurrección del hermano mayor, pero no había sido fácil concretar el día, debido a la persecución que habían desencadenado sus enemigos.
Allí le ofrecieron una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. Detallista como siempre, María había empleado una buena cantidad de sus ahorros para comprar un perfume importado del Oriente. En los momentos iniciales, cuando el protocolo sugería ofrecer al invitado agua para que se limpiara los pies —como sabemos por el banquete en casa de Simón el fariseo—, María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera.
Este gesto nos habla, además de la natural manifestación de gratitud por la resurrección de Lázaro, de un amor generoso y pródigo al Señor, de trato delicado y fino con quien nos ha mostrado su caridad hasta el extremo. Y nos invita a preguntarnos cómo le demostramos a Jesús que le queremos, a Él directamente y en sus hermanos más pequeños. Estas dos manifestaciones pueden ser el tema de nuestra meditación de hoy.
Al comienzo de la Semana Santa, podemos examinar cuántas veces te hemos agradecido, Señor, durante la cuaresma, por habernos redimido; qué esfuerzo hemos hecho para tener muestras de delicadeza y afecto contigo. Por ejemplo, al celebrar o participar en la Misa, cómo cuidamos la preparación remota y próxima, con cuánto amor vivimos cada parte de la Eucaristía, desde el primer momento.
Regresemos a la escena: María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume. Ese aroma nos llega a través del tiempo hasta el hoy de nuestra oración. Es la esencia del amor, de la generosidad, del cariño por el Maestro. Ese buen olor, incienso de Cristo, del que habla san Pablo, nos pregunta por nuestra labor apostólica, que es el contexto en el que el Apóstol de las gentes menciona esa frase: Doy gracias a Dios, que siempre nos asocia a la victoria de Cristo y difunde por medio de nosotros en todas partes la fragancia de su conocimiento (2 Co 2,15).
Pidamos al Señor que, como fruto de nuestro amor por Él —queremos que sea como el de los hermanos de Betania—, tengamos ese sano afán de difundir en nuestro ambiente la vida y la doctrina de Jesús. Que, con nuestras palabras y con nuestras obras, con el esfuerzo por adquirir las virtudes, seamos de verdad ese buen olor que salva. De esa manera se cumplirán en nuestra vida las palabras del Apóstol: Porque somos incienso de Cristo ofrecido a Dios, entre los que se salvan y los que se pierden; para unos, olor de muerte que mata; para los otros, olor de vida, para vida.
Esta dicotomía la vemos reflejada en la escena de Betania. En medio del buen ambiente que se respiraba, había una persona para la cual la fragancia de nardo era olor de muerte: Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dice: «¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?».
San Juan añade que esa repentina preocupación social se debía en realidad a la codicia: Esto lo dijo no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como tenía la bolsa, se llevaba de lo que iban echando. San Juan Pablo II comenta que, «como la mujer de la unción en Betania, la Iglesia no ha tenido miedo de “derrochar”, dedicando sus mejores recursos para expresar su reverente asombro ante el don inconmensurable de la Eucaristía» (2003b, n.48). En la misma línea había escrito antes san Josemaría: «Aquella mujer que en casa de Simón el leproso, en Betania, unge con rico perfume la cabeza del Maestro, nos recuerda el deber de ser espléndidos en el culto de Dios. —Todo el lujo, la majestad y la belleza me parecen poco» (C, n.527). 
Un ejemplo de ese cuidado nos lo brinda un pasaje de la biografía del beato Manuel González, al dejar reservado por primera vez el Santísimo Sacramento en un convento: «Después de haber cerrado el Sagrario, ya lleno con la presencia real del Maestro divino de Nazaret, se despedía el Fundador de sus hijas, recordando la frase del Beato Ávila, les repetía: “¡Que me lo tratéis bien, que es Hijo de buena Madre!”» (Cf. Rodríguez, n.531).  
Hoy podemos repetir la oración de san Josemaría al recordar ese suceso: «“¡Tratádmelo bien, tratádmelo bien” (…) —¡Señor!: ¡Quién me diera voces y autoridad para clamar de este modo al oído y al corazón de muchos cristianos, de muchos!» (Ibidem.). Aprendamos, en estos días de Semana Santa, del ejemplo de María de Betania y de tantos santos enamorados de Jesucristo, prisionero de amor en la Eucaristía. Que lo acojamos con el nardo de nuestras penitencias, de nuestra piedad renovada, del cariño fraterno, del afán apostólico incesante.
Volviendo a la escena de la unción en Betania, podemos preguntarnos: ¿cómo reaccionó Jesús ante la incómoda situación en que lo puso el comentario de Judas Iscariote? San Juan Pablo II continúa su exégesis: «la valoración de Jesús es muy diferente. Sin quitar nada al deber de la caridad hacia los necesitados, a los que se han de dedicar siempre los discípulos —pobres tendréis siempre con vosotros—, Él se fija en el acontecimiento inminente de su muerte y sepultura, y aprecia la unción que se le hace como anticipación del honor que su cuerpo merece también después de la muerte, por estar indisolublemente unido al misterio de su persona» (2003b, n. 47).
Jesús dijo: «Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis». Por ese motivo este pasaje se lee el Lunes santo, como preparación inmediata para la celebración del triduo pascual. El Señor anuncia veladamente que muy poco tiempo después ya estará sepultado. Y lo hace con una paz y una serenidad que muestran que en Él se cumple la profecía del Siervo de Isaías, que se lee como primera lectura de la Misa durante las jornadas iniciales de la Semana Santa (caps. 40-55): No gritará, no clamará, no voceará por las calles. Yo no resistí ni me eché atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos.
Jesucristo ofreció su vida generosamente por nosotros, asumió la Voluntad del Padre de entregarse a la muerte por nuestra salvación. Debemos pensar, como el Apóstol san Pablo, que también debemos manifestar nuestro amor a Dios imitándolo en esa abnegación por nuestros hermanos, que nos permita decir, como el Apóstol: Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia.
La mejor manera de tomar la Cruz de Cristo, camino del Calvario, es sufrir por los demás —sin dramatismos—, ser sus cirineos. Pidamos al Señor que nos ayude a descubrir su rostro en esos hermanos que salen a nuestro encuentro desde sus «periferias existenciales», como dice el papa Francisco: con la enfermedad, la pobreza, las necesidades de afecto, de comprensión, de compañía. Podemos hacernos las preguntas que él mismo sugería: «¿Se tiene la experiencia de que formamos parte de un solo cuerpo? ¿Un cuerpo que recibe y comparte lo que Dios quiere donar? ¿Un cuerpo que conoce a sus miembros más débiles, pobres y pequeños, y se hace cargo de ellos? ¿O nos refugiamos en un amor universal que se compromete con los que están lejos en el mundo, pero olvida al Lázaro sentado delante de su propia puerta cerrada?» (Mensaje para la Cuaresma, 2015).
Al comienzo de una Semana Santa, el beato Álvaro del Portillo animaba a poner la lucha interior de esos días precisamente en la fraternidad: «Exigíos en este campo, hijas e hijos míos, atribuyendo mucha importancia a las pequeñas mortificaciones que hacen más alegre y amable el camino de los demás, viendo siempre en ellos a Cristo, sin olvidar que “una sonrisa puede ser, a veces, la mejor muestra del espíritu de penitencia” (F, n.149). De este modo, vuestros pequeños sacrificios subirán al Cielo in odorem suavitatis, como el incienso que se quema en honor del Señor» (2014, pp. 120-121).
Cuando hablamos del amor a Dios y a los hombres de los que María de Betania es ejemplar, pensamos también en la Madre de Jesús, que al mismo tiempo es nuestra Madre. A Ella, que «se entregó completamente al Señor y estuvo siempre pendiente de los hombres; hoy le pedimos que interceda por nosotros, para que, en nuestras vidas, el amor a Dios y el amor al prójimo se unan en una sola cosa, como las dos caras de una misma moneda» (Echevarría 2004, in loco).