jueves, agosto 25, 2011

Perder la vida

Inmediatamente después de la confesión de Pedro en Cesarea de Filipo, el Señor les explica en qué consiste su mesianismo (Mt 16,21-27): Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y padecer mucho por causa de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ser llevado a la muerte y resucitar al tercer día. Pedro, tomándolo aparte, se puso a reprenderle diciendo: — ¡Dios te libre, Señor! De ningún modo te ocurrirá eso.  Pero él se volvió hacia Pedro y le dijo: — ¡Apártate de mí, Satanás! Eres escándalo para mí, porque no sientes las cosas de Dios sino las de los hombres.
Es un diálogo muy fuerte, pues poco tiempo antes Jesús mismo había hecho roca de su Iglesia a Pedro y ahora le dice Satanás. Se ve por qué podía confiar en ellos: porque se dejaban decir las cosas. No hacía falta andar con miramientos a la hora de corregirlos. El error de Pedro acecha a todos los pastores a lo largo de la historia: el intento de consensuar con el ambiente imperante, de atemperar las exigencias del Evangelio para no despertar descontentos, la diplomacia que esconde la cobardía y el miedo a la cruz. Esos pastores que no anuncian la presencia del lobo son piedra de escándalo, obstáculos para la misión del Señor.
Para redondear las enseñanzas de aquel día, Jesús se dirige a sus discípulos: —Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará. Hace unos años leía la historia de la vocación de un sacerdote: cuando sentía que los acontecimientos de su vida lo habían llevado a plantearse que Dios le llamaba, pensó llevar el tema de su llamamiento a la oración. Apenas leyó en el libro una invitación a seguir a Dios inmediatamente, se disculpó pensando que se trataba de algo demasiado directo, que no era esa la manera de considerar con objetividad un tema tan importante como el que estaba discerniendo.
La verdad es que sintió cobardía al sentirse llamado –reconocía con sinceridad años después- y no quiso afrontar con Dios directamente su respuesta. Sin embargo, estaba haciendo oración, y de algo tenía que hablar con el Señor. Por ese motivo, decidió leer en un misal ¡la Misa de difuntos! -Ya se ve que quería meditar de lo que fuera, menos sobre vocación-. Pero el Evangelio sugerido para aquella Misa incluía precisamente estas palabras del Señor: el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará. Después de aquel mazazo, ese buen hombre no reviró más y comenzó el camino que le llevó a responder afirmativamente a la llamada.
Salvar la vida o perderla. Aquí está en juego el punto definitivo de la existencia. Y muchos entienden que la salvación consiste en gozar la vida, Carpe diem!, vive el momento. Y razón no les falta. El problema es qué debemos entender por gozo, salvación o ganancia. Puede ser el prestigio, el dinero, los placeres. Salud, dinero y amor. Lo malo es que el mismo Evangelio nos muestra casos de personas que optaron por ese camino –como el rico epulón- y no salvaron su vida. El verdadero gozo, la salvación, nos habla de una visión más amplia: con ojos de eternidad.
Así lo expresa un cuento tradicional: “Recuerdo ahora aquel sueño de un escritor del siglo de oro castellano. Delante de él se abren dos caminos. Uno se presenta ancho y carretero, fácil, pródigo en ventas y mesones y en otros lugares amenos y regalados. Por allí avanzan las gentes a caballo o en carrozas, entre músicas y risas -carcajadas locas-; se contempla una muchedumbre embriagada en un deleite aparente, efímero, porque ese derrotero acaba en un precipicio sin fondo. Es la senda de los mundanos, de los eternos aburguesados: ostentan una alegría que en realidad no tienen; buscan insaciablemente toda clase de comodidades y de placeres...; les horroriza el dolor, la renuncia, el sacrificio. No quieren saber nada de la Cruz de Cristo, piensan que es cosa de chiflados. Pero son ellos los dementes: esclavos de la envidia, de la gula, de la sensualidad, terminan pasándolo peor, y tarde se dan cuenta de que han malbaratado, por una bagatela insípida, su felicidad terrena y eterna” (San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 130).
Por eso Jesús aclara que el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará. Ahí está el quid de la vocación cristiana. Quien no entienda esta paradoja, no entiende a Cristo ni a la Iglesia. Es un conflicto que viene de lejos, desde las primeras vocaciones del Antiguo Testamento. Por ejemplo, Jeremías (20,7-9) se lamentaba del camino que el Señor le había hecho recorrer: Me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir. Fuiste más fuerte que yo, y me venciste.
Se trata de un testimonio verdaderamente dramático del profeta sobre su vocación: recuerda el momento de su llamada, la seducción divina (aunque esa palabra también puede traducirse por embaucamiento o engaño). Después lamenta el compromiso de su misión, la obligación de ir contra la corriente anunciando la conversión, que le conlleva oprobios y escarnios: He llegado a ser un hazmerreír todo el día, todo el mundo se burla de mí. La palabra del Señor es para mí oprobio y escarnio cada día.  
Confiesa su cobardía, la tentación de no ser fiel. Pero concluye que esa vocación forma parte de su identidad, y que, aunque le cueste, no puede dejar de obrar según el llamado inicial. Yo me dije: «No me acordaré de Él, ni hablaré más en su Nombre». Pero es dentro de mí como fuego abrasador, encerrado en mis huesos; me esfuerzo por soportarlo, pero no puedo. La Biblia de Navarra concluye que en este pasaje “aflora el duro combate interior entre la crisis que conmueve los fundamentos de la fe y la certeza de la vocación divina, cuando después de un arduo trabajo parece que no se ha conseguido más que el propio fracaso. (…) En medio de tamaño dolor brilla el celo por el Señor”. Si bien la actitud de Jeremías es crítica, de lamentación, el salmo 62 nos muestra que en realidad la atracción de Dios es la respuesta más perfecta a las profundas aspiraciones del alma humana: Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.
Volvamos al cuento de los dos caminos que mencionábamos antes: “Por dirección distinta, discurre en ese sueño otro sendero: tan estrecho y empinado, que no es posible recorrerlo a lomo de caballería. Todos los que lo emprenden, adelantan por su propio pie, quizá en zigzag, con rostro sereno, pisando abrojos y sorteando peñascos. En determinados puntos, dejan a jirones sus vestidos, y aun su carne. Pero al final, les espera un vergel, la felicidad para siempre, el Cielo. Es el camino de las almas santas que se humillan, que por amor a Jesucristo se sacrifican gustosamente por los demás; la ruta de los que no temen ir cuesta arriba, cargando amorosamente con su cruz, por mucho que pese, porque conocen que, si el peso les hunde, podrán alzarse y continuar la ascensión: Cristo es la fuerza de estos caminantes” (Idem).
En eso consiste el misterio de la existencia humana: la clave de la felicidad está en Dios, pero seguirlo incluye la lógica del grano de trigo, la de morir para vivir. Más aún, para dar vida. Por eso Jesús insiste: ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?, o ¿qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?
No hemos hecho nada para merecer nuestra vida. Ha sido un don divino. Y la clave para hacerla rendir al máximo es olvidarnos de nosotros mismos y retornarla al servicio de los demás. Es la única manera de entender las palabras de Jesús: dar es ganar. Perder es encontrar. Como hizo Él mismo muriendo en la Cruz. Entregando su cuerpo a la muerte nos alcanzó la gloria de la Resurrección. Es el sendero que lleva al cristiano a expresar: ¡Qué hermoso es perder la vida por la Vida! (Camino, 218). El que no entiende esta vía, merece escuchar el reproche de Cristo: — ¡Apártate de mí, Satanás! Eres escándalo para mí, porque no sientes las cosas de Dios sino las de los hombres.
En la JMJ de Madrid, Benedicto XVI ponía ante los jóvenes el ejemplo del servicio de Cristo y nos animaba a preguntarnos por nuestra vocación cristiana: “es posible que en muchos de vosotros se haya despertado tímida o poderosamente una pregunta muy sencilla: ¿Qué quiere Dios de mí? ¿Cuál es su designio sobre mi vida? ¿Me llama Cristo a seguirlo más de cerca? ¿No podría yo gastar mi vida entera en la misión de anunciar al mundo la grandeza de su amor a través del sacerdocio, la vida consagrada o el matrimonio? Si ha surgido esa inquietud, dejaos llevar por el Señor y ofreceos como voluntarios al servicio de Aquel que «no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mc 10,45). Vuestra vida alcanzará una plenitud insospechada”.
Terminemos acudiendo a la Virgen Santísima, modelo de fidelidad a la llamada. Que su intercesión nos ayude a perder la vida por su Hijo, como hizo ella, y  así podamos gozar de la recompensa que nos tiene prometida: porque el Hijo del Hombre va a venir en la gloria de su Padre acompañado de sus ángeles, y entonces retribuirá a cada uno según su conducta.

miércoles, agosto 17, 2011

Los invitados a las bodas

1. En la recta final de su Evangelio, Mateo presenta a Jesús en el Templo, discutiendo con las autoridades judías. El maestro responde con tres “parábolas de juicio”, la última de las cuales vamos a contemplar en este rato de oración:  

—El Reino de los Cielos es como un rey que celebró las bodas de su hijo y envió a sus siervos a llamar a los invitados a las bodas.  

 Una vez más Jesús compara el Reino con un banquete nupcial, en línea con la predicación de los profetas que anunciaban el matrimonio del Señor –el Hijo- con su pueblo.
Pero éstos no querían acudir. Así somos, Señor. Tú nos invitas a gozar de tu intimidad divina y nosotros nos quedamos dedicados a lo nuestro. Nos inquieta que tus llamadas nos quiten nuestra alegría. Como si te tuviéramos miedo…
El Señor, que generosamente ha dispuesto su gran mesa –como dice Lucas en el pasaje paralelo- insiste una vez más, como había hecho en el Antiguo Testamento. Nuevamente envió a otros siervos diciéndoles: «Decid a los invitados: mirad que tengo preparado ya mi banquete, se ha hecho la matanza de mis terneros y mis reses cebadas, y todo está a punto; venid a las bodas»

Nos insistes para que nos dejemos querer, para que vayamos a la fiesta del amor. Pero nosotros ponemos trabas, nos hacemos los difíciles, como si te hiciéramos un favor. Encontramos oficios más interesantes. Incluso, intentamos apagar la voz de tu llamado recurriendo a la violencia: Pero ellos, sin hacer caso, se marcharon: quien a su campo, quien a su negocio. Los demás echaron mano a los siervos, los maltrataron y los mataron.
El banquete ha sido un verdadero fracaso. Quizá el Señor hubiera podido reaccionar olvidándose de compartir su riqueza, de abrir las puertas de su casa a los vecinos hasta que llegara un desagravio proporcional. Pero Dios actúa distinto a nosotros. Si bien castiga a los invitados originales, Luego les dijo a sus siervos: «Las bodas están preparadas pero los invitados no eran dignos. Así que marchad a los cruces de los caminos y llamad a las bodas a cuantos encontréis». 

2. La llamada se hace ahora universal, la invitación a todos aquellos que, si bien no pertenecían al grupo de los amigos, ahora pueden hacer parte de él. Basta una respuesta afirmativa a la vocación divina.
También ahora el Señor nos envía: marchad a los cruces de los caminos y llamad a las bodas a cuantos encontréis. Esa es nuestra misión de bautizados, llenar de invitados el banquete del Señor: Los siervos salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos; y se llenó de comensales la sala de bodas.  
Benedicto XVI muestra la necesidad imperiosa de esta labor: “La urgencia de la evangelización no está motivada tanto por la cuestión sobre la necesidad de conocer el Evangelio para la salvación individual de cada persona, cuanto más bien por esta gran concepción de la historia: para que el mundo alcance su meta, el Evangelio tiene que llegar a todos los pueblos”. (Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, Jesús de Nazaret. Segunda parte, pp. 58-59).
Vocación al apostolado. Llamados para llamar. San Pablo era muy consciente de esa dimensión apostólica de su ministerio y por eso exclamaba: ¡Ay de mí, si no evangelizara! ¿Tenemos nosotros también esa urgencia de acercar a Dios a nuestros amigos? ¿Nos damos cuenta de que quien posee el tesoro de la amistad divina no puede quedarse con ella para sí mismo, sino que debe compartirla con cuantos se encuentre?
Apostolado de amistad. Cuentan del Beato John Henry Newman, que “era un hombre más bien reservado, pero de una extraordinaria talla intelectual y humana, tenía un gran número de amigos y mantenía su amistad sobre todo por la correspondencia: se conservan más de diez mil de sus cartas. Naturalmente, le ayudaban sus excepcionales dotes intelectuales: tenía mucho que contar y que compartir” (Cf. I. Ker, JHN, Una biografía). Cada uno a su modo, debemos sentir como dirigidas a nosotros esas palabras del Señor: marchad a los cruces de los caminos y llamad a las bodas a cuantos encontréis.
De este modo animaba San Josemaría a los cristianos que trabajan en medio de la calle: “Donde haya almas capaces de servir a Dios, allí hemos de estar presentes para llevarlas a Cristo. Hemos de hacer llegar a sus oídos esta invitación del Gran Rey: todo está a punto, venid al banquete. ¡Id a todos los caminos!, ¡que vayáis! Os lo he repetido tantas veces porque no es lo nuestro quedarnos en casa, sino acudir a todos los caminos, buscando las almas donde estén, para traerlas luego al Señor”. 

Aprovechemos esta meditación para sacar propósitos, para pensar en personas queridas a las que no hemos hecho partícipes de tanto gozo y pensemos cómo acercarlas a Dios: dándoles buen ejemplo, dialogando sobre sus dudas de fe, hablándoles de la oración, de la confesión, de la Eucaristía…
Los primeros invitados estaban pagados de sí mismos: no necesitaban alegrías ajenas, provenientes de otra persona. Les bastaba con sus negocios y con sus familias. Los otros no tienen nada, agradecen lo que les llegue. Reciben la invitación como quien se gana la lotería. Agradezcamos la liberalidad de Dios, que quiso llamarnos a “malos y buenos”, pues de otra manera, ¿cómo aspiraríamos tal dignidad? 

Así lo agradecía San Josemaría: ¿No os conmueve, hijos?: a todos llama el Señor. De ese montón eres tú y soy yo, de ésos que ha querido buscar en las encrucijadas de los caminos. Y hemos venido como estos hombres de la parábola: cojos, ciegos, sordos.
3. La parábola termina con un epílogo más exigente aún: Entró el rey para ver a los comensales, y se fijó en un hombre que no vestía traje de boda; y le dijo: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin llevar traje de boda?» Pero él se calló.
El traje de boda es la vida de la gracia, el amor de Dios. San Gregorio Magno lo glosa diciendo: «¿Qué debemos entender por vestido nupcial, sino la caridad? Entra, pues, en las bodas, pero no lleva el vestido nupcial el que estando en la Iglesia católica tiene fe, pero le falta caridad».

Benedicto XVI cita precisamente estas palabras para referirse a la necesaria preparación para celebrar o participar en la Santa Misa: “deberíamos preguntarnos si llevamos puesto este vestido del amor. Pidamos al Señor que aleje toda hostilidad de nuestro interior, que nos libre de todo sentimiento de autosuficiencia, y que de verdad nos revista con el vestido del amor, para que seamos personas luminosas y no pertenezcamos a las tinieblas” (Homilía, 5-IV-2007).
Podemos examinar nuestra vida con otra reflexión de San Josemaría: “Me gusta comparar la vida interior a un vestido, al traje de bodas de que habla el Evangelio. El tejido se compone de cada uno de los hábitos o prácticas de piedad que, como fibras, dan vigor a la tela. Y así como un traje con un desgarrón se desprecia, aunque el resto esté en buenas condiciones, si haces oración, si trabajas..., pero no eres penitente —o al revés—, tu vida interior no es —por decirlo así— cabal” (Surco, 649).
Entonces el rey les dijo a los servidores: «Atadlo de pies y manos y echadlo a las tinieblas de afuera; allí habrá llanto y rechinar de dientes». Se trata de una llamada más a la vigilancia, con la amorosa amenaza para que sepamos dirigirnos al camino de la felicidad, rechazando los cantos de sirena que pretenden apartarnos de Dios. 

Así lo enseña, por ejemplo, el Concilio Vaticano II: “Como no sabemos ni el día ni la hora, es necesario, según el consejo del Señor, estar continuamente en vela. Así, terminada la única carrera que es nuestra vida en la tierra (cf. Hb 9,27), mereceremos entrar con él en la boda y ser contados entre los santos y no nos mandarán ir, como siervos malos y perezosos al fuego eterno, a las tinieblas exteriores, donde "habrá llanto y rechinar de dientes"(Mt 22,13   y 25, 30)" (LG, 48)”.
Antes de terminar, podemos pensar en el ejemplo de la Virgen, fiel a la llamada, siempre bien ataviada con su traje de Hija, Madre y Esposa de Dios. Que ella nos ayude a tomarnos en serio nuestra relación con el Señor. Que su ejemplo nos impulse a hacer apostolado. 

De esa manera, seremos menos indignos de la llamada, nos contaremos en el número de los elegidos de los que habla el Canon romano de la Misa: “iubeas grege numerari”. Y por ese camino escucharemos con alegría, no por nuestros méritos, sino por la misericordia infinita de Dios, la última enseñanza de este pasaje del Evangelio: Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos.