viernes, junio 24, 2011

Corpus Christi

Aquella noche santa te nos quedaste nuestro. Te nos quedaste todo: amor y sacramento, ternura prodigiosa, todo en ti, tierra y cielo. Te quedaste conciso, te escondiste concreto; nada para el sentido, todo para el misterio. Aquella noche santa te nos quedaste nuestro.
La Iglesia celebra la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo el domingo siguiente al de la Santísima Trinidad (en otros sitios lo hace el jueves previo). Celebramos que Cristo se nos haya quedado nuestro, como dice el himno litúrgico,


Se trata de un misterio grandioso: la presencia de Jesús en las especies sacramentales del pan y del vino. Como enseña Benedicto XVI (Sacramentum Caritatis, 7), “en la Eucaristía, Jesús no da "algo", sino a sí mismo; ofrece su cuerpo y derrama su sangre. Entrega así toda su vida, manifestando la fuente originaria de este amor divino. En el Evangelio Jesús se manifiesta como el Pan de vida, que el Padre eterno da a los hombres”. 


La fuente originaria es el amor del Padre, como podemos ver en la primera lectura (Dt 8,2-3.14-16), que hace la primera alusión a ese pan de vida bajado del cielo: el Señor recuerda el recorrido del pueblo por el desierto durante cuarenta años. 


Es una imagen que también representa a la Iglesia, peregrina por el camino de este mundo hacia la tierra prometida del cielo. Además, el Deuteronomio rememora el regalo que Dios hizo para facilitar el camino: “te alimentó con el maná, que desconocíais tú y tus padres, para enseñarte que no sólo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca del Señor”.
Es interesante hacer notar el énfasis que pone el libro sagrado en la finalidad del maná: va mucho más allá de calmar el hambre. Se trata de hacer que el pueblo sea consciente de que lo importante no es el pan corporal sino las palabras del Señor. Ése es el principal regalo de Dios: sus mandamientos. 


El maná les recordaba, en ese milagro diario, que el Señor estaba con ellos. Les hacía caer en la cuenta de que debían guardar sus palabras, que eran verdadero pan del cielo.
En el Evangelio, san Juan (6,51-58) resume su exposición del misterio eucarístico. El verdadero pan del cielo del que hablaba el Antiguo Testamento es Jesucristo, que se nos da como alimento y como bebida: “Éste es el pan que ha bajado del cielo, no como el que comieron los padres y murieron: quien come este pan vivirá eternamente”. 


La claridad de las palabras excluye cualquier interpretación simbólica: “si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día”. El maná, que anunciaba realidades futuras, ahora ha dado paso a la verdad misma. El antiguo rito ya se ha cumplido y ha sido superado definitivamente por el don de amor del Hijo de Dios encarnado (SCa, 11).
En la exhortación del 2007, el Papa anticipó un tema que ha ido desarrollando poco a poco en sus homilías: el poder transformador del amor de Jesús. Y decía que “la conversión sustancial del pan y del vino en su cuerpo y en su sangre introduce en la creación el principio de un cambio radical, como una forma de "fisión nuclear", por usar una imagen bien conocida hoy por nosotros, que se produce en lo más íntimo del ser; un cambio destinado a suscitar un proceso de transformación de la realidad, cuyo término último será la transfiguración del mundo entero, el momento en que Dios será todo para todos”.


El cambio del pan y del vino en el cuerpo y la sangre del Señor nos hacen pensar en la fuerza divina que también puede transformar la realidad hasta llegar a la transfiguración final del mundo entero. Se vienen a la mente aquellas palabras de Juan Pablo II en la canonización de San Josemaría, como ideal para los cristianos del siglo XXI: “elevar el mundo hacia Dios y transformarlo desde dentro”.
El Jueves Santo del 2011, Benedicto XVI subrayó que en la Eucaristía se transforman los dones de esta tierra –el pan y el vino– para trasformar nuestra vida e inaugurar así la transformación del mundo. Se trata de un poder transformador gradual:  así como transforma los dones, también nos cambia a los cristianos, y al mundo entero.


En la homilía del pasado jueves retomó esa perspectiva, pero yendo a los orígenes: “la transformación de la sustancia del pan y del vino en el Cuerpo y Sangre de Cristo es fruto del don que Cristo ha hecho de sí mismo, don de un Amor más fuerte que la muerte, Amor divino que lo ha hecho resucitar de entre los muertos”. 


Jesús "se nos quedó nuestro" en el pan y en el vino, porque nos amaba. La fuente de la transformación del mundo que logra la Eucaristía se encuentra en el amor que Cristo nos ha tenido. Se trata de un tema muy cercano al corazón de Benedicto XVI, que en la primera Jornada Mundial de la Juventud ya había expuesto una idea similar: Cristo, con su pasión y su muerte, transformó el odio en amor y,   también transmutó la muerte en vida. Pero lo más maravilloso es que quiere unirnos a esa misión, a esa lógica del grano de trigo que muere para dar vida al mundo.
Señor: te pedimos que nos transformes a cada uno: cambia nuestra soberbia, nuestro amor propio, nuestra pereza, nuestro desorden. Ayúdanos a ser testigos tuyos en la vida en familia, en las relaciones de amistad, de parentesco y laborales. Transforma nuestra vida, para que nosotros podamos transformar el mundo en que vivimos con la fuerza de tu amor.


El Evangelio de hoy nos da la clave para lograr una meta tan exigente: “El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Igual que el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así, aquel que me come vivirá por mí”.


Como predicaba San Josemaría, "Cuando nos reunimos ante el altar mientras se celebra el Santo Sacrificio de la Misa, cuando contemplamos la Sagrada Hostia expuesta en la custodia o la adoramos escondida en el Sagrario, debemos reavivar nuestra fe, pensar en esa existencia nueva, que viene a nosotros, y conmovernos ante el cariño y la ternura de Dios" (Es Cristo que pasa, 153).

Mutua inmanencia: Cristo vive en nosotros y nosotros en Él.  En verdad se trata de una nueva existencia, fruto del cariño y la ternura de Dios. Por eso hablamos de "comulgar", porque cuando "recibimos la comunión", nos unimos a la misma vida de Jesús. 


Decía Benedicto XVI en su homilía del Corpus que “cuando cumplimos este acto, entramos en comunión con el dinamismo de esta vida que se dona a nosotros y para nosotros. Desde Dios, a través de Jesús, hasta nosotros: una única comunión se transmite en la santa Eucaristía”.
En este momento pensamos en las palabras que San Agustín pone en labios de Dios: Yo soy el alimento de los fuertes. Crece y me tendrás. Tú no me transformaras a mí en ti, come el alimento del cuerpo, pero tú te transformaras en mí. “Mientras el alimento corporal es asimilado por nuestro organismo y contribuye a su sustento, en el caso de la Eucaristía Él nos asimila a Sí. De este modo, nuestra individualidad, en este encuentro, se abre, se libera de su egocentrismo y se inserta en la Persona de Jesús, que a su vez está inmersa en la comunión trinitaria”.
Es a lo que se refiere la segunda lectura, en la que San Pablo expone su teología eucarística mostrando que este sacramento es signo de unidad (1Co 10,16-17): “el cáliz de bendición que bendecimos ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos ¿no es la comunión del Cuerpo de Cristo? Puesto que el pan es uno, muchos somos un solo cuerpo, porque todos participamos de un solo pan”.
Benedicto XVI comenta estas palabras invitando a sentirnos miembros del Cuerpo de Cristo: “la Eucaristía es la que transforma a un simple grupo de personas en comunidad eclesial: la Eucaristía hace la Iglesia. Alimentándonos de Cristo resucitado nos vemos liberados de los vínculos del individualismo. Así se superan las diferencias debidas a la profesión, a la clase social o a la nacionalidad, porque descubrimos que somos miembros de una única gran familia, la de los hijos de Dios” (Discurso, 15-VI-10).
En esta familia, el Papa representa la paternidad de Dios. El 29 de este mes se cumple el sexagésimo aniversario de ordenación sacerdotal de Benedicto XVI, y la Congregación del Clero ha pedido que aprovechemos la adoración al Santísimo Sacramento para ofrecer esas horas por el Romano Pontífice, por la santidad del clero y las vocaciones sacerdotales. ¡Con cuánto gusto nos unimos a esa gozosa celebración! 


Podemos pensar en las palabras de San Josemaría sobre el amor al Romano Pontífice: “Para mí, después de la Trinidad Santísima y de nuestra Madre la Virgen, en la Jerarquía del amor, viene el Papa. El amor al Romano Pontífice ha de ser en nosotros una hermosa pasión, porque en él vemos a Cristo”.
Volvamos al Evangelio de la Misa. En la última cena, Jesús “acepta por amor toda la pasión, con su tormento y su violencia, hasta la muerte de Cruz; aceptándola en este modo la transforma en un acto de donación. Esta es la transformación de la que el mundo tiene más necesidad, porque lo redime desde dentro, lo abre a la dimensión del Reino de los cielos”.  


Es la transformación básica, a la que  nos invita la fiesta del Corpus: a transmutar nuestra soberbia, nuestro orgullo, en amor, en entrega, en donación a los demás. De estos frutos habla también el Prefacio de la Misa: “Con este sacramento alimentas y santificas a tus fieles, para que su misma fe ilumine y su mismo amor congregue a todo el género humano que habita un mismo mundo”. 


La fe de los fieles en la Eucaristía ilumina a todo y el mundo y el amor de comunión –de la Iglesia unida- congrega a toda la humanidad. Es lo que quiere representar la procesión del Corpus Christi.
Así invitaba Benedicto XVI antes de comenzar la procesión del jueves pasado: “sin ilusiones, sin utopías ideológicas, nosotros caminamos por las calles del mundo, llevando dentro de nosotros el Cuerpo del Señor, como la Virgen María en el misterio de la Visitación. Con la humildad de sabernos simples granos de trigo, custodiamos la firme certeza que el amor de Dios encarnado en Cristo, es más fuerte que el mal, que la violencia y la muerte. ¡Gracias Señor Jesús! Gracias por tu fidelidad, que sostiene nuestra esperanza. Quédate con nosotros, porque ya es tarde”. 


Y concluía con las palabras del himno litúrgico: “¡Buen Pastor, Pan verdadero, o Jesús, ten piedad de nosotros; nútrenos, defiéndenos, llévanos a los bienes eternos, en la tierra de los vivientes!”

miércoles, junio 22, 2011

San Juan Bautista


Celebramos hoy la fiesta del nacimiento de San Juan Bautista. Como dice San Agustín: “él es el único de los santos cuyo nacimiento se festeja; celebramos el nacimiento de Juan y el de Cristo”. El motivo es que “Juan viene a ser como la línea divisoria entre los dos Testamentos, el antiguo y el nuevo”, como dice el mismo Señor en el Evangelio: es el último de los profetas, al que le tocó mostrar al Mesías en vivo y en directo.
El Prefacio de la Misa resume la misión del Bautista en cuatro momentos: la visitación, la vocación, el bautismo y el martirio: “Precursor de tu Hijo y el mayor de los nacidos de mujer, proclamamos su grandeza. Porque él saltó de alegría en el vientre de su madre al llegar el Salvador de la humanidad, y su nacimiento fue motivo de gozo para muchos. El fue escogido entre los profetas para mostrar a las gentes el Cordero que quita el pecado del mundo. El bautizó en el Jordán al autor del bautismo, y el agua viva tiene, desde entonces, poder de salvación para los seres humanos. Y él dio, por fin, su sangre como supremo testimonio por el nombre de Cristo.”
También nosotros debemos ser testigos de Cristo, y el ejemplo de tan insigne precursor puede servirnos de modelo en el día de hoy. Tenemos que estar dispuestos a facilitar el encuentro de la presencia del Señor entre nosotros, a mostrar que Cristo pasa entre nosotros, llamándonos a seguirlo en su camino de entrega al servicio de los demás, a descubrir la intimidad de la Trinidad Santa que él nos reveló, a dar la vida por Cristo, si es del caso hasta el martirio. No son anécdotas del pasado, para admirar. Son llamadas actuales que nos hace el Señor, hoy y ahora, para que salgamos del letargo en que podemos estar sumidos.
La primera lectura de la Misa (Isaías  49,1-6), nos habla del profeta como Luz de las naciones: “¡Escuchadme, islas! ¡Poned atención, pueblos lejanos! El Señor me llamó desde el seno materno, desde las entrañas de mi madre pronunció mi nombre. Y me dijo: «Tú eres mi siervo, Israel, en quien me glorío». Ahora dice el Señor: «Muy poco es que seas siervo mío para restaurar las tribus de Jacob y hacer volver a los supervivientes de Israel. Te he puesto para ser luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta los extremos de la tierra»”.
La tradición cristiana siempre ha visto este oráculo como dirigido a Jesús mismo, aunque cada cristiano –que debe ser otro Cristo- también debe sentirse interpelado por esas palabras: «Te he puesto para ser luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta los extremos de la tierra». Como Juan Bautista, nosotros también estamos llamados “desde el seno materno” para anunciar la luz que es Cristo a todas las naciones.
Así lo predicaba San Josemaría (Es Cristo que pasa, 147): “Llenar de luz el mundo, ser sal y luz (Mt 5,13): así ha descrito el Señor la misión de sus discípulos. Llevar hasta los últimos confines de la tierra la buena nueva del amor de Dios. A eso debemos dedicar nuestras vidas, de una manera o de otra, todos los cristianos. Diré más. Hemos de sentir la ilusión de no permanecer solos, debemos animar a otros a que contribuyan a esa misión divina de llevar el gozo y la paz a los corazones de los hombres. En la medida en que progresáis, atraed a los demás con vosotros, escribe San Gregorio Magno; desead tener compañeros en el camino hacia el Señor”.
Luz de las naciones, luz para los corazones de nuestros amigos. Ilusión de animar a otros. En eso consiste el apostolado cristiano que hoy nos planteamos, al ver el ejemplo de Juan Bautista, que supo preparar un buen grupo de discípulos, de los cuales salieron los más selectos apóstoles de Jesucristo. Hagamos examen para ver si no podríamos aprovechar mejor nuestros ratos libres, el fin de jornada, la mitad del día, para acercar más almas a Cristo, para llevarlas a la confesión, a la dirección espiritual –para ser nosotros mismos sus acompañantes en el camino de trato con Dios-, para dictar clases de doctrina cristiana a más personas. Y tomemos decisiones generosas, para tener más “compañeros en el camino hacia el Señor”.
En la segunda lectura, San Pablo, en su discurso de la sinagoga de Antioquía de Pisidia, se fija en otro aspecto de la predicación de Juan Bautista, su llamada a la conversión: “Juan había predicado, ante la proximidad de su venida, un bautismo de penitencia a todo el pueblo de Israel. Cuando estaba Juan para terminar su carrera decía: « ¿Quién pensáis que soy? No soy yo, sino mirad que detrás de mí viene uno a quien no soy digno de desatar el calzado de los pies».
Anunciar la conversión. Es parte importante del proceso apostólico, de la dirección espiritual: iluminarlas con la doctrina, encenderlas en el amor de Dios. Este proceso conllevará, naturalmente, el rechazo del pecado y la invitación a la conversión. Se trata de ayudar a descubrir –con la mayor delicadeza- que hay muchos aspectos de la vida personal que “no pueden prevalecer ante el rostro de Jesús” (Morales, Scripta Theologica 2011, en quien me inspiro para lo que sigue). Parece como si el Señor coronara esa dimensión del apostolado bautista con su propio bautismo. Como si nos mostrara que por ahí va el camino correcto: a través de la penitencia, nos unimos al Bautismo de Cristo –su muerte en la Cruz- que nos alcanzó el perdón y la liberación de nuestros pecados.
San Pablo lo enuncia con claridad en su epístola a los Romanos (6,12-14): “que no reine el pecado en vuestro cuerpo mortal de modo que obedezcáis a sus concupiscencias, ni ofrezcáis vuestros miembros al pecado como armas de injusticia; al contrario, ofreceos vosotros mismos a Dios como quienes, muertos, han vuelto a la vida, y convertid vuestros miembros en armas de justicia para Dios; porque el pecado no tendrá dominio sobre vosotros, ya que no estáis bajo la Ley sino bajo la gracia”.
En ese itinerario de acompañamiento hacia Cristo, otra dimensión importante es la vida de oración. Cuando Felipe logra que el Señor les enseñe el Padrenuestro, lo hace apelando al ejemplo de Juan Bautista, que enseñaba a orar a sus discípulos. Debemos inculcar hábitos de oración a nuestros amigos. “Si no hacéis de los chicos almas de oración, habréis perdido el tiempo”. De este modo resumía el Fundador del Opus Dei el apostolado de sus hijos: hacer a los muchachos almas de oración. Enseñarles a centrar su vida, ante todo con el propio ejemplo, en el diálogo con el Señor. Que aprendan a vivir siempre en oración: vocal, meditativa y contemplativa: “las tres son parte de una misma secuencia de pensamientos y afectos que salen de la mente y del corazón y se elevan al cielo” (Morales).
Cristo es la verdadera luz de las naciones, de cada persona. Por eso, hemos de enseñarles a encontrarlo en todas las circunstancias de la vida. Que aprendan a orar como Él, en los grandes momentos y en las acciones más cotidianas. A dar gracias, a pedir perdón, a interceder por los demás, a meditar el Evangelio. “La buena oración es ante todo confiada y perseverante. No vamos a que Dios haga nuestra voluntad, sino a identificarnos con la suya. El mundo parece transformarse en el pequeño espacio de nuestro corazón, y abarca a todos los hermanos. La oración es como el latir del corazón del cristiano, y es la garantía de que la persona vive para Dios y crece ante su presencia”.
De esa manera, vamos desapareciendo nosotros y crece Jesús en el alma de nuestros amigos, de acuerdo con el lema del Bautista. Y a su vez ellos también descubren la necesidad de ser apóstoles. Y de trabajar mejor, para ofrecer las ocupaciones diarias, la caridad con las personas que allí se encuentran, como medio para crecer en amor a Dios y a los demás. Y de ejercitar las virtudes y los propósitos formulados en la oración matutina o en el examen de la noche anterior. “Al cambiar el mundo con espíritu contemplativo, el hombre se cambia a sí mismo”.
El itinerario de Juan Bautista concluyó con su martirio. Probablemente nosotros no podamos unirnos a la Pasión de Cristo de ese modo, que es el más sublime, pero sí podemos acompañarlo convirtiendo nuestra vida diaria, el trabajo cotidiano, las relaciones familiares y sociales, en ofrendas que presentamos en el altar, junto con el pan y con el vino.
Y también el camino espiritual de nuestros amigos desembocará necesariamente en la Eucaristía. Este sacramento, “fuerza transformadora por excelencia de la realidad” alcanza con sus efectos al mundo, a la Iglesia y a cada persona. “Si la Iglesia es impensable sin la Eucaristía, el cristiano en acción no puede concebirse sin la fuerza transformadora del misterio eucarístico”.
Para recorrer esta vía de identificación con Cristo no contamos con la familiaridad sanguínea que tenía Juan, primo segundo de la Virgen. Pero tenemos la filiación adoptiva de María, que recibimos en la Cruz. A nuestra Madre acudiremos, para que sea nuestra guía, nuestro modelo, en el esfuerzo por ser –también nosotros- precursores de la llegada de su Hijo a muchas almas. Y le pediremos que nos alcance la gracia del Señor para ser buenos hijos suyos.
Concluyamos con unas palabras de la misma homilía que hemos citado al comienzo: “Sed audaces. Contáis con la ayuda de María, Regina apostolorum. (…) Muchas conversiones, muchas decisiones de entrega al servicio de Dios han sido precedidas de un encuentro con María. Nuestra Señora ha fomentado los deseos de búsqueda, ha activado maternalmente las inquietudes del alma, ha hecho aspirar a un cambio, a una vida nueva. (…)
Que cada día sepamos tener con Ella esos detalles de hijos -cosas pequeñas, atenciones delicadas-, que se van haciendo grandes realidades de santidad personal y de apostolado, es decir, de empeño constante por contribuir a la salvación que Cristo ha venido a traer al mundo”.

viernes, junio 17, 2011

Santísima Trinidad

Desde el lunes pasado hemos recomenzado el tiempo ordinario. Ya pasaron los cincuenta días de la Pascua y nos disponemos a celebrar, con la cadencia de la vida de trabajo cotidiano, el misterio de la Redención que Cristo hizo de nuestro tiempo terrenal. 

Cada año, el regreso al período ordinario está marcado por grandes solemnidades, que nos ayudan a poner los ojos en los misterios centrales de nuestra fe. Y el primero de ellos es el de la Santísima Trinidad (Cf. Compendio, n. 44).
No es fácil entender este misterio, a pesar de que Dios mismo dejó “huellas de su ser trinitario en la Creación y en el Antiguo Testamento” (Cf. Id., n. 45). El propio Catecismo dice que, si Cristo no lo hubiera revelado, no lo hubiéramos alcanzado. ¡Gracias a Dios, que se encarnó y nos envió su Espíritu! Si no, estaríamos como la famosa anécdota de San Agustín, tratando de llenar el huequito de nuestra mente con la inmensidad del mar divino.
Imagino que algún lector más crítico –no en mal plan- habrá pensado en esas huellas veterotestamentarias del párrafo anterior: ¿cuáles, cuáles huellas? La liturgia presenta algunas de ellas: por ejemplo, en el capítulo octavo de los Proverbios se habla de la Sabiduría, que existía antes de la creación junto al Padre: “El Señor me estableció al principio de sus tareas al comienzo de sus obras antiquísimas. En un tiempo remotísimo fui formada, antes de comenzar la tierra”.  
También lo vemos en la primera lectura de hoy, tomada del libro del Éxodo (34,6). El contexto es cuando Dios entrega a Moisés las tablas de la ley, después de que éste destruyó el becerro de oro con el que los judíos le habían ofendido. El Señor restablece la Alianza al bajar en una nube y se autodefine diciendo: “Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso”. Revela de este modo el corazón maternal de Dios en el Antiguo Testamento. 

Como explica Benedicto XVI, “la "clemencia" es la gracia divina que envuelve y transfigura al fiel, mientras que la "misericordia" en el original hebreo se expresa con un término característico que remite a las "vísceras" maternas del Señor, más misericordiosas aún que las de una madre (cf. Is 49,15)”.
Esas son algunas de las huellas de la Trinidad en el Antiguo Testamento (también algunos lo ven en la visita de los tres ángeles a Abraham, que representa el famoso ícono de Rublev). Pero ni con la sola razón ni siquiera con las huellas del AT hubiera sido posible acceder a la intimidad del ser de Dios como Trinidad.  Nos pasaría como al Islam, que varios siglos después de Cristo creyó que se trataba de tres dioses: el Padre, Jesús y María.
En la liturgia de hoy vemos algunas manifestaciones de la revelación del Nuevo Testamento: la primera lectura (2 Co 13,11 ss), una epístola en la que San Pablo defiende su apostolado de los corintios que le critican, concluye con una bendición triádica que es al mismo tiempo una petición: “La gracia del Señor Jesucristo y el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros”. 

San Pablo pide, con estas palabras, que en la Iglesia haya una comunión que sea reflejo de la unión divina y que se manifieste en gracia, amor y comunión (Murphy-O’Connor): “El amor que fluye de Dios se manifiesta en la gracia llena de fuerza que da Cristo y que crea la comunión del Espíritu Santo”.
La otra manifestación neotestamentaria es el Evangelio de Juan (3,16-18): En el diálogo de Jesús con Nicodemo, el Señor resume su misión de manifestar el amor de Dios a la humanidad en el extremo de morir en la cruz: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Pues Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no es juzgado: pero quien no cree ya está juzgado, porque no cree en el nombre del Hijo Unigénito de Dios”.
Cuando uno ama a alguien, le da lo mejor que tiene, lo que duele dejar. Pero precisamente por eso lo da, porque ama y sabe que la persona amada valorará ese don. Es lo que hace el Padre: nos envía a su Hijo. ¡Si ese es el regalo, cuánto será el amor que nos tiene! Pero no solamente lo da, sino que lo “entrega”. 
Así como Abraham estuvo dispuesto a entregar a su hijo Isaac a la muerte por obedecer a Dios, del mismo modo el Padre entrega al Hijo unigénito a la muerte en la cruz, para que el mundo tenga vida eterna, para que se salve por él. El amor de Dios es la única explicación de la muerte de Cristo en la cruz. Por eso, san Juan resume su predicación en tres palabras: “Dios es amor”. 
Esta es la clave de la revelación de Dios: no simplemente que en el ser de Dios hay tres Personas, sino que esa relación trinitaria es amor. Que Dios nos ama y quiere que le amemos y que reflejemos ese amor en nuestras relaciones diarias.
En la oración colecta de la Misa pedimos: “Dios, Padre todopoderoso, que has enviado al mundo la Palabra de la verdad y el Espíritu de la santificación para revelar a los humanos tu admirable misterio; concédenos profesar la fe verdadera, conocer la gloria de la eterna Trinidad y adorar su unidad todopoderosa”. 
La Iglesia nos invita a valorar el don que recibimos y a comprometernos en una respuesta: Dios es amor, nos ha enviado a su Hijo y a su Espíritu para que conociéramos la verdad de su vida y pudiéramos participar en esa intimidad con Él. La participación incluye tres verbos: profesar la fe, conocer la gloria, adorar la unidad.
- Profesar la fe verdadera, vida de fe. No se trata de repetir un credo de forma mecánica, sino de hacerlo vida. Podemos preguntarnos si nos conmovemos cada domingo al recitar el símbolo de la fe, si nos sentimos involucrados, comprometidos en hacer vida nuestra la vocación al amor que nos trajo Jesucristo.  

El Catecismo (n. 2732) concreta ese compromiso de fe en la vida de oración: “La tentación más frecuente, la más oculta, es nuestra falta de fe. Esta se expresa menos en una incredulidad declarada que en unas preferencias de hecho. Se empieza a orar y se presentan como prioritarios mil trabajos y cuidados que se consideran más urgentes”.
El Papa da otros ejemplos: “creer constituye la orientación fundamental de nuestra vida. Creer, decir: «Sí, creo que tú eres Dios, creo que en el Hijo encarnado estás presente entre nosotros», orienta mi vida, me impulsa a adherirme a Dios, a unirme a Dios y a encontrar así el lugar donde vivir, y el modo como debo vivir. Y creer no es sólo una forma de pensamiento, una idea; es una acción, una forma de vivir. Creer quiere decir seguir la senda señalada por la palabra de Dios” (Homilía, 15-VIII-2006).
- Conocer la gloria de la eterna Trinidad. En la Escritura, el verbo “conocer” significa mucho más que adquirir información intelectual: implica establecer una comunión íntima. Eso le pedimos al Señor: que seamos suyos, que le amemos y nos dejemos amar por Él. En eso consiste la vida interior y la santidad: en la participación en la intimidad divina.
Participar en el amor que Dios es. El Papa lo explicaba en un día como hoy: “el Dios de la Biblia no es una especie de mónada encerrada en sí misma y satisfecha de su propia autosuficiencia, sino que es vida que quiere comunicarse, es apertura, relación. Palabras como "misericordioso", "compasivo", "rico en clemencia", nos hablan de una relación, en particular de un Ser vital que se ofrece, que quiere colmar toda laguna, toda falta, que quiere dar y perdonar, que desea entablar un vínculo firme y duradero (Homilía 18-V-2008)”.
- Adorar su unidad todopoderosa. “Jesús nos manifestó el rostro de Dios, uno en esencia y trino en personas: Dios es amor, Amor Padre, Amor Hijo y Amor Espíritu Santo” (Ib.). El Papa le explicaba con toda sencillez a una niña que se preparaba para la Primera comunión en qué consiste adorar a Dios: “es reconocer que Jesús es mi Señor, que Jesús me señala el camino que debo tomar, me hace comprender que sólo vivo bien si conozco el camino indicado por Él, sólo si sigo el camino que Él me señala. 
Así pues, adorar es decir: "Jesús, yo soy tuyo y te sigo en mi vida; no quisiera perder jamás esta amistad, esta comunión contigo". También podría decir que la adoración es, en su esencia, un abrazo con Jesús, en el que le digo:" Yo soy tuyo y te pido que Tú también estés siempre conmigo"”.
En su carta de este mes, Mons. Echevarría insiste en la importancia de la adoración en nuestros días. Y después de citar a San Josemaría; “Que tu oración sea siempre un sincero y real acto de adoración a Dios" (Forja, 263), ayuda a concretar momentos para adorar a Dios: “Desde el ofrecimiento de obras por la mañana hasta el examen de la noche, todo nuestro día puede y debe convertirse en oración, en un homenaje a nuestro Dios”.
Hay un momento específico en el que se condensan los tres verbos con los que queremos honrar a la Trinidad: la Santa Misa, misterio de fe, de conocimiento y de adoración. Escribe el Prelado del Opus Dei que la Santa Misa es, ante todo, “un acto de adoración a la Trinidad Santísima, por medio de Jesucristo y en unión con Él. En el Gloria (…), en el Sanctus, (…). Muchas veces, en diferentes ocasiones, nos dirigimos a la Trinidad rezando: gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Y las muchas genuflexiones ante el Sagrario (...) suponen también un acto estupendo de adoración”.
Acudimos a la Virgen Santísima para que sea Ella nuestro modelo de amor a Dios y para que interceda ante la Trinidad Santísima –su Padre, su Esposo, su Hijo- para que también nosotros profesemos la fe verdadera, conozcamos la gloria de la eterna Trinidad y adoremos su unidad todopoderosa.

sábado, junio 11, 2011

Pentecostés

Celebramos hoy la fiesta de Pentecostés. Este nombre significa, simplemente, que han pasado cincuenta días desde la Pascua. También los judíos celebraban esta Solemnidad con una peregrinación a Jerusalén para agradecer a Dios el don de la tierra y la primera cosecha del grano. A esa dimensión natural, la religión hebrea añadió la gratitud por la Alianza.
San Lucas describe, en el libro de los Hechos, que después de la Ascensión del Señor los apóstoles estaban “en un mismo lugar. Y de repente sobrevino del cielo un ruido, como de un viento que irrumpe impetuosamente, y llenó toda la casa en la que se hallaban. Entonces se les aparecieron unas lenguas como de fuego, que se dividían y se posaban sobre cada uno de ellos. Quedaron todos llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les hacía expresarse” (Hch 2,1-4).
Para el cristianismo, Pentecostés significa la venida del Espíritu de Jesús. Es una buena ocasión para hablar con el Señor de esta Persona divina, a veces tan olvidada (Cf. San Josemaría, “El Gran Desconocido”, en: Es Cristo que pasa, nn.127-138). 

La teología católica lo representa con muchos símbolos, a cual más hermoso: “el agua viva, que brota del corazón traspasado de Cristo y sacia la sed de los bautizados; la unción con el óleo, que es signo sacramental de la Confirmación; el fuego, que transforma cuanto toca; la nube oscura y luminosa, en la que se revela la gloria divina; la imposición de manos, por la cual se nos da el Espíritu; y la paloma, que baja sobre Cristo en su bautismo y permanece en Él” (Compendio del Catecismo, n. 139).
La narración de San Lucas nos muestra a los discípulos perseverando “unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y con María, la madre de Jesús”. Es significativo este detalle: la Virgen congrega, aúna ese grupo temeroso de discípulos perseguidos por las autoridades judías. En ese ambiente fraternal, de oración, es en el que Lucas presenta la teofanía cósmica, que también recuerda la Alianza del Sinaí: “de repente sobrevino del cielo un ruido, como de un viento que irrumpe impetuosamente, y llenó toda la casa”.
De esta forma, queda claro que el Espíritu viene del cielo, que todos y cada uno de los discípulos reciben el don prometido por Jesucristo. ¿Qué significado tiene esta escena? ¿Cuáles son las consecuencias? - “Jesucristo glorificado infunde su Espíritu en abundancia y lo manifiesta como Persona divina, de modo que queda plenamente revelada la Trinidad Santa” (Compendio n. 144).
A los que recibimos la fe desde pequeños nos parece normal hablar del Credo con toda sencillez: “Creo en Dios Padre todopoderoso, en Jesucristo su único Hijo, en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida”, pero acuñar esas fórmulas de fe requirió varios siglos de razonamiento teológico, de profundización en la doctrina revelada por parte de muchos santos, con la ayuda divina. Este es uno de los principales efectos de esta solemnidad: comprender un poco más del misterio de la Trinidad, cuya fiesta celebraremos precisamente el próximo domingo.
El segundo aspecto del punto citado nos servirá para concretar algún propósito para esta semana: “La misión de Cristo y del Espíritu se convierte en la misión de la iglesia, enviada para anunciar y difundir el misterio de la comunión trinitaria”. No celebramos Pentecostés simplemente para recordar nuestra fe en las Personas divinas. La fe compromete. Exige coherencia con la vida.
Compromiso. Cuando recibimos el Espíritu Santo –en el Bautismo, en la Confirmación- al mismo tiempo experimentamos la obligación de ser menos indignos. Recibimos, con la gracia, con la vida de Dios, una misión: la misma de Cristo y del Espíritu: anunciar y difundir el misterio de la fe. Transmitir este tesoro a muchísimas personas, para que también ellas gocen de la posibilidad maravillosa de estar en comunión con Dios.
Así lo expresa el Prefacio de la Misa: para llevar a plenitud el misterio pascual, enviaste hoy el Espíritu Santo sobre los que habías adoptado como hijos por su participación en Cristo.  

Es lo que vemos en la escena de los Hechos: “Quedaron todos llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les hacía expresarse”. Comienza el apostolado público de los testigos: “Varones de Galilea…” Los demás quedan estupefactos, dice Lucas. Más tarde añade que atónitos. Algunos incluso se burlan.  Entre los destinatarios del mensaje y la misión de Jesús, hay una amplia representación de todo Israel.
Los apóstoles empiezan a cumplir el encargo que el Señor les había transmitido, como vemos en el Evangelio del día, según la versión que Juan ofrece de Pentecostés: “Al atardecer de aquel día, el siguiente al sábado, con las puertas del lugar donde se habían reunido los discípulos cerradas por miedo a los judíos, vino Jesús, se presentó en medio de ellos y les dijo: —La paz esté con vosotros. Y dicho esto les mostró las manos y el costado. Al ver al Señor, los discípulos se alegraron. Les repitió: —La paz esté con vosotros. Como el Padre me envió, así os envío yo. Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo: —Recibid el Espíritu Santo”.
¿Cómo puede explicarse que los discípulos, hasta entonces temerosos y huidizos, de un momento a otro hayan adquirido una capacidad de convicción tal que, en la primera predicación de Pedro se hayan convertido tres mil almas? - Lo aclara el Prefacio de la Misa: “Aquel mismo Espíritu que, desde el comienzo, fue el alma de la Iglesia naciente; el Espíritu que infundió el conocimiento de Dios a todos los pueblos; el Espíritu que congregó en la confesión de una misma fe a los que el pecado había dividido en diversidad de lenguas”.
También hoy el Espíritu Santo sigue siendo el alma de la Iglesia, infunde el conocimiento de Dios y nos congrega en la unidad. La oración colecta hace un resumen de su misión en la vida del cristiano: “por el misterio de Pentecostés santificas a tu Iglesia extendida por todas las naciones; concede al mundo entero los dones de tu Espíritu Santo y continúa realizando hoy, en el corazón de tus fieles, la unidad y el amor de la primitiva Iglesia”.
Pidámosle que hoy nos llene de sus dones y de sus frutos. Que  nos encienda en amor a Dios, que nos haga santos y apostólicos. Podemos hacerlo con un himno litúrgico: “Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo. Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos. Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento”.
Devoción y docilidad al Espíritu Santo. Propongámonos tratarlo más y escucharlo con mayor atención. Nos puede servir la anécdota de un pequeño acólito llamado Karol Wojtyla: una vez se distrajo ayudando a Misa. Su papá, que asistía a esa Eucaristía, le dijo: quizá te distrajiste porque te faltó encomendarte al Espíritu Santo. Y le regaló un libro con oraciones a la Tercera Persona de la Trinidad que el futuro Papa conservó hasta su muerte.
Acudamos a la Esposa del Espíritu Santo, la Virgen Santísima, para que también nosotros  –como Ella- nos esforcemos por seguir dócilmente sus inspiraciones.



sábado, junio 04, 2011

Ascensión del Señor


Esta semana murió un amigo, después de unos meses padeciendo cáncer. Volví a experimentar una sensación que había tenido cuando visitaba personas con poca vida por delante: su paz, la sabiduría con la que miran el mundo, la tranquilidad que transmiten. Como es obvio, me refiero a enfermos a los que atiendo como sacerdote, almas llenas de fe. Voy a atenderlas, pero soy yo el que salgo edificado. Les transmito la gracia divina a través de los sacramentos y recibo a cambio muchas enseñanzas para mi propia vida.
Por el contrario, a veces nos llegan historias de personas que no le encuentran sentido a la vida, más allá de buscar “salud, dinero y amor”, por decirlo con frase popular. Cuando no se tiene fe, la muerte aparece como un límite a esa posibilidad de gozar en esta tierra de honores, placeres o poder.
Comencé con esta introducción un poco escatológica porque hoy celebramos la fiesta de la Ascensión del Señor a los cielos, cuarenta días después del triduo pascual. Lucas describe este evento en los Hechos de los Apóstoles de modo sucinto: “mientras ellos lo observaban, se elevó, y una nube lo ocultó a sus ojos”. 

Antes, narra el diálogo de despedida: “Los que estaban reunidos allí le hicieron esta pregunta: —Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el Reino de Israel?  Él les contestó: —No es cosa vuestra conocer los tiempos o momentos que el Padre ha fijado con su poder,  sino que recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra”.
Benedicto XVI explicaba que “el significado de este último gesto de Cristo es doble. Ante todo, al subir al cielo revela de modo inequívoco su divinidad: vuelve al lugar de donde había venido, es decir, a Dios, después de haber cumplido su misión en la tierra. Además, Cristo sube al cielo con la humanidad que asumió y que resucitó de entre los muertos: esa humanidad es la nuestra, transfigurada, divinizada, hecha eterna. Por tanto, la Ascensión revela la "grandeza de la vocación" (GS, 22) de toda persona humana, llamada a la vida eterna en el reino de Dios, reino de amor, de luz y de paz”.
Es una glorificación más de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Su exaltación. Entregarle la gloria que siempre ha merecido, el premio a su obediencia ejemplar. El Compendio del Catecismo (n. 132) enseña, en apretada síntesis, muchas conclusiones que podemos sacar de esta escena: “Cuarenta días después de haberse mostrado a los Apóstoles bajo los rasgos de una humanidad ordinaria, que velaban su gloria de Resucitado, Cristo subió a los cielos y se sentó a la derecha del Padre. Desde entonces el Señor reina con su humanidad en la gloria eterna de Hijo de Dios, intercede incesantemente ante el Padre en favor nuestro, nos envía su Espíritu y nos da la esperanza de llegar un día junto a Él, al lugar que nos tiene preparado”.
Cuarenta días. Podemos recordar la vigilia pascual de este año, la alegría de aquella noche. Ya está alejada en el tiempo. Han sucedido quizá tantas cosas que necesitamos mirar el calendario o la agenda para recordarlas. Pues lo mismo sucedió con los apóstoles: el Señor se fue apareciendo esporádicamente, para irlos acostumbrando a otro tipo de presencia, más allá de la simple física. “Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo”, había prometido. Pero no al lado, sino dentro: “en mí y yo en él”.
Durante esa cuarentena, Jesús se muestra “bajo los rasgos de una humanidad ordinaria, que velaban su gloria de Resucitado”. Es el abajarse de Cristo para que podamos verlo, contemplarlo como un hombre más, hablar con Él, contarle nuestras cosas. Gracias, Señor, por esa humildad que te lleva a velar tu gloria. Y ayúdanos a nosotros, pobres soberbios que –al contrario- queremos exaltar nuestra poquedad.
Con la Ascensión del Señor, se descubre su gloria. Recibe la adoración que merece. Los ángeles, los santos, todas las criaturas alaban a su Creador y Redentor. Así lo canta un poema litúrgico, con el cual nosotros también expresamos nuestro gozo: “Retorna victorioso -la cruz en mano enhiesta como un cetro, como la llave que abre el paraíso-; y a su lado retornan los cautivos vueltos en gozo las lágrimas y el duelo: ¡Jesús entra en el cielo! Vuelve el Esposo santo; el hijo más hermoso de la tierra, regresa coronado de su viaje, y la Iglesia -la Esposa de su sangre- lo acompaña radiante de belleza: ¡Jesús entra en el cielo!”
Dice el punto del Compendio que estamos meditando que, “desde entonces, el Señor reina con su humanidad en la gloria eterna de Hijo de Dios, intercede incesantemente ante el Padre en favor nuestro, nos envía su Espíritu y nos da la esperanza de llegar un día junto a Él, al lugar que nos tiene preparado”.
El Señor reina. Ya en el cielo recibe el imperio de toda la creación recreada con su muerte y resurrección. Reina con esa humanidad que pasó por la tierra pero que a partir de entonces se encuentra en la merecida “gloria eterna de Hijo de Dios”. Como dice la segunda lectura (Ef 1,14-23), el Padre lo “resucitó de entre los muertos y lo sentó a su derecha en los cielos, por encima de todo principado, potestad, virtud y dominación y de todo cuanto existe, no sólo en este mundo sino también en el venidero. Todo lo sometió bajo sus pies y a él lo constituyó cabeza de todas las cosas en favor de la Iglesia, que es su cuerpo, la plenitud de quien llena todo en todas las cosas”.
Pero ese reino, que vino a regalarnos, no es un poderío egoísta. “El Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida”, tenía como lema en la tierra. Y ahora, en el Cielo, continúa esa fraternal misión. Goza sirviéndonos. ¿Cómo ejerce su reinado? –Sirviendo. “Intercede incesantemente ante el Padre en favor nuestro”. Jesús quiere que nosotros acudamos a su ayuda, a su misericordia. Que le pidamos su gracia.
Aprovechemos este rato de oración para presentarle nuestras peticiones, las necesidades nuestras y de los demás: te pedimos, Señor, por el mundo, por la paz, por la justicia, por el perdón, por la conversión, por la Iglesia: por el Papa y sus intenciones. Por nuestros pastores, por nuestras familias, por las vocaciones. Por la Jornada Mundial de la Juventud.
Intercede, Señor, ante el Padre en favor nuestro. Envíanos tu gracia para superar nuestros defectos. Para ser más generosos, mejores trabajadores, más serviciales, más apostólicos. No nos dejes caer en la tentación del egoísmo, de la sensualidad, de la pereza, del resentimiento, de la traición a tu amor.
Pero además de interceder, Jesús nos envía su Espíritu, como contemplaremos el próximo domingo. Aprovechemos para preparar esa solemnidad. Pidámosle al Divino Paráclito que nos encienda en Amor, que nos transforme a imagen de Jesús, que quite de nuestra alma todo lo que nos aparte de Él y aumente las virtudes, la oración, la caridad, la fe.
Por último, enseña el Catecismo que Jesús desde el Cielo “nos da la esperanza de llegar un día junto a Él, al lugar que nos tiene preparado”. Y éste es el punto en el que podemos detenernos un poco más, como lo hace la Iglesia en sus oraciones de hoy: en la colecta, pedimos “exultar de gozo y darte gracias en esta liturgia de alabanza, porque la Ascensión de Jesucristo, tu Hijo, es ya nuestra victoria y Él, que es la Cabeza de la Iglesia, nos ha precedido en la gloria a la que somos llamados como miembros de su Cuerpo”.
Y en el Prefacio nos admiramos porque “Jesús (...) no se ha ido para desentenderse de este mundo, sino que ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su reino”. Esperanza ardiente de llegar un día junto a Él, de seguirlo en su reino, de unirnos como el cuerpo a la Cabeza. Esta certeza es la que permite al cristiano mirar el futuro con fe, con alegría. Para nosotros la muerte es un cambio de casa, la coronación de nuestro camino hacia Cristo.
Por eso las personas de fe transmiten tanta paz a la hora de la muerte, porque pueden hacer suyas las palabras de San Agustín: “No se alejó del cielo, cuando descendió hasta nosotros; ni de nosotros, cuando regresó hasta él. Bajó del cielo por su misericordia, pero no subió solo, puesto que nosotros también subimos en Él por la gracia. La unidad de todo el cuerpo pide que éste no sea separado de su cabeza”. 

Es lo que poéticamente transmite el himno que citamos antes:"Alzad vuestra esperanza, porque ha quedado el áncora clavada; si la tormenta agita el oleaje, no se agite la fe del navegante, que en la ribera Cristo nos amarra: ¡Jesús entra en el cielo!"
Demos gracias a Dios por esta maravillosa realidad y pidámosle que seamos conscientes de la responsabilidad que conlleva: ¡somos miembros del cuerpo de Cristo! ¡Y los demás miembros dependen de mí! Si nos paráramos a pensar lo que esto significa, seguramente nos tomaríamos mucho más en serio nuestra vocación cristiana. Cortaríamos mucho más rápido con lo que nos aparta de Dios. Sobre todo, nos haría falta tiempo para comunicarlo a otros: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,16-20).
El Papa concluye su segundo tomo sobre Jesús de Nazaret contemplando la bendición de Cristo mientras sube al cielo: “Sus manos quedan extendidas sobre este mundo. Las manos de Cristo que bendicen son como un techo que nos protege. (…) En el marcharse, Él viene para elevarnos por encima de nosotros mismos y abrir el mundo a Dios. Por eso los discípulos pudieron alegrarse cuando volvieron de Betania a casa. Por la fe sabemos que Jesús, bendiciendo, tiene sus manos extendidas sobre nosotros. Ésta es la razón permanente de la alegría cristiana”.
Finalicemos con unas palabras de San Josemaría, con las que termina su homilía sobre esta fiesta: “Si, a pesar de todo, la subida de Jesús a los cielos nos deja en el alma un amargo regusto de tristeza, acudamos a su Madre, como hicieron los Apóstoles: entonces tornaron a Jerusalén... y oraban unánimemente... con María, la Madre de Jesús” (Cristo que pasa, n. 126)