viernes, mayo 20, 2011

Camino, Verdad y Vida


El contexto del Evangelio que se lee el V domingo de Pascua es la última cena. Acaba de salir Judas del cenáculo, por lo que Jesús ha recuperado esa intimidad que extrañaba con la presencia de aquel pobre hombre, que estaba sordo para su última revelación. Quizá algunos se dieron cuenta del momento en que Jesús le hizo ver a ese discípulo que sabía de su traición, tratando de moverlo a la conversión. Y al ver que se iba después de las palabras “lo que vas a hacer, hazlo pronto”, sentirían inquietud interior. El ambiente era tenso, varios habían perdido la serenidad.
Por eso, Jesús sale al paso diciendo: No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí. Un llamado a la fe, que hará más falta que nunca en las próximas horas. Dice el Catecismo (53) que la fe es una gracia, un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por él; pero que al mismo tiempo es un acto humano: “en la fe, la inteligencia y la voluntad humanas cooperan con la gracia divina”. Por eso le pedimos al Señor en este momento que nos aumente la fe, como le pedían los apóstoles o el papá del muchacho lunático: ayúdanos, Señor, a encontrarte en medio de nuestras dificultades; a no perder la paz, ni la serenidad; a saber que, como dice San Pablo, “para los que aman a Dios, todo es para bien”.
El discurso del Maestro continúa mostrando el premio de la fe: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas. De lo contrario, ¿os hubiera dicho que voy a prepararos un lugar? Cuando me haya marchado y os haya preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí, para que, donde yo estoy, estéis también vosotros”.
Se trata del premio que nos ha ganado con su Muerte y su Resurrección (San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 220). Jesús plantea la verdadera dimensión de la vida terrenal: se trata de un paso hacia la vida definitiva, que es en la casa del Padre. Allí, Él mismo nos prepara nuestra morada junto a la Santísima Trinidad. El Catecismo lo explica (n. 1025): “Vivir en el cielo es "estar con Cristo". Los elegidos viven "en El". Más aún, tienen allí, o mejor, allí encuentran su verdadera identidad, su propio nombre: "Pues la vida es estar con Cristo; donde está Cristo, allí está la vida, allí está el reino" (San Ambrosio)”.
En este momento del año, aprovechemos para pensar en ese descanso definitivo que esperamos merecer: la casa del Padre, donde desaparecerá lo imperfecto, veremos cara a cara y conoceremos como somos conocidos (cf. 1 Cor 13). Como fruto de esa fe en el premio que Cristo nos ha ganado, viviremos la enseñanza de Jesús: No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí.
2. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino. Tomás le dijo: —Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podremos saber el camino? Benedicto XVI comenta que esta pregunta nos enseña a orar: “podemos ponernos con el pensamiento junto a Tomás e imaginar que el Señor también habla con nosotros como habló con él. Al mismo tiempo, su pregunta también nos da el derecho, por decirlo así, de pedir aclaraciones a Jesús. Con frecuencia no lo comprendemos. Debemos tener el valor de decirle: no te entiendo, Señor, escúchame, ayúdame a comprender. De este modo, con esta sinceridad, que es el modo auténtico de orar, de hablar con Jesús, manifestamos nuestra escasa capacidad para comprender, pero al mismo tiempo asumimos la actitud de confianza de quien espera luz y fuerza de quien puede darlas”.
Aunque esta pregunta fue quizás la más afortunada en la vida de Tomás (cuyas otras apariciones en el Evangelio suelen dejarlo mal parado). Con este interrogante le da ocasión a Jesús de expresar una de sus más conocidas afirmaciones sobre sí mismo: “—Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie va al Padre si no es a través de mí”
Como es lógico, esta afirmación ha tenido muchas glosas. Por ejemplo, San Agustín escribe: “No se te dice: "Esfuérzate en hallar el camino, para que puedas llegar a la verdad y a la vida"; no, ciertamente, sino: ‘¡Levántate, perezoso! El camino en persona vino a ti, te despertó del sueño, si es que has llegado a despertarte. Levántate, pues, y camina’”.
Y San Josemaría comienza con esas palabras una de sus homilías: “Con estas inequívocas palabras, nos ha mostrado el Señor cuál es la vereda auténtica que lleva a la felicidad eterna. Ego sum via: Él es la única senda que enlaza el Cielo con la tierra. Lo declara a todos los hombres, pero especialmente nos lo recuerda a quienes, como tú y como yo, le hemos dicho que estamos decididos a tomarnos en serio nuestra vocación de cristianos, de modo que Dios se halle siempre presente en nuestros pensamientos, en nuestros labios y en todas las acciones nuestras, también en aquellas más ordinarias y corrientes” (AD 127).
El es el camino para llegar a la intimidad divina. El diálogo con Él debe llenar nuestra oración y nuestro día. Y es el ejemplo, el modelo para alcanzar la meta. De ese modo, nos mostrará al Padre, nos lo revelará. Otro comentario de San Agustín: “es «como si estuviera diciendo: ¿Por dónde quieres ir? Yo soy el Camino. ¿Adónde quieres ir? Yo soy la Verdad. ¿Dónde quieres permanecer? Yo soy la Vida».
Esta es la clave: verdad y vida califican al camino. Es una vía de verdad y salvación. De la Potterie concluye que Jesús no es solamente el guía que nos muestra la salvación, sino que es el origen mismo de la vida y de la verdad.
Podemos preguntarnos qué lugar ocupa Jesús en nuestra vida. Seguramente diremos que el primero, pero hemos de mostrarlo con obras y de verdad: ¿dedicamos los mejores momentos del día al diálogo con Él?, ¿lo recibimos con frecuencia en la Eucaristía?, ¿preparamos ese encuentro con Él para poder recibirlo con la pureza, humildad y devoción con que lo recibió su Madre?, ¿rechazamos con prontitud las tentaciones de apartarnos de su amor?, ¿le pedimos perdón con frecuencia en el sacramento de la reconciliación? Son las preguntas básicas, que se plantea un cristiano común.
3. Pero en todos los tiempos Jesús ha llamado personas para que lo sigan en su labor de abrir senderos hacia el Cielo. De hecho, comenzábamos este rato de oración contemplándolo en el cenáculo acompañado del grupo de los Once, que habían dejado todo –trabajo, familia, dinero- para seguirlo de cerca. Sin ellos, y sin tantos millares de personas que han sacrificado sus proyectos personales por amos a las almas, no estaríamos ahora pensando en Cristo.
También hoy Jesús espera que muchos cristianos se tomen en serio su fe, como los primeros discípulos. Hace dos meses, el Papa hablaba de este tema a un grupo de jóvenes: “He hablado de la llamada de los primeros Apóstoles, pero con la palabra «llamada» pensamos sobre todo en la Madre de todas las llamadas, en María santísima, la elegida, la Llamada por excelencia. El icono de la Anunciación a María representa mucho más que ese episodio evangélico particular, por más fundamental que sea: contiene todo el misterio de María, toda su historia, su ser; y, al mismo tiempo, habla de la Iglesia, de su esencia de siempre, al igual que de cada creyente en Cristo, de cada alma cristiana llamada.
Al llegar a este punto, debemos tener presente que no hablamos de personas del pasado. Dios, el Señor, nos ha llamado a cada uno de nosotros; cada uno ha sido llamado por su propio nombre. Dios es tan grande que tiene tiempo para cada uno de nosotros, me conoce, nos conoce a cada uno por nombre, personalmente. Cada uno de nosotros ha recibido una llamada personal. Creo que debemos meditar muchas veces este misterio: Dios, el Señor, me ha llamado a mí, me llama a mí, me conoce, espera mi respuesta como esperaba la respuesta de María, como esperaba la respuesta de los Apóstoles. Dios me llama: este hecho debería impulsarnos a estar atentos a la voz de Dios, atentos a su Palabra, a su llamada a mí, a fin de responder, a fin de realizar esta parte de la historia de la salvación para la que me ha llamado a mí”.
Es la manera más concreta de hacer vida nuestra el mensaje del Evangelio de hoy; de tener la suficiente fe en Jesús para dejarlo que sea, por completo, nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida.

sábado, mayo 07, 2011

Jesús se aparece a los discípulos de Emaús


Llegamos hoy al tercer domingo de Pascua. Hace quince días celebrábamos la Resurrección del Señor con la Vigilia Pascual; hace una semana vivimos el domingo de la Divina Misericordia, con la emocionante beatificación de Juan Pablo II. Y hoy meditamos un pasaje del Evangelio muy significativo. Ocurre el mismo domingo de la Resurrección, ya entrada la tarde. Dos discípulos regresan a su pueblo, situado a unos 12 kms de Jerusalén. La caminada era considerable y más en las circunstancias en que se encontraban: “Iban conversando entre sí de todo lo que había acontecido”. Todos hemos tenido la experiencia del entierro de un pariente: al regreso a casa, hay un sentimiento de ausencia, de dolor, mezclado con un esfuerzo por tratar de hacer una vida normal para no afectar a los demás. Si se trata de dos amigos que compartían la amistad con el difunto, conversan entre ellos de él, de los ratos que pasaron juntos, se prometen encomendarlo… Si la muerte ha sido traumática, en todos los casos se habla del accidente, se comenta la transitoriedad de la existencia y, al final de la jornada, se conversa una y otra vez de todo lo que había acontecido.

Más o menos así debería ser la conversación de los dos discípulos que regresaban al pueblo. Mientras comentaban y discutían, un caminante se les acerca. Hoy día es más difícil repetir este tipo de escenas, pues la inseguridad y el desarrollo automovilístico promueven el desplazamiento en solitario, precisamente para evitar la coincidencia con extraños. Pero en aquellos tiempos y en ese tipo de zonas rurales no era así: seguramente todos tenemos experiencia de esa sencillez que hay en los pueblos, donde es fácil que alguien se acerque a otros caminantes y se haga partícipe de su conversación. Seguramente la conversación fue muy agradable, aquel nuevo compañero era amable y grato. Sin ellos darse cuenta, reciben consuelo en aquella nueva amistad. Pero de pronto pone el dedo en la llaga, al hacerles una pregunta personal:—¿De qué veníais hablando entre vosotros por el camino?

Aquellos hombres sienten una puñalada en el alma. El dolor se reaviva y el semblante les cambia, hasta el punto de obligarlos a detenerse: Y se detuvieron entristecidos. El más digno de ellos dos, que es el único del que conservamos el nombre –Cleofás-, le respondió con sorpresa: —¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado allí estos días? ¡Cómo era posible que no hubiera oído hablar del Maestro!

Y da testimonio. A pesar del desencanto por el fracaso de varios años siguiéndolo, da la cara por Jesús. Hay que tener en cuenta que, a esa misma hora, los Once estaban escondidos, por miedo a los judíos. Y a este caminante acababan de conocerlo. Sin embargo, no teme hacer su profesión de fe, siempre basada en la historicidad de lo que se cree: —Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y ante todo el pueblo: cómo los príncipes de los sacerdotes y nuestros magistrados lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron.

Además, añade sus esperanzas más íntimas, abre su alma a aquel hombre, explicando sus pensamientos más profundos: “Sin embargo nosotros esperábamos que él sería quien redimiera a Israel. Pero con todo, es ya el tercer día desde que han pasado estas cosas”. Y continúa su descripción con lujo de detalles: las historias de las mujeres, a las que no creen ni de lejos: “Bien es verdad que algunas mujeres de las que están con nosotros nos han sobresaltado, porque fueron al sepulcro de madrugada y, como no encontraron su cuerpo, vinieron diciendo que habían tenido una visión de ángeles” parece como si lo dijera con ironía…

El centro de este relato se encuentra en el mensaje que se supone que dijeron los ángeles, en el caso de que hubiera sido cierta la historia de las mujeres: “les dijeron que está vivo”. Además, otros discípulos (Pedro y Juan) también encontraron el sepulcro vacío, pero no fue suficiente para creer en la Resurrección de Jesús: “Después fueron algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como dijeron las mujeres, pero a él no le vieron”. 

A pesar de tantas pruebas, la verdad central de nuestra fe sigue siendo refutada por muchas personas de todos los tiempos, también de ahora, lamentablemente incluso por algunos que se dicen teólogos. Parece que a todos estos escépticos de todos los tiempos Jesús les dijera: “—¡Necios y torpes de corazón para creer todo lo que anunciaron los Profetas! ¿No era preciso que el Cristo padeciera estas cosas y así entrara en su gloria?”

Por eso, el Compendio del Catecismo nos enseña la verdad que llena de alegría nuestro corazón en este tiempo: “La Resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, y representa, con la Cruz, una parte esencial del Misterio pascual” (n. 126). Luego explica los signos que atestiguan la Resurrección de Cristo: “Además del signo esencial, que es el sepulcro vacío, la Resurrección de Jesús es atestiguada por las mujeres, las primeras que encontraron a Jesús resucitado y lo anunciaron a los Apóstoles. Jesús después «se apareció a Cefas (Pedro) y luego a los Doce, más tarde se apareció a más de quinientos hermanos a la vez» (1 Co 15,5-6), y aún a otros [como los que estamos viendo en esta meditación]. Los Apóstoles no pudieron inventar la Resurrección, puesto que les parecía imposible: en efecto, Jesús les echó en cara su incredulidad” (n. 127).

Sobre el estado del cuerpo resucitado de Jesús no quedan dudas: “La Resurrección de Cristo no es un retorno a la vida terrena [mucho menos puede decirse que su cuerpo padeció la corrupción, como algún desafortunado “teólogo” dijo en estos días]. Su cuerpo resucitado es el mismo que fue crucificado, y lleva las huellas de su Pasión, pero ahora participa ya de la vida divina, con las propiedades de un cuerpo glorioso. Por esta razón Jesús resucitado es soberanamente libre de aparecer a sus discípulos donde quiere y bajo diversas apariencias” (n. 129). Como es obvio, los textos entre corchetes son añadidos míos.

Hemos hecho un excursus catequético, siguiendo el ejemplo de Jesús en aquella jornada: “Y comenzando por Moisés y por todos los Profetas les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él”. Esta es una de las verdades proclamadas por la Iglesia primitiva: en Jesús se cumplen las Escrituras. Y también por eso no deja de recomendar al pueblo cristiano su estudio y meditación: «La Iglesia siempre ha venerado la Sagrada Escritura, como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo, pues, sobre todo en la sagrada liturgia, nunca ha cesado de tomar y repartir a sus fieles el pan de vida que ofrece la mesa de la palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo» (DV, 21).

Pero después de casi 12 kms de recorrido y de todo un curso de Exégesis bíblica, llegan cerca de Emaús y el compañero hace ademán de seguir adelante. Pero Cleofás y nosotros con él queremos retenerle “diciéndole: —Quédate con nosotros, porque se hace tarde y está ya anocheciendo”. Sin ese caminante, que es la Luz, el mundo se hace oscuro. No tiene sentido vivir.

San Josemaría comenta esta petición: “No se impone nunca, este Señor Nuestro. Quiere que le llamemos libremente, desde que hemos entrevisto la pureza del Amor, que nos ha metido en el alma. Hemos de detenerlo por fuerza y rogarle: Quédate con nosotros, porque se hace tarde y está ya anocheciendo. Así somos: siempre poco atrevidos, quizá por insinceridad, o quizá por pudor. En el fondo, pensamos: quédate con nosotros, porque nos rodean en el alma las tinieblas, y sólo Tú eres luz, sólo Tú puedes calmar esta ansia que nos consume” (Amigos de Dios, 314).

Si es bonita la súplica de Cleofás, modelo de oración cristiana, es más hermosa la respuesta del interpelado: “Y entró para quedarse con ellos”. No se hace rogar, inmediatamente accede a lo que pide su discípulo. El Señor, más tarde o más temprano, acepta nuestras peticiones. Y da mucho más de lo que solicitamos. Aquellos hombres pedían un rato de compañía. ¿Y qué les dio el Caminante como respuesta a esa súplica? “Cuando estaban juntos a la mesa tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio”. Jesús se queda en el pan partido. Ha sido prácticamente una Misa: Liturgia de la Palabra y Liturgia eucarística. La segunda Misa, de domingo por la tarde. 

“Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su presencia”. ¡Qué emoción habrán experimentado esos dos discípulos, Cleofás y nosotros, que tanto querían al Señor (nosotros esperábamos que él sería quien redimiera a Israel)! ¡Era verdad! ¡Las mujeres tenían razón! ¡El signo del sepulcro vacío era suficiente! Jesús había resucitado, como le habían dicho los ángeles a las mujeres: ¡Jesús está vivo! ¡También hoy! Esa es la verdad que la Iglesia proclama en estos días. Ahora ellos también serán testigos de la Resurrección y de la Eucaristía: ¡Jesús está vivo y nosotros lo reconocimos al partir el pan!

Me parece que el mejor comentario de esta escena es el que hace el Beato Juan Pablo II en la introducción de la Mane Nobiscum Domine: “«Quédate con nosotros, Señor, porque atardece y el día va de caída» (cf. Lc 24,29). Ésta fue la invitación apremiante que, la tarde misma del día de la resurrección, los dos discípulos que se dirigían hacia Emaús hicieron al Caminante que a lo largo del trayecto se había unido a ellos. Abrumados por tristes pensamientos, no se imaginaban que aquel desconocido fuera precisamente su Maestro, ya resucitado. No obstante, habían experimentado cómo «ardía» su corazón (cf. v. 32) mientras él les hablaba «explicando» las Escrituras. La luz de la Palabra ablandaba la dureza de su corazón y «se les abrieron los ojos» (cf. v. 31). Entre la penumbra del crepúsculo y el ánimo sombrío que les embargaba, aquel Caminante era un rayo de luz que despertaba la esperanza y abría su espíritu al deseo de la plena luz. «Quédate con nosotros», suplicaron, y Él aceptó. Poco después el rostro de Jesús desaparecería, pero el Maestro se había quedado veladamente en el «pan partido», ante el cual se habían abierto sus ojos”.

Como conclusión de esta escena, podemos citar la que hace Benedicto XVI en su último libro: “En el partir el pan Él se manifiesta, pero sólo al desaparecer se hace realmente reconocible. (…) No podemos imaginarnos cómo era concretamente la comunión de mesa con los suyos. Pero podemos reconocer su naturaleza interior y ver que en la comunión litúrgica, en la celebración de la Eucaristía, este estar a la mesa con el Resucitado continúa, aunque de modo diferente”.

Acudamos a la primera mujer que recibió la visita del Resucitado. La primera creyente, que nunca dudó de que se cumplirían las promesas del Señor. Madre nuestra: ayúdanos a ser apóstoles de la Resurrección de tu Hijo, a buscarlo en la oración y en la Misa, en el Pan y en la Palabra.