viernes, marzo 25, 2011

Junto al pozo de Sicar: la samaritana

1. Continuamos avanzando en nuestro itinerario cuaresmal y llegamos hoy al tercer domingo, con el cual retomamos el curso catecumenal, preparación para los que se bautizarán en la próxima Pascua y rememoración de los compromisos bautismales para los que ya recibimos ese sacramento. San Juan nos invita a acompañar a Jesús, de regreso de Jerusalén, donde la animadversión de los fariseos había aumentado: “cuando supo Jesús que los fariseos habían oído que él hacía más discípulos y bautizaba más que Juan –aunque no era Jesús quien bautizaba, sino sus discípulos–, abandonó Judea y se marchó otra vez a Galilea”. El Señor se dirige al norte, donde tenía sus orígenes y donde había desarrollado el período inicial de su apostolado.
Jesucristo escoge el camino más corto, pasando por Samaría, aunque tuviera que encontrarse con personas que no miraban bien a los judíos: había una historia de siglos de confrontación entre las dos poblaciones, pues ambas se consideraban las verdaderas adoradoras del Señor. Llegó entonces a una ciudad de Samaría, llamada Sicar, junto al campo que le dio Jacob a su hijo José. Estaba allí el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del viaje, se había sentado en el pozo. Era más o menos la hora sexta. Vino una mujer de Samaría a sacar agua. Jesús le dijo: —Dame de beber –sus discípulos se habían marchado a la ciudad a comprar alimentos. Hacia las tres de la tarde, después de unas horas de camino, Jesús tiene sed. A San Josemaría le gustaba contemplar mucho esta escena, tanto que la hizo representar en un vitral del Oratorio donde hacía su oración habitualmente. Le llamaba la atención ver al Hijo de Dios padecer las limitaciones de la condición humana, sufrir hambre o sed como cualquiera de nosotros: “Es conmovedor observar al Maestro agotado. Además, tiene hambre: los discípulos han ido al pueblo vecino, para buscar algo de comer. Y tiene sed. Pero más que la fatiga del cuerpo, le consume la sed de almas. Por esto, al llegar la samaritana, aquella mujer pecadora, el corazón sacerdotal de Cristo se vuelca, diligente, para recuperar la oveja perdida: olvidando el cansancio, el hambre y la sed” (Amigos de Dios, 176).
Después de entablar el diálogo, la mujer –que era de armas tomar- le responde con cierto desprecio: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana? –porque los judíos no se tratan con los samaritanos”. Y aquí viene la respuesta del corazón sacerdotal de Cristo en busca de una oveja perdida: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: «Dame de beber», tú le habrías pedido a él y él te habría dado agua viva”. La conversación se mueve en el contexto religioso judío, en las aspiraciones mesiánicas de la época, además de la confrontación entre judíos y samaritanos: “La mujer le dijo: —Señor, no tienes nada con qué sacar agua, y el pozo es hondo, ¿de dónde vas a sacar el agua viva? (…)— Todo el que bebe de esta agua tendrá sed de nuevo –respondió Jesús–, pero el que beba del agua que yo le daré no tendrá sed nunca más, sino que el agua que yo le daré se hará en él fuente de agua que salta hasta la vida eterna”.
2. La primera lectura, del Éxodo (17,3-7), nos ayuda a entender el contexto del agua viva que salta hasta la vida eterna: se remonta a la época de Moisés, cuando el Señor manifestó su compañía al pueblo hebreo brindándole una fuente en medio del desierto, en Refidin, probablemente el actual Wadi Refayid. Era la respuesta del Señor a las dudas del pueblo. Por eso, el salmo 94 exhorta, ante la actitud del creyente que en ocasiones se asemeja a la samaritana: “Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón»”.
Las palabras de Jesús van haciendo mella en el corazón inquieto de aquella mujer, que ahora responde: —Señor, dame de esa agua, para que no tenga sed ni tenga que venir hasta aquí a sacarla. El Señor aprovecha ese deseo pragmático para confrontar la conciencia de aquella oveja perdida: —Anda, llama a tu marido y vuelve aquí. —No tengo marido –le respondió la mujer. Jesús le contestó: —Bien has dicho: «No tengo marido», porque has tenido cinco y el que tienes ahora no es tu marido; en esto has dicho la verdad.
La escena que había comenzado con una respuesta peyorativa de la mujer se transforma ahora en un escenario íntimo: la conciencia personal frente al Dios bueno. Recuerda un encuentro semejante, el del joven rico. Es el momento de la verdad, cuando el alma puede seguir a Dios o rechazarlo una vez más. El joven cumplía los mandamientos, tenía fama de bueno pero no fue capaz de seguir a Cristo, porque tenía mucha hacienda. La samaritana, en cambio, tenía fama de mala, no cumplía los mandamientos pero en el fondo de aquella alma había un resquicio de bondad, un deseo de agua viva, ofuscado por las rencillas patrióticas contra los judíos.
Por eso, antes de dar el paso que va percibiendo, aquella mujer aclara sus dificultades: “Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres adoraron a Dios en este monte, y vosotros decís que el lugar donde se debe adorar está en Jerusalén”. Jesús enseña de modo práctico que el diálogo no significa abdicación de los principios y por eso responde con la verdad, llena de caridad: “Créeme, mujer, llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis, nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación procede de los judíos. Pero llega la hora, y es ésta, en la que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Porque así son los adoradores que el Padre busca. Dios es espíritu, y los que le adoran deben adorar en espíritu y en verdad”.
La fuerza de la Verdad allí presente, más la nobleza del corazón de aquella mujer, logran el milagro de que acepte el llamado, que descubra la vocación. Pero no es un proceso fácil. Requiere absolver más dudas, ahora más personales, en el ámbito de la propia relación con Dios: Sé que el Mesías, el llamado Cristo, va a venir, –le dijo la mujer–. Cuando él venga nos anunciará todas las cosas. Le respondió Jesús: —Yo soy, el que habla contigo”.
Benedicto XVI comenta la escena en el contexto cuaresmal: “La petición de Jesús a la samaritana: «Dame de beber» (Jn 4,7) expresa la pasión de Dios por todo hombre y quiere suscitar en nuestro corazón el deseo del don del «agua que brota para vida eterna» (v. 14): es el don del Espíritu Santo, que hace de los cristianos «adoradores verdaderos» capaces de orar al Padre «en espíritu y en verdad» (v. 23). ¡Sólo esta agua puede apagar nuestra sed de bien, de verdad y de belleza! Sólo esta agua, que nos da el Hijo, irriga los desiertos del alma inquieta e insatisfecha, «hasta que descanse en Dios», según las célebres palabras de san Agustín”.
Es el motivo de la segunda lectura (Rm 5,1-8): “El amor de Dios ha sido derramado en nosotros con el Espíritu que se nos ha dado”. Los teólogos explican que se trata del amor que Dios nos tiene –nos envió a su Espíritu- y también del que nos da para difundir a nuestro alrededor: ¡El Espíritu Santo es el agua viva prometida por Jesús! Pienso que esta liturgia nos invita a frecuentar más la Tercera Persona de la Trinidad, a aumentar nuestra fe en su acción en el alma, a desear esa agua viva que salta hasta la vida eterna, también para descubrir la voluntad del Señor para nosotros. 
Me impresionó la anécdota que contaba un Obispo sobre la fe que los cristianos sencillos tienen en el poder santificador del Paráclito: “Se me presentó una pareja con un niño de dos años, rozagante, gracioso y alegre, lleno de salud. Los papás me pedían que lo confirmara, y yo me resistí indicándoles que, por resolución de la Conferencia Episcopal, la edad apropiada era en torno a los doce años y que el niño, evidentemente, no estaba enfermo o en peligro de muerte. A mis razones, replicó el padre: “sí, padrecito, pero somos pobres, este niño tendrá que ir a la escuela laica y queremos que tenga alguien que le defienda. Estas palabras de conmovedora fe, me derrotaron por completo”. Vázquez A. Juan Larrea. Palabra. Madrid 2009, 182.
3. Habitualmente, este pasaje es visto como un episodio de “conversión de pecadores”. Pero vamos viendo cómo también es una escena vocacional, un llamado apostólico. Esta mujer será una heroína del Evangelio. Es la maravilla del cristianismo: “todo santo tiene su pasado, todo pecador tiene su futuro”, decía Oscar Wilde. En la Iglesia todos tenemos posibilidades de conversión, de dejar atrás el pecado y convertirnos en apóstoles de Cristo, como la samaritana, que inmediatamente “La mujer dejó su cántaro, fue a la ciudad y le dijo a la gente: —Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será él el Cristo? Salieron de la ciudad y fueron adonde él estaba. Muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer”.


La mujer dejó su cántaro. Ya no necesitaba sus medios humanos, sus capacidades, le bastaba el Señor. Jesús convierte a la mujer pecadora en apóstol por excelencia. La conversión de aquella samaritana pasa a ser un signo de redención para muchos en aquel pueblo, que no temen dejar aparte sus prejuicios y, sin más preámbulos, “le pidieron que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Entonces creyeron en él muchos más por su predicación. Y le decían a la mujer: —Ya no creemos por tu palabra; nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es en verdad el Salvador del mundo”. El evangelista se deleita contando la fe de tantos en Samaría.
Y añade un inciso antes de narrar la conversión del pueblo, para mostrar el espíritu apostólico que movía al Señor: “los discípulos le rogaban diciendo: —Rabbí, come. Pero él les dijo: (…) —Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra. (…) levantad los ojos y mirad los campos que están dorados para la siega”. 
Mons. Echevarría saca una conclusión práctica, al ver el ejemplo apostólico de Jesús y también de la samaritana: “Descubramos la llamada a tener siempre presente que nosotros, discípulos suyos, hemos de llevar su luz y su gracia a todas partes; sobre todo, ayudando a nuestros amigos y parientes a reconciliarse con Dios acudiendo al sacramento de la Penitencia; y, también, invitándolos a participar en algún retiro o curso de retiro espiritual en estas semanas”. Es un buen propósito para estos días de cuaresma, cuando tantas personas están bien dispuestas para prepararse mejor de cara a la Semana Santa: animar varios conocidos, parientes, vecinos, colegas, a que se confiesen durante estas semanas.
Acudamos a la Santísima Virgen para que nos alcance del Señor la gracia de responder con generosidad como la samaritana a la vocación que Dios nos dé, a perder el miedo a anunciar a nuestros conocidos la gracia que Dios nos brinda, que anunciemos al mundo que nos circunda la clave de la verdadera felicidad: “¡Sólo esta agua puede apagar nuestra sed de bien, de verdad y de belleza! Sólo esta agua, que nos da el Hijo, irriga los desiertos del alma, inquieta e insatisfecha, «hasta que descanse en Dios»”.

sábado, marzo 19, 2011

San José, hombre de fe

Celebramos hoy, en pleno inicio de Cuaresma, la fiesta de San José. Pero no es una ruptura en el ritmo de oración, penitencia y caridad que estamos tratando de forjar desde el pasado miércoles de ceniza. Al contrario, contemplar la figura y el ejemplo de nuestro Padre y Señor nos ayudará a afinar en el itinerario cuaresmal que nos llevará a celebrar mejor preparados la Pascua.
En la primera lectura tenemos una promesa mesiánica (2S 7, 4-16). David se había propuesto construir un templo junto a su palacio, pero el Señor rechaza la oferta. En cambio, le manifiesta su voluntad de construirle una casa o dinastía a David. El sucesor de David construirá su templo. Y la dinastía quedará establecida para siempre (Campbell y O´Brien): «Cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré el trono de su realeza. Él construirá una casa para mi nombre, y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre. Yo seré para él padre, y él será para mí hijo. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre».
La liturgia pone este pasaje en relación con las palabras del Ángel en la Anunciación a María: “El Señor Dios le dará el trono de David, su padre”. Nos ayuda a pensar en los planes de Dios, que quiere contar con nosotros. Desde la eternidad, el Señor había previsto que San José (descendiente de David) permitiría el cumplimiento de la promesa  con su paternidad adoptiva. Desde luego, necesitaría el libre concurso del Santo Patriarca. Por eso esta fiesta nos habla de vocación, nos lleva a maravillarnos de los estupendos designios de Dios para nosotros, y a agradecerle que nos haya hecho hijos suyos y nos haya invitado a participar libremente en la aventura divina de la redención humana. A renovar nuestra entrega de amor a Dios. A querer amarlo con el mismo ardor –con obras- con que lo amó San José.
Benedicto XVI relaciona las dos lecturas de esta forma: “lo que Dios pide a David, es que confíe en Él. David no verá a su sucesor, «cuyo trono durará por siempre» (2S 7,16), porque este sucesor anunciado veladamente en la profecía es Jesús. David confía en Dios. Igualmente, José confía en Dios cuando escucha al mensajero, al Ángel, que le dice: «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo» (Mt 1,20)”. El Papa concluye que, “en la historia, José es el hombre que ha dado a Dios la mayor prueba de confianza, incluso ante un anuncio tan sorprendente”.
Por eso, no solo valoramos la vocación que Dios nos hizo, al mirar el proyecto para José. También nos lleva a admirarnos de su fe, de su fidelidad, como vemos en la Carta de Pablo a los romanos (4, 13-22): “Fue la justificación obtenida por la fe la que obtuvo para Abrahán y su descendencia la promesa de heredar el mundo. (…) Así, dice la Escritura: «Te hago padre de muchos pueblos».  Al encontrarse con el Dios que da vida a los muertos y llama a la existencia lo que no existe, Abrahán creyó”.
San José es como un nuevo Abraham, que confió en la vocación que el Señor le hacía –aunque no le ahorrara el claroscuro inicial, el temor a verse involucrado en un proyecto de magnitudes sobrenaturales-. También de él se puede predicar que, “apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza, que llegaría a ser padre de muchas naciones, según lo que se le había dicho: «Así será tu descendencia». Por lo cual le valió la justificación”. Por eso explica el Papa que “En la historia, José es el hombre que ha dado a Dios la mayor prueba de confianza, incluso ante un anuncio tan sorprendente”.
Nosotros también somos partícipes de esa dinámica de la fe. Formamos parte de esa descendencia divina: somos hijos de la fe de Abraham y también de la respuesta esperanzada de José. Por eso el Santo Patriarca es llamado Maestro de la vida interior, porque nos enseña a creer, a confiar en Dios, a pesar de lo sorprendentes que puedan ser sus anuncios.
José nos da lecciones de fe y de abandono. Un resumen de su vida está en el Evangelio de Mateo (1, 16-24): “hizo lo que le había mandado el ángel del Señor”. San José no obedeció a Dios en un solo momento determinado, sino en todas las circunstancias de su vida. En esa respuesta durante toda su vida habría como una “retroalimentación positiva”, por decirlo con términos científicos. Las actuaciones generosas de José eran reforzadas por el ejemplo de María: ¡qué santidad la de aquel hogar! Puede uno pensar que era una jaculatoria recurrente, que Jesús aprendería de ellos, la que pronunció en Getsemaní: Señor, dirían en los momentos grandes y en los pequeños de su vida: “no se haga mi voluntad, sino la tuya. No se haga lo que yo quiero, sino lo que quieras Tú”.
Por eso, en el Prefacio de la Misa tenemos una hermosa alabanza de San José. Dice que “él es el hombre justo  que diste por esposo  a la Virgen Madre de Dios;  el servidor fiel y prudente  que pusiste al frente de tu Familia  para que, haciendo las veces de padre,  cuidara a tu único Hijo,  concebido por obra del Espíritu Santo”. Y San Bernardino describe cómo vivió su excelsa vocación: “José fue elegido por el eterno Padre como protector y custodio fiel de sus principales tesoros, esto es, de su Hijo y de su Esposa, y cumplió su oficio con absoluta fidelidad”.
Por eso recomienda San Josemaría: “Quiere mucho a San José, quiérele con toda tu alma, porque es la persona que, con Jesús, más ha amado a Santa María y el que más ha tratado a Dios: el que más le ha amado, después de nuestra Madre. –Se merece tu cariño, y te conviene tratarle, porque es Maestro de vida interior, y puede mucho ante el Señor y ante la Madre de Dios (Forja, 554)”.
Nos admiramos de la fe, de la confianza de José. Y podemos pensar por contraste, con cierto desánimo, en nuestra pobre respuesta ante las maravillas que el Señor nos confía. Pero no se trata de eso. Al contrario, lo que el Señor espera es que aprovechemos esta Solemnidad para contar con su ayuda. En el 2009, el Papa predicaba en Camerún, pensando en la vocación del Patriarca, que sólo Dios podía dar a José la fuerza para confiar en el Ángel. Y proponía que sólo Dios nos dará la fuerza para cumplir nuestra misión como Él quiere: “Pedídselo. A Dios le gusta que se le pida lo que quiere dar. Pedidle la gracia de un amor verdadero y cada vez más fiel, a imagen de su propio amor. Como dice maravillosamente el salmo: «Tu misericordia es un edificio eterno, más que el cielo has afianzado tu fidelidad» (Sal 88,3)”.
Terminamos con una oración tradicional: “Oh Dios, que con inefable providencia te dignaste elegir a San José para esposo de tu Madre Santísima: te rogamos nos concedas que, pues le veneramos como protector en la tierra, merezcamos tenerle por intercesor en el Cielo”.


viernes, marzo 11, 2011

Cuaresma: horizontes de Gracia


Con la imposición de la ceniza el pasado miércoles, hemos comenzado una nueva Cuaresma. Se trata, como decía el Papa ese día, de comprometernos en convertir nuestro corazón hacia los horizontes de Gracia. Conversión, cambio, mudanza. Volver a empezar en nuestro empeño por ser buenos cristianos. Pueden servirnos las palabras de la liturgia, tan ricas de contenido en estos días: el pasado miércoles pedíamos al Señor “emprender el combate cristiano con santos ayunos para que los que vamos a luchar contra la tibieza espiritual seamos fortalecidos por los auxilios de la penitencia”.
Nos comprometíamos en convertir nuestro corazón hacia los horizontes de Gracia de un modo concreto: luchando. Le prometíamos a Dios emprender el combate, ayunar, luchar contra la tibieza espiritual. Y al mismo tiempo nos dábamos cuenta de que, al tomar esa actitud, seríamos fortalecidos por los auxilios de la penitencia. No se trata simplemente del efecto virtuoso que tiene la austeridad, como sabe cualquiera que haya leído la Ética a Nicómaco. Se trata de abrir nuestro corazón hacia los horizontes de Gracia. Por eso, más que proponernos esa lucha, le pedimos al Señor el don de emprender el combate, del fruto de la lucha, de los auxilios que la penitencia genera.
En ese sentido, el Papa explica que la Cuaresma es un don precioso de Dios dice que se trata de un tiempo fuerte y denso de significados en el camino de la Iglesia, es el itinerario hacia la Pascua del Señor. Es un camino, una excursión, que incluye varias indicaciones: en primer lugar la idea de fondo es “atender, con mayor empeño, a nuestra conversión”. La clave para darse cuenta de la necesidad de convertirnos es contemplar el Misterio de la cruz: “dejarnos transformar por la acción del Espíritu Santo, como san Pablo en el camino de Damasco; orientar con decisión nuestra existencia según la voluntad de Dios; liberarnos de nuestro egoísmo, superando el instinto de dominio sobre los demás y abriéndonos a la caridad de Cristo”.
Son detalles concretos de conversión, que nos sugiere Benedicto XVI: docilidad ante las exigencias del Señor, generosidad, altruismo, darse a Dios y al prójimo, humildad para reconocernos pecadores, rechazar el pecado y acudir a las fuentes de la gracia: “El período cuaresmal es el momento favorable para reconocer nuestra debilidad, acoger, con una sincera revisión de vida, la Gracia renovadora del Sacramento de la Penitencia y caminar con decisión hacia Cristo”.
2. Hay tres maneras concretas de vivir esta actitud de conversión hacia los horizontes de la Gracia: En primer lugar, intensificar la escucha de la Palabra de Dios, la oración. Esta es la primera invitación de la Cuaresma: oír las llamadas del Señor, atender su Palabra: “ojalá escuchéis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón” (Salmo 94).
En su  mensaje para este tiempo, el Papa nos invita a meditar e interiorizar la Palabra de Dios: “la escucha atenta de Dios, que sigue hablando a nuestro corazón, alimenta el camino de fe que iniciamos en el día del Bautismo”. Escuchar con atención, interiorizando lo que leemos, actualizándolo para nuestra vida: ¿qué significan estas palabras del Señor para mí, hoy? En los tiempos de oración debe suceder lo que recomendaba San Josemaría (Surco, 177): debe haber “recogimiento para conocer a Dios, para conocerte y así progresar. Un tiempo necesario para descubrir en qué y cómo hay que reformarse: ¿qué he de hacer?, ¿qué debo evitar?”
Vamos sacando propósitos para estos cuarenta días: cuidar más nuestro trato personal con el Señor. Tener fijos el tiempo preciso que le dedicamos a esa conversación y, ojalá, el momento del día en que lo haremos: «Si de veras deseas ser alma penitente - penitente y alegre - , debes defender, por encima de todo, tus tiempos diarios de oración - de oración íntima, generosa, prolongada - , y has de procurar que esos tiempos no sean a salto de mata, sino a hora fija, siempre que te resulte posible. No cedas en estos detalles. Sé esclavo de este culto cotidiano a Dios, y te aseguro que te sentirás constantemente alegre» (Surco, 994).
Además de escuchar atentamente la Palabra de Dios, en el itinerario cuaresmal se nos ofrece un segundo elemento fundamental: “la penitencia, abriendo el corazón a la dócil acogida de la voluntad divina, para una práctica más generosa de la mortificación”. Docilidad para seguir las sugerencias que el Señor nos indica en los ratos de oración. Generosidad en la mortificación. Una penitencia que se note, como el ayuno del miércoles de ceniza y del Viernes Santo o la abstinencia de carne todos los viernes de Cuaresma. También podemos ofrecer ayuno de aficiones o costumbres, de tal manera que podamos aprovechar más el tiempo: ayuno de internet, de televisión, de música, de algunos caprichos en las comidas, etc.
Pero también mortificación en la vida cotidiana. San Josemaría enseñaba que “donde más fácilmente encontraremos la mortificación es en las cosas ordinarias y corrientes: en el trabajo intenso, constante y ordenado; sabiendo que el mejor espíritu de sacrificio es la perseverancia por acabar con perfección la labor comenzada; en la puntualidad, llenando de minutos heroicos el día; en el cuidado de las cosas, que tenemos y usamos; en el afán de servicio, que nos hace cumplir con exactitud los deberes más pequeños; y en los detalles de caridad, para hacer amable a todos el camino de santidad en el mundo: una sonrisa puede ser, a veces, la mejor muestra de nuestro espíritu de penitencia... Tiene espíritu de penitencia el que sabe vencerse todos los días, ofreciendo al Señor, sin espectáculo, mil cosas pequeñas” (GER XVI,336).
Oración, mortificación, caridad. Este es el tercer elemento que forma parte fundamental del itinerario cuaresmal: “ir más ampliamente en ayuda del prójimo necesitado”, explica el Papa. Se da por descontado que habitualmente queremos servir, para eso somos cristianos. Pero durante estos cuarenta días el Señor espera que ayudemos al prójimo de modo más amplio. Más caridad, más servicio, más fraternidad.
Durante estas semanas, el episcopado nos invita a la campaña de “Comunicación cristiana de bienes”: a ahorrar el importe de lo que gastaríamos y destinarlo a las obras de caridad de la Iglesia. Caridad para ser más generosos en la limosna. No se trata solo de dar lo que nos sobra, sino también de compartir el fruto de nuestra penitencia. Por eso la Iglesia recuerda la práctica de la limosna, especialmente durante estos cuarenta días, para fomentar la capacidad de compartir: “nos recuerda el primado de Dios y la atención hacia los demás, para redescubrir a nuestro Padre bueno y recibir su misericordia”.
3. En este primer domingo de Cuaresma, la liturgia nos propone el pasaje de las tentaciones de Jesús en el desierto. El Catecismo de la Iglesia lo resume de esta manera: “Los Evangelios hablan de un tiempo de soledad de Jesús en el desierto inmediatamente después de su bautismo por Juan: "Impulsado por el Espíritu" al desierto, Jesús permanece allí sin comer durante cuarenta días; vive entre los animales y los ángeles le servían. Al final de este tiempo, Satanás le tienta tres veces tratando de poner a prueba su actitud filial hacia Dios. Jesús rechaza estos ataques que recapitulan las tentaciones de Adán en el Paraíso y las de Israel en el desierto, y el diablo se aleja de él "hasta el tiempo determinado"”.
Comentando esta escena, Mons. Echevarría saca un propósito concreto: la lucha sobrenatural, acudiendo con confianza a los medios sobrenaturales. Y recuerda la táctica sobrenatural que proponía San Josemaría para la lucha interior (Camino, 307): sostienes la guerra —las luchas diarias de tu vida interior— en posiciones, que colocas lejos de los muros capitales de tu fortaleza. Y el enemigo acude allí: a tu pequeña mortificación, a tu oración habitual, a tu trabajo ordenado, a tu plan de vida: y es difícil que llegue a acercarse hasta los torreones, flacos para el asalto, de tu castillo. —Y si llega, llega sin eficacia. Batallas concretas, en las que manifestaremos al Señor nuestro deseo de conversión, de abrirnos  a los horizontes de la Gracia.
El Santo Padre considera este pasaje como un modo de subrayar nuestra condición humana en esta tierra: “La batalla victoriosa contra las tentaciones, que da inicio a la misión de Jesús, es una invitación a tomar conciencia de la propia fragilidad para acoger la Gracia que libera del pecado e infunde nueva fuerza en Cristo, camino, verdad y vida”. Contemplar a Jesús que vence las tentaciones del maligno –el cual “actúa y no se cansa, tampoco hoy, de tentar al hombre que quiere acercarse al Señor”-, nos hace tener complejo de superioridad: “Cristo sale victorioso, para abrir también nuestro corazón a la esperanza y guiarnos a vencer las seducciones del mal”.
Podemos concluir con las palabras optimistas del libro “Jesús de Nazaret” (I): “En la lucha contra Satanás, ha vencido Jesús: frente a la divinización fraudulenta del poder y del bienestar, frente a la promesa mentirosa de un futuro que, a través del poder y la economía, garantiza todo a todos, Él contrapone la naturaleza divina de Dios, Dios como auténtico bien del hombre”.
Terminamos esta primera meditación cuaresmal acudiendo a nuestra Madre, María, pidiéndole que Ella sea “nuestra guía en el camino cuaresmal, nos conduzca a un conocimiento cada vez más profundo de Cristo, muerto y resucitado, nos ayude en el combate espiritual contra el pecado, nos sostenga al invocar con fuerza: Conviértenos a Ti, oh Dios, nuestra salvación”. Ayúdanos a abrirnos a los horizontes de la Gracia, a vencer las tentaciones del demonio, a renovar el propósito de recomenzar nuestra lucha cuaresmal por ser almas de oración, penitentes y caritativas.