sábado, febrero 26, 2011

Filiación divina y abandono en la Providencia


Hace una semana meditábamos sobre el amor al prójimo, como una de las principales enseñanzas del “cuerpo” del Sermón del Monte. Hoy continuaremos en ese discurso, en una sección que nos habla sobre la confianza en el Padre: no estéis preocupados por vuestra vida: qué vais a comer; o por vuestro cuerpo: con qué os vais a vestir.
Se trata de dos preocupaciones básicas del ser humano: la comida para la vida y el vestido para el cuerpo. Pues bien, en la línea “escandalosa” y en apariencia paradójica del Sermón del monte, el Señor nos enseña que debemos confiar siempre en nuestro Padre Dios: ¿Es que no vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?  Nos hace ver que hemos de mirar en qué consiste lo importante: no en las apariencias exteriores, sino en lo interior: en la vida, en el cuerpo, más que en el alimento o en el vestido.
En 1998, el entonces Cardenal Ratzinger recibió el Doctorado Honoris Causa por la Universidad de Navarra. Entre las actividades académicas se programó un encuentro con profesores de todas las Facultades. Una de las preguntas la hizo la Decana de Económicas: “Los economistas supuestamente debemos dedicamos a buscar la riqueza de las naciones, la prosperidad de los pueblos, la abundancia. Sin embargo nuestro Maestro, Cristo, modelo de nuestra Ciencia como de todas las demás, nació pobre, vivió pobre, y murió sin ninguna posesión y en la más absoluta miseria: es decir, su vida y su muerte fueron un gran fracaso, un ejemplo típico de comportamiento irracional de un agente económico. Por otra parte, la única vez que Cristo actuó con tal energía que llevaba un látigo en la mano fue para expulsar a nuestros antecesores, los mercaderes, que se dedicaban a la compra-venta en el templo. Mi pregunta es: ¿Cómo puedo hacer Economía, cumplir mi papel en la sociedad sirviéndole desde mi conocimiento económico y, al mismo tiempo, hacerlo desde mi cristianismo con un Maestro que deseó voluntariamente ser y vivir pobre?”
El final de la respuesta del futuro Papa fue como sigue: “la cuestión esencial es la cuestión de la justicia con respecto a los bienes de la tierra, es decir, de la relación de los bienes a la persona para que sean bienes humanos. Para conseguir eso, es necesario enseñar la fuerza «del prescindir de las cosas»; enseñar cómo funciona la economía con una cierta medida de despego de sí mismo. No se trata, por lo tanto, de enseñar cómo se enriquece uno a sí mismo, sino cómo se es portador de algo que ha de servir a un organismo. Se trata de introducir en las funciones de gestión empresarial la categoría «del prescindir». Demostrar la fuerza de esta categoría que puede llevar a una producción justa, es decir, a una producción que permita a todas las personas el acceso a los bienes económicos. La posesión por lo tanto, no es la última meta de la economía, sino que precisa de un fundamento moral. Es precisamente mirando a Jesucristo como se ve que la última meta no es el tener, sino el posibilitar ser más. Ese Jesucristo pobre es el modelo para una economía que crea esos bienes que posibiliten ser más”.
2. Siguiendo con la lógica del pasaje que consideramos hoy, Jesucristo pone dos ejemplos que formaban parte de la vida cotidiana de quienes le escuchaban: Mirad las aves del cielo: no siembran, ni siegan, ni almacenan en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿Es que no valéis vosotros mucho más que ellas?, ¿Quién de vosotros, por mucho que cavile, puede añadir un solo codo a su estatura? Y sobre el vestir, ¿por qué os preocupáis? Fijaos en los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan ni hilan, y yo os digo que ni Salomón en toda su gloria pudo vestirse como uno de ellos.
Aquí llama la atención ese rasgo tan peculiar de la predicación de Mateo, que gusta recalcar ese apelativo divino de “vuestro Padre celestial”.  Nos puede servir para meditar esa realidad fundamental en nuestra vida espiritual: que somos hijos de Dios. Que el Señor se preocupa de nosotros como un Padre bueno. Si Él cuida maravillosamente de la naturaleza, ¡con cuánto mayor cariño no se preocupará de nosotros! Nos tiene un amor tan grande, que no dudó en enviar a su Hijo para que nos enseñara el camino de la felicidad eterna.
En la primera lectura se complementa la imagen de Dios Padre bueno con el amor maternal. No se trata de hacer teología de género, que me parece una simpleza, pues Dios no es ni hombre ni mujer. Pero sí quiere que veamos que nos quiere con un amor más grande que el de todos los padres y las madres de la tierra juntos. Isaías (49,15) lo ejemplifica con radicalidad: “¿puede una mujer olvidarse de su niño de pecho, no compadecerse del hijo de sus entrañas? ¡Pues aunque ellas se olvidaran, Yo no te olvidaré!”
Señor: aprovechamos este rato de oración para darte gracias por tu amor, por tu generosidad. Ayúdanos a no olvidar esta locura de tu entrega por nosotros… y a responder como hijos buenos. Concédenos la gracia de ser buenos hijos tuyos. Que vivamos diariamente con el espíritu del Salmo 61: Descansa sólo en Dios, alma mía.
Resumiendo lo que esta convicción significa para la propia vida interior, Fernández-Carvajal explica que “la filiación divina no es un aspecto más entre otros de nuestro ser cristianos. De algún modo abarca todos los demás. Es un determinado modo de ser: una relación concreta que, entitativamente, se distingue de las demás formalidades sobrenaturales: gracia santificante, virtudes, dones del Espíritu Santo. Pero si atendemos al designio divino, podemos afirmar que todas esas otras formas se nos dan para recibir  una adopción. Esta realidad da a la vida una especial firmeza y un modo peculiar de enfrentarse a todo lo que esta lleva consigo. Dios siempre es el descanso y la fuerza que necesitan las almas, el refugio donde una y otra vez buscamos amparo” (Para llegar a puerto, p. 102).
Acabo de terminar el libro en el que un famoso autor de origen marxista narra su conversión al catolicismo. En un momento de su relato, habla del descubrimiento de la filiación divina con unas palabras muy expresivas que ejemplifican muy claramente el tema de la filiación divina: “No hay psicofármaco, no hay costoso (y dudoso en sus concretos resultados) ciclo de sesiones en el sofá tan querido para Woody Allen -ahora que también él se ha desengañado y se ríe de ello-, no hay confortadora palabra humana que valgan un meñique de lo que vale esta conciencia de que somos hijos de un Padre que es el Amor mismo. (...) ¿Recuerdas las últimas palabras, en su lecho de muerte, del curé de campagne de Bernanos? “Todo es gracia”, todo es Providencia, nada es casual, cada uno, por anónimo y abandonado que se crea, ha sido querido -precisamente él- por un Padre que no abandona a ninguno de sus hijos” (Messori V. Por qué creo. Libros libres. Barcelona 2009, 159).
3. El Maestro concluye su explicación con un rotundo corolario: Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os añadirán. San Juan Crisóstomo glosa estas palabras diciendo que “no es nuestro afán, sino la Providencia de Dios, la que lo hace todo, aún aquellas cosas que aparentemente realizamos nosotros. Si Él nos abandona, (…) todo se perderá irremediablemente”.
En ese sentido, predicaba San Josemaría: “Si viviéramos más confiados en la Providencia divina, seguros -¡con fe recia!- de esta protección diaria que nunca nos falta, cuántas preocupaciones o inquietudes nos ahorraríamos. Desaparecerían tantos desasosiegos que, con frase de Jesús, son propios de los paganos, de los hombres mundanos, de las personas que carecen de sentido sobrenatural. Querría, en confidencia de amigo, de sacerdote, de padre, traeros a la memoria en cada circunstancia que nosotros, por la misericordia de Dios, somos hijos de ese Padre Nuestro, todo poderoso, que está en los cielos y a la vez en la intimidad del corazón; querría grabar a fuego en vuestras mentes que tenemos todos los motivos para caminar con optimismo por esta tierra, con el alma bien desasida de esas cosas que parecen imprescindibles, ya que ¡bien sabe ese Padre vuestro qué necesitáis!, y El proveerá. Creedme que sólo así nos conduciremos como señores de la Creación y evitaremos la triste esclavitud en la que caen tantos, porque olvidan su condición de hijos de Dios, afanados por un mañana o por un después que quizá ni siquiera verán” (Amigos de Dios, n. 116).
 Abandono en la Providencia divina. Buscar el Reino de Dios y su justicia, ya que ¡bien sabe ese Padre vuestro qué necesitáis!, y El proveerá. No olvidar nuestra dignidad de hijos de Dios. En estos días me contaba una madre, buena cristiana, que estaba muy contenta porque su hijo siempre se refería a Dios al hacerle preguntas: “¿por qué Dios hizo tantas estrellas?, ¿por qué nos hizo con uñas en los dedos?” Ojalá no olvidemos que Dios no solo nos hizo, sino que también nos sigue cuidando, más que a los lirios del campo o a las aves del cielo.
También es importante recordarlo cuando sintamos la propia debilidad, cuando pensemos que no somos capaces con nuestras pobres fuerzas de alcanzar esa intimidad con Dios a la que nos llama. Si Dios es mi Padre, ¿a quién podré temer? Me parecen muy oportunas otras palabras íntimas de San Josemaría: “Cuando me siento capaz de todos los horrores y de todos los errores que han cometido las personas más ruines, comprendo bien que puedo no ser fiel... Pero esa incertidumbre es una de las bondades del Amor de Dios, que me lleva a estar, como un niño, agarrado a los brazos de mi Padre, luchando cada día un poco para no apartarme de Él. Entonces estoy seguro de que Dios no me dejará de su mano. "¿Puede la mujer olvidarse del fruto de su vientre, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré"” (Via Crucis, 14.5)
Acudamos a la Santísima Virgen para que nos alcance del Señor la gracia de estar desprendidos de los bienes materiales, de nuestras propias capacidades, y de estar abandonados en la Providencia de nuestro Padre Dios, que siempre quiere lo mejor para nosotros. Que busquemos el Reino de Dios y su justicia, seguros de que todo lo demás se nos dará por añadidura.

sábado, febrero 19, 2011

fraternidad y santidad


1. Seguimos considerando el sermón del monte. Después de la introducción con las bienaventuranzas y las parábolas de la sal y de la luz, entramos en el cuerpo del sermón. En este, el Señor se presenta como ese nuevo Moisés del que habla Benedicto XVI, que no abroga la ley sino que, por el contrario la lleva a su perfección y ya no solo condena el homicidio, sino también la cólera; ya no solo rechaza el adulterio, sino los malos deseos; ya no solo prohíbe el divorcio, sino que sacramentaliza el matrimonio.
En la parte final de este cuerpo del sermón, sobre la perfección de la ley, vemos cómo afronta Jesús la conocida “ley del Talión”: “Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo: no repliquéis al malvado; por el contrario, si alguien te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiera entrar en pleito contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto. A quien te fuerce a andar una milla, vete con él dos. A quien te pida, dale; y no rehúyas al que quiera de ti algo prestado.
Jesucristo presenta varios ejemplos comunes de la legislación de aquella época y continúa en su línea de caridad extrema, de “no violencia” –como dirían algunos- aunque amando hasta el extremo de dar la vida por los demás. No es una legislación nueva, sino una enseñanza para los que quieren ser perfectos: poner la otra mejilla, excederse en caridad con los violentos, ayudar a quien lo necesita.
Este es uno de los factores determinantes de los discípulos de Cristo: “en esto conocerán que sois mis discípulos: si os amáis los unos a los otros”, dirá el Señor en la última cena. Pero su enseñanza va más allá: no se trata solo de querer a nuestros hermanos, sino de amar incluso a los enemigos: Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tenéis? ¿No hacen eso también los publicanos? Y Si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen eso también los paganos?
Por eso, tres son las claves del apostolado cristiano, como hemos recordado otras veces: liturgia (culto), kerigma (doctrina), diaconía (servicio). Por eso, en estas palabras se encuentra el origen del apostolado de salud practicado por los cristianos desde el comienzo. A este respecto, dice Benedicto XVI que estas tres “son tareas que se implican mutuamente y no pueden separarse una de otra. Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia” (Deus Caritas Est, 25). Quizá por eso se cuenta que Juan Pablo II dijo, al visitar un leprosario de las hermanas de la caridad en Calcuta: “desde aquí debería ejercer mi pontificado”.
Podemos hacer examen en nuestra oración personal: ¿cómo vivimos la caridad? Probablemente no tengamos grandes enemigos, pero quizá es posible que haya personas que no nos caen tan bien y, en ocasiones, las evitamos. Olvidamos tener detalles con ellas. Nos duele quizá de modo exagerado su modo de ser. Somos susceptibles, de pronto patológicamente. O podemos criticar grupos de personas, o rechazarlas inconscientemente: por su origen social o geográfico, o por sus aficiones políticas, religiosas, ¡deportivas!
En otras ocasiones, quizá sí que tenemos razones objetivas para quejarnos de alguien: puede ser que con su modo de ser las veamos como impositivas, o que no nos dejan pasar ni una ocasión, o simplemente no nos atienden como pensamos que merecemos. En algún momento de nuestra vida pudimos haber padecido verdaderas injusticias: en el trabajo, en el estudio, en las relaciones familiares. O quizá hemos padecido un robo o cualquier otro atentado contra nuestra integridad.
2. Aprovechemos este rato de oración para curar esas heridas de nuestro corazón, para perdonar esos malentendidos o esas verdaderas afrentas. Yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan. Pongamos nombres concretos, si es preciso, y pídamosle al Señor: Dios mío, ayúdame a perdonar a esta persona. Así como tú me has perdonado a mí tantas veces, te ofrezco –en desagravio por mis pecados- el perdón mío por esa ofensa que, en realidad, tampoco es tan grave como me ha parecido. Te pido por esta otra, que no me cae tan bien; o por la de más allá, a la que podría atender con más cariño –con fraternidad cristiana- pero la rechazo porque quizá pienso que no me aporta como otras…
Por eso, la primera lectura nos pone en las mismas coordenadas: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Lv 19)”. Y el Salmo102 nos invita a mirarnos en el ejemplo que debemos seguir: “El Señor es compasivo y misericordioso”. Ese modelo de amor es el Padre, fuente de todo bien que, como dice el Papa en su libro Jesús de Nazaret, es la medida del ser humano recto ("perfecto"): “Yo os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en cielo, que hace salir el sol sobre buenos y malos..." (Mt 5, 44 s).
Amad a vuestros enemigos, amaos los unos a los otros… La enseñanza es la misma, al comienzo y al final de su predicación. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos… No basta con perdonar, con evitar resentimientos. Hay que ir a más. Positivamente, hemos de parecernos a nuestro Señor en el esfuerzo por “dar la vida” en detalles concretos en la vida cotidiana: delicadeza en el trato, esfuerzo por hacer amable la vida a los demás, prestar pequeños servicios, olvidarnos de nosotros mismos.
Pueden servirnos algunos consejos concretos de San Josemaría, que nos hace considerar que siempre hemos de tener en la mente esa disposición de servicio: “Recuerda con constancia que tú colaboras en la formación espiritual y humana de los que te rodean, y de todas las almas —hasta ahí llega la bendita Comunión de los Santos—, en cualquier momento: cuando trabajas y cuando descansas; cuando se te ve alegre o preocupado; cuando en tu tarea o en medio de la calle haces tu oración de hijo de Dios, y trasciende al exterior la paz de tu alma; cuando se nota que has sufrido —que has llorado—, y sonríes” (Forja, n. 846).
3. El último versículo de este pasaje nos da el secreto para vivir el amor al prójimo: la caridad con los demás solo es verdadera si la vivimos como fruto del amor a Dios, de la lucha por ser santos como Él: sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.
En estas palabras  se resume todo el capítulo quinto del Evangelio de Mateo. La clave para vivir la Ley de modo pleno es siendo perfectos como nuestro Padre del cielo. En eso consiste la santidad, como enseña el Concilio Vaticano II (LG 40): «Todos los cristianos, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor. Esta santidad favorece, también en la sociedad terrena, un estilo de vida más humano».
Esta sentencia del Evangelio está en la raíz del punto 291 de Camino, que contiene el núcleo de la predicación de San Josemaría: “Tienes obligación de santificarte. —Tú también. —¿Quién piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos? A todos, sin excepción, dijo el Señor: «Sed perfectos, como mi Padre Celestial es perfecto»”.
En su reciente viaje a Inglaterra, Benedicto XVI predicaba esta misma idea a los jóvenes: “espero que, entre quienes me escucháis hoy, esté alguno de los futuros santos del siglo XXI. Lo que Dios desea más de cada uno de vosotros es que seáis santos. Él os ama mucho más de lo jamás podríais imaginar y quiere lo mejor para vosotros. Y, sin duda, lo mejor para vosotros es que crezcáis en santidad. Quizás alguno de vosotros nunca antes pensó esto. Quizás, alguno opina que la santidad no es para él. Dejad que me explique: (…) Cuando os invito a ser santos, os pido que no os conforméis con ser de segunda fila. Os pido que no persigáis una meta limitada (…) La felicidad es algo que todos quieren, pero una de las mayores tragedias de este mundo es que muchísima gente jamás la encuentra, porque la busca en los lugares equivocados. La clave para esto es muy sencilla: la verdadera felicidad se encuentra en Dios. Necesitamos tener el valor de poner nuestras esperanzas más profundas solamente en Dios, no en el dinero, la carrera, el éxito mundano o en nuestras relaciones personales, sino en Dios. Sólo él puede satisfacer las necesidades más profundas de nuestro corazón".
Pidamos a la Santísima Virgen, espejo de justicia –de santidad- que nos alcance la gracia del Señor para perdonar a quienes nos ofendan. Pero, sobre todo, a gastar nuestra vida –como Ella- sirviendo a los demás. Y a descubrir que el secreto para lograrlo está en buscar la santidad. En seguir el consejo de su hijo: “sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”.

viernes, febrero 04, 2011

Sal de la tierra y Luz del mundo

Después de las Bienaventuranzas, el Sermón del monte continúa con una advertencia del Señor a sus discípulos: si bien el sello de su vocación serán las persecuciones, injurias y calumnias que padecerán, ellos –nosotros- debemos ser conscientes de nuestra responsabilidad: Vosotros sois la sal de la tierra.
Todos sabemos que la sal condimenta, da sabor. Sobre todo lo saben los hipertensos, que en su dieta hiposódica añoran el rico sabor de este alimento. Cuando Jesús pronunció estas palabras, la sal también se utilizaba para preservar de la corrupción a las comidas, pues todavía no existía el refrigerador. Hay otros significados para esta frase del Señor, pero quedémonos con un tercero: la sal tenía un significado ritual, pues se utilizaba en los sacrificios como símbolo de la fidelidad a la Alianza.
Señor: te pedimos tu ayuda para cumplir tu deseo. Tú esperas que nosotros condimentemos el mundo actual, que lo preservemos de la corrupción, que manifestemos la fidelidad a tu Comunión. Para eso, necesitamos que nos llenes de tu gracia, pues solo de Ti puede venir el sabor, la pureza, la perseverancia a nuestra llamada.
Pero aún hay más: los discípulos de Cristo no solo deben ser la sal de la tierra, sino también la luz del mundo. El simbolismo de la luz era utilizado por muchas religiones para referirse al Señor. No solo indica luminosidad, sino también calor, gloria, alegría, vitalidad…
Los seguidores de Jesús, que deben vivir las bienaventuranzas, deben preservar y condimentar, pero también iluminar la vida de los demás. Y la clave para dar esa luz, para dar sabor al ambiente en que nos movemos, no está en nosotros mismos, sino en el Señor, que habita en nosotros. Como la luna, que alumbra la noche con el reflejo del sol, nosotros iluminaremos la sociedad en que vivimos solo en la medida en que estemos unidos a Dios, porque esa luz que transmitiremos es solo suya.
Cuenta un colaborador de Juan Pablo II que “en un viaje intercontinental, por la mañana temprano el Papa hacía su larga oración en la pequeña capilla de la residencia en que nos encontrábamos. En un determinado momento, pidió que se preparase lo necesario para celebrar la Santa Misa. Pensando que los cambios de horario y de programas le habían hecho olvidar el calendario del día, se le dijo que la Misa sería por la tarde, en un enorme estadio local, en la que participarían estudiantes y obreros jóvenes de todo el país. Con serenidad y naturalidad extremas respondió: “donde voy ahora, esta mañana, dentro de poco, es algo muy importante. Tengo necesidad de celebrar también ahora la Misa” (Navarro-Valls. La misión del cristiano hoy. En: Mundo cristiano, n. 602. Enero 2011, p. 43).
El próximo Beato sabía que esa luz que congregaba millones de personas no provenía de él mismo, sino del Señor. Por eso necesitaba celebrar, estar con Dios, dejarse iluminar, “condimentar” por Él. Pensemos en nuestra propia vida, qué tanto experimentamos esa necesidad de tener más intimidad con Jesucristo, de buscarlo en los sacramentos y en la oración, de llenarnos de Él para iluminar nuestro mundo. Así predicaba San Josemaría: "Somos portadores de Cristo y hemos de ser luz y calor, hemos de ser sal, hemos de ser fuego espiritual, hemos de ser apostolado constante, hemos de ser vibración, hemos de ser el viento impetuoso de la Pentecostés"  (Apuntes de la predicación, 6 de enero de 1970).
Un ejemplo más lo tenemos en las palabras con las que Peter Seewald concluye la introducción de su tercer libro-entrevista con el Santo Padre: “Benedicto XVI se lo hace francamente fácil a sus visitas. No las espera un príncipe de la Iglesia, sino un servidor de la Iglesia, un gran hombre que da, que se vacía totalmente en su acto de don. (...) Y cuando se lo escucha de ese modo y se está sentado frente a él, se percibe no sólo la precisión de su pensamiento y la esperanza que proviene de la fe, sino que se hace visible de forma especial un resplandor de la Luz del mundo, del rostro de Jesucristo, que quiere salir al encuentro de cada ser humano y no excluye a nadie”.
2. La misión es clara, pero el Señor quiere ponernos en guardia ante el peligro de la insipidez y de la oscuridad: “Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa ¿con qué se salará? No vale más que para tirarla fuera y que la pisotee la gente”. Jesús nos hace ver que la sal se puede desvirtuar. En términos judíos de aquella época, se puede contaminar, volverse impura. Puede dejar de ser testimonio de fidelidad. Por eso el Señor amenaza con el juicio: No vale más que para tirarla fuera y que la pisotee la gente…  Así lo glosa San Josemaría en Camino (n. 921): “Tú eres sal, alma de apóstol. –"Bonum est sal" –la sal es buena, se lee en el Santo Evangelio, "si autem sal evanuerit" –pero si la sal se desvirtúa..., nada vale, ni para la tierra, ni para el estiércol; se arroja fuera como inútil. Tú eres sal, alma de apóstol. –Pero, si te desvirtúas...”
Lo mismo puede ocurrir con la luz. El Maestro pone el ejemplo de las luminarias de esa época en Palestina: una pequeña vasija de barro llena de aceite para iluminar la tea, sostenida por un aparejo de hierro adosado a la pared, en un lugar alto. De ese modo, la luz iluminaba las tinieblas de la pequeña casa por la noche. Pero a nadie se le ocurre ponerle encima un vaso de los que se utilizan para medir cantidades (el famoso “celemín”), pues la luz llegaría al comienzo a un pequeño círculo y, más adelante, se apagaría: “Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte; ni se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa”.
La manera más triste de desvirtuarse, de quedar en tinieblas, es el pecado. Por eso es importante la lucha ascética (oración y penitencia) para acostumbrarse a desterrar las tendencias desordenadas, como enseñan los clásicos de la espiritualidad: «La causa por que le es necesario al alma, para llegar a la divina unión de Dios, pasar esta noche oscura de mortificación de apetitos y negación de los gustos en todas las cosas, es porque todas las afecciones que tiene en las criaturas son delante de Dios puras tinieblas, de las cuales estando el alma vestida, no tiene capacidad para ser ilustrada y poseída de la pura y sencilla luz de Dios, si primero no las desecha de sí, porque no pueden convenir la luz con las tinieblas» (San Juan de la Cruz. Subida, lib I, cap 4, 1).   También en este sentido escribía el Fundador del Opus Dei: “Como quiere el Maestro, tú has de ser -bien metido en este mundo, en el que nos toca vivir, y en todas las actividades de los hombres- sal y luz. -Luz, que ilumina las inteligencias y los corazones; sal, que da sabor y preserva de la corrupción. Por eso, si te falta afán apostólico, te harás insípido e inútil, defraudarás a los demás y tu vida será un absurdo” (Forja, n. 22)
3. Afán apostólico. Sal y luz que se manifiesta en hechos: “Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos”.
Por eso la misión de la Iglesia se ha resumido en tres labores: liturgia, doctrina, servicio. Unión con Dios en el culto y en la piedad, iluminar el mundo con el apostolado personal y con nuestro trabajo profesional, servir a los más necesitados. Ya hemos hablado de la liturgia, al mencionar el ejemplo de Juan Pablo II que necesitaba una Misa más.
La segunda misión, la doctrina, puede hacernos sentir especialmente comprometidos en esforzarnos para adquirir sabiduría, por iluminar las ciencias humanas con el fuego divino, por condimentarlas con la sal de la Revelación: “Quiere que su luz brille en la conducta y en las palabras de sus discípulos, en las tuyas también (Surco, n. 930). La luz de los seguidores de Jesucristo no ha de estar en el fondo del valle, sino en la cumbre de la montaña, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en el cielo. Trabajar así es oración. Estudiar así es oración. Investigar así es oración. No salimos nunca de lo mismo: todo es oración, todo puede y debe llevarnos a Dios, alimentar ese trato continuo con El, de la mañana a la noche. Todo trabajo honrado puede ser oración; y todo trabajo, que es oración, es apostolado” (Es Cristo que pasa, n. 10).
Sobre el servicio se refieren la primera lectura, del Trito-Isaías (Is 58,7-10) y el salmo 111: El justo brilla en las tinieblas como una luz. Este esplendor se manifiesta en las obras de misericordia: partir al hambriento tu pan, y a los pobres sin hogar recibir en casa, que cuando veas a un desnudo le cubras, y de tu semejante no te apartes. Entonces brotará tu luz como la aurora. Repartes al hambriento tu pan, y al alma afligida dejas saciada, resplandecerá en las tinieblas tu luz, y lo oscuro de ti será como mediodía.
Por eso en la Iglesia siempre se recomiendan las obras de misericordia. En concreto, para la formación de los jóvenes es muy importante ayudar en la catequesis y visitar a familias o personas necesitadas. Así lo preveía el Fundador del Opus Dei en los comienzos de sus apostolados: “Los nuestros, a fin de convertirse en hombres de Dios, dedicarán al principio una buena parte de su actividad a la catequesis de niños y a la visita de enfermos. Para hacerse entender de los primeros, habrán de humillar su inteligencia: para comprender a los pobres enfermos, tendrán que humillar su corazón. Y así, de rodillas su entendimiento y su carne, les será fácil llegar a Jesús, por el camino seguro del conocimiento de la miseria humana, de la miseria propia, que les llevará a anonadarse, para dejar a Dios que construya sobre su nada” (Apunte del 110332, citado en Camino. Edición Histórico-crítica, n. 419).
Terminamos acudiendo una vez más a Santa María, Reina de los Apóstoles. Nos podemos imaginar cómo ayudaría Ella, en los comienzos del cristianismo, recordando a los Apóstoles las prioridades que su Hijo les había marcado para ser sal de la tierra y luz del mundo. A Ella le pedimos que sean vida nuestra las palabras que el próximo Beato Juan Pablo II predicaba el día de la canonización de San Josemaría:
“Siguiendo sus huellas, difundid en la sociedad, sin distinción de raza, clase, cultura o edad, la conciencia de que todos estamos llamados a la santidad. Esforzaos por ser santos vosotros mismos en primer lugar, cultivando un estilo evangélico de humildad y servicio, de abandono en la Providencia y de escucha constante de la voz del Espíritu. De este modo, seréis "sal de la tierra" (Mt 5, 13) y brillará "vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos" (Mt 5, 16)”.