Celebramos hoy la fiesta de Santa María
Magdalena. Para traer a la imaginación un rápido repaso de su biografía podemos
servirnos del himno de Vísperas: “Con
toda piedad venimos a rendirte culto, oh María, estrella radiante de Magdala,
mujer afortunada, a quien el Señor allegó mediante el estrecho vínculo de su
Amor. Tras descubrir su imperio para expulsar a los demonios, le agradeces tu
curación, gozosa de haber trocado tus cadenas por la fe”.
Mujer afortunada, enamorada de Jesús, que
descubrió el mejor negocio: cambiar las cadenas por la fe y el amor a
Jesucristo. Varias oraciones de la Misa se centran en esa fuerza de su amor que le llevó a seguir de cerca las huellas del
Maestro y acompañarle, ya para siempre, con el afán solícito de servirle.
La oración sobre las ofrendas agradece la
misericordia de Dios, que acoge el ofrecimiento del amor: Recibe, Señor, los dones que te presentamos en la fiesta de santa María
Magdalena, cuya ofrenda de amor aceptó con tanta misericordia tu Hijo
Jesucristo. Y la oración después de la Comunión le pide contagiarnos de esa
caridad: Que la participación en tus
misterios, Señor, infunda en nosotros aquel amor que impulsó a santa María
Magdalena a entregarse por siempre a Cristo, su maestro.
Le sigue y le sirve hasta la muerte, cuando
los demás huyen. Sin embargo, el Evangelio de la Misa no la presenta junto a la
Cruz en el Calvario, sino que se fija en el relato de la Resurrección: El día siguiente al sábado, muy temprano,
cuando todavía estaba oscuro, fue María Magdalena al sepulcro. Muy
temprano, todavía de noche. Estamos en la Vigilia Pascual. Y María se dirige a
la tumba de su amado.
Comenta San Josemaría: María Magdalena llora, hecha un
mar de lágrimas. Necesita al Maestro. Había ido allí para consolarse un poco
estando cerca de Él, para hacerle compañía, porque sin el Señor no merece la
pena ninguna cosa. Persevera en oración, le busca por todos los sitios, no
piensa más que en Él. Hijos míos, frente a esa fidelidad, Dios no se resiste:
para que tú y yo saquemos consecuencias; para que aprendamos a amar y a esperar
de verdad.
Fidelidad
de María. En el peor momento, ante el abandono, la soledad, el escarnio
público, ella sí que da la cara: madruga al sepulcro para acompañar al Señor.
No se consuela en sus caprichos, sino estando cerca de Él. Lo tenía claro: sin
Él nada vale la pena. Fidelidad, a pesar de las circunstancias adversas.
Fidelidad, independientemente del día o de la hora. Fidelidad, para siempre,
pase lo que pase. Fidelidad, perseverancia en la oración, en la búsqueda, en el
amor, en la espera. Por eso es llamada “Modelo de los que buscan a Jesús”.
Y vio
quitada la piedra del sepulcro. Las mujeres no entran a la tumba, por lo cual
ella regresa a Jerusalén para contar la novedad a los apóstoles. Después
regresa y se queda fuera, llorando junto
al sepulcro. Amor con fe: fue allí, a acompañar un cadáver. El sitio que
para los hombres puede ser ignominia, para esta mujer es un sagrario. Después
persevera, a pesar de que ni siquiera ha quedado el cuerpo inerte. Persevera,
es fiel. San Gregorio alaba esta virtud: “Busca
al que no halla. Lo que da fuerza a las buenas obras es la perseverancia en
ellas”.
Llora María. No puede creer lo que dicen
Pedro y Juan: que los sudarios permanecen intactos, como si hubiese salido de
ellos sin alterarlos. No termina de imaginarlo –como nosotros-, hasta que le
puede la curiosidad y mientras lloraba se
inclinó hacia el sepulcro, y vio a dos personajes vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro
a los pies donde había sido colocado el cuerpo de Jesús.
Aquellos seres son un premio para su fe. No
estamos solos. Dios no ahoga la esperanza de sus fieles. Nos acompaña y
consuela. Nos brinda la Comunión de los santos en la Iglesia. La fraternidad
cristiana. Esos espacios fraternos que tanta falta hacen por ahí. El Señor nos
envía compañeros de camino, para ayudarnos a perseverar en nuestro ideal de
amor.
Ellos
dijeron: —Mujer, ¿por qué lloras? —Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo
han puesto –les respondió. Tulerunt Dominum. Pensamos en el pecado de tres días atrás:
Tolle, tolle! decía la turbamulta rechazando a Jesús. Lo mismo que decimos
nosotros cuando vemos más apetecible el pecado que la virtud, y no rechazamos
con prontitud esos engaños.
Dicho esto, se volvió hacia atrás y vio a un
hombre de pie, que le dijo: —Mujer, ¿por
qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pensando que era el hortelano, le dijo:
—Señor, si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré.
Lo vio y no supo que era Jesús. El Señor que juega con nosotros, para madurar
la virtud de la fidelidad. La prueba. Le pregunta: —Mujer, ¿por qué lloras? Ella da la cara: — si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré.
En la citada meditación de San Josemaría un
día como hoy, seguía diciendo: en pocas palabras queda recogida la medida
del amor de aquella alma. Ella conocía de sobra que los fariseos, que los
judíos y los soldados romanos habían organizado una cuidadosa búsqueda del
Cuerpo de Jesús, con la determinación de castigar al que se hubiese apoderado
del cadáver. Pues, a pesar de los peligros, de las amenazas, de aquella campaña
intimidatoria, ella no renuncia al Señor. Hijos míos, os repito que Dios espera
mucho de nuestro amor, de nuestra fidelidad; espera que vivamos decididos a
cumplir esmeradamente bien nuestra tarea, a superar todos los obstáculos;
espera que no nos empequeñezcamos ni nos retiremos ante las dificultades, que
no faltarán; espera que prefiramos siempre su Amor con todos sus riesgos
-¡benditos riesgos!-, a la comodidad, a la cobardía de la inactividad y del
anonimato; espera, finalmente, que le busquemos con tozudez, pase lo que pase.
Llegamos al momento más emotivo de la escena.
Jesús le dijo: —¡María! Hasta
entonces, su apariencia física era irreconocible. Pero, de un momento a otro,
al pronunciar el nombre propio, la Magdalena descubre con quién habla. Jesús es
el Buen Pastor, que llama a las ovejas por su nombre. Y las ovejas reconocen su
voz. Ella, volviéndose, exclamó en hebreo:
¡Rabbuni! –que quiere decir: «Maestro».
Celebramos la fiesta de María Magdalena
porque es pionera: fue la primera en descubrir la tumba vacía y la primera en
comunicarlo a los discípulos. Ahora será la primera en recibir una misión del
Resucitado. Jesús le dijo: —Suéltame, que
aún no he subido a mi Padre; pero vete donde están mis hermanos.
Jesús le pide que no intente retenerlo, noli me tenere, pues ya se verán de
nuevo. Y también porque su presencia y su cercanía se experimentarán de un modo
distinto, como filiación y como fraternidad: pero vete donde están mis hermanos y diles: «Subo a mi Padre y a
vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios».
Ya no son siervos sino amigos. Son hermanos,
hijos del mismo Padre. Desde luego, en órdenes diversos, pues Él es la
filiación subsistente. Por eso explica el Papa que “ahora no lo puede tocar,
retenerlo. La relación anterior con el Jesús terrenal ya no es posible. Se
trata aquí de la misma experiencia a la que se refiere Pablo en 2Co 5,16s: «Si conocimos a Cristo según los criterios
humanos, ya no lo conocemos así. Si uno está en Cristo, es una criatura nueva».
El viejo modo humano de estar juntos y de encontrarse queda superado. Ahora
ya sólo se puede tocar a Jesús «junto al Padre»”. (…)
"Y recordemos que, según
Juan, el lugar de la «elevación» de Cristo es su cruz, y que nuestra
«ascensión» –que siempre es necesaria cada vez–, nuestro subir para tocarlo, ha
de ser un caminar junto con el Crucificado. El Cristo junto al Padre no está
lejos de nosotros; si acaso, somos nosotros los que estamos lejos de Él; pero
la senda entre Él y nosotros está abierta. De lo que se trata aquí no es de un
recorrido de carácter cósmico-geográfico, sino de la «navegación espacial» del
corazón, que lleva de la dimensión de un
encerramiento en sí mismo hasta la dimensión nueva del amor divino que abraza
el universo”.
Caminar junto con el Crucificado. No
olvidemos que María Magdalena estuvo al pie de la Cruz, junto con la Madre. Que
limpió sus miembros para el sepulcro. Que perseveró con toda fidelidad,
procedente del amor. Que hizo esa navegación del encerramiento en sí mismo
(“siete demonios”) hasta la dimensión
nueva del amor divino que abraza el universo”: Fue María Magdalena y anunció a los discípulos: — ¡He visto al Señor!,
y me ha dicho estas cosas. El amor y la fidelidad son apostólicos.
Fidelidad proselitista.
Por eso pedimos en la colecta al Señor: “Dios
nuestro, Cristo, tu Unigénito, confió, antes que a nadie, a María Magdalena la
misión de anunciar a los suyos la alegría pascual; concédenos a nosotros, por
la intercesión y el ejemplo de aquella cuya fiesta celebramos, anunciar siempre
a Cristo resucitado y verle un día glorioso en el reino de los cielos”.
Podemos concluir pidiendo al Señor con la
última estrofa del Himno con el que comenzamos nuestra meditación: Oh María, flor hermosa de Magdala, herida
por el amor de Cristo, abrasa con el fuego divino lo íntimo de nuestros
corazones. Te pedimos, Señor, nos alcances el amor que tuvo tu sierva, para
que, con ella, podamos cantar tu gloria en el Cielo. Amén.

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