Algunos
escribas y fariseos se dirigieron a él: —Maestro, queremos ver de ti una señal (Mt
12,38-42). Los escribas le piden al
Señor un signo portentoso, llamativo, para confirmar la autoridad con la que
predica su doctrina. No es que no hubiera dado señales: en primer lugar, la
buena semilla de su enseñanza; además, los milagros, las curaciones que ya había
hecho en otras partes.
Él les
respondió: —Esta generación perversa y adúltera pide una señal, pero no se le
dará otra señal que la del profeta Jonás. Jesús contesta de modo en
apariencia evasivo. Pero en realidad está explicando cuál es el principal signo
para mostrar su peculiaridad en la historia: que en Él se cumplirá la señal de
Jonás.
Aprovechemos la historia del quinto profeta
menor para hacer hoy nuestra oración. De hecho, como cuenta la introducción de
la Biblia de Navarra, en el libro de Jonás poco se narra de su predicación.
Solamente se encuentran unas pocas palabras: “dentro de cuarenta días Nínive
será destruida”. Lo más importante de su mensaje es su biografía, sus
tribulaciones y su relación con el Señor, que se leen en fiestas señaladas de
las grandes religiones: en el Yom-Kippur
judío y en la Cuaresma cristiana.
La historia es muy conocida: el Señor le
comunica su vocación, pero Jonás huye. Dios entonces envía una tormenta y un
pez gigante, gracias a los cuales el profeta termina en las playas de Nínive
(previa conversión de sus compañeros de viaje). Allí cumple su encargo y la
población se convierte. Jonás entonces se enoja con el Señor por su
misericordia. Esta es la principal enseñanza del libro: Dios quiere la
conversión del pecador, lo llama a la penitencia y está dispuesto a perdonarlo
si se arrepiente.
Jesús explica a sus interlocutores que el principal
signo que puede dar es el de Jonás: Igual
que estuvo Jonás en el vientre de la ballena tres días y tres noches, así
estará el Hijo del Hombre en las entrañas de la tierra tres días y tres noches.
Se parece al profeta en su triduo pascual, pero también por la predicación
del perdón. De hecho, los exégetas comparan la historia de Jonás con la del
hijo pródigo. Ambas biografías nos hablan de la misericordia de Dios, de la
llamada a la conversión. Así comenzó su predicación Juan Bautista, y de la
misma forma empezó Jesucristo: convertíos…
Del mismo modo concluye el Señor su
comparación con la figura de Jonás: Los
hombres de Nínive se levantarán contra esta generación en el Juicio y la
condenarán: porque se convirtieron ante la predicación de Jonás, y daos cuenta
de que aquí hay algo más que Jonás. Al comienzo de un nuevo semestre, Jesucristo
nos invita a tomarnos en serio la llamada al cambio, a la mudanza interior, a
crecer en la fe.
De hecho, fe y conversión van de la mano. Es
la crítica de Jesús a los escribas y fariseos: La reina del Sur se levantará contra esta generación en el Juicio y la
condenará: porque vino de los confines de la tierra para oír la sabiduría de
Salomón, y daos cuenta de que aquí hay algo más que Salomón. Jesús reprocha
a aquellos hombres su falta de fe, que les impidió ver en Él al Hijo de Dios. ¡Si
al menos hubieran tenido el respeto que tuvo la reina pagana ante la sabiduría
del hijo de David!
Si bien es cierto que hay unos tiempos
fuertes para meditar la conversión (como el Adviento y la Cuaresma), el Beato
Juan Pablo II hablaba de la conversión permanente.
Decía que el cristiano ha de vivir “in
statu conversionis”. Y San Josemaría resumía las consecuencias de este
compromiso con una frase que repetía con frecuencia: «La conversión es cosa de un
instante; la santificación es tarea para toda la vida» (Es Cristo que
pasa, 58).
Un experto en este tema concluye que “la
actitud permanente de conversión nace de la experiencia del encuentro con Dios
por medio de Jesucristo en el Espíritu Santo. Esa experiencia la adquiere el
cristiano en la oración y en la frecuencia de los sacramentos, que le llevan al
arrepentimiento de las propias culpas, a la adoración a Dios y al propósito de
servicio y amor a los hermanos” (Alonso).
Pasamos así, como de la mano, del tema de la
conversión al de la penitencia. La experiencia de la cercanía de Dios nos hace
lamentarnos de nuestros pecados. Por eso el Papa actual se lamenta (Luz del
mundo, 47) porque “el concepto de penitencia, que es uno de los elementos
fundamentales del mensaje del Antiguo Testamento, se nos ha perdido cada vez
más. Sólo se quiere decir cosas positivas. Pero lo negativo existe, es una
realidad. El hecho de que por medio de la penitencia se pueda cambiar y dejarse
cambiar es un don positivo, un regalo. La Iglesia antigua lo veía también de
ese modo”.
En una homilía del año pasado explicaba esta
afirmación: “Para mí, ésta es una observación muy importante: poder hacer
penitencia es el don de la gracia. Y debo decir que nosotros los cristianos con
frecuencia hemos evitado la palabra penitencia, nos parecía demasiado dura.
Ahora, bajo los ataques del mundo que nos hablan de nuestros pecados, vemos que
es necesario hacer penitencia, es decir, reconocer lo que está errado en nuestra
vida, abrirse al perdón y dejarse transformar. El dolor de la penitencia, de la
purificación, de la transformación, es gracia porque es renovación, porque es
obra de la misericordia divina”.
La penitencia exige humildad para reconocer “lo
que está errado en nuestra vida, abrirse al perdón y dejarse transformar”. Por
eso es importante reconocer nuestras faltas, nuestras miserias, nuestros
pecados. Perder el miedo a llamarles por sus nombres, evitar los eufemismos o
el echarle la culpa a los demás, al tiempo, a las circunstancias. Aprovechemos
este rato de oración como el mejor momento para tomar decisiones fuertes, para
conocernos mejor y huir de las ocasiones que nos alejan de Dios. Podremos
decirle con la boca y con los hechos: “Aparta, Señor de mí, lo que me aparte de
ti”.
La penitencia nos llevará a unirnos al dolor
de Jesucristo, a esos tres días pasados en el “vientre de la ballena”, dando
muerte a nuestras malas inclinaciones, a nuestra comodidad, a nuestra cobardía,
a la vanidad, al egoísmo, a la pereza… Si somos conscientes de nuestros
pecados, y de todos los pecados que han ofendido al Señor a lo largo de los
siglos, tomaremos con más generosidad la Cruz de Jesucristo, como san Pablo,
que decía: completo en mi carne lo que
falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia
(Col 1,24).
Pero la penitencia no puede quedarse en mera
teoría: tiene que manifestarse en obras de expiación, de desagravio. San Juan
Crisóstomo decía que “el primer camino de penitencia consiste en la acusación
de los pecados”. Y el portavoz del Beato Juan Pablo II cuenta que "no era
un ascético moralista, y tampoco un exhibicionista de heroísmos accesorios e
inútiles. Su manera de hacer no era el arduo itinerario de un estoico. Sus
mortificaciones constituían solo la manera estimulante y eficaz de unirse a la
pasión de Jesús, de participar con Él en las alegrías y en los dolores que a
cualquiera le gusta compartir con la persona que ama seriamente en lo más
profundo. Su ejemplo parecía enseñar que era mejor sufrir con Dios que
alegrarse solo. Con mucha frecuencia, para Juan Pablo II se trataba solo de
aprovechar alguna ocasión ofrecida por las vivencias cotidianas para ofrecer
algún sacrificio pequeño o grande. Rechazar en el avión el lecho preparado para
él en los largos viajes intercontinentales
y dormir en cambio -o intentar hacerlo- en el asiento; reducir la
cantidad de alimento en una comida, con aparente indiferencia; o bien, a veces,
renunciar a beber sin decir nada y sin dar justificación alguna, uniendo pudor
y renuncia en una delicada discreción personal, que evita extrañas preguntas
impertinentes". En: Recuerdos y reflexiones. Plaza y Janés, Barcelona
2010, 88.
Terminemos acudiendo a la Santísima Virgen
pidiéndole que nos ayude a ser conscientes de la necesidad que tenemos de una
nueva conversión en este tiempo. De esta manera, seremos más generosos para
ofrecer al Señor obras de mortificación y penitencia.
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