viernes, diciembre 24, 2010

Navidad: El pueblo que andaba en tinieblas vio una gran luz


Después de casi un mes de Adviento, llegamos hoy a Belén. Esta escena ha despertado siempre en las personas santas sentimientos tiernos y recios a la vez, como se nota en una obra de San Josemaría: “al hilo de la espera santa de María y de José, yo también espero, con impaciencia, al Niño. ¡Qué contento me pondré en Belén!: presiento que romperé en una alegría sin límite” (Surco, 62).

Hoy nos ponemos contentos en Belén. Quisiéramos también romper en alegría sin límite, la alegría de la conversión, de nacer de nuevo con Él, para comunicarla a muchas almas. Ya en la primera lectura (Is 9, 1-3.5-6) palpamos en qué consiste el Amor divino: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz, a los que habitaban en tierra de sombras de muerte, les ha brillado una luz. Multiplicaste el gozo, aumentaste la alegría”. Este canto es un himno de acción de gracias, celebra que el Señor ha liberado al pueblo de la opresión. ¿Y en qué consiste esa luz liberadora?

Consiste en que el profeta anuncia que “un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Sobre sus hombros está el imperio, y lleva por nombre: Consejero maravilloso, Dios fuerte, Padre sempiterno, Príncipe de la paz”. Después de esta Navidad, ya no habrá consejos erráticos –el Mesías nos traerá su Espíritu Santo-; empezaremos a ser hijos de ese Padre eterno: sobre esa filiación divina se construirá nuestro trato con el Señor.

El pueblo que andaba en tinieblas vio una gran luz. Por eso, esta noche celebraremos, Señor, que “la luz de tu gloria brilló ante nuestros ojos con nuevo resplandor, para que conociéndote a Ti visiblemente, Tú nos lleves al amor de lo invisible” (Cf. Prefacio). Ese es el sentido del alumbrado navideño: Jesús es la luz del mundo, que viene a iluminar este pueblo que andaba en tinieblas.

Ese es el motivo por el que debemos afrontar el nuevo año llenos de optimismo sobrenatural y humano, profundizando en la virtud de la esperanza. Podemos proponernos dos puntos de lucha para este año litúrgico en que renovamos la actitud, movidos por Dios que quiere que vayamos a otro ritmo. El primero es precisamente la conversión personal, que consiste –como pedía el autor de Surco- en nacer de nuevo con Él.

No se trata de un empeño pesado, difícil y enervante. Al contrario. Es fruto de la alegría, consecuencia necesaria del descubrimiento del amor que Dios nos tiene: Mirad qué amor tan grande nos ha mostrado el Padre: que nos llamemos hijos de Dios, ¡y lo somos! (1 Jn 3, 1). Es lo que pedimos en la Oración Colecta: Concédenos que, iluminados en la tierra por la luz de este misterio, podamos también disfrutar de la gloria de tu Hijo.

Es famoso el sermón de San León Magno, que se lee hoy en la Liturgia de las Horas: “Demos gracias a Dios Padre por medio de su Hijo, en el Espíritu Santo, puesto que se apiadó de nosotros a causa de la inmensa misericordia con que nos amó; estando nosotros muertos por los pecados; nos ha hecho vivir con Cristo, para que gracias a él fuésemos una nueva criatura, una nueva creación”. Siempre tendremos muchos motivos para dar gracias y no podemos olvidarnos estos, que son los primeros. Pero también debemos añadir todos los de este año: los logros alcanzados, la fidelidad acendrada, la gracia que recibimos en los sacramentos, la amistad y el cariño de tantos amigos y familiares…

La gratitud conlleva el deseo de convertirnos, para corresponder mejor al Amor de Dios. Sigue aconsejando el Papa León Magno: “Despojémonos, por tanto, del hombre viejo con todas sus obras y, ya que hemos recibido la participación de la generación de Cristo, renunciemos a las obras de la carne. Reconoce, cristiano, tu dignidad y, puesto que has sido hecho partícipe de la naturaleza divina, no pienses en volver con un comportamiento indigno a las antiguas vilezas. Piensa de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro. No olvides que fuiste liberado del poder de las tinieblas y trasladado a la luz y al reino de Dios”.

Es lo que San Pablo le recuerda a Tito (2,11-14) en la segunda lectura de esta noche: “Se ha manifestado la gracia de Dios, portadora de salvación para todos los hombres, educándonos para que renunciemos a la impiedad y a las concupiscencias mundanas, y vivamos con prudencia, justicia y piedad en este mundo, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo, que se entregó a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad, y para purificar para sí un pueblo escogido, celoso por hacer el bien”.

Esa gloria de nuestro Dios y Salvador se manifiesta de nuevo esta noche. Y con ella tomamos el segundo punto de lucha que nos proponíamos: pensar en tantas almas que aún no conocen la luz de Cristo y en tantas otras que, aunque lo conocen, podrían seguirlo más de cerca, si nosotros les diéramos mejor ejemplo, si fuéramos en su busca a ejemplo del Buen Pastor.

J. Ratzinger hace notar en su libro “Jesús de Nazaret” que el pueblo que andaba en tinieblas era “la Galilea de los paganos”, de donde procedió efectivamente Jesús (el Salvador no venía de Jerusalén ni de la Judea). Siempre habrá pueblos más o menos a oscuras. Y siempre contaremos con la luz del Señor. También explica el Papa que Jesús aparece insertado temporalmente en el trasfondo de  la gran historia universal representada por el imperio romano. Pero la obligación del censo muestra que “una vez más, Israel vive en la oscuridad de Dios, las promesas hechas a Abraham y a David parecen sumidas en el silencio de Dios”. José, el descendiente de David, es un pobre artesano que vive en tierra de paganos. “Una vez más puede oírse el lamento: ya no tenemos profeta, parece que Dios ha abandonado a su pueblo. Pero precisamente por eso el país bullía de inquietudes.

En el Viacrucis del 2005 también hablaba de esa oscuridad de Dios en que nos movemos. Y hace poco, en el discurso a la Curia Romana, comentó la situación cultural y el reto para la Iglesia, en medio de las miserias de sus hijos. Hoy nace esa luz, que movía al Fundador del Opus Dei a pensar en la expansión del cristianismo por todo el orbe, a “iluminar con la luminaria de la fe y del amor” (Camino, 1) o a escribir que somos “Hijos de Dios. —Portadores de la única llama capaz de iluminar los caminos terrenos de las almas, del único fulgor, en el que nunca podrán darse oscuridades, penumbras ni sombras. —El Señor se sirve de nosotros como antorchas, para que esa luz ilumine... De nosotros depende que muchos no permanezcan en tinieblas, sino que anden por senderos que llevan hasta la vida eterna”.

Hace unas semanas, el Cardenal Julián Herranz contó ante un congreso de jóvenes que una mujer policía de la escolta que los había acompañado a Madrid en la visita del Papa, de vuelta del encuentro de Juan Pablo II con un millón de jóvenes en el aeropuerto de Cuatro Vientos, le comentó estupefacta ante el espectáculo al que había asistido: - "¡Este Papa arrastra a los jóvenes más que los Rolling Stones!" - Sonreí y le dije: "¿En serio? Si el Papa no canta ni toca la guitarra..." - Y ella contestó, señalándose el corazón: "No. Pero cuando habla hace resonar una musiquilla aquí dentro". Cuando ya en Roma, y después de dudarlo un poco... por eso del rock, me decidí a contarle al Papa el comentario, me dijo escuetamente: "A los jóvenes les gusta la verdad". Estaba clarísimo... y lo sigue estando. Concluye el cardenal Herranz: A nosotros, queridos amigos, nos toca no defraudarles. Y procurar que otros no los engañen.

De esto nos habla la fiesta de hoy –entre otras muchas cosas-. Estamos comenzando una nueva etapa, con la esperanza de que Dios nos otorgará gracia abundante para lograr lo que le pedimos “antes, más y mejor”.

Todo depende, como dice Mons. Echeverría, de que “renovemos de verdad –con obras- nuestras disposiciones de mejora ante este Señor y Rey nuestro que se humilla y anonada”. No se trata de una esperanza infundada. Contamos con una promesa que no falla. El Niño, “desde los brazos de su Madre Santísima, Thronum Gloriae, nos concederá lo que le pidamos”.

Como los pastores, acudiremos presurosos al pesebre para adorar al Niño y para pedirle cum fiducia a la que es Thronum Gloriae y Sedes Sapientiae los dos regalos que hemos visto en esta meditación: nuestra conversión personal para responder mejor al Amor divino y que nos unamos a los sueños de expansión del mensaje que Cristo vino a traer, para que también de nuestros tiempos se pueda decir que el pueblo que andaba en tinieblas vio una gran luz: la luz que porta el niño que nos ha nacido, el Hijo que se nos ha dado.

jueves, diciembre 23, 2010

El pesebre y la Cruz


Un día antes de celebrar la Navidad, seguimos considerando los prolegómenos que Lucas relata antes de narrar el nacimiento de Jesús en Belén. Después de las escenas de la visitación y del canto del Magnificat, en las que contemplábamos a María como ejemplo de servicio y de humildad, la atención recae en la imposición del nombre a Juan el Bautista: a Isabel le llegó el tiempo del parto, y dio a luz un hijo. Y sus vecinos y parientes oyeron la gran misericordia que el Señor le había mostrado y se congratulaban con ella. El día octavo fueron a circuncidar al niño, y querían ponerle el nombre de su padre, Zacarías. Pero su madre dijo: —De ninguna manera, sino que se llamará Juan. 
Se trata de un pasaje lleno de alegría, pues el pueblo ve que el Señor ha cumplido sus promesas. Como había dicho el ángel, para Dios no hay nada imposible. La ceremonia expresa que Juan forma parte del pueblo hebreo, como también lo hará Jesús más adelante. Vemos a Isabel como ejemplo de obediencia a la voluntad de Dios. No llama al niño Zacarías, sino Juan, que significa “el Señor es favorable, ha hecho gracia” (San Beda dirá que se refiere a la gracia que trae Jesús).
Y le dijeron: —No hay nadie en tu familia que tenga este nombre. Al mismo tiempo preguntaban por señas a su padre cómo quería que se le llamase. Y él, pidiendo una tablilla, escribió: «Juan es su nombre». Lo cual llenó a todos de admiración. En aquel momento recobró el habla, se soltó su lengua y hablaba bendiciendo a Dios. Y se apoderó de todos sus vecinos el temor y se comentaban estos acontecimientos por toda la montaña de Judea. Como premio a la obediencia, el padre recobra el habla y bendice a Dios. San Ambrosio comenta que con razón se desató su lengua, porque, atada por la incredulidad, fue desatada por la fe.  
Y cuantos los oían los grababan en su corazón, diciendo: — ¿Qué va a ser, entonces, este niño? Porque la mano del Señor estaba con él. Todos quedan seguros de que algo grande se está fraguando en este hogar. Jesús dirá que Juan cumple la profecía de Malaquías (3,1-4.23.24), que leímos en la primera lectura, sobre la llegada de Elías para anunciar el día del Señor. Por eso, el salmo invita a prepararse, como hicieron aquellos contemporáneos de Juan, pues ya está muy cerca nuestra liberación.
San Lucas es un gran escritor y pone dos paralelos: la anunciación a Zacarías sobre la concepción de Juan, se relaciona con la anunciación a María sobre la concepción de Jesús; el nacimiento y circuncisión de Juan también tendrán su correlato después del nacimiento de Jesús. En esta segunda comparación vemos una diferencia: mientras el ambiente de la imposición del nombre de Juan es festivo (sus vecinos y parientes oyeron la gran misericordia que el Señor le había mostrado y se congratulaban con ella), el de Jesús será pobre y casi solitario (lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el aposento).
El pesebre de Belén nos hace ver que la Encarnación de Jesucristo conlleva desde el comienzo frío, pobreza y dolor como precio de nuestra redención. Lo expresan gráficamente algunas pinturas que muestran al Niño apoyado sobre una cruz, o algunos villancicos, como aquel que tanto gustaba a San Josemaría: “Mi Padre es del Cielo, mi Madre también, yo bajé a la tierra para padecer”.
De hecho, parte de la misión precursora de Juan es mostrar su primo a los discípulos precisamente como “el Cordero de Dios”, que en el contexto religioso judío significaba que Jesús era aquél que se inmolaría en rescate por nuestros pecados. Pero Juan prepara el camino del Señor –como debemos hacerlo nosotros en estos días de Adviento- no solo con palabras, sino también con su vida austera. Como dice San Juan Crisóstomo: "Si Juan, siendo tan santo, vivió entregado a una vida tan áspera, lejos de todo lujo y placer... ¿qué defensa habrá en nosotros que, después de tanta misericordia de Dios y tan grande carga de nuestros pecados, no mostramos ni la mínima parte de la penitencia del Bautista?... Apartémonos de la vida muelle y relajada”.
La vida penitente de Juan, unida al sufrimiento de Jesús, María y José, nos deben mover, en este penúltimo día de la Novena que prepara el nacimiento del Señor, a acoger en nuestras vidas la Cruz de Jesucristo. Pidámosle al Niño que aleje de nuestro corazón el miedo al sufrimiento, que nos dé la gracia de recibir, como venidas de sus manos amorosas, las pequeñas o grandes contradicciones de la existencia. Como decía San Josemaría, “lejos de desalentarnos, las contrariedades han de ser un acicate para crecer como cristianos: en esa pelea nos santifica­mos, y nuestra labor apostólica adquiere mayor eficacia (Amigos de Dios, 216). Así vivió, por ejemplo, Juan Pablo II. Contaba don Álvaro del Portillo que había visitado al Santo Padre en el hospital en 1982,  después del atentado. Allí lo encontró, rezando a la Virgen. Como tenía mucha fiebre, rezaba escuchando un cassette que le habían enviado desde Villa Tevere para practicar el castellano. Mons. Del Portillo le comentó a Juan Pablo ll que el Santo Padre no había recibido un atentado, sino una caricia de la Virgen. El Papa le respondió inmediatamente: -yo pienso lo mismo.
La homilía de San Josemaría sobre la Navidad se llama “El triunfo de Cristo en la humildad”. Y el autor explica que esta humildad se manifiesta en el esfuerzo por cumplir la voluntad de Dios, aunque cueste, como le costó a Jesús: “No nos oculta el Señor que esa obediencia rendida a la voluntad de Dios exige renuncia y entrega, porque el Amor no pide derechos: quiere servir. El ha recorrido primero el camino. Jesús, ¿cómo obedeciste tú? Usque ad mortem, mortem autem crucis (Fil 2,8-9), hasta la muerte y muerte de la cruz. Hay que salir de uno mismo, complicarse la vida, perderla por amor de Dios y de las almas. He aquí que tú querías vivir, y no querías que nada te sucediera; pero Dios quiso otra cosa. Existen dos voluntades: tu voluntad debe ser corregida, para identificarse con la voluntad de Dios; y no la de Dios torcida, para acomodarse a la tuya (San Agustín).
Yo he visto con gozo a muchas almas que se han jugado la vida —como tú, Señor, usque ad mortem—, al cumplir lo que la voluntad de Dios les pedía: han dedicado sus afanes y su trabajo profesional al servicio de la Iglesia, por el bien de todos los hombres. Aprendamos a obedecer, aprendamos a servir: no hay mejor señorío que querer entregarse voluntariamente a ser útil a los demás. Cuando sentimos el orgullo que barbota dentro de nosotros, la soberbia que nos hace pensar que somos superhombres, es el momento de decir que no, de decir que nuestro único triunfo ha de ser el de la humildad. Así nos identificaremos con Cristo en la Cruz, no molestos o inquietos o con mala gracia, sino alegres: porque esa alegría, en el olvido de sí mismo, es la mejor prueba de amor" (Es Cristo que pasa, n. 19).
Vayamos sacando propósitos concretos para imitar la entrega de Cristo desde el pesebre hasta la Cruz, para cumplir la voluntad de Dios en las grandes exigencias, pero también en las pequeñas peticiones que nos hace cada día: en la vida familiar, especialmente durante estos días de vacaciones, procuremos imitar el espíritu de servicio que impregnaría el hogar de Jesús, María y José; en el trabajo diario, esforcémonos por poner las últimas piedras, por acabar procurando poner un broche de oro a lo que tenemos entre manos, para ofrecerlo al Niño como un presente de los que le llevaban los pastores. También podemos imitar el espíritu de pobreza y desprendimiento de Jesús Niño, uniéndonos al sufrimiento de tantas personas afectadas por el invierno y las inundaciones con nuestros sacrificios y mortificaciones, además de la limosna concreta o la ayuda a iniciativas de caridad.  
En el libro “Luz del mundo”, Benedicto XVI aplica el valor redentor del sufrimiento de Cristo a los padecimientos contemporáneos de la Iglesia: “Cristo no sufrió en virtud de cualesquiera causas fortuitas, sino que realmente recogió en sus manos la historia de los hombres. Su dolor no es para nosotros una mera fórmula teológica. Verlo y después dejarnos llevar por Él a su lado y no al lado contrario es un acto existencial. En el viacrucis nos percatamos de que sufre realmente por nosotros. Él ha asumido también mi causa. Ahora me atrae a sí viniendo a mí en la hondura de mí mismo y elevándome hacia sí” (pp. 49-50).
Volvamos de nuevo al pesebre. Contemplemos a Jesús pobre, solo, sin llamar la atención. Dirijámonos al Niño con la penúltima antífona navideña: “Rey de las naciones, Emmanuel preclaro, de Israel anhelo, pastor del rebaño… ven a salvarnos, Señor, Dios nuestro”, ayúdanos a acompañarte. Y pidámosle a su Madre que nos alcance la gracia de perseverar como Ella, como José, al lado de su Hijo hasta la Cruz, que es “signo y garantía de victoria en la lucha por la santidad, y es el único lugar donde encontraremos el resplandor de la  verdad, el descanso en la fatiga, la alegría en nuestro caminar. Y no sólo lue­go, en la bienaventuranza eterna, sino ya ahora, en el momento presente (Echevarría), en estos días de Navidad.

miércoles, diciembre 22, 2010

María, modelo de humildad


Se acerca la Navidad, y la liturgia pone a nuestra consideración un acontecimiento que sucedió poco tiempo después de que el ángel anunciara a María la concepción virginal del Hijo de Dios. En aquella ocasión, San Gabriel le dio un signo a Nuestra Señora con el fin de confirmar que para Dios nada es imposible: “ahí tienes a Isabel, tu pariente, que en su ancianidad ha concebido también un hijo, y la que llamaban estéril está ya en el sexto mes”. María ve en aquellas palabras un compromiso de ayudar a su prima y, sin ninguna dilación, emprende el camino hacia Aim Karem, a unos tres días de viaje, probablemente con la compañía de José.
En el episodio de la visitación, Lucas señala dos eventos: en primer lugar, el saludo de las dos madres, con la exclamación de Isabel que recordamos cada día al rezar el Ave María: “bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre”. Después, el evangelista transmite el himno del Magnificat, que es una alabanza de la Virgen al poder misericordioso de Dios: —Proclama mi alma las grandezas del Señor y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador: porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava; por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones. Porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso, cuyo nombre es Santo.
Después de esta primera parte, en que la Virgen agradece al Señor una vocación de la que ella se considera indigna, comenta la irradiación de esa obra en toda la humanidad: su misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen. Manifestó el poder de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó de su trono a los poderosos y ensalzó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y a los ricos los despidió vacíos. Protegió a Israel su siervo, recordando su misericordia, como había prometido a nuestros padres, Abrahán y su descendencia para siempre.
En este día tan cercano a la Navidad, la primera lectura muestra la analogía que tiene este himno de María con el canto de Ana, mujer pobre y oprimida del Antiguo Testamento, que agradece a Dios  por haberle dado a su hijo Samuel. En ambos casos la Escritura enseña que el Señor muestra su preferencia por los pobres y oprimidos, como se manifestará también en Jesús y en los discípulos.
Juan Pablo II aconsejaba meditar con frecuencia estas palabras, pues en ellas «se vislumbra la experiencia personal de María, el éxtasis de su corazón. Resplandece en ellas un rayo del misterio de Dios, la gloria de su inefable santidad, el eterno amor que, como un don irrevocable, entra en la historia del hombre» (RMa. 36). Entre los rasgos de ese retrato de nuestra Madre que recrea el Magnificat sobresale una virtud: la humildad de María, que se ha reconocido esclava del Señor y, en este himno, “se muestra santamente transformada, en su corazón purísimo, ante la humildad de Dios” (San Josemaría, Amigos de Dios, 95).
Y es que, como escribe el Prelado del Opus Dei, “la grandeza verdadera del hombre se cimenta y se entrelaza con la humildad, entendida esta virtud como percepción diáfana de la propia indigencia y de la propia limitación. La humildad inclina a la persona a aceptar dones más altos de los que ya posee; a no cerrarse ni conformarse con lo que puede alcanzar por sí misma; a excluir la tendencia a pensar sólo en lo que individualmente le conviene, y a mirar lo que necesitan los otros. La grandeza de la criatura inicia con su humildad y se consuma por la fe en Dios, que lo levanta de la simple condición de hijo de hombre a la nueva de hijo de Dios en Cristo” (Eucaristía y vida cristiana, p. 23).
Cuenta el psicólogo C.G. Jung que todos los pacientes de una cierta edad a los que había atendido sufrían de algo que podía llamarse "ausencia de humildad" y que no se curaban hasta que no lograban una actitud de respeto por una realidad más grande que ellos, es decir, hasta que no adquirían una actitud de humildad (cit. por R. Cantalamessa). Humildad que es también olvido de sí: una persona que trabajó como intérprete del Cardenal Ratzinger en una visita a España, cuenta que, cuando le preguntaron por el «perfil humano» del prelado alemán, por sus aficiones, sus gustos, su plato favorito... se había dado cuenta de que en aquellos cuatro días había hablado muy poco de sí.
Se ve que el Papa había aprendido en esa escuela de humildad que es el ejemplo de María. Por eso proclama un encendido elogio de esta virtud mariana en su primera encíclica: con el Magnificat, María “expresa todo el programa de su vida: no ponerse a sí misma en el centro, sino dejar espacio a Dios, a quien encuentra tanto en la oración como en el servicio al prójimo; sólo entonces el mundo se hace bueno. María es grande precisamente porque quiere enaltecer a Dios en lugar de a sí misma. Ella es humilde: no quiere ser sino la sierva del Señor. Sabe que contribuye a la salvación del mundo, no con una obra suya, sino sólo poniéndose plenamente a disposición de la iniciativa de Dios (…). Sus pensamientos están en sintonía con el pensamiento de Dios, su querer es un querer con Dios. Al estar íntimamente penetrada por la Palabra de Dios, puede convertirse en madre de la Palabra encarnada” (Deus Caritas Est, 41).
Como escribe San Josemaría, “el canto humilde y gozoso de María, en el «Magnificat», nos recuerda la infinita generosidad del Señor con quienes se hacen como niños, con quienes se abajan y sinceramente se saben nada (Forja, 608). Cuando nos quedan tan pocos días para celebrar el nacimiento de su Hijo, podemos terminar nuestra oración acudiendo a la Virgen con esta oración: ¡Oh, Madre!: que sea la nuestra, como la tuya, la alegría de estar con Él y de tenerlo (San Josemaría, Camino, 95).

sábado, diciembre 18, 2010

San José y la voluntad de Dios


Llegamos al último domingo antes de la Navidad y la liturgia nos ayuda a prepararnos para celebrar esta solemnidad. En la primera lectura, aparece la famosa profecía de Isaías 7,14, tan fácil de memorizar (7x2=14). En ella, aparece el profeta delante del rey Ajaz, animándolo a que no haga alianzas con otros reyes, sino a confiar en que el Señor estará con él. Para garantizar la seriedad de su consejo, lo invita a pedirle un signo, que sea la muestra de que Dios está de su parte. Como el rey ya tiene la decisión tomada en contra, se justifica con un prejuicio Pseudo-religioso: “no lo pediré y no tentaré al Señor”. Entonces el profeta responde: -“Escuchad, casa de David: « ¿Os parece poco cansar a los hombres para que canséis también a mi Dios? Pues bien, el propio Señor os da un signo. Mirad, la virgen está encinta y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Emmanuel”.
La palabra original puede entenderse simplemente como “muchacha”: cuando al poco tiempo la joven esposa del Ajaz diera a luz un hijo, se podía entender que el signo anunciado quedaba cumplido. Pero quedó en la tradición popular ese anuncio como una señal también para el largo plazo. Y más tarde, al traducir estos textos al griego, se eligió la palabra “parthenos", virgen. La esperanza de Israel se aferraba a la venida del Mesías: “Ábranse los cielos y llueva de lo alto bienhechor rocío como riego santo”, decían las oraciones de los judíos de entonces.
Cuando el evangelista Mateo cuenta la generación de Jesucristo (1, 18-24), tiene muy en mente esta profecía. Oigamos su relato: “María, su madre, estaba desposada con José, y antes de que conviviesen se encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo”. Mateo insiste en la virginidad de María y explica que ella había firmado ya la ketubá, el acuerdo matrimonial. En la tradición judía, después de esta firma los esposos quedaban comprometidos pero todavía no comenzaban a convivir. Esta segunda fase venía después de un tiempo, cuando se celebraba propiamente la boda ritual. En este intervalo, antes de que conviviesen, Mateo sitúa –con menos detalles que Lucas- la concepción virginal de Jesucristo: María se encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo.
En estas circunstancias, el autor sagrado presenta al último protagonista del Adviento, que cumple su papel de forma callada: José, su esposo, como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. En pocas palabras queda perfilada la personalidad de este hombre: legalmente, es el esposo de María. Era justo. San Josemaría explica cómo se entiende esa justicia de vida: “José era efectivamente un hombre corriente, en el que Dios se confió para obrar cosas grandes. Supo vivir, tal y como el Señor quería, todos y cada uno de los acontecimientos que compusieron su vida. Por eso, la Escritura Santa alaba a José, afirmando que era justo. Y, en el lenguaje hebreo, justo quiere decir piadoso, servidor irreprochable de Dios, cumplidor de la voluntad divina; otras veces significa bueno y caritativo con el prójimo. En una palabra, el justo es el que ama a Dios y demuestra ese amor, cumpliendo sus mandamientos y orientando toda su vida en servicio de sus hermanos, los demás hombres” (Es Cristo que pasa, n. 40).
En este caso, Mateo aclara que la justicia –la santidad- de José se manifiesta con dos hechos: no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. Los Padres han entendido que se sentía indigno de participar en un misterio tan grande, de modo similar a Pedro, cuando le dice a Jesús: “aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador” o al centurión que dice: “no soy digno de que entres en mi casa”. San Bernardo dice que José, considerándose indigno pecador, pensaba que no podría convivir con una mujer de la cual reconocía, con profundo temor, su estupenda dignidad y superioridad: “veía, con sacro estupor, que ella portaba el signo cierto de la presencia divina y, como no podía comprender este misterio, quería dejar a su esposa”.
Aunque el Evangelio no explica la psicología de José, es fácil imaginarse cuánto le costaría tomar esta decisión. También en nuestra vida habrá momentos en los cuales nos cueste identificarnos con la voluntad de Dios, que se nos hace cuesta arriba: momentos de negarnos a nosotros mismos, tomar nuestra cruz de cada día y seguir a Cristo. Por eso, llama la atención la sencillez con la que describe el evangelista la decisión de José: como no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. Lo ve claro y, aunque le cuesta, se decide a hacer lo que ve más consecuente con la voluntad de Dios.
Por eso, San Josemaría –gran devoto josefino- le llamaba el hombre de la sonrisa y el encogimiento de hombros. Comentando esta escena, admiraba del santo Patriarca su respeto por la voluntad de Dios. Y es que cuántas veces nosotros quisiéramos rezar en el Padrenuestro: “hágase mi voluntad”. Y si no lo decimos, con nuestra actitud obramos así. Pidámosle hoy a José que nos ayude a tener esa vida interior, ese trato con María y con la Trinidad, que nos lleve a respetar la voluntad del Señor, a cumplirla con prontitud, a responder a las peticiones divinas con una sonrisa y un encogimiento de hombros, manifestación de fe, de acogida serena del designio de Dios, que siempre quiere lo mejor para nosotros, aunque no lo veamos claro en un primer momento.
Volvamos al relato: Consideraba él estas cosas, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: —José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Así es el Señor: a veces permite que no veamos clara la solución a un problema, para que nos abandonemos más plenamente en Él. Y cuando hemos decidido seguirlo, tomar nuestra cruz, descubrimos que ha estado siempre a nuestro lado, haciendo las veces de Cirineo. José pensó en un primer momento que su vocación era abandonar a María pero el Señor le hace ver que no, que precisamente su misión en la vida será cuidar de ella y de su Hijo, que es el Mesías esperado, el hijo de Dios. Es más: tendrá que ejercer las veces de padre, lo cual está inserto en el encargo de darle el nombre: Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.
Benedicto XVI explica la vocación paternal de José: “es el evangelista san Mateo quien da mayor relieve al padre putativo de Jesús, subrayando que, a través de él, el Niño resultaba legalmente insertado en la descendencia davídica y así daba cumplimiento a las Escrituras, en las que el Mesías había sido profetizado como "hijo de David". Desde luego, la función de san José no puede reducirse a este aspecto legal. Es modelo del hombre "justo" (Mt 1, 19), que en perfecta sintonía con su esposa acoge al Hijo de Dios hecho hombre y vela por su crecimiento humano. Por eso, en los días que preceden a la Navidad, es muy oportuno entablar una especie de coloquio espiritual con san José, para que él nos ayude a vivir en plenitud este gran misterio de la fe”.
Con este relato Mateo aclara que la concepción de Jesús fue virginal, milagrosa, obra del Espíritu Santo. Por eso concluye su relato haciendo ver que todo esto sucedió para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del Profeta: Mirad, la virgen concebirá y dará a luz un hijo,   a quien pondrán por nombre Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros. El evangelio cita la traducción griega de Is 7,14 (“la Virgen concebirá y dará a luz un hijo”) y aplica esta profecía a María, quien se mantiene virgen a pesar de haber concebido al Emmanuel, a Jesucristo, que es Dios con nosotros. Esta intervención de la tercera persona de la Santísima Trinidad es análoga a la que ocurre en la Resurrección, cuando restituye la vida a un cadáver. En la segunda lectura de hoy, leemos que san Pablo afirma con admiración que Jesús fue “constituido Hijo de Dios con poder por obra del Espíritu Santo,  por la resurrección de entre los muertos” (Rm 1,4). Y se podría añadir aún el papel del Paráclito en la celebración de la Eucaristía, que recuerda también estos dos “descensos” en la historia de la Redención. Queda rechazada, en consecuencia, la teoría de que se trata de una versión más del mito de la mujer fecundada por los dioses (Puig).
La escena concluye mostrando a José, feliz porque ha recibido la más grande vocación que ha tenido alguien en la vida: cuidar del Mesías y de su madre. Pidámosle a la Sagrada Familia, que también pueda decirse, de nuestra respuesta a las llamadas divinas, por exigentes que sean, lo que narra San Mateo sobre la respuesta del Santo Patriarca: Al despertarse, José hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado, y recibió a su esposa.

sábado, diciembre 04, 2010

Adviento, tiempo de conversión

NORMAS UNIVERSALES SOBRE EL AÑO LITÚRGICO Y SOBRE EL CALENDARIO
Ya estamos en la segunda semana del tiempo de Adviento. Durante estos días, nos preparamos para celebrar la Navidad en tres sentidos: la primera, hace veinte siglos; la litúrgica, correspondiente a este año (la celebración actualiza los misterios que rememoramos) y la futura, o sea la segunda venida de Cristo al fin de los tiempos. Por eso decimos de Jesús en el Prefacio de la Misa durante estos días que, “al venir por vez primera en la humildad de nuestra carne, realizó el plan de redención trazado desde antiguo y nos abrió el camino de la salvación; para que cuando venga de nuevo en la majestad de su gloria, revelando así la plenitud de su obra, podamos recibir los bienes prometidos que ahora, en vigilante espera, confiamos alcanzar”.
Por estas razones, enseñan las normas litúrgicas, “el Adviento se nos manifiesta como tiempo de una expectación piadosa y alegre”. En la segunda lectura del mismo domingo, San Pablo anima a los romanos (15,4-9): “Mantengamos la esperanza mediante la paciencia y el consuelo de las Escrituras”. Por eso, concluye San Josemaría una homilía sobre estos días: “El tiempo de Adviento es tiempo de esperanza. Todo el panorama de nuestra vocación cristiana, esa unidad de vida que tiene como nervio la presencia de Dios, Padre Nuestro, puede y debe ser una realidad diaria” (Cristo que pasa, n. 11).
El compendio del Catecismo (n. 102) dice que en este tiempo se revive esa larga espera de muchos siglos, cuando los judíos ansiaban la llegada del Mesías: “Además de la oscura espera que ha puesto en el corazón de los paganos, Dios ha preparado la venida de su Hijo mediante la Antigua Alianza, hasta Juan el Bautista, que es el último y el mayor de los Profetas”.
Precisamente el protagonista de este segundo domingo de Adviento es el primo de Jesús. El Evangelio de Mateo (3,1-12) lo presenta como una figura profética: “En aquellos días apareció Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea (…). Éste es aquel de quien habló el profeta Isaías diciendo: Voz del que clama en el desierto: «Preparad el camino del Señor,  haced rectas sus sendas». Llevaba Juan una vestidura de pelo de camello con un ceñidor de cuero a la cintura, y su comida eran langostas y miel silvestre”.
Es un retrato austero, que presenta a Juan como un digno representante de una familia sacerdotal, dedicado plenamente a su vocación de Precursor del Mesías. Sus vestiduras lo presentan como el nuevo Elías, que precede la llegada del ungido. Se retira al desierto, como habían hecho también los esenios de Qumrán, aunque no fuera uno de ellos. Mateo muestra que, con su figura, se cumple el protoevangelio de Isaías, el profeta que anunciaba nuevas épocas para el sufrido pueblo hebreo.
En la primera lectura (Isaías 11, 1-10), se ve una de esas profecías: “En aquel día brotará un renuevo del tronco de Jesé, un vástago florecerá de su raíz. Sobre él se posará el espíritu del Señor”. Se trata de una promesa mesiánica: de ese tronco podrido que es la generación de Jesé, el padre de David, surgirá un vástago nuevo. Por eso rezan los gozos de la novena de Navidad: “Oh raíz sagrada de Jesé, que en lo alto / presentas al orbe tu fragante nardo / Dulcísimo Niño que has sido llamado / lirio de los valles, bella flor del campo”.
Amparado en esas promesas, el pueblo se preparaba para la pronta llegada de su Salvador, como vemos en la Antífona de entrada (“Pueblo de Sión: mira al Señor que viene a salvar a todos los pueblos. El Señor hará oír la majestad de su voz para alegría de todo corazón). También el Salmo 71 muestra esa “expectación piadosa y alegre”: “En sus días florecerá la justicia y la paz abundará por siempre”.
La vocación de Juan consiste precisamente en anunciar al pueblo que “está al llegar el Reino de los Cielos”.  El Compendio del catecismo (n. 141) dice que El Espíritu colmó a Juan con sus dones y lo envió para que preparara al Señor «un pueblo bien dispuesto» (Lc 1, 17) y para que anunciara la venida de Cristo, Hijo de Dios.
El Evangelio nos muestra que su predicación tuvo una gran acogida: “acudía a él Jerusalén, toda Judea y toda la comarca del Jordán, y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados”. Ese bautismo es una muestra externa de haber acogido su principal exigencia: —Convertíos. Esta llamada es la misma que nos hace la liturgia hoy a cada uno de nosotros. En estos días de expectación piadosa y alegre se tiene que notar que nos estamos preparando para ser «un pueblo bien dispuesto».
Juan se amparaba en la inminencia del juicio: Ya está el hacha puesta junto a la raíz de los árboles. Por tanto, todo árbol que no da buen fruto se corta y se arroja al fuego. Y por eso exigía a sus oyentes un fruto digno de penitencia. Nosotros acudimos al Señor pidiéndole, en la oración de la Misa, que en nuestra marcha presurosa al encuentro de tu Hijo, no tropecemos con impedimentos terrenos, sino que Él nos haga partícipes de la ciencia de la sabiduría celestial.
Esta sabiduría, nos dice la liturgia de hoy, consiste en convertirnos. Así puede resumirse el último libro del Papa: es tiempo de conversión: El papa quiere que la Iglesia se someta a una limpieza a fondo. “Es indispensable conocer por fin de nuevo el misterio del Evangelio en toda su grandeza cósmica. Es tiempo de entrar en razones, de cambiar, de convertirse. Los problemas actuales solo se resolverán si ponemos a Dios en el centro, si Dios resulta de nuevo visible para el mundo. El destino del mundo depende de si el Dios de Jesucristo está presente y es reconocido como tal. p. 78. Nuestra gran tarea ahora consiste, ante todo, en sacar nuevamente a la luz la prioridad de Dios. Hoy lo importante es que se vea de nuevo que Dios existe, que Dios nos incumbe y que Él nos responde. Es urgente que la pregunta sobre Dios vuelva a ponerse en el centro”. (Luz del mundo, pp. 12-13. 62)
¿En qué consiste esta conversión? Así lo explica San Josemaría en la homilía del Adviento: “El Señor ha confiado en nosotros para llevar almas a la santidad, para acercarlas a Él, unirlas a la Iglesia, extender el reino de Dios en todos los corazones. El Señor nos quiere entregados, fieles, delicados, amorosos. Nos quiere santos, muy suyos. De un lado, la soberbia, la sensualidad y el hastío, el egoísmo; de otro, el amor, la entrega, la misericordia, la humildad, el sacrificio, la alegría. Tienes que elegir. Has sido llamado a una vida de fe, de esperanza y de caridad. No puedes bajar el tiro y quedarte en un mediocre aislamiento” (Cristo que pasa, n. 11)
Podemos terminar como concluye esa misma homilía, acudiendo a Santa María de la Esperanza: “El tiempo de Adviento es tiempo de esperanza. Todo el panorama de nuestra vocación cristiana, esa unidad de vida que tiene como nervio la presencia de Dios, Padre Nuestro, puede y debe ser una realidad diaria. Pídelo conmigo a Nuestra Señora, imaginando cómo pasaría ella esos meses, en espera del Hijo que había de nacer. Y Nuestra Señora, Santa María, hará que seas alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, ¡el mismo Cristo!”