viernes, noviembre 19, 2010

Cristo Rey

Llegamos hoy al último domingo del año litúrgico y lo celebramos con la Solemnidad de Cristo, festejado como Rey del Universo: “Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza y el honor. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos”, decimos en la Antífona de entrada. ¿Pero qué significa ese reinado? ¿En qué consiste? ¿Para qué sirve? ¿Tiene sentido hablar de un reinado de Jesús cuando la Iglesia parece hacer agua por todos lados? ¿O se trata de los últimos esfuerzos del moribundo: cuando pierde fuerza humana, intenta reclamar para sí el poder de su Fundador?

Las lecturas de la Misa nos ayudan a encuadrar cómo se debe entender ese reinado de Cristo. Benedicto XVI dice que parecen un tríptico: la coronación de David como Rey, Cristo en la Cruz, el himno cristológico de San Pablo a los colosenses. Y comienza por el cuadro central: la crucifixión de Jesús. 

No deja de ser llamativo que, para celebrar el reinado de Cristo, la Iglesia ponga a nuestra consideración la escena de un perdedor. El prefacio de la Misa aclara que esto se debe a que el Señor consumó el misterio de la redención humana ofreciéndose a sí mismo como víctima perfecta y pacificadora en el altar de la cruz. Jesús, en lo alto del monte Calvario, es blanco de las burlas de todos los asistentes. San Lucas (23,35-43) presenta tres tipos de escarnios: por parte de las autoridades, de los soldados, de un malhechor compañero de suplicio.

“El pueblo estaba mirando, y los jefes se burlaban de él y decían: —Ha salvado a otros, que se salve a sí mismo, si él es el Cristo de Dios, el elegido”. Esos títulos se los atribuía el pueblo a Jesús, viendo que en Él se cumplían las promesas hechas a David, que había sido elegido como Rey (primera lectura, 2 Sam 5,1ss) y como tal ungido (“Mesías” en hebreo, que traducido al griego se escribe “Cristo”). Cuando los jefes se burlan, hacen ver que Jesús no es el prometido Hijo de David.

“Los soldados se burlaban también de él; se acercaban y ofreciéndole vinagre  decían: —Si tú eres el Rey de los judíos, sálvate a ti mismo”. A los soldados romanos no les interesan títulos judíos, sino la figuración política. Como Jesús había sido condenado por el riesgo de atentar contra el poder del César, la burla va en esa línea: Jesús no es el Rey de los judíos.

San Lucas se detiene en un detalle de la escenografía en el calvario: “Encima de él había una inscripción: «Éste es el Rey de los judíos». Y transcribe el parlamento de un compañero de condena, que blasfema: Uno de los malhechores crucificados le injuriaba diciendo: — ¿No eres tú el Cristo? Sálvate a ti mismo y a nosotros”.  

Algunos Padres de la Iglesia dicen que aquí aparece el demonio, tentando a Cristo como había hecho tres años antes, en el desierto: que se salve a sí mismo, si él es el Cristo de Dios, el elegido; si tú eres el Rey de los judíos, sálvate a ti mismo; sálvate a ti mismo y a nosotros. ¡Cómo resonarían en los momentos finales de Jesús, con las pocas fuerzas que le quedaban, esas palabras tentadoras y humanamente atractivas!



Parece que Lucas jugara con el lector. En los capítulos anteriores de su Evangelio insistía en Cristo como salvador: desde el nacimiento, pasando por el episodio de la mujer adúltera o el de Zaqueo. En este pasaje, parece imposible esa salvación pedida para él y para sus compañeros. O quizá es que estos personajes no han entendido en qué consiste la verdadera salvación...

San Lucas, el evangelista de la misericordia divina, es el único que transcribe el último diálogo de Jesús antes de morir, con el llamado "buen ladrón": “Pero el otro le reprendía: — ¿Ni siquiera tú, que estás en el mismo suplicio, temes a Dios? Nosotros estamos aquí justamente, porque recibimos lo merecido por lo que hemos hecho; pero éste no ha hecho ningún mal”. Los compañeros de patíbulo con Cristo eran, probablemente, dos zelotes (revolucionarios políticos,  enemigos del poder romano). Aunque algunos exégetas dicen que no se nota un arrepentimiento en las palabras de Dimas, parece que al reconocer que sí merece el castigo, lo está haciendo.

Pero, como si fuera poco, se dirige al Señor: —Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino. Con esas palabras lo reconoce como Dios, pues ese “acuérdate” es el verbo utilizado en las oraciones judías de ese tiempo. Le pide a Cristo que, en el futuro, cuando establezca su reinado definitivo, tenga compasión de aquel malhechor.

El reinado de Jesús se descubre en la respuesta del Señor. El aparente perdedor, en el patíbulo más humillante, corresponde con generosidad a esta súplica. Y le respondió: —En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso. Jesús promete no solo la participación en el reino, al final de los tiempos, sino que en ese mismo instante compartiría la suerte suya, estaría con Él.  

San Josemaría contaba que había meditado muchas veces esta escena, al cantar la estrofa del himno eucarístico que dice: “pido lo que pidió el ladrón arrepentido”, y que siempre se conmovía: “Reconoció que él sí merecía aquel castigo atroz... Y con una palabra robó el corazón a Cristo y "se abrió" las puertas del Cielo” (Vía Crucis, 12.4). 

En una homilía sobre la fiesta de Cristo Rey, explicaba más extensamente que “quien entiende el reino que Cristo propone, advierte que vale la pena jugarse todo por conseguirlo: es la perla que el mercader adquiere a costa de vender lo que posee, es el tesoro hallado en el campo. El reino de los cielos es una conquista difícil: nadie está seguro de alcanzarlo, pero el clamor humilde del hombre arrepentido logra que se abran sus puertas de par en par. Uno de los ladrones que fueron crucificados con Jesús le suplica: Señor, acuérdate de mí cuando hayas llegado a tu reino. Y Jesús le respondió: en verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Es Cristo que pasa, 180).

Benedicto XVI cita a dos Padres de la Iglesia que comentan este pasaje: “San Cirilo de Alejandría escribe: "Lo ves crucificado y lo llamas rey. Crees que el que soporta la burla y el sufrimiento llegará a la gloria divina" (Comentario a san Lucas, homilía 153). Según el evangelista san Juan, la gloria divina ya está presente, aunque escondida por la desfiguración de la cruz. Pero también en el lenguaje de san Lucas el futuro se anticipa al presente cuando Jesús promete al buen ladrón: "Hoy estarás conmigo en el paraíso" (Lc 23, 43). 

Por su parte, San Ambrosio observa: "Este rogaba que el Señor se acordara de él cuando llegara a su reino, pero el Señor le respondió: "En verdad, en verdad te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso". La vida es estar con Cristo, porque donde está Cristo allí está el Reino" (Exposición sobre el evangelio según san Lucas 10, 121)”.

Concluye el Papa su comentario: “Así, la acusación: "Este es el rey de los judíos", escrita en un letrero clavado sobre la cabeza de Jesús, se convierte en la proclamación de la verdad. San Ambrosio afirma también: "Justamente la inscripción está sobre la cruz, porque el Señor Jesús, aunque estuviera en la cruz, resplandecía desde lo alto de la cruz con una majestad real" (ib., 10, 113)”.

Señor: también nosotros somos malhechores y queremos reconocerte como nuestro Rey, pedirte que te acuerdes de nosotros. Perdona nuestros pecados, repetimos, haciendo nuestras las palabras que nos enseñaste a pronunciar en el Padrenuestro, donde también pedimos: Venga a nosotros tu Reino.

Jesucristo Rey, que triunfa sobre el pecado. En eso consiste el verdadero reinado. No en banderías humanas, pasajeras y necesariamente contaminadas de error, como las que mencionábamos al comienzo de esta meditación. Por eso pediremos en la Misa: “Dios todopoderoso y eterno, que quisiste fundar todas las cosas en tu Hijo muy amado, Rey del universo; haz que toda criatura, liberada de la esclavitud del pecado, sirva a tu majestad y te alabe eternamente”. 

En eso consiste la participación en el reinado de Cristo: en luchar para liberarnos de la esclavitud del pecado. Y así lo explica Orígenes, en una lectura del Oficio de la fiesta: “si queremos que Dios reine en nosotros, procuremos que de ningún modo el pecado siga dominando nuestro cuerpo mortal, antes bien, mortifiquemos todo lo terreno que hay en nosotros y fructifiquemos por el Espíritu; de este modo, Dios se paseará por nuestro interior como por un paraíso espiritual y reinará en nosotros él solo con su Cristo, el cual se sentará en nosotros a la derecha de aquella virtud espiritual que deseamos alcanzar: se sentará hasta que todos sus enemigos que hay en nosotros sean puestos por estrado de sus pies, y sean reducidos a la nada en nosotros todos los principados, todos los poderes y todas las fuerzas”.

Que esta fiesta nos ayude a reformular nuestro propósito de alejarnos del pecado, de huir de las ocasiones, de cortar con lo que nos aparte de Cristo. Pero sobre todo, que procuremos acudir más al sacramento de la Confesión, donde permitimos al Señor reinar a sus anchas en nuestra vida. Que acudamos a su misericordia, que es la clave para que nuestra lucha sea positiva y alegre. 

Como escribe Javier Echevarría: “Todos necesitamos de la misericordia de Dios, no solo por la distancia que media entre su perfección infinita y nuestra condición de criaturas, sino también porque fácilmente le ofendemos –el justo cae siete veces al día (Pr 24, 16)–, y lo que es más serio: a veces se yergue nuestra soberbia, nuestro yo, como si fuésemos autosuficientes. Meditemos la conversación entre Dimas, el buen ladrón, y el Crucificado. Memento mei! (Lc 23, 42), ¡apiádate de mí!, clama el pecador arrepentido. Y con ese grito se gana el Cielo. Con una contrición sincera estaremos en mejores condiciones de adentrarnos en el misterio de la Cruz, en el camino de nuestra salvación”. Por eso la Misa concluye pidiendo a Dios que quienes nos gloriamos en obedecer aquí los mandatos de Cristo, Rey del universo, podamos con él vivir eternamente en el cielo. 

Seguramente la fuente en la cual se inspiró Lucas para narrarnos estas escenas con tanta claridad fue la Virgen Santísima. Ella, Madre de Misericordia, nos ayudará a acudir al Señor, aunque estemos crucificados por nuestras miserias, como le ayudó a San Pedro después de las negaciones. Y así como el apóstol llevó adelante su misión con nuevo brío, nosotros también anunciaremos por todas partes que Cristo es Rey y que su reinado es eterno y universal, como dice el Prefacio de la Misa. Que su reino de misericordia es el reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz.

sábado, noviembre 13, 2010

Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas



1. Al final de su evangelio, San Lucas presenta a Jesucristo en Jerusalén. Después de la entrada triunfal el Domingo de ramos, el Señor aparece impartiendo sus enseñanzas en el Templo, que era el orgullo de los jerosolimitanos, pues estaba adornado con bellas piedras y ofrendas votivas.
El origen de este edificio se remonta al Templo de Salomón, que había sido destruido en el siglo VI a.C. Después del exilio de Babilonia, Zorobabel lo reconstruyó, pero le quedó pequeño y simple. Ya en tiempos cercanos al nacimiento de Jesús, el rey Herodes el Grande, amante de la arquitectura, hizo un gran proyecto para reconstruirlo: solo trabajaron sacerdotes, para que no lo construyeran manos impuras. Comenzó la obra el 19 a.C. y no terminó la última decoración hasta el 64 d.C.
En la escena que presenta el tercer evangelio (Lc 21,5-19), Jesucristo lo ve casi concluido (corría más o menos el año 27 d.C., o sea que la obra llevaba unos 46 años, como dice el evangelio de Juan 2,20). Era mucho más grande que el de Salomón y ofrecía una vista maravillosa: además del tamaño colosal, ostentaba una decoración radiante y los materiales riquísimos (“bellas piedras y ofrendas votivas”).
En este contexto de admiración y orgullo por la restauración del templo, san Lucas presenta el llamado discurso escatológico de Jesucristo: —Vendrán días en los que de esto que veis no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida. Puede ser que cuando Lucas escribiera su evangelio ya se hubiera dado el asedio romano ordenado por Tito en al año 70, que acabó con la nación judía por muchos siglos. Sin embargo, las palabras de Jesús van más allá de la profecía sobre la destrucción de Jerusalén, que sería arrasada por completo en el 132, a causa de una insurrección.
Las palabras de este discurso pertenecen al género apocalíptico, que se caracteriza porque contiene imágenes llenas de misterio: Cuando oigáis hablar de guerras y de revoluciones, no os aterréis, porque es necesario que sucedan primero estas cosas. Pero el fin no es inmediato.—Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino; habrá grandes terremotos y hambre y peste en diversos lugares; habrá cosas aterradoras y grandes señales en el cielo.
A este género literario también pertenece la primera lectura, en la que el profeta Malaquías (3,19-20) anuncia “el día del Señor”: Mirad que llega el día, ardiente como un horno: malvados y perversos serán la paja, y los quemaré el día que ha de venir-dice el Señor de los ejércitos-, y no quedará de ellos ni rama ni raíz. Pero a los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas.
2. El Señor no solo anuncia la destrucción del Templo y de la ciudad entera, ocurrida como castigo por no haber escuchado al Profeta de Dios, sino también las persecuciones que vendrían sobre sus seguidores: antes de todas estas cosas os echarán mano y os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, llevándoos ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre: esto os sucederá para dar testimonio. (…) Seréis entregados incluso por padres y hermanos, parientes y amigos, y matarán a algunos de vosotros y todos os odiarán a causa de mi nombre.
Ante estas persecuciones, venidas incluso de mano de los seres queridos, el Señor pide serenidad, no dejarse engañar ni aterrarse, pues el fin no es inmediato. Además, anuncia su asistencia continua: convenceos de que no debéis tener preparado de antemano cómo os vais a defender; porque yo os daré palabras y sabiduría que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios. Los apóstoles experimentarían poco después de la Pascua la verdad de estas palabras. El Jesús rechazado resucitará y dará fuerza a sus discípulos, como se nota en los casos de Esteban y de Pablo.
A esta verdad se refiere Benedicto XVI en su Exhortación “Verbum Domini”, que dedica varios pasajes al apostolado cristiano: “El Verbo de Dios nos ha comunicado la vida divina que transfigura la faz de la tierra, haciendo nuevas todas las cosas (cf. Ap 21,5). Su Palabra no sólo nos concierne como destinatarios de la revelación divina, sino también como sus anunciadores. Él, el enviado del Padre para cumplir su voluntad (cf. Jn 5,36-38; 6,38-40; 7,16-18), nos atrae hacia sí y nos hace partícipes de su vida y misión. El Espíritu del Resucitado capacita así nuestra vida para el anuncio eficaz de la Palabra en todo el mundo” (VD 90).
Hagamos examen sobre qué tan en serio nos tomamos la dimensión apostólica de nuestra vocación cristiana. Si somos conscientes de esa misión para la cual nos capacita el Espíritu del Resucitado. Y saquemos propósitos. Como dice J. Echevarría, “Muchas veces, la lucha personal consistirá precisamente en realizar un plan apostólico; en vencer este o aquel otro respeto humano y hablar de Cristo a una persona amiga; en dejar de lado la propia comodidad y los propios planes, para conversar con alguien o atender una actividad de formación cristiana; en superar la timidez o la cobardía para corregir a otro o invitarle a ser más generoso con Dios” (Eucaristía y vida cristiana, 109).
3. Por último, el Señor garantiza que, a pesar de las dificultades, sus discípulos triunfarán como fruto de la perseverancia: Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá. Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas. Escribe el Prelado del Opus Dei que “el texto permite entender "poseeréis vuestras almas", y así lo leyeron los Padres, siguiendo la Vulgata. Este significado en realidad no difiere del anterior: la salvación del alma significa su posesión, el señorío sobre nosotros mismos con la ayuda de Dios; y esa salvación se logra como se alcanza la posesión de cualquier bien: después de un proceso de adquisición, después de contratar y definir los detalles de la compra o de la herencia, después de luchar por conseguirlo”.
En las dos ocasiones, sigue diciendo Javier Echevarría, “la frase del Señor apunta a lo mismo: a inculcarnos que la identificación con Él (la salvación personal, el fruto de toda la vida) no se consigue en un instante: requiere por nuestra parte continua atención con una perseverancia fiel hasta el final; exige no apartarse del camino, rechazar la mala impaciencia y no descuidar el esfuerzo por conquistar el premio, "a pesar de los pesares".
San Josemaría insistía en la importancia de esta virtud de la lealtad, base humana para la virtud sobrenatural de la fidelidad, con un aforismo sencillo: “comenzar es de todos, perseverar es de santos” (Camino, 983). Así preparaba un guión para predicar sobre este tema: “«Decisión de tener una vida más santa, de vivir vida interior.... No es lo mismo prometer y cumplir, ni empezar que perseverar.... Son muchas las flores de un árbol en primavera..., pero la mayor parte no llegan a resolverse en fruto: son muchos los niños que nacen, pero son muchos menos los que llegan a la plenitud de los años.... Por eso pudo exclamar S. Jerónimo: «Coepisse multorum est, ad culmen pervenisse paucorum»: el empezar a vivir bien es de muchos, el llegar hasta la cumbre de la perseverancia en el bien obrar es de pocos”.
Se aplican en este contexto las famosas y claras palabras de santa Teresa: "No parar hasta el fin, que es llegar a beber de esta agua de vida (...). Digo que importa mucho, y el todo, una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabájese lo que se trabajare, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino o no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo" (Camino de perfección, 21,2).
Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas. En este penúltimo domingo del tiempo ordinario podemos hacer balance de lo que va corrido del año y pedir perdón al Señor por nuestras impaciencias, por nuestra falta de perseverancia. Porque a veces nos hemos dejado llevar de las turbaciones, de las emociones instantáneas que se oponen a los sentimientos profundos que el Señor ha grabado en nuestro corazón.
Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas. El Señor sabía las duras tentaciones a las que se enfrentarían los apóstoles. Por eso quiso animarlos, asegurándoles que –a pesar de todo- si eran pacientes y perseverantes, triunfarían. Y ellos dejaron obrar la gracia de Dios en sus almas y vencieron. Con esa misma confianza acudimos a nuestra Madre, Virgen fiel, para que nos alcance del Señor la gracia de la perseverancia final en nuestra vocación apostólica. Para esa invocación pueden servirnos las palabras de San Josemaría: “Si quieres ser fiel, sé muy mariano”. “Confía. Vuelve. Invoca a la Señora y serás fiel” (Camino, 514)