viernes, octubre 29, 2010

La conversión de Zaqueo

 Como es sabido, el Evangelio de Lucas se puede resumir como el itinerario de Jesús hasta llegar a Jerusalén, donde muere para cumplir la voluntad del Padre, por amor a los hombres. 

En el capítulo 19, el evangelista médico presenta a Jesús ya ad portas de la ciudad santa. Después de la curación del ciego, entra el Señor a Jericó, ciudad milenaria, considerada como el gran oasis en la depresión del Jordán, ubicada a unos 23 km al nordeste de Jerusalén. 

El evangelista narra con todo detalle que Jesús “entró en Jericó y atravesaba la ciudad. Había un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de publicanos y rico. Intentaba ver a Jesús para conocerle, pero no podía a causa de la muchedumbre, porque era pequeño de estatura”. 

Ya hemos visto otras veces, al hablar sobre Mateo, la mala imagen que tenía la profesión de publicano. Estos recaudadores de impuestos no solo eran vistos como traidores a la patria, sino también como pecadores. De hecho, muchos eran injustos en sus cobros… verdaderos ladrones.

Zaqueo era jefe de publicanos y rico. Quizá en alguna ocasión su colega Mateo u otro amigo común le había hablado de ese profeta, verdaderamente el Mesías (al final del relato le llamará “Señor”). Habría dejado sembrada en su corazón la semilla de la inquietud, el deseo de la conversión. La conciencia está siempre recordando que el camino de la felicidad pasa por cumplir tus mandamientos, Señor, aunque a veces nuestra debilidad pretenda hacernos creer lo contrario. Incluso cuando palpamos nuestra miseria, sentimos que si cumpliéramos tus exigencias seríamos verdaderamente felices. 

Algo así pensaría Zaqueo. Sabría de la alegría que experimentaban sus colegas conversos, sus antiguos compañeros de locuras. Ahora eran hombres serios, apreciados por todos, seguidores de Jesús. Y en este momento se encontraba Él allí, en su tierra. Y por eso Intentaba ver a Jesús para conocerle. El Señor se sirve de su curiosidad, pero el camino nunca es fácil. En este caso, la dificultad era natural: no podía a causa de la muchedumbre, porque era pequeño de estatura. Cirilo alejandrino comenta que, en realidad, lo que le impedía ver a Jesús no era tanto la cantidad de gente cuanto el número de sus pecados. Si bien, este hombrecillo era pequeño físicamente, su principal enanismo era el espiritual. 

Zaqueo, jefe de publicanos y rico, podía considerar que no estaba a la altura de su dignidad hacer nada extra para ver al Maestro. Podría decir como el poeta Montale: “Se trata de encaramarse al sicómoro para ver si el Señor pasa. ¡Ay de mí, no soy trepador y además nunca lo he visto aunque me haya empinado!”. Sin embargo, supera cualquier respeto humano y, acostumbrado a asumir riesgos para ganar en los negocios, emprende la jugada más atrevida de su vida: “Se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro para verle, porque iba a pasar por allí”. 

El sicómoro es una especie de higuera salvaje, pariente de la morera. Se utilizaba para producir una madera excelente. Pues allí se trepó Zaqueo. Con esta actitud, San Lucas representa la importancia de la decisión y de la persistencia por parte del creyente, como había dicho unos capítulos antes, con la parábola de la viuda insistente. Quieres, Señor, que también nosotros te busquemos sin ningún tipo de vergüenzas ni de respetos humanos. Que perdamos el miedo al qué dirán. Que demos la cara con valentía para decir que somos tus discípulos y que deseamos serte fieles.  

Cuando Jesús llegó al lugar, levantando la vista, le dijo: —Zaqueo, baja pronto, porque conviene que hoy me quede en tu casa. ¡Qué maravilla, Señor, es tu misericordia! Aquél hombre se sube a un árbol, para verte pasar, y tú le correspondes invitándote a su casa. También a nosotros nos buscas, a pesar de nuestra condición indigna. Y nos dices, como repiten los Papas, ¡No tengáis miedo! Danos, Señor, la fuerza para buscarte, para dejarte entrar en nuestras vidas, aunque suponga quizá transformar nuestro modo de afrontarla.

Benedicto XVI (041107) comenta así este pasaje: “Jesús llama por su nombre a Zaqueo, un hombre despreciado por todos. "Conviene que hoy me quede en tu casa": sí, precisamente hoy, ahora, ha llegado para este hombre el momento de su salvación. ¿Por qué "conviene que hoy me quede en tu casa"? Porque el Padre, rico en misericordia, quiere que Jesús vaya a "buscar y a salvar lo que estaba perdido" (Lc 19,10). Jesús quiere cumplir la voluntad del Padre, desea la salvación de Zaqueo. 

Dice Juan Lanspergio: “Jesús frecuentó la compañía de quienes le constaba que necesitaban de su ayuda y buscaban un remedio de salvación”. También nosotros hemos de buscar a las almas, para acercarlas al Señor. Como bautizados, el Señor tiene derecho a poder utilizarnos como sus instrumentos para "buscar y a salvar lo que estaba perdido".


Zaqueo “bajó rápido y lo recibió con alegría”. El nombre de nuestro protagonista significa “puro”. Así quedará después de la visita del Señor. Jesús no solamente lo purifica, sino que lo salva. Se cumple de esta manera la primera lectura del domingo XXI (Sab 11): “Te compadeces de todos, porque eres omnipotente, cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan. Corriges poco a poco a los que caen, les recuerdas su pecado y los reprendes, para que se conviertan y crean en ti, Señor”. Como decía el Papa, “este encuentro con el Señor transforma y purifica la vida pasada de Zaqueo. Igual quiere hacer él con nosotros cuando le abrimos totalmente nuestro corazón”.

Jesús hace un verdadero milagro, más importante que otros. Como dice Pilgrim, “el rico pasa por el ojo de la aguja”. Zaqueo recibe en su casa a Jesús, al que ya había recibido en su corazón (S. Agustín). Lo que comenzó como una escena de curiosidad termina como un milagro de conversión. 

Por eso tiene tanta actualidad este pasaje lucano. También nosotros tenemos que convertirnos, recibir al Señor en nuestra casa es la clave de la verdadera alegría. Una conversión verdadera: reconocer nuestros pecados, pedir perdón por ellos. También a nosotros el Señor nos dice: baja pronto, porque conviene que hoy me quede en tu casa. Vayamos pronto al sacramento de la confesión, para que Él se quede en nuestra casa, en nuestra alma en gracia. Como Zaqueo cambiaremos lo que haya que cambiar, restituiremos nuestras injusticias y nuestra vida se transformará, quedando purificada.

No podemos esperar aplausos en este mundo si decidimos esforzarnos por seguir de cerca al Señor. Como vemos en esta escena: Al ver esto, todos murmuraban diciendo que había entrado a hospedarse en casa de un pecador. En lugar de maravillarse, se escandalizan: "éste come con publicanos y pecadores", dirán los críticos de Jesús. Pero Zaqueo, de pie, le dijo al Señor: —Señor, doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si he defraudado en algo a alguien le devuelvo cuatro veces más.   

Se trata de una conversión con todas las de la ley: con hechos, más que con palabras. Zaqueo restituye, da limosna. ¡Qué diferencia con el joven rico, que se marchó triste porque tenía mucha hacienda! Comenta Mons. Echevarría que Zaqueo “cambió su riqueza material por la cercanía de Jesús. Prefirió recibirlo en el alma a continuar recogiendo dinero y defraudando a los pobres. Y llenó su vida de alegría y de paz”.  

Jesús le dijo: —Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también éste es hijo de Abrahán; porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido. Lucas nos presenta a Jesús, Buen Pastor, que busca las ovejas perdidas, para salvarlas. Se cumple la profecía de Ezequiel (36, 14): “Buscaré a la oveja perdida, tomaré a la descarriada, curaré a la herida y sanaré a la enferma”. De este modo, Lucas resume la misericordia de Jesús, que ha anunciado en todo su Evangelio. Lo siguiente será narrar la manifestación más grande de ese amor: la muerte en Jerusalén.

El Papa concluye su meditación con estas palabras: “La gracia de aquel encuentro imprevisible fue tal que cambió completamente la vida de Zaqueo: "—Señor, doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si he defraudado en algo a alguien le devuelvo cuatro veces más" (Lc 19, 8). Una vez más el Evangelio nos dice que el amor, partiendo del corazón de Dios y actuando a través del corazón del hombre, es la fuerza que renueva el mundo”.  

Acudamos a la Virgen Santísima, Madre de misericordia, para que en nuestra vida se repita el proceso de Zaqueo: que busquemos a Jesús, si es del caso trepando al sicómoro, dejando atrás nuestras miserias. Que escuchemos su petición de quedarse en nuestra casa: que le pidamos perdón en el sacramento de la penitencia, que frecuentemos su trato en la oración y recibiéndolo en la Eucaristía. Y que resellemos nuestro deseo de cambio con obras de penitencia. De ese modo demostraremos, también con nuestra vida, que el amor, partiendo del corazón de Dios y actuando a través del corazón del hombre, es la fuerza que renueva el mundo.

viernes, octubre 22, 2010

El fariseo y el publicano


San Lucas nos transmite una parábola del Señor dirigida a algunos que confiaban en sí mismos teniéndose por justos y despreciaban a los demás.

Dos hombres subieron al Templo a orar…  Necesidad de la oración. El Papa escribió una carta a los seminaristas, para concluir el Año Sacerdotal. En el primer punto habla precisamente de la oración: explica que debemos ser personas de Dios, pues al Señor no lo tenemos como  un ser lejano: “Dios se ha manifestado en Jesucristo. En el rostro de Jesucristo vemos el rostro de Dios. En sus palabras escuchamos al mismo Dios que nos habla”.
¡Qué importante es ese “subir al Templo a orar”! Máxime cuando podemos encontrar a Jesús mismo presente en el Sagrario, con su cuerpo y su sangre, esperándonos para que le contemos nuestra vida. Juan Pablo II quiso que el Año Eucarístico de 2005 concluyera con una proliferación de capillas  en el mundo para adorar al Señor sacramentado. Y gracias a Dios muchos párrocos acogieron esa sugerencia. Quizá muy cerca a nuestro sitio de trabajo o vecino a nuestro hogar, tenemos la posibilidad de acompañar a Jesucristo, de “subir al Templo a orar”. En cualquier caso, cuando veamos que no es fácil, debemos recordar que cualquier lugar es bueno para dirigirse a Cristo. Desde luego, convendrá buscar las mejores circunstancias: silencio, una posición corporal que facilite el diálogo (algunas personas recomiendan que sea como para estudiar: aunque se puede rezar acostados, se corre el riesgo de terminar dormidos…)
Hace unas semanas, celebraba el Cardenal Comastri el centenario del nacimiento de la Madre Teresa de Calcuta y relató un recuerdo personal: contó que recién ordenado, en los años setenta, tuvo un encuentro con ella, aprovechando una visita que la Madre hacía a Roma. Cuando conversaron, la Beata Teresa le preguntó: -“¿Cuántas horas al día reza?” El entonces joven sacerdote se movía en un ambiente postconciliar, y se creía “cercano al heroísmo” porque celebraba la Misa diaria, la Liturgia de las Horas y el Rosario. Inmediatamente, ella le respondió rotundamente: -“Eso no es suficiente. No se puede vivir el amor de forma minimalista” y le pidió que le prometiera hacer media hora de adoración cada día. El relato de Mons. Comastri concluye con estas palabras: “Se lo prometí y hoy puedo decir que esta recomendación salvó mi sacerdocio”.
Oración de amor, que no es minimalista. Como fruto de esos ratos de oración, ojalá junto al Sagrario, se nos contagiará el celo por las almas que movió al Señor a quedarse encerrado en esa cárcel de amor. Y sentiremos la obligación de ser como mensajeros entre Dios y los hombres. “Por esto, queridos amigos, -sigue diciendo Benedicto XVI en su carta- es tan importante que aprendáis a vivir en contacto permanente con Dios. Cuando el Señor dice: “Orad en todo momento”, lógicamente no nos está pidiendo que recitemos continuamente oraciones, sino que nunca perdamos el trato interior con Dios. Ejercitarse en este trato es el sentido de nuestra oración”. 
Vivir en contacto con Dios, para no caer en un defecto de la oración: que se convierta en soliloquio. Es lo que Jesús reseña en la parábola del fariseo que ora en el Templo: “quedándose de pie, oraba para sus adentros: «Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana, pago el diezmo de todo lo que poseo». Se trataba de un hombre bueno, celoso de la Ley. Exagerado en el cumplimiento. Y por ese camino cayó en la soberbia: no se arrodilla, se queda de pie. Y más que un diálogo con Dios es un autoelogio vergonzoso.
La oración nos ayudará a evitar esa tentación, si vivimos en contacto permanente con Dios, si luchamos por no perder ese trato interior con Él, conscientes de que no estamos solos, sino  en su presencia. Como enseña San Josemaría, “tu vida ha de ser oración constante, diálogo continuo con el Señor: ante lo agradable y lo desagradable, ante lo fácil y lo difícil, ante lo ordinario y lo extraordinario... En todas las ocasiones, ha de venir a tu cabeza, enseguida, la charla con tu Padre Dios, buscándole en el centro de tu alma” (Forja, n. 538).
Puede ser que comencemos con ilusión este maravilloso camino y que descubramos, con el paso de los días, que es un sendero difícil de recorrer. En un documento de la Santa Sede sobre la oración, se alerta contra esta tentación: «Para quien se empeña seriamente en hacer oración, vendrán tiempos en los que le parecerá vagar en un desierto y, a pesar de todos sus esfuerzos, no sentir nada de Dios. Debe saber que estas pruebas no se le ahorran a ninguno que tome en serio la oración (...). En esos períodos, debe esforzarse firmemente por mantener la oración, que aunque podrá darle la impresión de una cierta artificiosidad se trata en realidad de algo completamente diverso: es precisamente entonces cuando la oración constituye una expresión de su fidelidad a Dios, en presencia del cual quiere permanecer incluso a pesar de no ser recompensado por ningún consuelo subjetivo» (CDF, 15-X-1989, n. 30).
Para tener ese diálogo continuo con nuestro Padre Dios, sugiere el Papa, “es importante que el día se inicie y concluya con la oración. Que escuchemos a Dios en la lectura de la Escritura. Que le contemos nuestros deseos y esperanzas, nuestras alegrías y sufrimientos, nuestros errores y nuestra gratitud por todo lo bueno y bello, y que de esta manera esté siempre ante nuestros ojos como punto de referencia en nuestra vida”.
Esa gratitud nos llevará como de la mano a la humildad. Es la otra figura de orante, que Jesús propone en la parábola: la del publicano. Mientras los fariseos eran personajes populares, admirados por casi todos los judíos, los publicanos eran hombres despreciados por sus conciudadanos, porque trabajaban al servicio del Imperio romano. Y así lo vemos, “quedándose lejos, ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: «Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador»”.
El Catecismo (n. 2559) nos ayuda a hacer examen sobre la humildad de nuestra oración: «¿Desde dónde hablamos cuando oramos? ¿Desde la altura de nuestro orgullo y de nuestra propia voluntad, o desde “lo más profundo” (Sal 130,1) de un corazón humilde y contrito? El que se humilla será ensalzado. La humildad es la base de la oración. “Nosotros no sabemos pedir como conviene” (Rm 8,26). La humildad es una disposición necesaria para recibir gratuitamente el don de la oración: el hombre es un mendigo de Dios».
Por eso es tan importante seguir los consejos del Santo Padre, que constituyen todo un curso de cómo hacer oración: al comienzo y al final del día. Acudiendo a la Sagrada Escritura. Dialogando: contándole toda nuestra vida, nuestras ilusiones del momento, para que llegue a ser Jesucristo nuestro punto de referencia en todo momento. Las consecuencias serán estupendas: “así nos hacemos más sensibles a nuestros errores y aprendemos a esforzarnos por mejorar; pero, además, nos hacemos más sensibles a todo lo hermoso y bueno que recibimos cada día como si fuera algo obvio, y crece nuestra gratitud. Y con la gratitud aumenta la alegría porque Dios está cerca de nosotros y podemos servirlo”.
Nos hacemos más sensibles a la voz de Dios, al juicio de la conciencia. Un buen punto para descubrir la calidad de la oración es si notamos que nos cambia, que nos compromete en una lucha quizá pequeña, pero constante. Si “aprendemos a esforzarnos por mejorar”. Y también si aprendemos a servirlo en la vida ordinaria, en el trabajo, en el servicio a los demás.
Acudamos a nuestra Madre, maestra de oración, para que también de nuestro diálogo con el Señor se pueda decir lo que Jesús predicó de la oración del publicano: “Os digo que éste bajó justificado a su casa, y aquél no. Porque todo el que se ensalza será humillado, y todo el que se humilla será ensalzado”.

viernes, octubre 08, 2010

Los diez leprosos


Al ir de camino a Jerusalén, atravesaba los confines de Samaría y Galilea… En la recta final de su Evangelio, Lucas insiste en que Jesús sigue camino de Jerusalén. En el capítulo 17 (11-19) lo muestra pasando por un lugar cercano a Samaría.
Como queda claro en el episodio de la samaritana, los judíos y los samaritanos tenían una rivalidad secular, que se remontaba al siglo V a.C. En ese entonces, los persas habían poblado esa zona con personas de diversas procedencias. Aunque con el tiempo todos acogerían la religión judía, los israelitas no los reconocían como tales. Por eso tenían su propio sacerdocio y su templo y miraban mal a quienes se dirigían a Jerusalén. Esto explica la parábola del buen samaritano… Lo importante en este caso es que el Señor pasa por tierra de extranjeros… Una vez más, San Lucas insiste en la universalidad del mensaje de Cristo, que vino para que todos los hombres se salvaran, no solo una raza privilegiada.
Cuando iba a entrar en un pueblo, le salieron al paso diez leprosos, que se detuvieron a distancia. En ese entonces, la lepra era una enfermedad muy mal vista. Aún ahora, la Organización Mundial de la Salud tiene que hacer ingentes esfuerzos para quitar el halo de patología maldita, que hace que las personas tarde en reconocer sus síntomas y acudan al médico para recibir el tratamiento, que hoy día la cura completamente. En aquel tiempo no era así: había una legislación religiosa que exigía a los leprosos vivir separados de las ciudades, para evitar el contagio. Debían portar campanas que anunciasen su cercanía, para que los sanos, al oírlas, se alejaran. Por eso es que, en esta ocasión, se detuvieron a distancia.
Y le dijeron gritando: —¡Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros! Se dirigen al Señor con un título deferente y le piden misericordia. Confiaban en que podría curarlos. Quizá habían escuchado de Él. Es posible que alguno de ellos lo hubiera conocido antes de contagiarse y les hubiera hablado de sus milagros: corría la noticia de que había curado a un leproso que le pidió: “¡Si quieres, puedes limpiarme!” Después de las palabras “Quiero, queda limpio”, aquel hombre había adquirido una salud envidiable. Habrían albergado la esperanza de un encuentro similar, para alcanzar la limpieza y recuperar sus derechos civiles.
Tenían fe en el poder curativo de Jesús. Pero en realidad era una fe egoísta, como es la nuestra tantas veces. Solo pensaban en sí mismos, en su curación, en la ventaja que adquirirían al conocer al Señor. No se planteaban cómo retornarle el favor. En realidad no tenían verdadera fe, solo una esperanza humana de curación milagrosa.
Además, aunque vivían unidos en la adversidad, es probable que, sin embargo, conservaran las divisiones anteriores. Cuando se les unió un leproso proveniente de Samaría, lo mirarían como lo que era: un extranjero, un enemigo. Las historias de secuestrados en la selva, o de encarcelados en campos de concentración, dicen que allí sale lo peor del ser humano: las miserias, los egoísmos; pero también es posible que algunas personas resalten por superar esas limitaciones y vivan la caridad, a veces en modo heroico.
Aquella mañana, vieron que se aproximaba al pueblo aquel famoso taumaturgo y les faltó tiempo para salirle al paso, deteniéndose a distancia. Le gritaron con el tono de voz que generara la mayor compasión posible: —¡Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros! Inmediatamente escucharon su respuesta, aunque no fue la que hubieran esperado (¡queden limpios!), sino otras palabras que abrían una luz de esperanza: —Id y presentaos a los sacerdotes.
Eran ellos quienes debían dar fe de la curación. Jesús cumple una vez más la Ley, aunque Él mismo fuera su autor. Y los leprosos vencen algunas reticencias iniciales y se dirigen al Templo. Seguramente alguno con más fe los animó: ¡nada perdemos! ¡intentémoslo! Recordaría la historia de Naamán el sirio, aquel leproso que estuvo a punto de no curarse por el orgullo de no obedecer una orden simple del profeta Eliseo.
Y mientras iban quedaron limpios. ¡Qué alegría, la de aquellos ex – enfermos! ¡Qué alivio, después de tanto tiempo castigados con aquella maldición! –así consideraban esa enfermedad-. Con mayor razón correrían hacia el Templo, para recibir su certificación y regresar a casa, para abrazar a sus parientes, para recuperar los años perdidos. Cada uno pensaba en su gozo, en lo que podría hacer ahora que había sanado, incluso alguno pensaría cobrar alguna deuda pendiente. Cada uno pensaba en lo suyo…
Excepto uno, el extranjero. El samaritano. Lucas representa gráficamente su actitud, sin ningún respeto humano: Uno de ellos, al verse curado, se volvió glorificando a Dios a gritos, y fue a postrarse a sus pies dándole gracias. Y éste era samaritano. Uno de ellos, solo uno. En lugar de correr hacia adelante, hacia su nuevo camino, “se volvió”. El verbo habla de conversión, de regreso a Dios. Y no se volvió en silencio, mascullando su gratitud calladamente, de modo vergonzoso, político, egoísta. Se volvió glorificando a Dios a gritos. No tiene ninguna vergüenza de que todos sepan que está agradecido, que ha recibido una gracia especial. Es más: espera que todos se enteren. Quiere comunicar ese don a muchos. Glorificaba a Dios a gritos.
Dar gloria a Dios. Si la vida no tuviera por fin dar gloria a Dios, sería despreciable, más aún: aborrecible (Camino, n. 783). Se volvió glorificando a Dios a gritos, y fue a postrarse a sus pies dándole gracias. Es un reconocimiento de la divinidad de Cristo. Aquel hombre no tiene ninguna vergüenza en postrarse a sus pies. Como todos nosotros, da gracias al Padre por el don de su Hijo. No le importa que se dirija a Jerusalén. Como su compatriota, ve que ha llegado la hora  “en la que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad” (Jn 4,23).
La respuesta de Jesús incluye una dureza no con este antiguo leproso, sino con lo que no están. Ante lo cual dijo Jesús: — ¿No son diez los que han quedado limpios? Los otros nueve, ¿dónde están? El buen hombre intentaría disculparlos: fueron al Templo, como Tú les indicaste… Deben hablar antes con su sacerdote, yo es que no soy de Jerusalén, yo hablo con otros sacerdotes distintos…
Pero Jesús continúa su regaño paternal: ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero? Y le dijo: —Levántate y vete; tu fe te ha salvado. El Papa explica que" aquí, como en otras circunstancias, Jesús pronuncia la expresión:  "Tu fe te ha salvado". Es la fe la que salva al hombre, restableciendo su relación profunda con Dios, consigo mismo y con los demás; y la fe se manifiesta en el agradecimiento. Quien sabe agradecer, como el samaritano curado, demuestra que no considera todo como algo debido, sino como un don que, incluso cuando llega a través de los hombres o de la naturaleza, proviene en definitiva de Dios. Así pues, la fe requiere que el hombre se abra a la gracia del Señor; que reconozca que todo es don, todo es gracia. ¡Qué tesoro se esconde en una pequeña palabra:  "gracias"!".

¡Qué bien termina esta escena! Señor, ¡cuántas lecciones nos has dado con estas palabras! Aquellos leprosos querían y alcanzaron la purificación externa, la curación, pero este samaritano alcanzó la salvación (sozein), la liberación plena, ya no solo de las lesiones cutáneas, sino del pecado. 

Esta es una de las facetas de Cristo en las que más insiste San Lucas: lo presenta como Salvador. En este pasaje, y en el de la pecadora, y en el de la hemorroísa y en el de Zaqueo. Ya lo decían los ángeles cuando anunciaban su nacimiento: “Hoy os ha nacido el Salvador, el Mesías, el Señor” (Lc 2,11). Así lo explica Benedicto XVI: " (esta escena) nos permite pensar en dos grados de curación:  uno, más superficial, concierne al cuerpo; el otro, más profundo, afecta a lo más íntimo de la persona, a lo que la Biblia llama el "corazón", y desde allí se irradia a toda la existencia. La curación completa y radical es la "salvación". Incluso el lenguaje común, distinguiendo entre "salud" y "salvación", nos ayuda a comprender que la salvación es mucho más que la salud; en efecto, es una vida nueva, plena, definitiva".
También a nosotros nos quiere justificar. Basta con que nos acerquemos a Él en el sacramento de la reconciliación, nos postremos a sus pies y le pidamos como los leprosos: —¡Jesús, Maestro, ten piedad de mí!  Muchas veces lo hemos hecho y hemos quedado limpios. Pero muchas veces más hemos vuelto a ensuciar esa imagen suya que el Señor ha impreso en nuestras almas.
Hoy es un buen día para agradecer al Señor tantos dones, en primer lugar, su perdón, todo lo que sufrió para alcanzarnos la salvación. Y formulamos el propósito de rechazar la lepra del pecado, de la sensualidad, del egoísmo, de la pereza, del amor propio. Y de acudir cuantas veces haga falta, con espíritu grato al Señor, para pedir su perdón en la Confesión sacramental.
De la Virgen podemos aprender a agradecer nuestra liberación del pecado, la Salvación que el Señor nos mereció con su muerte en la Cruz: “Proclama mi alma las grandezas del Señor, y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador: porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava;  por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones”.

martes, octubre 05, 2010

2 de octubre: la vocación de San Josemaría


 Celebramos hoy el aniversario de la Fundación del Opus Dei. Hace 82 años, un joven sacerdote estaba haciendo su retiro espiritual en una residencia sacerdotal de Madrid. Había llevado, entre los elementos para meditar, una serie de papeles que había ido escribiendo durante los últimos años, en los que apuntaba las luces que el Señor le iba dando en su oración y también sus respuestas: eran una exteriorización de su diálogo con Dios.
La historia de su llamada al sacerdocio se remonta varios años atrás: “Tenía yo catorce o quince años cuando comencé a barruntar el Amor, a darme cuenta de que el corazón me pedía algo grande y que fuese amor”, recordaría hacia el final de su vida. 
En otra ocasión predicaba: “El Señor me fue preparando a pesar mío, con cosas aparentemente inocentes, de las que se valía para meter en mi alma esa inquietud divina. Por eso he entendido muy bien aquel amor tan humano y tan divino de Teresa del Niño Jesús, que se conmueve cuando por las páginas de un libro asoma una estampa con la mano herida del Redentor. También a mí me han sucedido cosas de este estilo, que me removieron y me llevaron a la comunión diaria, a la purificación, a la confesión... y a la penitencia”.
Para aprender a ser buenos cristianos, es muy recomendable leer biografías de santos. Descubriremos que algunos son muy cercanos a nosotros. Por eso, los últimos Papas han procurado promover que haya muchas vidas ejemplares que nos sirvan como modelos. Uno de los momentos más entrañables en la vida de esos santos es el de su vocación.
Sobre la llamada de Josemaría Escrivá tenemos varios relatos, que nos ayudan a hacernos una idea clara y quizá nos sirvan para preguntarnos cuál es nuestra vocación, qué espera el Señor de nosotros y cómo será nuestra respuesta. La juventud es una época para plantearse grandes ideales: el corazón me pedía algo grande y que fuese amor.
Hace pocos días, el Papa decía a un grupo de jóvenes en Inglaterra: “Dios quiere vuestra amistad. Y cuando comenzáis a ser amigos de Dios, todo en la vida empieza a cambiar. A medida que lo vais conociendo mejor, percibís el deseo de reflejar algo de su infinita bondad en vuestra propia vida. Os atrae la práctica de las virtudes. Comenzáis a ver la avaricia y el egoísmo y tantos otros pecados como lo que realmente son, tendencias destructivas y peligrosas que causan profundo sufrimiento y un gran daño, y deseáis evitar caer en esas trampas. Empezáis a sentir compasión por la gente con dificultades y ansiáis hacer algo por ayudarles. Queréis prestar ayuda a los pobres y hambrientos, consolar a los tristes, deseáis ser amables y generosos. Cuando todo esto comience a sucederos, estáis en camino hacia la santidad”.
Probablemente a nosotros también el corazón nos pide algo grande y que sea amor. Por algo estamos compartiendo estos momentos… Llevamos un tiempo, más o menos largo, tratando de ser amigos de Dios y esta actitud ha cambiado –en mayor o menor medida- nuestra vida. Podemos decir que, a pesar de nuestras limitaciones, también esperamos estar en camino hacia la santidad. Aunque quizá todavía nos falta camino por recorrer hasta llegar a la comunión diaria, a la purificación, a la confesión... y a la penitencia.
Pero volvamos a meditar en la vocación de San Josemaría: su décimo sexto cumpleaños estuvo más invernal que nunca: con nieves y temperaturas de hasta 16o C bajo cero y varios muertos por hipotermia. Cuenta su biógrafo que “una mañana de esas vacaciones navideñas vio en la calle las huellas que habían dejado en la nieve unos pies descalzos. Se paró a examinar con curiosidad la blanca impronta marcada por la pisada desnuda de un fraile y, conmovido en la raíz del alma, se preguntó: Si otros hacen tantos sacrificios por Dios y por el prójimo, ¿no voy a ser yo capaz de ofrecerle algo?” De un hecho tan sencillo -aunque heroico-, el Señor se sirvió para hacerle ver que esperaba mucho de él, aún adolescente. Después de meditarlo y pedir consejo, decidió hacerse sacerdote.
Sin embargo, Dios le hacía ver que aquella decisión no concluía su llamada. Que ingresaba al Seminario para “algo más”. Y así llegamos al 2 de octubre de 1928, al retiro de aquel sacerdote con tres años de ordenado. Él mismo nos cuenta que, después de la Misa, “recibí la iluminación sobre toda la Obra, mientras leía aquellos papeles. Conmovido me arrodillé -estaba solo en mi cuarto, entre plática y plática- di gracias al Señor, y recuerdo con emoción el tocar de las campanas de la parroquia de N. Sra. de los Ángeles”.
El mismo biógrafo nos cuenta que “fueron unos instantes de indescriptible grandeza. Ante su vista, dentro del alma, aquel sacerdote en oración vio desplegado el panorama histórico de la redención humana, iluminado por el Amor de Dios. En ese momento, de manera indecible, captó el meollo divino de la excelsa vocación del cristiano, que, en medio de sus tareas terrenales, era llamado a la santificación de su persona y de su trabajo”.
Esta es la clave de nuestra celebración de hoy: hace 82 años, quiso el Señor recordar a esta sociedad postmoderna que estamos llamados a santificarnos y a santificar las realidades en que nos movemos. Con esas campanadas recordaba la predicación de Jesucristo: Tienes obligación de santificarte. –Tú también. –¿Quién piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos? A todos, sin excepción, dijo el Señor: "Sed perfectos, como mi Padre Celestial es perfecto" (Camino, n. 291).
Esa doctrina se había ido difuminando hasta llegar a pensar que, si alguien sentía que Dios le llamaba, su único destino posible era el convento. Los demás, los que nos quedábamos en la calle, teníamos una vocación de segunda categoría. “A la vuelta de tantos siglos, quiere el Señor servirse de nosotros para que todos los cristianos descubran, al fin, el valor santificador y santificante de la vida ordinaria —el trabajo profesional— y la eficacia del apostolado de la doctrina con el ejemplo, la amistad y la confidencia”. Hoy le damos gracias al Señor por este descubrimiento y le pedimos su ayuda para llevarlo a la práctica: a nuestro trabajo, a nuestra familia, a nuestra labor cotidiana.
En una Carta a sus hijos del Opus Dei, San Josemaría explica que la vida interior, el trato con Dios, no se realiza a pesar del trabajo sino en medio de él: «Donde quiera que estemos, en medio del rumor de la calle y de los afanes humanos —en la fábrica, en la universidad, en el campo, en la oficina o en el hogar—, nos encontramos en sencilla contemplación filial, en un constante diálogo con Dios. Porque todo —personas, cosas, tareas— nos ofrece la ocasión y el tema para una continua conversación con el Señor”.
El último aspecto que podemos considerar es que “con esa luz vio la esencia de la Obra, destinada a promover el designio divino de la llamada universal a la santidad. (…) Con inmenso pasmo, entendió, en el centro de su alma, que dicha iluminación no sólo era respuesta a sus peticiones, sino también la invitación a aceptar un encargo divino” (Vázquez de Prada A. El Fundador del Opus Dei). Fue una “iluminación”, pero también una misión. La respuesta fue generosísima: arrodillarse y comenzar a trabajar para cumplir la voluntad divina.
Pidamos al Señor que nosotros seamos igual de generosos. Que se cumplan en nuestra vida las palabras de Benedicto XVI: “Cuando os invito a ser santos, os pido que no os conforméis con ser de segunda fila. Os pido que no persigáis una meta limitada y que ignoréis las demás. (…) La verdadera felicidad se encuentra en Dios, (…) no en el dinero, la carrera, el éxito mundano o en nuestras relaciones personales. Sólo él puede satisfacer las necesidades más profundas de nuestro corazón”.
Podemos concluir con la oración para la devoción a San Josemaría: “Oh Dios (...) haz que yo sepa también convertir todos los momentos y circunstancias de mi vida en ocasión de amarte y de servir con alegría y con sencillez a la Iglesia, al Romano Pontífice y a las almas, iluminando los caminos de la tierra con la luminaria de la fe y del amor”.