domingo, septiembre 26, 2010

Lázaro y el epulón


En la parte final del capítulo 16, Lucas redondea las enseñanzas previas sobre las riquezas con la narración del rico epulón y del pobre Lázaro, único protagonista de una parábola con nombre propio, que significa “Dios ayuda”: Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino finísimo, y todos los días celebraba espléndidos banquetes. En cambio, un pobre llamado Lázaro yacía sentado a su puerta, cubierto de llagas, deseando saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Y hasta los perros venían a lamerle las llagas.
Algunos exégetas se fijan en que el rico no hace nada malo: simplemente vive bien, de acuerdo con sus circunstancias. Pero San Jerónimo le reprocha vivamente: “A aquel ricachón que vestía de púrpura y vivía a cuerpo de rey no se le acusa de ser un avaro, un ladrón o un adúltero, ni de haber hecho nada malo; lo único que se le reprocha es su soberbia. ¡Oh, tú, el más desdichado de los hombres! ¿Estás viendo yacer ante tu puerta una parte de tu cuerpo y no sientes conmiseración alguna?”
Por su parte, San Cirilo Alejandrino contrasta su actitud con la de los perros: “el hombre rico era más cruel que los perros, porque no sintió simpatía ni compasión por él, sino que fue totalmente inmisericorde”. En la última encíclica de Benedicto XVI (Spe Salvi, n. 44), dice que “Jesús presenta como advertencia la imagen de un alma arruinada por la arrogancia y la opulencia, que ha cavado ella misma un foso infranqueable entre sí y el pobre: el foso de su cerrazón en los placeres materiales, el foso del olvido del otro y de la incapacidad de amar, que se transforma ahora en una sed ardiente y ya irremediable”.
Como ya hemos hablado otros domingos de la actitud cristiana ante las riquezas, detengámonos un poco más hoy en el tema de la fraternidad cristiana, a la que se oponen la soberbia y la crueldad –como dicen Jerónimo y Cirilo-. Con más benevolencia, el Papa dice que la falta de solidaridad se debe a la cerrazón en los placeres materiales, en el olvido del otro, que incapacitan para amar.
Probablemente de ninguno de nosotros se puede decir que viste de púrpura y lino finísimo, y todos los días celebra espléndidos banquetes. Pero, sin darnos cuenta, sí que podemos cavar un “foso de cerrazón en los placeres materiales, el foso del olvido del otro y de la incapacidad de amar” y por eso acudimos en esta oración al Señor, pidiéndole que nos conceda un corazón capaz de ver las necesidades ajenas, apartado de la búsqueda desenfrenada de los placeres materiales que nos incapacita para amar verdaderamente.
El Catecismo de la Iglesia hace ver la actualidad de esta parábola: en el n. 2463 dice que “en la multitud de seres humanos sin pan, sin techo, sin patria, hay que reconocer a Lázaro, el mendigo hambriento de la parábola. En dicha multitud hay que oír a Jesús que dice: "Cuanto dejasteis de hacer con uno de estos, también conmigo dejasteis de hacerlo" (Mt 25,45). El Maestro pregunta por nosotros, por nuestra fe y por nuestra caridad, detrás de tantas personas necesitadas que hay en cualquier sociedad. Quien pueda ayudar directamente en labores solidarias, hace muy bien. Pero también es importante darnos cuenta de que todos tenemos en nuestras manos un tesoro para compartir, que es nuestro propio tiempo, especialmente el que dedicamos a la jornada laboral. Debemos ser conscientes de que el aprovechamiento de esas horas, el rendimiento, la intensidad, tienen un gran interés social.
En nuestro tiempo existen muchas formas de disminuir ese rendimiento: redes sociales, facilidad de estar conectados en tiempo real con todas las noticias del mundo, etc. Aunque estos medios en sí mismos no son malos, sí lo serían si nos desconcentran de nuestras responsabilidades o, peor aún, si nos llevan a incumplir con nuestras obligaciones. También así nos convertimos en ricos epulones.
Ser solidarios con el sufrimiento ajeno. ¡Cuánto bien nos hace la campaña de “comunicación cristiana de bienes”, en Cuaresma, cuando sacrificamos gustos, caprichos y también aficiones nobles, para dedicar el importe de ese sacrificio para el servicio de los más necesitados! Pero no podemos reducir la caridad cristiana a esos cuarenta días del año: todo momento es bueno para pensar en esa multitud de hermanos.
Desde el comienzo, la Iglesia se ha caracterizado por difundir tres aspectos centrales de su mensaje: el anuncio (kerigma), el culto (liturgia), la caridad (diaconía). Donde falte alguno de los tres, la evangelización cojea. Por eso, el origen – y la actualidad- de los hospitales y de las instituciones benéficas está en el apostolado cristiano.
 Pero no podemos escondernos detrás de las instituciones: tenemos que aportar nosotros personalmente. Desde luego, con nuestro aporte económico (por ejemplo, pagando puntualmente el diezmo), pero también “arrimando el hombro”: es importante ver a cuáles personas pobres podemos ayudar –muchas veces, más que el dinero, lo que esperan es una sonrisa, un rato de compañía, saber que son valoradas como personas e hijos de Dios- o si podemos colaborar en las iniciativas apostólicas de la parroquia –por ejemplo, la atención a los pobres, a los ancianos, a los enfermos- o en la catequesis a los niños que se preparan para recibir los sacramentos. Aunque también debemos preocuparnos por la formación cristiana de nuestros colegas, quizá fomentando con ellos círculos de estudio del Compendio del Catecismo o de textos útiles para la ilustración doctrinal.
El Catecismo también se refiere al tema que estamos contemplando cuando explica la oración del Señor, en concreto la que pide “danos hoy nuestro pan de cada día” (n.  2831) y dice que “la existencia de hombres que padecen hambre por falta de pan revela otra hondura de esta petición. El drama del hambre en el mundo, llama a los cristianos que oran en verdad a una responsabilidad efectiva hacia sus hermanos, tanto en sus conductas personales como en su solidaridad con la familia humana. Esta petición de la Oración del Señor no puede ser aislada de las parábolas del pobre Lázaro (cf Lc 16,19-31) y del juicio final (cf Mt 25,31-46)”.
Pero la caridad cristiana no se reduce a la atención de las personas pobres, a pesar de la importancia que le hemos dado en la primera parte de esta meditación. Como reza el adagio, “la caridad comienza por casa”, pues puede darse el caso de auténticos altruistas que son insoportables de puertas para adentro, en el hogar o en el trabajo. Pidamos al Señor que nos ayude a ver cómo mejorar también en este aspecto durante esta semana: como hay personas que nos pueden ser más difíciles de tratar, habrá que hacer un pequeño propósito para acercarnos, para comprenderlas, para evitar lo que desune.
Es posible que, gracias a Dios, no tengamos grandes dificultades; pero siempre podemos afinar. También es caridad el esfuerzo por ser más sencillos, por no llamar la atención, por rechazar “la pedantería, la jactancia, el aire de suficiencia… hábitos que dificultan el trato con Dios y con los demás”. “Será conveniente recordar con frecuencia la necesidad de olvidarse de sí mismo, mortificando la imaginación, no haciendo caso de fantasías ni de preocupaciones irreales o futuras, que probablemente nunca tendrán lugar, ni agrandando pequeñeces que el amor propio tiende a aumentar de modo desproporcionado, evitando los enfados que surgen de susceptibilidades o de sospechas infundadas o temerarias” (Fernández F. Para llegar a puerto, p. 152-153).
Como siempre, acudamos a la Santísima Virgen, esta vez con palabras de Benedicto XVI: “la Virgen María nos ayude a aprovechar el tiempo presente para escuchar y poner en práctica esta palabra de Dios. Nos obtenga que estemos más atentos a los hermanos necesitados, para compartir con ellos lo mucho o lo poco que tenemos, y contribuir, comenzando por nosotros mismos, a difundir la lógica y el estilo de la auténtica solidaridad”.

sábado, septiembre 18, 2010

El administrador infiel. La responsabilidad civil del cristiano


Una vez concluida la primera parte del Evangelio de Lucas, en la que se exponen sus enseñanzas en Galilea, el médico evangelista nos cuenta una serie de parábolas y enseñanzas sobre diversos temas, camino de Jerusalén. Comienza con un discurso acerca de las riquezas, la “parábola del administrador infiel”: —Había un hombre rico que tenía un administrador, al que acusaron ante el amo de malversar la hacienda. Le llamó y le dijo: «¿Qué es esto que oigo de ti? Dame cuentas de tu administración, porque ya no podrás seguir administrando».
Nos habla del juicio, de que en algún momento tendremos que dar cuenta de nuestra administración. Al morir, desde luego, tendremos ese diálogo de amor con nuestro Dios en que se valorará qué tanto lo hemos amado y se nos premiará misericordiosamente por nuestros pobres esfuerzos para ser buenos hijos suyos. También, con toda justicia, se verá el modo de purificarnos de nuestras escorias en la caridad con Dios y con nuestros hermanos. Y es posible –Dios no lo quiere- que, si no hemos sido fieles y hemos decidido libremente alejarnos de Él, se nos envíe “a las tinieblas exteriores”, al infierno que consiste en el alejamiento definitivo de nuestro Señor. Por eso, cada día procuramos examinar nuestra conciencia para ir afinando en la manera como administramos los talentos recibidos.
Y dijo para sí el administrador: «¿Qué voy a hacer, ya que mi señor me quita la administración? Cavar no puedo; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que haré para que me reciban en sus casas cuando me despidan de la administración». Y, convocando uno a uno a los deudores de su amo, le dijo al primero: «¿Cuánto debes a mi señor?» Él respondió: «Cien medidas de aceite». Y le dijo: «Toma tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta». Después le dijo a otro: «¿Y tú cuánto debes?» Él respondió: «Cien cargas de trigo». Y le dijo: «Toma tu recibo y escribe ochenta». Se trata de un engaño, un fraude fiscal… Desde luego, hay que entender que el Señor no lo propone como una conducta ejemplar, da por descontado el rechazo de esa actitud. Pero nos hace ver a lo que puede llegar una persona para sacar adelante su proyecto personal: «¡Qué afán ponen los hombres en sus asuntos terrenos!: ilusiones de honores, ambición de riquezas, preocupaciones de sensualidad. –Ellos y ellas, ricos y pobres, viejos y hombres maduros y jóvenes y aún niños: todos igual. –Cuando tú y yo pongamos el mismo afán en los asuntos de nuestra alma tendremos una fe viva y operativa: y no habrá obstáculo que no venzamos en nuestras empresas de apostolado» (S. Josemaría, Camino, n. 317).
El amo alabó al administrador infiel por haber actuado sagazmente. No alaba su infidelidad, sino la sagacidad, la prudencia –una de las cuatro virtudes cardinales, junto con la justicia, la fortaleza y la templanza-. Porque los hijos de este mundo son más sagaces en lo suyo que los hijos de la luz. Los cristianos, en cuanto somos iluminados por la palabra de Verdad de Jesucristo, podemos llamarnos “hijos de la luz”. Pero a veces puede suceder que escondamos esa luminaria. Por vergüenza, por respetos  humanos, para no incomodar… o por falta de fe, por complejo de inferioridad, negamos a tantas personas la luz que buscan y que agradecerían si fuéramos más audaces para anunciar el mensaje divino de paz, de amor, de dignidad. Comenta San Josemaría: “Ya lo dijo el Maestro: ¡ojalá los hijos de la luz pongamos, en hacer el bien, por lo menos el mismo empeño y la obstinación con que se dedican, a sus acciones, los hijos de las tinieblas! -No te quejes: ¡trabaja, en cambio, para ahogar el mal en abundancia de bien!” (Forja, n. 848).
 Y yo os digo: haceos amigos con las riquezas injustas, para que, cuando falten, os reciban en las moradas eternas. En su viaje a Inglaterra, Benedicto XVI recordó el ejemplo de un buen hijo de la luz que se hizo amigos con el mundo político de su época: “quisiera recordar la figura de Santo Tomás Moro, el gran erudito inglés y hombre de Estado, quien es admirado por creyentes y no creyentes por la integridad con la que fue fiel a su conciencia, incluso a costa de contrariar al soberano de quien era un “buen servidor”, pues eligió servir primero a Dios”. Y explicó que esa figura sigue iluminando el debate actual: “si los principios éticos que sostienen el proceso democrático no se rigen por nada más sólido que el mero consenso social, entonces este proceso se presenta evidentemente frágil”. Poniendo el ejemplo de la reciente crisis financiera, el Papa hizo ver que el punto central de esta cuestión es: “¿dónde se encuentra la fundamentación ética de las deliberaciones políticas?”
Y, como buen hijo de la luz, resumió los principios que deben guiar el diálogo contemporáneo: “las normas objetivas para una acción justa de gobierno son accesibles a la razón, prescindiendo del contenido de la revelación. En este sentido, el papel de la religión en el debate político no es tanto proporcionar dichas normas, como si no pudieran conocerlas los no creyentes. Menos aún proponer soluciones políticas concretas, algo que está totalmente fuera de la competencia de la religión. Su papel consiste más bien en ayudar a purificar e iluminar la aplicación de la razón al descubrimiento de principios morales objetivos”. Los hijos de la luz deben iluminar la razón, “corregirla” de sus errores.
El Papa habló con claridad, con cariño y con fuerza, como debemos hacer nosotros en los ambientes en que nos movemos –después de estudiar a fondo los temas-: “el mundo de la razón y el mundo de la fe —el mundo de la racionalidad secular y el mundo de las creencias religiosas— necesitan uno de otro y no deberían tener miedo de entablar un diálogo profundo y continuo, por el bien de nuestra civilización. En otras palabras, la religión no es un problema que los legisladores deban solucionar, sino una contribución vital al debate nacional”. En nuestra oración personal, debemos sacar propósitos que nos ayuden a aportar en el campo del conocimiento en que nos movamos esa síntesis entre racionalidad y religión, para comunicarla al mundo contemporáneo, en diálogo fecundo en el que también aprenderemos mucho: “se trata de un proceso de doble sentido”, como dice el Papa.
2. Quien es fiel en lo poco también es fiel en lo mucho; y quien es injusto en lo poco también es injusto en lo mucho. Por tanto, si no fuisteis fieles en la riqueza injusta, ¿quién os confiará la verdadera? Y si en lo ajeno no fuisteis fieles, ¿quién os dará lo vuestro?  A San Josemaría le gustaba mucho meditar esta frase del Señor. Por ejemplo, en Camino (n. 243) escribió: “Quien es fiel en lo poco también lo es en lo mucho. - Son palabras de San Lucas que te señalan - haz examen - la raíz de tus descaminos”. Antes, en 1935, había escrito: “La inexperiencia unida a esas ambiciones de cosas grandes, lleva a la gente joven al mal camino de despreciar las cosas pequeñas: lo vulgar, lo de cada día, el detalle, el silencio..., el orden. Es preciso salir al paso de este error gravísimo, haciéndoles considerar aquella tan conocida frase del Eclesiástico (Si 19, 1): “el que desprecia las cosas pequeñas poco a poco cae en las grandes”. Y aquel versículo de San Lucas: “quien es fiel en lo poco, también lo es en lo mucho: y quien es injusto en lo poco, también lo es en lo mucho (Lc 16, 10)”
Aprovechemos este momento para hacer examen, para ver si este aforismo divino también nos señala cuál es la raíz de nuestros descaminos. Quizá esperamos el gran momento de hacer una gesta extraordinaria y, mientras tanto, descuidamos las cosas pequeñas: lo vulgar, lo de cada día, el detalle, el silencio..., el orden: “Puesto que hemos de comportarnos siempre como enviados de Dios, debemos tener muy presente que no le servimos con lealtad cuando abandonamos nuestra tarea; cuando no compartimos con los demás el empeño y la abnegación en el cumplimiento de los compromisos profesionales; cuando nos puedan señalar como vagos, informales, frívolos, desordenados, perezosos, inútiles... Porque quien descuida esas obligaciones, en apariencia menos importantes, difícilmente vencerá en las otras de la vida interior, que ciertamente son más costosas” (Amigos de Dios, n. 61).
3. Concluye el Señor sus enseñanzas: Ningún criado puede servir a dos señores, porque o tendrá aversión a uno y amor al otro, o prestará su adhesión al primero y menospreciará al segundo: no podéis servir a Dios y a las riquezas. El Catecismo de la Iglesia (n. 1723) cita al respecto al nuevo Beato John Henry Newman: «El dinero es el ídolo de nuestro tiempo. A él rinde homenaje "instintivo" la multitud, la masa de los hombres. Miden la felicidad según la fortuna, y, según la riqueza también, miden la honorabilidad de la persona. (...) La riqueza es uno de los ídolos de nuestros días, y la notoriedad el segundo… La fama, el hecho de ser reconocido y de llamar la atención en el mundo (lo que podría llamarse una fama de periódico) se consideran como un gran bien en sí mismos, un bien soberano y un motivo de veneración” (Disc. sobre la fe. 5).
Acudamos a la Santísima Virgen, para que nos ayude a imitar su ejemplo de desprendimiento, para que aprendamos de Ella a ser fieles en lo poco, para que nos alcance la gracia de iluminar el ambiente en que nos movemos con la luz del Evangelio, con la prudencia y sagacidad de los hijos de la luz.

viernes, septiembre 10, 2010

misericordia y conversión


Se le acercaban todos los publicanos y pecadores para oírle. Pero los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:  —Éste recibe a los pecadores y come con ellos.
Lucas nos presenta de nuevo un panorama conflictivo. Los fariseos y los escribas critican a Jesús por su actitud abierta a los pecadores –recordemos que Mateo, publicano de profesión, era discípulo suyo- y porque llegaba al extremo de compartir la mesa con ellos. Este es el contexto en que leemos las tres parábolas sobre la misericordia de Dios que, según Benedicto XVI, “no quiere que se pierda ni siquiera uno de sus hijos y su corazón rebosa de alegría cuando un pecador se convierte”.
Entonces les propuso esta parábola: —¿Quién de vosotros, si tiene cien ovejas y pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y sale en busca de la que se perdió hasta encontrarla?
Jesús recurre al símil del pastor, muy conocido desde el Antiguo Testamento, y que en otras ocasiones se aplicará a sí mismo. Se trata de una actitud imprudente: ningún pastor sensato deja 99 ovejas a su destino para rescatar una que se embolató. Recuerdo que alguna vez dialogué con un pastor de éstos, pues en mi tierra no existe esta profesión. Y al preguntarle –buscando remembranzas evangélicas en la conversación- qué criterio tenía él cuando se extraviaba una oveja, respondió sin parpadear: ¡si se perdió, que se fastidie!
La lógica de Jesús es diferente. Para él, cada alma cuenta, cada hijo suyo le ha valido su sangre. El Señor no sabe de estadísticas, ni de riesgos, ni de mayorías. Tú y yo somos únicos y por nosotros no solo ha dejado su rebaño y su dehesa, sino que ha dado la misma vida. En este sentido, San Ambrosio tiene una idea muy sugerente: “los hombros de Cristo son los brazos de la Cruz”. Y aunque este cargar con la oveja le cuesta trabajo al Señor –hasta morir en el madero-, está contento de hacerlo. La única recompensa que busca, al ofrecer su sacrificio, es decir al Padre y al Espíritu Santo: «Alegraos conmigo, porque he encontrado la oveja que se me perdió».
Recordaba en estos días la figura de un sacerdote amigo, que ya está en el Cielo –se nos fue muy rápido, pues a los 50 años tuvo un cáncer cerebral que se lo llevó en poco tiempo-. Todos los que lo conocieron recuerdan su amor al sacramento de la penitencia. Y muchos escribieron después de su muerte -en columnas de prensa- que, después de una buena confesión, les decía con una sonrisa: “en este momento hay una gran alegría en el cielo”. Desde luego se refería, precisamente, al epílogo de esta primera parábola: “Os digo que, del mismo modo, habrá en el cielo mayor alegría por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversión”.
El Señor no tiene problema en que lo critiquen, en que lo persigan, en que lo maten, para lograr que nosotros dispongamos del medio para convertirnos y “ejecutar” esa conversión. Quiere que nosotros estemos seguros de que, efectivamente, hemos sido perdonados. Y para eso instituyó el sacramento de la penitencia: ¡Mira qué entrañas de misericordia tiene la justicia de Dios! -comenta, con mentalidad jurídica, San Josemaría- Porque en los juicios humanos, se castiga al que confiesa su culpa: y, en el divino, se perdona. ¡Bendito sea el santo Sacramento de la Penitencia! (Camino, n. 309).
¡Cuánto se critica a veces esta maravilla divina! La verdad es que, detrás de esos comentarios, además del empeño diabólico por evitar la reconciliación de los hijos con su Padre, se esconde el miedo de abrir el alma. El diablo, que quita la vergüenza para pecar, la devuelve a la hora de la sinceridad, enseñan los predicadores experimentados. Se trata de un sentimiento muy normal: detrás está el pudor y hasta el instinto de conservación. Pero también es verdad que todos tenemos experiencia de la tranquilidad que da el ser sinceros, contar la verdad, exponer las propias dudas o inquietudes a un tercero. Y si se trata de un padre, de un amigo, de un ministro de Dios, con el poder para deshacer el entuerto, de tornarlo a la limpieza inicial, ¡con cuánta mayor razón hemos de acudir frecuentemente al sacramento de la misericordia!, también si la conciencia no nos acusa de pecados graves.
Decía Juan Pablo II: “los confesionarios esparcidos por el mundo, en los cuales los hombres manifiestan los propios pecados, no hablan de la severidad de Dios, sino más bien de su bondad misericordiosa. Y cuantos se acercan al confesionario, a veces después de muchos años y con el peso de pecados graves, en el momento de alejarse de él, encuentran el alivio deseado; encuentran la alegría y la serenidad de la conciencia, que fuera de la confesión no podrán encontrar en otra parte. Efectivamente, nadie tiene el poder de librarnos de nuestros pecados, sino solo Dios. Y el hombre que consigue esta remisión, recibe la gracia de una vida nueva del espíritu, que solo Dios puede concederle en su infinita bondad” (Homilía, 16 - III - 1980).
2. La segunda parábola es la de la dracma perdida: “¿O qué mujer, si tiene diez dracmas y pierde una, no enciende una luz y barre la casa y busca cuidadosamente hasta encontrarla?  Y cuando la encuentra, reúne a las amigas y vecinas y les dice: «Alegraos conmigo, porque he encontrado la dracma que se me perdió».
Nos llama el Señor a la conversión. Recientemente, cuando estaba en su apogeo la persecución contra el Papa, él mismo decía a un grupo de teólogos, citando Hechos 5, 31 (“Cristo, el Salvador, ha dado a Israel la conversión y el perdón de los pecados”): “En el texto griego el término es "metanoia", le ha dado la penitencia y el perdón de los pecados. Para mí, ésta es una observación muy importante: la penitencia es una gracia. (…) Es una gracia que nosotros reconozcamos nuestro pecado, es una gracia que sepamos que tenemos necesidad de renovación, de cambio, de una transformación de nuestro ser”.
Lo proponía como un camino para la Iglesia de hoy: renovarnos, convertirnos, hacer penitencia, cambiar. “Así, os digo, hay alegría entre los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente”. Inmediatamente viene a la mente aquella petición de Pablo: “¡dejaos reconciliar con Dios!” Como si las dos anteriores parábolas fueran poco, el Señor concluye esta enseñanza con el antológico relato del hijo pródigo (15,11-32). No alcanzaremos a meditarlo detenidamente, pero podemos pensar en el resumen que hacía el Papa actual: “En esta página evangélica nos parece escuchar la voz de Jesús, que nos revela el rostro del Padre suyo y Padre nuestro. En el fondo, vino al mundo para hablarnos del Padre, para dárnoslo a conocer a nosotros, hijos perdidos, y para suscitar en nuestro corazón la alegría de pertenecerle, la esperanza de ser perdonados y de recuperar nuestra plena dignidad, y el deseo de habitar para siempre en su casa, que es también nuestra casa”.
En ese mismo comentario, Benedicto XVI concluía que “en nuestro tiempo, la humanidad necesita que se proclame y testimonie con vigor la misericordia de Dios”. Y recordaba a su predecesor, que fue un gran apóstol de la Misericordia divina (murió el día en que se celebra esa fiesta). “Después de los trágicos acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, que oscurecieron el alba del tercer milenio, invitó a los cristianos y a los hombres de buena voluntad a creer que la misericordia de Dios es más fuerte que cualquier mal, y que sólo en la cruz de Cristo se encuentra la salvación del mundo. La Virgen María, Madre de la Misericordia, a quien contemplamos como Virgen de los Dolores al pie de la cruz, nos obtenga el don de confiar siempre en el amor de Dios y nos ayude a ser misericordiosos como nuestro Padre que está en los cielos”.

viernes, septiembre 03, 2010

Vocación. Exigencias a los discípulos


Después de la escena del banquete en la que el Señor exhorta a ocupar los últimos lugares, San Lucas (Lc 14,25-33) nos presenta de nuevo a Jesús rodeado de una multitud: “Iba con él mucha gente, y se volvió hacia ellos y les dijo: —Si alguno viene a mí y no odia a su padre y a su madre y a su mujer y a sus hijos y a sus hermanos y a sus hermanas, hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo”.
Suena muy dura esta exigencia del Señor, que es el mismo que nos manda el cuarto mandamiento. Se trata de una característica de la lengua semítica, que contrapone amor y odio, pero no como los entendemos nosotros: amar y odiar significan preferir y, sobre todo, elegir. En Malaquías (1,2-3) se lee que el Señor “amó a Jacob y odió a Esaú”. En el caso de la predicación de Jesús, explica Gnilka, la dura palabra (“aborrecer” u “odiar”) no significa desligarse de sus padres, sino subordinarlos, posponerlos. En caso de que hubiera conflicto, y solo en ese caso, el que ha sido llamado tiene que preferir el seguimiento de Jesús. Ese seguimiento es lo más importante.
A pesar de esa explicación suavizante, no deja de ser radical la exigencia de Jesús: “hasta su propia vida”. Jesucristo no es un rabí más, con sus seguidores que se apuntaban a sus lecciones. El Señor se adelanta, escoge él mismo a sus discípulos, les da una vocación que implica un compromiso total. Varo (Romana, XII-1999) resalta el hecho que “ningún hombre de la antigüedad clásica o judía se atrevió nunca a pedir a quien le siguiera lo que exigió el Señor. Jesús demanda a sus seguidores una amplísima renuncia que, en algunos casos, detalla con minuciosidad: casa, hermanos, hermanas, padre, madre, esposa, hijos, campos”.
Por otra parte, el mismo Jesús nos dio ejemplo de entrega total a su misión, ya desde temprana edad: podemos recordar su pérdida en el templo a los doce años, cuando respondió a María y a José: “—¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre?” Más tarde, hacia los treinta años, dejará la aldea nazarena, llena de recuerdos de infancia, y se trasladará a Cafarnaúm, donde podrá desempeñar su apostolado con mayor eficacia.
Renunciar a todo. Hasta a la propia vida. En eso consiste la vocación cristiana. Tertuliano señala que, de hecho, “los Apóstoles lo dejaron todo: Santiago y Juan abandonaron al padre y la barca, Mateo se levantó del telonio y por la fe no hubo tiempo de enterrar a un padre”. El Catecismo (n. 1618)  explica que “Cristo es el centro de toda vida cristiana. El vínculo con El ocupa el primer lugar entre todos los demás vínculos, familiares o sociales”.
Se nos puede venir a la cabeza que, en nuestro tiempo, ya no hace falta tomar esas decisiones radicales. Que se trata de la época de los comienzos, de las persecuciones que llevaban hasta el martirio. Pero no es eso lo que enseñan los Padres de la Iglesia. Simeón, “el nuevo teólogo”, decía en los siglos X-XI: “Ahora que no hay persecuciones, la cruz y la muerte son la mortificación total de la propia voluntad. Y Cirilo alejandrino enseñaba: “los enemigos son la mente carnal, la ley que ruge en nuestros miembros, pasiones de todo tipo, la lujuria del placer, de la carne, por las riquezas y otros”. Por último, Basilio concluía que “quien quiera seguir verdaderamente a Dios debe romper las ataduras de las pasiones de la vida: esto se lleva a cabo mediante la completa separación y olvido de las antiguas costumbres”.
Mortificación, sacrificio, conversión. Podemos hacer examen para mirar qué tanto hemos dejado por Jesús y qué estamos dispuestos a renunciar por amor a Él. En su reciente mensaje para preparar la Jornada Mundial de la Juventud, el Papa cuenta su propia experiencia: “Al recordar mi juventud, sé que, (...) sencillamente, no queríamos perdernos en la mediocridad de la vida aburguesada. Queríamos lo que era grande, nuevo. Queríamos encontrar la vida misma en su inmensidad y belleza. Ciertamente, eso dependía también de nuestra situación. Durante la dictadura nacionalsocialista y en la guerra, estuvimos, por así decir, “encerrados” por el poder dominante. Por ello, queríamos salir al aire libre para entrar en la amplitud de las posibilidades del ser hombre. Pero creo que, en cierto sentido, este impulso de ir más allá de lo habitual está en cada generación. Desear algo más que la cotidianidad regular de un empleo seguro y sentir el anhelo de lo que es realmente grande forma parte del ser joven. ¿Se trata sólo de un sueño vacío que se desvanece cuando uno se hace adulto? No, el hombre en verdad está creado para lo que es grande, para el infinito. Cualquier otra cosa es insuficiente. San Agustín tenía razón: nuestro corazón está inquieto, hasta que no descansa en Ti. El deseo de la vida más grande es un signo de que Él nos ha creado, de que llevamos su “huella”. Dios es vida, y cada criatura tiende a la vida; en un modo único y especial, la persona humana, hecha a imagen de Dios, aspira al amor, a la alegría y a la paz.”
2. Y el que no carga con su cruz y viene detrás de mí, no puede ser mi discípulo. Es una de las exigencias más reiterativas del Evangelio. Si Cristo cargó con la cruz para ofrecer el verdadero sacrificio como nuevo Sumo Sacerdote, quiere asociarnos a su entrega, a su relación con el Padre en servicio de todas las almas. Y eso solo se logra uniéndonos a su muerte, cargando con nuestra cruz.
¡Qué difícil es predicar hoy día de estas exigencias! Me viene a la mente unas palabras de Mons. Echeverría (Eucaristía y vida cristiana): “¡Qué excelentes personas seríamos todos, si obrar como Cristo no costara sacrificio, si no implicara renunciar a uno mismo, a los propios proyectos, a muchas ilusiones grandes o pequeñas, a tantas ambiciones y consuelos! ¡Con qué prontitud nos dedicaríamos a presentar las buenas nuevas de Dios a los otros, si de este modo no se nos complicara la existencia y no tocáramos la amargura del desamor ajeno, ni la dureza del sufrimiento propio! ¡Cuánto recordaríamos a Dios en nuestra oración las necesidades de los demás, si tal postura no requiriera olvidarnos un poco o un mucho de las nuestras!”.
Sin embargo, Jesús nos manifiesta su amor precisamente asociándonos a su sacrificio en la Cruz, como celebraremos a mediados de este mes. Gnilka interpreta que esta enseñanza del Señor, “aunque supone la prontitud para el martirio, no debe limitarse a él. Incluye también la hostilidad, el menosprecio, la estrechez, el sufrimiento que vienen sobre los discípulos cuando están siguiendo a Jesús”.
En su mensaje de esta semana, el Papa nos dice: “Queridos amigos, la cruz a menudo nos da miedo, porque parece ser la negación de la vida. En realidad, es lo contrario. Es el “sí” de Dios al hombre, la expresión máxima de su amor y la fuente de donde mana la vida eterna. De hecho, del corazón de Jesús abierto en la cruz ha brotado la vida divina, siempre disponible para quien acepta mirar al Crucificado. Por eso, quiero invitaros a acoger la cruz de Jesús, signo del amor de Dios, como fuente de vida nueva. Sin Cristo, muerto y resucitado, no hay salvación. Sólo Él puede liberar al mundo del mal y hacer crecer el Reino de la justicia, la paz y el amor, al que todos aspiramos”.
En esa misma línea, San Josemaría (Es Cristo que pasa, n. 97) concretaba: “Aceptemos sin miedo la voluntad de Dios, formulemos sin vacilaciones el propósito de edificar toda nuestra vida de acuerdo con lo que nos enseña y exige nuestra fe. Estemos seguros de que encontraremos lucha, sufrimiento y dolor, pero, si poseemos de verdad la fe, no nos consideraremos nunca desgraciados: también con penas e incluso con calumnias, seremos felices con una felicidad que nos impulsará a amar a los demás, para hacerles participar de nuestra alegría sobrenatural”.
3. El Señor ilustra su enseñanza con dos parábolas: “Porque, ¿quién de vosotros, al querer edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos a ver si tiene para acabarla? No sea que, después de poner los cimientos y no poder acabar, todos los que lo vean empiecen a burlarse de él, y digan: «Este hombre comenzó a edificar y no pudo terminar». ¿O qué rey, que sale a luchar contra otro rey, no se sienta antes a deliberar si puede enfrentarse con diez mil hombres al que viene contra él con veinte mil? Y si no, cuando todavía está lejos, envía una embajada para pedir condiciones de paz”.
Edificar, planear una guerra. Hacer presupuestos. Prever. Así es la vida interior: exige la decisión de dejar todo para seguir a Jesús: “Así pues, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes no puede ser mi discípulo”. El máximo bien que tenemos en la juventud, enseñaba Juan Pablo II, es nuestro propio futuro: toda una vida por delante. ¡Cuánto se puede hacer con ella! Un modo muy concreto de tomar la cruz, es renunciar a los bienes materiales, menospreciar las cosas de aquí abajo. Pero, sobre todo, despreciar la propia vida, tomar la cruz del Señor cada día.
Así lo explica Benedicto XVI, con más recuerdos personales: “Existe un momento en la juventud en que cada uno se pregunta: ¿qué sentido tiene mi vida, qué finalidad, qué rumbo debo darle? Es una fase fundamental que puede turbar el ánimo, a veces durante mucho tiempo. Se piensa cuál será nuestro trabajo, las relaciones sociales que hay que establecer, qué afectos hay que desarrollar… En este contexto, vuelvo a pensar en mi juventud. En cierto modo, muy pronto tomé conciencia de que el Señor me quería sacerdote. Pero más adelante, después de la guerra, cuando en el seminario y en la universidad me dirigía hacia esa meta, tuve que reconquistar esa certeza. Tuve que preguntarme: ¿es éste de verdad mi camino? ¿Es de verdad la voluntad del Señor para mí? ¿Seré capaz de permanecerle fiel y estar totalmente a disposición de Él, a su servicio? Una decisión así también causa sufrimiento. No puede ser de otro modo. Pero después tuve la certeza: ¡así está bien! Sí, el Señor me quiere, por ello me dará también la fuerza. Escuchándole, estando con Él, llego a ser yo mismo. No cuenta la realización de mis propios deseos, sino su voluntad. Así, la vida se vuelve auténtica”.
Terminemos con las últimas palabras del mensaje papal: “Que la Virgen María acompañe este camino de preparación. Ella, al anuncio del Ángel, acogió con fe la Palabra de Dios; con fe consintió que la obra de Dios se cumpliera en ella. Pronunciando su “fiat”, su “sí”, recibió el don de una caridad inmensa, que la impulsó a entregarse enteramente a Dios. Que Ella interceda por todos vosotros, para que en la próxima Jornada Mundial podáis crecer en la fe y en el amor”. Y para que nos decidamos a dejar por su Hijo –como hizo Ella, como hizo el Papa- familia, posesiones, planes de futuro, hasta la propia vida.