viernes, agosto 27, 2010

Humildad. Los primeros puestos.


1. Una vez más, San Lucas presenta al Señor invitado a un banquete. Muestra, de esta forma, la actitud amistosa de Jesús, que vino para acompañarnos, para estar cerca de nosotros, hasta quedarse a nuestra disposición –hecho pan en la Eucaristía-: Un sábado, entró él a comer en casa de uno de los principales fariseos y ellos le estaban observando.  Les proponía a los invitados una parábola, al notar cómo iban eligiendo los primeros puestos.


Un fariseo importante le invita, para observarlo. No es una invitación fraternal, sino una trampa o un laboratorio. Pero Jesús pasa a la ofensiva, al ver la falta de educación de los invitados, que se sentaban en los lugares privilegiados. Se trata de una actitud bastante común: incluso hay quien se sienta un poco atrás, pero como estrategia, para que lo asciendan. Es la tendencia humana al reconocimiento, a ser tenido en cuenta, a llamar la atención.


Se trata, prácticamente, del primer pecado del hombre: la soberbia. El Diccionario la define como “altivez y apetito desordenado de ser preferido a otros. Satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás”. Apetito desordenado: hay un sano cuidado de uno mismo, pero si se desordena, convierte a la persona en un ser que busca patológicamente la preferencia sobre los demás. Ocupar los lugares principales, como vemos en el Evangelio de hoy, es una manifestación entre muchas…


El soberbio se cree mejor que los demás. Y se entristece cuando la realidad le muestra que, en algún punto, siempre hay otra persona que puede superarlo. Busca su propia excelencia, pero sobre todo el reconocimiento social. Se cree el mejor de todos, en todo: en la apariencia física, en las virtudes, en las capacidades deportivas, en la astucia… Por eso, termina engañado: nadie es mejor que las demás personas en todos los aspectos. También le gusta acompañarse de un séquito de admiradores que le hagan ver su prestancia. Generalmente tiene que pagarles ese homenaje con regalos, comidas o bebidas, que forman parte del derroche necesario para mantener la imagen pública.


Hasta el momento hemos hablado de un personaje abstracto y todos nos hemos imaginado algún conocido. Pero todos somos soberbios. Quién más, quién menos, tendemos a ser altivos, orgullosos, arrogantes. A creernos mejores que los demás, por lo menos en algún aspecto. Esperamos que nos reconozcan nuestros méritos, nuestras capacidades, nuestros logros. Aspiramos a ser queridos, admirados, alabados. Y nos molesta que no sea así. Nos hacen sufrir las “injusticias” que cometen contra nosotros, sobre todo que no reconozcan nuestra valía.


Como los invitados al banquete del fariseo, creemos que nos merecemos los primeros puestos. Por eso, el Señor les propone la parábola: Cuando alguien te invite a una boda, no vayas a sentarte en el primer puesto, no sea que otro más distinguido que tú haya sido invitado por él y, al llegar el que os invitó a ti y al otro, te diga: «Cédele el sitio a éste», y entonces empieces a buscar, lleno de vergüenza, el último lugar. Al contrario, cuando te inviten, ve a ocupar el último lugar, para que cuando llegue el que te invitó te diga: «Amigo, sube más arriba». Entonces quedarás muy honrado ante todos los comensales.


No se trata de una enseñanza de etiqueta, ni mucho menos de un ardid estratégico. Jesucristo nos enseña el valor de una virtud que Él encarnó perfectamente: la humildad. Para no recurrir a fuentes de alta espiritualidad, definámosla también con el Diccionario: “Virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento”. Si la soberbia era una altivez desordenada, la humildad se define con la palabra conocimiento, que a su vez refiere a la verdad.


Con lo cual llegamos a la descripción de Santa Teresa: Una vez estaba yo considerando por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad, y púsoseme delante ­a mi parecer sin considerarlo, sino de presto­ esto: que es porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad (Las Moradas, 10, 7).


La humildad es conocer la verdad de lo que somos: hijos de Adán y Eva, inclinados al pecado. Pero también, al mismo tiempo, templos del Espíritu Santo, hijos de Dios y hermanos de Jesucristo. La humildad toca el justo medio de toda virtud: se opone tanto el engreimiento de la soberbia como a la humillación de la tristeza.


Conocer las propias limitaciones y debilidades, dice el diccionario. Saber que llevamos con nosotros el “hombre viejo” del que habla San Pablo. Reconocernos poca cosa delante de Dios. Saber que, además de la naturaleza caída, llevamos con nosotros las cicatrices de tantas caídas, que nos impulsan a recaer. En Camino, San Josemaría habla mucho de la importancia de este conocimiento propio: “Cuanto más me exalten, Jesús mío, humíllame más en mi corazón, haciéndome saber lo que he sido y lo que seré, si tú me dejas” (n. 591), “Cuando te veas como eres, ha de parecerte natural que te desprecien” (n. 593), “Si te conocieras, te gozarías en el desprecio, y lloraría tu corazón ante la exaltación y la alabanza” (n. 594).


Andar en verdad. Saber lo que hemos sido, vernos como somos, conocernos… Es fácil decirlo, pero ¡cuánto cuesta! Precisamente porque el pecado original nos ha hecho soberbios, porque late en nuestra naturaleza la primera tentación: “¡seréis como dioses!”, tendemos a no ver nuestros errores o a disculparlos con toda facilidad. Y además nos molesta cuando nos hacen caer en la cuenta de que nos equivocamos. Por eso, concluye San Josemaría –igual que San Anselmo o  Santa Catalina de Siena- que “el propio conocimiento nos lleva como de la mano a la humildad” (Camino, n. 609).


Aprovechemos esta oración para pedirle al Señor que nos haga el don del conocimiento propio. Es uno de los mejores frutos de la oración: conocer a Jesús y conocernos a nosotros mismos, al compararnos con ese modelo de perfección. Hagamos examen y pensemos qué tanto nos conocemos, si sabemos dónde nos talla el zapato, cuál es nuestro talón de Aquiles y también cuáles son nuestros talentos, para hacerlos rendir como el Señor espera.


2. Para resaltar la importancia de la humildad en la vida interior, el Fundador del Opus Dei predicaba que, «lo mismo que se condimentan con sal los alimentos, para que no sean insípidos, en la vida nuestra hemos de poner siempre la humildad» (25-XII-1972). Y acudía a una comparación clásica: «no vayáis a hacer como esas gallinas que, apenas ponen un solo huevo, atronan cacareando por toda la casa. Hay que trabajar, hay que desempeñar la labor intelectual o manual, y siempre apostólica, con grandes intenciones y grandes deseos –que el Señor transforma en realidades– de servir a Dios y pasar inadvertidos» (Cf. Javier Echevarría, Discurso 18-I-2003).


Nos puede ayudar que consideremos en nuestra oración una plegaria clásica, atribuida al Cardenal del Val, con la que se pide al Señor esta virtud:


Jesús manso y humilde de Corazón, … – Óyeme.


Del deseo de ser lisonjeado, … – Líbrame Jesús
Del deseo de ser alabado, … – Líbrame Jesús
Del deseo de ser honrado, … – Líbrame Jesús
Del deseo de ser aplaudido, … – Líbrame Jesús
Del deseo de ser preferido, … – Líbrame Jesús
Del deseo de ser consultado, … – Líbrame Jesús
Del deseo de ser aceptado,… – Líbrame Jesús
Del temor a ser humillado, … – Líbrame Jesús
Del temor a ser despreciado, … – Líbrame Jesús
Del temor a ser reprendido, … – Líbrame Jesús
Del temor a ser calumniado, … – Líbrame Jesús
Del temor a ser olvidado, … – Líbrame Jesús
Del temor al ridículo, … – Líbrame Jesús
Del temor a ser injuriado, … – Líbrame Jesús
Del temor a ser juzgado con malicia … – Líbrame Jesús


Que otros sean más estimados que yo, … – Jesús dame la gracia de desearlo
Que otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse, … – Jesús dame la gracia de desearlo
Que otros sean alabados y de mí no se haga caso, … – Jesús dame la gracia de desearlo
Que otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil, … – Jesús dame la gracia de desearlo
Que otros sean preferidos a mí en todo, … – Jesús dame la gracia de desearlo
Que los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda, … – Jesús dame la gracia de desearlo


3. El Señor concluye este pasaje del Evangelio diciendo: Porque todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado. Y el Papa Benedicto XVI comenta que “esta perspectiva que nos indican las Escrituras choca fuertemente hoy con la cultura y la sensibilidad del hombre contemporáneo. Al humilde se le considera un perdedor, un derrotado, uno que no tiene nada que decir al mundo. Y, en cambio, este es el camino real, y no sólo porque la humildad es una gran virtud humana, sino, en primer lugar, porque constituye el modo de actuar de Dios mismo.


Queridos jóvenes, me parece que en estas palabras de Dios sobre la humildad se encierra un mensaje importante y muy actual para vosotros, que queréis seguir a Cristo y formar parte de su Iglesia. El mensaje es este: no sigáis el camino del orgullo, sino el de la humildad. Id contra corriente: no escuchéis las voces interesadas y persuasivas que hoy, desde muchas partes, proponen modelos de vida marcados por la arrogancia y la violencia, por la prepotencia y el éxito a toda costa, por el aparecer y el tener, en detrimento del ser.


Vosotros sois los destinatarios de numerosos mensajes, que os llegan sobre todo a través de los medios de comunicación social. Estad vigilantes. Sed críticos. No vayáis tras la ola producida por esa poderosa acción de persuasión. No tengáis miedo, queridos amigos, de preferir los caminos "alternativos" indicados por el amor verdadero: un estilo de vida sobrio y solidario; relaciones afectivas sinceras y puras; un empeño honrado en el estudio y en el trabajo; un interés profundo por el bien común.


No tengáis miedo de ser considerados diferentes y de ser criticados por lo que puede parecer perdedor o pasado de moda: vuestros coetáneos, y también los adultos, especialmente los que parecen más alejados de la mentalidad y de los valores del Evangelio, tienen profunda necesidad de ver a alguien que se atreva a vivir de acuerdo con la plenitud de humanidad manifestada por Jesucristo.


Así pues, queridos jóvenes, el camino de la humildad no es un camino de renuncia, sino de valentía. No es resultado de una derrota, sino de una victoria del amor sobre el egoísmo y de la gracia sobre el pecado. Siguiendo a Cristo e imitando a María, debemos tener la valentía de la humildad; debemos encomendarnos humildemente al Señor, porque sólo así podremos llegar a ser instrumentos dóciles en sus manos, y le permitiremos hacer en nosotros grandes cosas”.

viernes, agosto 20, 2010

La puerta angosta. Lucha ascética


 Y recorría ciudades y aldeas enseñando, mientras caminaba hacia Jerusalén.
San Lucas presenta de nuevo a Jesús, camino de su muerte, del cumplimiento de su vocación en la ciudad santa. Pero no se dedica a lamentarse por ese destino aciago, que humanamente le cuesta. Al contrario, aprovecha los recorridos para enseñar. Piensa en los demás. Se da a los demás cada día. Entrega su doctrina, se dona a sí mismo.
Y uno le dijo: —Señor, ¿son pocos los que se salvan?
Una pregunta formulada en todas las épocas, para la que ha habido cantidad de respuestas: rigoristas unas, laxas otras. Es el interrogante ecuménico por excelencia: ¿son pocos los que se salvan? Es una pregunta numérica: ¿cuántos se salvan? Lleva de la mano otra: ¿quiénes? Y, con más perspicacia podemos suponer que, de fondo, estaba la siguiente: ¿nosotros –nuestra raza, nuestra religión- estamos en ese grupo?
Él les contestó: —Esforzaos para entrar por la puerta angosta, porque muchos, os digo, intentarán entrar y no podrán.
Jesús no responde directamente: se salvan pocos o muchos. Ni tampoco entra en el planteamiento reduccionista e inclusivista que movía a muchos de sus contemporáneos: “nos salvamos pocos: nosotros, los elegidos”. “Esforzaos”. Nos habla de lucha, de un empeño que cuesta. No se trata de un camino de rosas, sino de una puerta angosta. Así como en las grandes ciudades había una gran puerta para facilitar el acceso, la salvación es una meta ardua. En otros evangelios la asocian a un camino empinado. Para entrar en la vida eterna hace falta llegar cansados, con las vestiduras rasgadas, la piel amoratada. Requiere esfuerzo, lucha interior. San Pablo hará la comparación con las dietas, entrenamientos y sacrificios innumerables que hacen los que corren en el estadio (1Co 9,24-27). Y San Josemaría comentaba en una reunión familiar: Si lucháis deportivamente cada día, el último acto de deporte será un salto de la cama al Cielo.
Luchar deportivamente. Con caídas y con victorias: nadie está pidiendo un expediente inmaculado, sino un esfuerzo, una lucha, un empeño cotidie, cada día. En otra ocasión predicaba el Fundador del Opus Dei: “Deus humilia respicit in coelo et in terra (Sal 92, 6); el Señor mira con especial afecto lo que es humilde en la creación. Esto me ha consolado. El  Señor me mira con  afecto cuando hago lo que puedo. Él quiere vuestros defectos si os levantáis cada vez, si lucháis, si ve vuestra buena voluntad, vuestros esfuerzos. ¡Si la santidad no es otra cosa que luchar, hijos míos!”
Con su respuesta sobre el esfuerzo para entrar por la puerta angosta el Señor no nos está cerrando el acceso, sino que nos indica la manera de ingresar. Nos da la contraseña: lucha, esfuerzo. Pero no a ramalazos: un día, grandes sacrificios y, todo el mes siguiente, desorden y olvido. El Señor quiere que nos levantemos después de cada caída, que luchemos, aunque parezca que no avanzamos. Una vez me dieron un pensamiento clave en este sentido: Dios no se fija tanto en nuestras victorias como en nuestros esfuerzos. ¡Menos mal!
 Una vez que el dueño de la casa haya entrado y haya cerrado la puerta, os quedaréis fuera y empezaréis a golpear la puerta, diciendo: «Señor, ábrenos». Y os responderá: «No sé de dónde sois».
Jesús habla del juicio, cuando hayamos perdido la posibilidad de pelear porque se nos haya acabado el tiempo de merecer en la tierra. Entonces ya no servirán los lamentos. Es triste ese desconocimiento del Señor: «No sé de dónde sois». Es fácil asociarlo con aquella otra promesa: al que me niegue delante de los hombres yo lo negaré delante de mi Padre.
Entonces empezaréis a decir: «Hemos comido y hemos bebido contigo, y has enseñado en nuestras plazas». Y os dirá: «No sé de dónde sois; apartaos de mí todos los servidores de la iniquidad». Allí habrá llanto y rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán y a Isaac y a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, mientras que vosotros sois arrojados fuera.
No valdrá de nada, para el que no ha querido luchar, para el que le ha negado al Señor el esfuerzo contra sus propias miserias, para rechazar las tentaciones, para el que se haya convertido en servidor de la iniquidad. De nada servirá decir que le hemos conocido, que le hemos acogido, que hemos compartido con Él. Es una promesa triste, que el Señor no desea que se cumpla: Él quiere que todos los hombres se salven (1 Tm 2,4) y, precisamente por eso, nos anima a no desfallecer en el esfuerzo.
Este empeño es compatible con el desaliento, con el cansancio, porque somos humanos. ¡Si a Jesucristo también le costó cumplir la Voluntad del Padre, hasta pedirle que, si era posible, le apartara el cáliz de la muerte ignominiosa! Es una idea recurrente de San Josemaría: “Cuando nos cansemos –en el trabajo, en el estudio, en la tarea apostólica–, cuando encontremos cerrazón en el horizonte, entonces, los ojos a Cristo: a Jesús bueno, a Jesús cansado, a Jesús hambriento y sediento. ¡Cómo te haces entender, Señor! ¡Cómo te haces querer! Te nos muestras como nosotros, en todo menos en el pecado: para que palpemos que contigo podremos vencer nuestras malas inclinaciones, nuestras culpas. Porque no importan ni el cansancio, ni el hambre, ni la sed, ni las lágrimas... Cristo se cansó, pasó hambre, estuvo sediento, lloró. Lo que importa es la lucha –una contienda amable, porque el Señor permanece siempre a nuestro lado– para cumplir la voluntad del Padre que está en los cielos (Cfr. Ioh IV, 34)” (Amigos de Dios, 201).
La famosa conversa J. Matlary cuenta cómo le sirvió el ejemplo de un colega suyo, al que le costaba esfuerzo sacar adelante cada día su fidelidad a la llamada divina: “Me había dicho que su vocación tenía su raíz en su trabajo, en el lugar en que vivía, aunque también me dijo que echaba de menos su país, y su anterior profesión. Comprendí que no era Superman. Tenía inclinaciones y gustos que no eran acordes con su vocación y tenía que luchar para mantenerse en su carrera. Aquello era algo importante. En algo podíamos parecernos. Tampoco para él las cosas resultaban tan fáciles como parecían. Sabía que la palabra clave era "vocación" (El amor escondido. Belacqua. Barcelona 2002, p. 116).
Y vendrán de oriente y de occidente y del norte y del sur y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios. Pues hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos.
Concluye el Señor con la respuesta directa a la pregunta inicial: sí son muchos los que se salvan. Pero no los que se creen primeros por motivos raciales o religiosos, sino los humildes, los que luchan con esfuerzo, a pesar de sus limitaciones, los que se consideran indignos. En ellos se cumple la profecía del último Isaías (66,18-21), que la llamada a la salvación es universal: “de todas las naciones tomaré sacerdotes y levitas”. Esa es nuestra vocación: el Señor quiere que seamos esos últimos gentiles que se sientan a su mesa.
Acudamos a la Santísima Virgen para que ella nos alcance las gracias de su Hijo en la lucha ordinaria, de cada día, por ser fieles a su llamada, para así entrar por la puerta angosta al banquete del Señor.

sábado, agosto 07, 2010

Oración humilde y perseverante. La mujer cananea (sirofenicia)

En el camino de nuestra vocación cristiana, necesariamente debemos encontrarnos con la Cruz del Señor: la mayoría de las veces, en la vida diaria: perdemos el medio de transporte, aparecen los achaques de salud, alguna amistad nos hace pasar un mal rato, somos incomprendidos –o nuestra soberbia nos lo hace creer sin justa causa-. En otras ocasiones, pueden ser temas de gran calado: la muerte de un ser querido, una enfermedad que parece incurable, etc.

El Evangelio de Mateo (15,21-28) nos presenta una situación de este último tipo: Jesús ha ido con sus apóstoles “al extranjero”: Después que Jesús salió de allí, se retiró a la región de Tiro y Sidón. En esto una mujer cananea, venida de aquellos contornos, se puso a gritar: —¡Señor, Hijo de David, apiádate de mí! Mi hija está poseída cruelmente por el demonio. 

Se trata de una actuación llena de audacia. Seguramente esa mujer había buscado la curación de su hija a través de mil medios distintos, sin lograrlo. Hasta que oye hablar del viaje de aquél hombre, que algunos reconocen como el Mesías hebreo, y no teme lanzarse a su encuentro con insistencia y exponerle crudamente su dolorosa situación, sin miedo a que todo el mundo se entere de la vergonzosa situación de su hija.

Pero él no le respondió palabra. Por toda respuesta, el silencio de Jesús. ¡Qué difícil es, Señor, entender que a veces nos muestras tu cariño quedándote callado! El Maestro quería que aquella mujer no viera en él simplemente a un taumaturgo y por eso no responde palabra. 

A veces puede sucedernos en nuestra vida interior que nos sintamos solos, que no palpemos la compañía de Jesús. San Josemaría lo cuenta, basado en su propia experiencia: Imaginamos que el Señor no nos escucha, que andamos engañados, que sólo se oye el monólogo de nuestra voz. Como sin apoyo sobre la tierra y abandonados del cielo, nos encontramos (Amigos de Dios, 304).

Entonces, se le acercaron sus discípulos para rogarle: —Atiéndela y que se vaya, porque viene gritando detrás de nosotros. Él respondió:—No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Ella, no obstante, se acercó y se postró ante él diciendo: —¡Señor, ayúdame! 

En esta mujer se cumple la parábola de otro pasaje evangélico. Los apóstoles interceden por ella, no porque estén interesados en ayudarla, sino para quitarla de en medio. Sigamos aprendiendo de su insistencia, cómo pide gritando detrás de los apóstoles. Continuamos con el retrato que hace San Josemaría de la persona a la que Jesús parece ignorar: Con la tozudez de la Cananea, nos postramos rendidamente como ella, que le adoró, implorando: Señor, socórreme. Desaparecerá la oscuridad, superada por la luz del Amor.

Aprovechemos este momento de nuestra oración para acercarnos a Jesús, que escucha nuestro lamento, y –postrados ante Él- digámosle como la sirofenicia: ¡Señor, ayúdame!, ¡Señor, socórreme! Pidámosle por lo que tenemos en este momento entre manos: por nuestras crisis, nuestras luchas, nuestras necesidades. Y aprendamos también, para el futuro, para cuando lleguen esos momentos en que imaginamos que sólo se oye el monólogo de nuestra voz, a dirigirnos con perseverancia al Señor, a no confiar en nuestras fuerzas, a abandonarnos en sus manos.

Él le respondió: —No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos. Pero ella dijo: —Es verdad, Señor, pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos. 

Si antes Jesús respondió con el silencio, no podemos decir que sus palabras hayan sido propiamente un bálsamo. Abre el Señor sus labios pero pronuncia una negativa. Es más, un claro rechazo. Casi despectivo. 

Pero nuestra protagonista no ceja en su empeño. No se resiente por el insulto. Al contrario, lo asume con toda sencillez y lo toma como su argumento principal. No exige derechos, no pide el pan de los hijos. Le basta con las migajas. Ejemplo de insistencia, de perseverancia, de humildad. 

Entonces Jesús le respondió: — ¡Mujer, qué grande es tu fe! Que sea como tú quieres. Y su hija quedó sana en aquel instante.

¡Por fin el Señor responde afirmativamente! ¡Y de qué manera! No solo concede la curación de la hija, sino que alaba la fe de la sirofenicia. Dice el Santo Cura de Ars: «Muchas veces vemos que el Señor no nos concede lo que pedimos enseguida; esto lo hace para que lo deseemos con más ardor, o para que apreciemos mejor lo que vale. Ese retraso no es una negativa, sino una prueba que nos dispone a recibir con más abundancia lo que le pedimos».

Y San Josemaría confiesa en sus Apuntes íntimos, con fecha 10 de febrero de 1931: "El Maestro sabe mejor que nosotros mismos lo que nos conviene. No es a esa mujer a quien habla, es a sus discípulos, a quienes echará en cara amargamente su falta de fe. Esta pagana va a enseñarles cómo la fe puede trasladar montañas y vencer el corazón de Dios. «Señor, también los perrillos debajo de la mesa comen las migajas de los hijos» (Mc 7,28). «¡Oh mujer, grande es tu fe! Hágase como quieres» (Mt 15,28). 

La fe de esta mujer se manifiesta en una petición humilde y perseverante. De esto tengo una venturosa experiencia: cuando, sin sensiblerías, pero con verdadera fe he pedido al Señor o a Nuestra Señora alguna cosa espiritual (y aun alguna material) para mí o para otros, me la ha concedido" (Apuntes íntimos, 160). 

Terminemos esta oración acudiendo a nuestra Señora, Maestra de fe. Para cuando lleguen las dificultades, cuando el horizonte se llene de nubes, si el Señor permitiera que nos veamos “como sin apoyo sobre la tierra y abandonados del cielo”, pensemos que así estuvo ella junto a la Cruz de su Hijo. Insistiremos entonces en esa petición humilde y perseverante que merecerá la respuesta del Señor: ¡qué grande es tu fe! Que sea como tú quieres.

viernes, agosto 06, 2010

El administrador fiel y prudente


Después de la parábola del rico necio, el Señor concluye su discurso insistiendo en la necesidad de poner el corazón en el Reino de Dios, no en los bienes materiales: No temáis, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino. Vended vuestros bienes y dad limosna. Haceos bolsas que no envejecen, un tesoro que no se agota en el cielo, donde el ladrón no llega ni la polilla corroe. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón.  
Una señal clara de que ansiamos el Reino como el mayor don de Dios, que tengamos puesto en él nuestro corazón, es que estemos  vigilantes y preparados a la espera del Señor. Esta es la predicación del Evangelio de esta semana.
En primer lugar, Jesús invita a estar vigilantes con la parábola de los siervos del señor que sale de nupcias: «Tened ceñidas vuestras cinturas y encendidas las lámparas, y estad como quienes aguardan a su amo cuando vuelve de las nupcias, para abrirle al instante en cuanto venga y llame. Dichosos aquellos siervos a los que al volver su amo los encuentre vigilando. En verdad os digo que se ceñirá la cintura, les hará sentar a la mesa y acercándose les servirá. Y si viniese en la segunda vigilia o en la tercera, y los encontrase así, dichosos ellos. Sabed esto: si el dueño de la casa conociera a qué hora va a llegar el ladrón, no permitiría que se horadase su casa. Vosotros estad también preparados, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del Hombre.
Tener las cinturas ceñidas recuerda el gesto de los hebreos la noche pascual, antes de salir hacia el desierto. Significa la disposición para emprender el camino. Lo mismo sucede con la figura de las lámparas encendidas. Recuerda la fiesta del matrimonio, en la que la novia esperaba con sus amigas a que llegara el novio para recogerla. También recuerda la parábola de las vírgenes prudentes: se trata de esperar en vela, vigilantes, con las lámparas encendidas, prestos a la voz del Señor cuando nos llame.
En el contexto de la espera de la segunda venida de Cristo, recordemos la discusión de San Pablo con los tesalonicenses, a los que debió escribirles una segunda carta amonestándolos porque se habían entregado a la vida cómoda cuando entendieron que el Señor tardaría en llegar definitivamente: ahora el Señor recuerda el deber de estar en vela, como los sirvientes vigilan preparados para la llegada de su amo.
Esta expectativa es característica del cristianismo y debemos preguntarnos si vivimos con esa perspectiva de la vida eterna como lo verdaderamente importante o si, como el rico necio o el joven rico, nos dejamos contaminar por la creencia en que nuestras posesiones, nuestros talentos, las virtudes que hemos incorporado serán los que nos sostendrán por siempre. Si así fuera, aprovechemos este rato de oración para pedirle al Señor que sea Él quien nos dé la fuerza para serle fieles, para aguardar con las cinturas ceñidas y con las lámparas encendidas.
          Y le preguntó Pedro: —Señor, ¿dices esta parábola por nosotros o por todos? El Señor respondió: —¿Quién es, pues, el administrador fiel y prudente a quien el amo pondrá al frente de la casa para dar la ración adecuada a la hora debida? Dichoso aquel siervo a quien su amo cuando vuelva encuentre obrando así. En verdad os digo que le pondrá al frente de toda su hacienda. Pero si ese siervo dijera en sus adentros: «Mi amo tarda en venir», y comenzase a golpear a los criados y criadas, a comer, a beber y a emborracharse, llegará el amo de aquel siervo el día menos pensado, a una hora imprevista, lo castigará duramente y le dará el pago de los que no son fieles. El siervo que, conociendo la voluntad de su amo, no fue previsor ni actuó conforme a la voluntad de aquél, recibirá muchos azotes; en cambio, el que sin saberlo hizo algo digno de castigo, recibirá pocos azotes. A todo el que se le ha dado mucho, mucho se le exigirá, y al que le encomendaron mucho, mucho le pedirán.
La parábola del administrador nos presenta las virtudes que el Señor espera de nosotros: quiere Dios que seamos buenos administradores, fieles y prudentes, laboriosos, previsores, obedientes y responsables.
La vigilancia que el Señor nos pide se concreta, en primer lugar, en ser fieles. En la situación actual, la fidelidad es una virtud en crisis. Parece muy difícil, o casi imposible, comprometerse para toda la vida. Y, sin embargo, el Señor no deja de ser fiel. Y espera que también nosotros le seamos fieles: sin importar los cambios de ánimo, la situación de salud, económica o familiar. Espera que seamos administradores leales, como muchísimos militares, las almas entregadas a Dios, tantos matrimonios cristianos, como los santos del Cielo fueron fieles a Cristo, algunos incluso padeciendo martirio.
Viene a mi mente la figura de la Beata Teresa de Calcuta, de la que se supo hace unos años que su vida interior fue muy difícil, pues padeció una situación que le ocurre a muchos santos llamada “la noche oscura del alma”, que consiste en no sentir nada respecto de Dios, en sufrir para ser fieles al llamado. Cuando se supo esto, algunos reaccionaron con sorpresa. El postulador de la causa de beatificación respondió que veía, en, la actitud de la Madre Teresa, un antídoto frente al sentimentalismo de nuestra cultura: “La tendencia en nuestra vida espiritual, y también en la actitud más general respecto al amor, es que lo que cuenta son nuestros sentimientos. Así que la totalidad del amor es lo que sentimos. Pero el amor auténtico a alguien requiere compromiso, fidelidad y vulnerabilidad. La Madre Teresa no ‘sentía’ el amor de Cristo, y podría haber cortado. Pero se levantaba a las 4.30 cada mañana por Jesús, y era capaz de escribirle: ‘Tu felicidad es lo único que quiero’. Este es un poderoso ejemplo, incluso en términos no puramente religiosos”. Y concluía el P. P. Kolodiejchuk  que esta actitud puede indicar también a otras personas cómo sobrellevar los momentos de oscuridad o de crisis espiritual, a lo largo de una vida no fácil, al servicio de los demás.
El amor auténtico requiere compromiso, fidelidad y vulnerabilidad. Por eso el Señor habla de vigilar como administradores fieles y prudentes. San Josemaría explicaba a sus  hijos espirituales que la labor formativa de la juventud consiste en enseñarles a luchar. Nunca es tarde para aprender, pero esa época es el mejor momento para adquirir hábitos. Y el resto de la vida, ¡a luchar para consolidarlos! en eso consiste el "vigilar".
Porque no son corrientes, para quien procura ser un buen cristiano, las caídas aparatosas, inesperadas y sorpresivas. No es ése el modo de actuar del demonio: más bien suele llevar a las almas que descuidan su lucha, su vigilancia, por una pendiente resbaladiza. Un día, retrasamos la oración porque estamos un poco indispuestos; otro, porque tenemos mucho que hacer; al siguiente, porque tenemos que hacer apostolado (!) y, cuando menos pensamos, comenzamos a ceder en puntos de mayor envergadura. Se nos hacen cuesta arriba las prácticas que antes hacíamos con gusto -aunque costaran- y las pasiones (la soberbia, la impureza) aparecen con insidia renovada. Resurgen de nuevo los respetos humanos: tampoco hay que ser fanáticos, no se trata de ir muy rápido, no vaya a ser que piensen que me estoy dejando lavar el cerebro, etc.
Por eso nos invita hoy el Señor a la vigilancia, a cuidar la lucha en lo pequeño –que no se acabe el aceite en la alcuza-, para que después no caigamos en lo grande: “Mucho duele al Señor la inconsciencia de tantos y de tantas, que no se esfuerzan en evitar los pecados veniales deliberados. ¡Es lo normal —piensan y se justifican—, porque en esos tropiezos caemos todos! Óyeme bien: también la mayoría de aquella chusma, que condenó a Cristo y le dio muerte, empezó sólo por gritar —¡como los otros!—, por acudir al Huerto de los Olivos —¡con los demás!—,... Al final, empujados también por lo que hacían "todos", no supieron o no quisieron echarse atrás..., ¡y crucificaron a Jesús! —Ahora, al cabo de veinte siglos, no hemos aprendido” (Surco 139).
En el pasaje que contemplamos aparecen unas virtudes que nos ayudan a concretar la fidelidad que deseamos: lo administradores fieles y prudentes son aquellos que se esfuerzan por ser laboriosos, previsores, obedientes y responsables. Son aquellos que “dan la ración adecuada a la hora debida”,  a los que “su amo encuentra así a la hora de la llegada”. Laboriosidad. Una virtud que debería caracterizarnos a los que tenemos como medio de santificación el trabajo ordinario. Dar la ración a la hora adecuada. Hacer lo que se debe y estar en lo que se hace. No dilatar los plazos. Hacer lo que se debe, hoy y ahora. No dejar las cosas para después. No distraernos –evitar la tentación de “navegar”  mientras trabajamos-, hacer rendir el tiempo. “Una hora de estudio, para un apóstol moderno, es una hora de oración” (Camino, n. 335). El ejemplo de laboriosidad de Benedicto XVI es admirable (basta con mirar su producción intelectual), por eso es un administrador fiel y prudente. Cuentan que, cuando estudiaba en el Seminario, le preguntaron: ¿sabe lo que dice Santo Tomás sobre este punto?, y respondió: -sí, hay ocho lugares, ¿cuál quiere que le diga?
La última virtud que el Señor pone en la caracterización del administrador fiel y prudente es que conoce la voluntad de su amo, es previsor y obedece. No se contraponen la creatividad y la obediencia. Es más, para obedecer hace falta audacia, pues esta virtud requiere hacer propia la voluntad del que manda. ¡Qué mala prensa tiene hoy día la obediencia! Y resulta que el Señor la alaba como una característica importante de la fidelidad. Y nos da ejemplo. San Pablo resumía su actitud con estas palabras: “obediente hasta la muerte y muerte de cruz”. Un ejemplo más del Papa Benedicto: Cuando le llegó el nombramiento como Arzobispo de Múnich, consultó con su confesor, que le respondió: tienes que aceptarlo. Después diría: A veces, hay que aceptar algo que no parece estar en consonancia con lo que uno se ha propuesto para su propia vida. Dice una persona que le conoció de cerca que la mayor componente de su vida es la renuncia, también la renuncia a concluir su obra teológica: podría haber escrito la Dogmática de nuestro tiempo. Y se sacrificó para sacar los encargos que Juan Pablo II le encomendaba.
Acudamos a nuestra Madre María, Virgen fiel, para que ella nos alcance la prudencia, la laboriosidad, la obediencia que permitan al Señor decirnos, cuando nos tenga que juzgar: Bien, siervo bueno y fiel, ¡entra en el Reino de tu Señor!