sábado, julio 31, 2010

Avaricia y pobreza. El rico necio


La semana pasada estuve hablando con un joven médico que albergaba una duda desde su adolescencia: recordaba haber leído una famosa novela en que se planteaba el tema de la pobreza de Cristo. Muchos años después, seguía diciendo que no había  podido encontrar la respuesta adecuada a su duda juvenil. Yo intenté responderle del mejor modo posible, espero que al menos le haya dado una pista para que él, por su cuenta, siga profundizando en ese interesante argumento.

Y casualmente –para los cristianos la casualidad se llama Providencia-, el evangelio de este domingo (Lc 12,13-21) habla del tema de la pobreza: Uno de entre la multitud le dijo: —Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo. Pero él le respondió: —Hombre, ¿quién me ha constituido juez o encargado de repartir entre vosotros? Este pasaje es exclusivo de Lucas, como la parábola del hijo pródigo y el padre misericordioso. Hay quien ve en esta discusión ecos del problema entre los dos hermanos de la parábola.

Aparentemente, se trata de una pregunta inoportuna… El Señor está hablando de la importancia del juicio de Dios por encima del de los hombres y aparece un espontáneo que lo quiere de árbitro en un litigio familiar. Pero en realidad se refiere a lo mismo: antes les aconsejaba que no temieran, ahora les habla de no poner tanto cuidado en las cosas materiales (Saoût).

Mi amigo médico se preguntaba si podía decirse que Jesús había sido pobre, pues había poseído algunos bienes materiales. Ahí radicaba su principal duda. Y es que a fuerza de predicar sobre la pobreza del Señor, en algunos ambientes ha quedado la idea de que los medios materiales son, en sí mismos, malos. Hay un platonismo de fondo en esa actitud, emparentada con quien demoniza el amor humano porque entraña el cuerpo, que se opondría al espíritu.

Y precisamente la vida de Jesús nos enseña que la materia, y en concreto el vestido, la comida, el dinero, no solo no son malos, sino que son buenos: “vio Dios que era bueno”, se lee en el Génesis después de cada día de la Creación material. Y Jesucristo mismo comía y bebía con la gente que se encontraba –almas a las que evangelizaba- hasta el punto de recibir críticas por ser “comilón y bebedor, amigo de publicanos y de pecadores”.

En el Calvario encontramos un detalle que nos enseña más que muchas palabras: los soldados no quisieron dividir la túnica de Jesús –debía de ser de buena calidad-, sino que decidieron rifársela, para que el ganador se quedara con ella toda entera. ¡Cómo no pensar en las manos de la Virgen, tejiendo la mejor vestidura posible para su Hijo y su Dios! ¡Con qué cariño recibiría el Señor aquella prenda, convencido de que, al lucirla, también le hacía un homenaje al trabajo de su Madre!

Jesús, que nació en un pesebre y en algunos momentos “no tenía dónde reclinar su cabeza”, también sabía convivir con la élite de su sociedad. Asistía a bodas como la de Caná o a banquetes como el de Betania que vimos hace quince días o el que le organizó Zaqueo. Cuando aceptó la invitación de Simón el fariseo, le recriminó al final por no haber vivido los detalles de etiqueta, la cortesía que es manifestación de caridad: el lavado de los pies, el ósculo del anfitrión, etc. (Cf. Amigos de Dios, 122).

Y había logrado imponer un tono humano alto entre el grupo de sus seguidores, a veces recurriendo a la corrección dura: “no sabéis a qué espíritu pertenecéis”, pero sobre todo con su propio ejemplo, haciendo de aquella familia una extensión del hogar en que Él se había criado en Nazaret, con María y con José. Es fácil suponer que también de ese ambiente educado se sirvió para atraer a Mateo, un comerciante muy bien situado, para que fuese uno de sus discípulos. Desde luego, en esa tarea ayudaron muchísimo las mujeres que le seguían “y le servían con sus bienes”.

2. Una vez aclarada la bondad de los medios materiales, también durante la vida terrena de Cristo, sigamos con la enseñanza que nos transmite San Lucas: Y añadió: —Estad alerta y guardaos de toda avaricia; porque aunque alguien tenga abundancia de bienes, su vida no depende de lo que posee. Estad alerta… precisamente por estar en medio del mundo, se nos puede colar como por ósmosis la avaricia. Tenemos en la mente la idea del avaro: para no faltar a la caridad pensando en personas de la vida real, podemos imaginarnos a los personajes de Dickens o de Molière.

El Diccionario de la Real Academia define la avaricia como el afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas”. Y a eso se refiere el Señor en el Evangelio: el ser humano busca abundancia de bienes y puede caer en la tentación de hacer depender su vida de lo que posee. En la situación actual nos puede suceder lo mismo: el desarrollo económico, la devaluación del dólar y mil detalles concomitantes aparecen a la vuelta de la esquina para procurar que nosotros mismos nos convirtamos en avaros tan detestables como el famoso Scrooge.

Por eso siempre será actual la enseñanza del Qohélet o Eclesiastés: ¡Vanidad de vanidades, vanidad de vanidades, todo es vanidad! Se trata de una reduplicación de la palabra judía habel: viento, soplo, vapor, vacío, nada, absurdo (Ravasi).  La sabiduría hebrea nos hace pensar que todo aquello a lo que aspiramos: triunfos, reconocimiento, dinero, placer, es “vanidad de vanidades”… todo es viento, inconsistencia, desilusión.

Estad alerta y guardaos de toda avaricia, del afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas. La virtud contraria a este defecto es la pobreza de espíritu. Retomando lo que decíamos antes sobre los bienes materiales, podemos citar a San Juan Crisóstomo: «Lo malo no es la riqueza, lo malo es la avaricia, lo malo es el amor al dinero». Y San Josemaría enseñaba en su primer libro: “Despégate de los bienes del mundo. —Ama y practica la pobreza de espíritu: conténtate con lo que basta para pasar la vida sobria y templadamente. —Si no, nunca serás apóstol” (Camino, n. 631).

El Papa Benedicto XVI (8-IX-2007) nos anima a que nos examinarnos con frecuencia para ver qué tal estamos viviendo la pobreza de espíritu: Quien quiera seguir a Cristo de un modo radical, debe renunciar a los bienes materiales. Pero debe vivir esta pobreza a partir de Cristo, como un modo de llegar a ser interiormente libre para el prójimo. Para todos los cristianos, (…) la cuestión de la pobreza y de los pobres debe ser continuamente objeto de un atento examen de conciencia. Precisamente en nuestra situación, en la que no estamos mal, no somos pobres, creo que debemos reflexionar de modo particular en cómo podemos vivir esta llamada de modo sincero. Quisiera recomendarlo para vuestro —nuestro— examen de conciencia”.

Señor: aprovechamos este momento de oración para hacer ese examen valiente que el Santo Padre nos propone: ¿hay algunos aspectos de mi vida en que estoy apegado a los bienes materiales? ¿Qué me sobra? ¿De qué cosas podría desprenderme? ¿Sé encontrarte en el servicio al prójimo, especialmente en los más necesitados? ¿Hace cuánto no sacrifico un poco de mi tiempo para visitar a tus pobres?

San Josemaría enseñaba que la clave para vivir bien esta virtud, para examinar nuestras disposiciones, está en contemplar al Señor como nuestro modelo: “Si estamos cerca de Cristo y seguimos sus pisadas, hemos de amar de todo corazón la pobreza, el desprendimiento de los bienes terrenos, las privaciones” (Forja, 997). En una entrevista apuntaba: “Todo cristiano corriente tiene que hacer compatibles, en su vida, dos aspectos que pueden a primera vista parecer contradictorios. Pobreza real, que se note y se toque —hecha de cosas concretas— (...). Y, al mismo tiempo, ser uno más entre sus hermanos los hombres, de cuya vida participa, con quienes se alegra, con los que colabora, amando el mundo y todas las cosas buenas que hay en el mundo, utilizando todas las cosas creadas para resolver los problemas de la vida humana”.

Pobreza real, que se note y que se toque. Y, al mismo tiempo, ser uno más entre los compañeros. Parece difícil conciliar estas dos actitudes. El Fundador del Opus Dei concluía que la clave para “lograr la síntesis entre esos dos aspectos es —en buena parte— cuestión personal, cuestión de vida interior, para juzgar en cada momento, para encontrar en cada caso lo que Dios nos pide” (Conversaciones, n. 110).

3. El Señor hace más gráfica su enseñanza con la parábola del rico necio: —Las tierras de cierto hombre rico dieron mucho fruto. Y se puso a pensar para sus adentros: «¿Qué puedo hacer, ya que no tengo dónde guardar mi cosecha?» Y se dijo: «Esto haré: voy a destruir mis graneros, y construiré otros mayores, y allí guardaré todo mi trigo y mis bienes. Entonces le diré a mi alma: “Alma, ya tienes muchos bienes almacenados para muchos años. Descansa, come, bebe, pásalo bien”». Pero Dios le dijo: «Insensato, esta misma noche te van a reclamar el alma; lo que has preparado, ¿para quién será?» Así ocurre al que atesora para sí y no es rico ante Dios.

Si las tierras dieron fruto es porque las había trabajado. Había planeado, hecho proyectos, fue prudente: no se trata de cosas malas. ¡Actuó bien! ¿Por qué razón, entonces, el Señor lo pone como contraejemplo? –porque dejó a Dios de lado. Hizo depender su vida de lo que poseía. Cayó en el “afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas”. Estaba obsesionado con poseer más, con la “productividad”, diríamos hoy. Fue codicioso, avaro.

En los verbos que usa Jesucristo en la parábola se nota el planteamiento egoísta: yo no tengo, mi trigo, mis bienes, mi alma, descansa, come, bebe, pásalo bien. Es llamativa la moraleja del Señor, que va más allá de una simple llamada a la pobreza de espíritu: Así ocurre al que atesora para sí y no es rico ante Dios. El rico necio pensaba en el futuro inmediato, no en la vida eterna. Jesús anima a atesorar ante Dios, a pensar en la vida eterna. Plantea la importancia de la virtud de la esperanza para la vida cristiana.

Pensar en la vida eterna es un buen revulsivo para despegarse de los bienes terrenales: “Hemos comprobado, de tantas maneras, que lo de aquí abajo pasará para todos, cuando este mundo acabe: y ya antes, para cada uno, con la muerte, porque no acompañan las riquezas ni los honores al sepulcro” (Amigos de Dios, n. 209).

“Nadie puede servir a dos señores”, dirá en otra ocasión el Señor. Berger interpreta que Jesús considera la relación del ser humano con el dinero como esclavitud. La única manera de usar bien de los medios terrenales es verlos como lo que son: medios, no fines. El fin es la santidad, sirviéndose –como Jesús- de las cosas terrenales. Ser rico ante Dios, como vemos en el Salmo 90: El Señor es mi refugio. La vida es alegría si el Señor nos sacia con su amor cotidiano.

Este es un aspecto importante de nuestra labor apostólica para estos tiempos. Aunque no lo hacemos para que nos vean, se debe notar el esfuerzo por mejorar en la virtud: hemos de ir por delante, con nuestro propio ejemplo de desprendimiento interior y exterior, de sobriedad y moderación en las comidas y bebidas. Quizá podemos recortar un poco los gastos –en ocasiones habrá que ser magnánimos, sobre todo con los demás y será esa la mejor manera de vivir esta virtud-. También miremos en este examen cómo es nuestro descanso, el deporte, los viajes, cómo vivimos la templanza en la diversión y en el uso del tiempo libre.

Un sitio en el que se debe vivir en primer lugar el ser ejemplares en esta virtud es el propio hogar, en la formación de los hijos, que deben aprender que las cosas cuestan. Otro campo de ejercicio es el trabajo: aprovechar la jornada, hacer rendir los medios que tenemos, ser idóneos profesionalmente para ganar más y poder sacar adelante el hogar. Se trata de prácticas que nos ayudan a santificar la vida ordinaria.

Como en todas las virtudes, debemos adquirir “piel fina”, para aprender a amar las carencias, a no crearnos necesidades, a descubrir apegamientos y a prescindir de objetos o aficiones superfluas. Por ejemplo, en nuestro tiempo la tecnología pretende que cambiemos de modelo de teléfono, de agenda, de carro, cada año o cada seis meses. Y podemos terminar “ahorcados” en un mar de cables, de aparatos viejos, o de múltiples equipos para la misma función… Ahí tenemos una veta para el examen de conciencia del que hablaba el Papa.

Acudamos a la Virgen Santísima, para que aprendamos –como Ella- a imitar a su Hijo en el modo en que vivió la virtud del desprendimiento desde el pesebre hasta la Cruz, pues –como dice San Pablo- siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para que vosotros seáis ricos por su pobreza (2 Co 8,9).

jueves, julio 15, 2010

Unidad de vida. Marta y María


1. Justo después de narrar la parábola del buen samaritano, San Lucas presenta la visita de Jesús a Marta, María y Lázaro, sus tres amigos de Betania, ciudad ubicada a tres kilómetros de Jerusalén: Cuando iban de camino entró en cierta aldea, y una mujer que se llamaba Marta le recibió en su casa.

Si la parábola del buen samaritano es una maravillosa explicación del segundo mandamiento, en este pasaje, exclusivo de Lucas, vemos cómo los hermanos de Betania cumplen el primer precepto, acogiendo al Señor. Le reciben en su casa. Pero no solo se trata de dejarlo entrar, que ya es mucho. No actúan como el pueblo que generó tanta rabia en San Juan, que no quiso recibirlo. Ni como Gerasa, que después de la curación del endemoniado le piden que se retire de sus confines (quizá porque les había echado a perder dos mil puercos). Ni como el pueblo donde había crecido que, al escuchar que se cumplía en Él la escritura mesiánica, no creen porque lo habían conocido de pequeño… y pretenden despeñarlo.

Marta le recibió en su casa. Tenía ésta una hermana llamada María que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra.

Sabemos por otras escenas que Jesús quería entrañablemente a esta familia: San Juan (11,5) dirá claramente que "Jesús amaba a Marta y a su hermana María y a Lázaro". Y ellos le tenían mucha confianza, lo trataban como a un hermano. Jesús llorará por la muerte de Lázaro, y María le recriminará con fuerza por no haber llegado a tiempo para salvarlo. Lo querían. Creían en Él. Lo atendían. Escuchaban su palabra. En este caso, Marta lo invita, lo recibe en su casa. Y María se sienta a sus pies, para escucharlo.

Tú y yo somos un personaje más en aquella familia. Quizá somos un servidor o un amigo cercano. Jesús nos mira y nos saluda con cariño cuando entra en esa casa. Si queremos, allí también podremos ver que nos invita a seguirle de cerca. Aprendamos del ejemplo de María: sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Imitemos su gesto de atención, de disponibilidad, de escucha dócil: ¿cómo son nuestros ratos de oración? ¿Estamos atentos a lo que quiere decirnos el Señor, o nos dejamos llevar de nuestras prioridades, nuestras urgencias, nuestros trabajos exigentes?

Vamos sacando los primeros propósitos: cuidar más nuestra oración personal, definir el tiempo y la hora fijos, para que no dependa de las circunstancias. Quizá esa determinación nos lleve a cuidar más el minuto heroico, la hora de la levantada. De pronto nos toca hacerlo unos minutos antes, para llegar con tiempo a ese estar sentados a los pies del Señor, escuchando su palabra. También miraremos la calidad de nuestra oración: quizá debemos llevar más el Evangelio, para escuchar con mayor claridad lo que Jesús quiere decirnos; o retomar ese libro que nos recomendaron en la dirección espiritual. O más bien el Señor quiere que leamos menos y lo escuchemos más. O que tomemos más notas para repasar a lo largo del día. El Espíritu Santo soplará al oído de cada uno cómo parecernos más a esta maestra de oración que es María.

2. Pero Marta andaba afanada con numerosos quehaceres y poniéndose delante dijo: —Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en las tareas de servir? Dile entonces que me ayude.

Ya hemos visto que Marta es la anfitriona: Marta le recibió en su casa. Lo habría invitado, habría estado ella misma al tanto de los preparativos, de comprar los ingredientes para cocinar –ella misma- ese plato que tanto le gustaba al Señor. Quizá le habría pedido la receta a la Madre de Jesús, que le enseñaría el secreto para darle en el gusto a su Hijo: la medida exacta de aquél condimento, la cantidad de agua, la bebida preferida, etc.

Recibir al Señor en nuestra casa. Servirle con nuestro trabajo. ¡Qué maravilla, aquella mañana de labor, toda ella dedicada a Jesucristo! También nosotros podemos ofrecerle a Dios todo lo que hacemos, por insignificante que parezca: los pequeños deberes familiares, la jornada laboral, las reuniones de amigos, los desplazamientos, las contradicciones diarias, podemos ponerlo cada día en la patena, donde el sacerdote pone el pan que es “fruto de la tierra y del trabajo del hombre”. 

Viene a la memoria, también por el tipo de trabajo de Marta, aquél punto de Surco (n. 498): “Me escribes en la cocina, junto al fogón. Está comenzando la tarde. Hace frío. A tu lado, tu hermana pequeña —la última que ha descubierto la locura divina de vivir a fondo su vocación cristiana— pela patatas. Aparentemente —piensas— su labor es igual que antes. Sin embargo, ¡hay tanta diferencia! —Es verdad: antes "sólo" pelaba patatas; ahora, se está santificando pelando patatas”.

Marta habría previsto un cierto orden del día, habría pedido ayuda a algunas vecinas para servir la mesa, etc. Y contaba, desde luego, con el apoyo de sus hermanos Lázaro y María. Lo que no había presupuestado es que María, una vez llegado Jesús, se sentaría a sus pies, para escuchar su palabra. ¿Acaso no se daba cuenta de la cantidad de cosas por hacer? Marta andaba afanada con numerosos quehaceres… La habría mirado insistentemente, para hacerle señales de que se levantara y ayudara en los servicios. Habría tosido; al pasar por su lado, le habría dado una pequeña patadita o un rodillazo –suave, fraterno- en la espalda para ver si espabilaba.

Ante la inutilidad de todos sus esfuerzos, aprovechó la confianza que tenía con el Señor –que se había dado cuenta de todo, desde el comienzo y sonreiría por dentro viéndola refunfuñar- y poniéndose delante dijo: —Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en las tareas de servir? Dile entonces que me ayude.

Ya sabemos que la pobre Marta no queda muy bien parada en esta escena. Pero también podemos aprender de ella a dirigirnos al Señor con la confianza con que tratamos a un hermano, a un amigo, para decirle lo que nos acongoja, nuestras preocupaciones, ¡nuestras intolerancias! Ojalá aprendiéramos a tratar a Jesús con esa familiaridad: —Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en las tareas de servir? Dile entonces que me ayude.

3. Pero el Señor le respondió: —Marta, Marta, tú te preocupas y te inquietas por muchas cosas. Pero una sola cosa es necesaria: María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada.

Jesucristo la trata con cariño. Los exegetas se fijan en esa reduplicación de su nombre, cariñosa y exigente a la vez. Jesús le agradece todo lo que está haciendo por Él, pero a la vez le deja claro –nos enseñas también a nosotros hoy, Señor- que una sola cosa es necesaria: la vida interior, la oración atenta, buscar continuamente la contemplación del rostro del Maestro.

La interpretación tradicional suele ser excluyente: María hizo bien, Marta hizo mal. Pero no es eso exactamente lo que enseña Jesús: María ha escogido la mejor parte, pero no quiere decir que la parte de su hermana sea mala o que separe del Señor. Es lo que predicaba San Josemaría, por ejemplo cuando decía a las mujeres que se dedican a las tareas domésticas: “No os puedo decir a vosotras, mis hijas, lo que decía el Señor a Marta (cfr. Lc 10, 40-42), porque, en todas vuestras actividades, también al ocuparos de los trabajos de la casa, sin congojas ni miras humanas, tenéis siempre presente –porro unum est necessarium (Lc 10, 42)– que sólo una cosa es necesaria y, como María, habéis también escogido la mejor parte, de la que jamás seréis privadas: porque tenéis vocación de almas contemplativas, en medio de los quehaceres del mundo”.

A esta unión del trabajo con la contemplación la llamó “unidad de vida”. Y Mons. Álvaro del Portillo explicaría que «entre las ocupaciones temporales y la vida espiritual, entre el trabajo y la oración, no puede existir sólo un "armisticio" más o menos conseguido; tiene que darse plena unión, fusión sin residuo. El trabajo alimenta a la oración y la oración "embebe" el trabajo. Y esto hasta el punto de que el trabajo en sí mismo, en cuanto servicio hecho al hombre y a la sociedad - y, por tanto, con las más claras exigencias de profesionalidad - , se convierte en oración agradable a Dios» (Trabajo y oración, en Revista Palabra, Mayo 1986, p. 30).

Este es un punto clave para personas como nosotros, que queremos encontrar la santidad en medio del mundo. Cuenta una mujer dedicada a la política que descubrió este aspecto en su proceso de retomar su fe católica, gracias al ejemplo de un colega suyo que se esforzaba por fusionar el trabajo con la oración: “yo montaba dos caballos que se movían en direcciones opuestas. Uno de ellos se dirigía hacia una vida católica serena e íntima, de Misa y oración; el otro solo estaba a gusto en el mundo de la acción del trabajo, de los negocios, de la política. Era esquizofrénica y no podía seguir así. (...) En mitad de todo esto vislumbré un poco de lo que entraña la unidad de vida en alguien que incluso hablaba de que esta era una vocación específica de los laicos. Para mí fue como cruzar la vida en una boya hasta alta mar. Sabía que la palabra clave era "vocación". (Matlary JH. El amor escondido, p. 110).

Para lograr esta unidad de vida, es muy importante la fidelidad al plan de vida espiritual, a las Normas de piedad: la oración, de la que ya hablamos; la Santa Misa, el rezo del Santo Rosario, la lectura espiritual, el examen de conciencia. Son momentos en los que retomamos la fuerza divina para convertir el trabajo en oración. Y al revés: el trabajo será también tema de nuestro diálogo con el Señor, palestra en la que ejercitaremos las virtudes y los propósitos formulados en los ratos de piedad. Eso es ser “contemplativos en medio del mundo”. Así, dice San Josemaría, “os ensimismaréis como María, pendiente de las palabras de Jesús o, como Marta, os atreveréis a manifestarle sinceramente vuestras inquietudes, hasta las más pequeñas” (Amigos de Dios, n. 222).

Terminemos nuestra oración acudiendo a la Santísima Virgen, maestra de unidad de vida. ¡Qué bien logró esa fusión entre trabajo y oración!: todo lo hacía pensando en su Hijo, para dedicárselo, para cuidarlo, para ofrecerlo en corredención. Y con qué cariño lo trataría, con qué piedad escucharía sus comentarios… Pidámosle a Ella que escuchemos, como dirigidas a nosotros, unas palabras que resumen la predicación de San Josemaría: «Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de nosotros descubrir (...). No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca» (Conversaciones, n. 114).

jueves, julio 01, 2010

La misión apostólica


Después de esto designó el Señor a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos delante de él a toda ciudad y lugar adonde él había de ir.

¿Después de qué? -El Señor acaba de plantear las exigencias de la vocación al apostolado: “el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”. “Los muertos deben enterrar a sus muertos –le respondió Jesús a un huérfano–; tú vete a anunciar el Reino de Dios”. Por último, a uno que le pidió permiso para despedirse de sus parientes, le increpó el Señor: “Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios”.

Después de esto, designó otros setenta y dos. Es un número simbólico, relacionado con la cantidad de naciones que menciona el Antiguo Testamento. Es decir, así como el Señor llamó a un Apóstol por cada tribu de Israel, así elige a un discípulo por cada nación gentil. El Papa resume el sentido de este pasaje: “Cuando Lucas habla de un grupo de setenta, además de los Doce, el sentido está claro: en ellos se anuncia el carácter universal del Evangelio, pensado para todos los pueblos de la tierra”.


“A toda la tierra alcance su pregón”, proclaman con frecuencia los salmos. Dios quiere que seamos conscientes de que la vocación a la santidad, de la que hablamos la semana pasada, no es un bien personal y egoísta sino difusivo de suyo: la cercanía con Jesús es un fuego que debe contagiarse.

2 Y les decía: —La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies.

En un pasaje sobre la misión apostólica, uno esperaría una serie de trucos prácticos: que empiecen por las sinagogas, que busquen a las personas más religiosas, etc. Pero el Señor nos muestra dónde se encuentra la clave de toda labor de apostolado: en la oración. Rogad al dueño de la mies. Comenta San Josemaría: "Desgarra el corazón aquel clamor —¡siempre actual!— del Hijo de Dios, que se lamenta porque la mies es mucha y los obreros son pocos.  —Ese grito ha salido de la boca de Cristo, para que también lo oigas tú: ¿cómo le has respondido hasta ahora?, ¿rezas, al menos a diario, por esa intención?" (Forja, n. 906).

En un encuentro con sacerdotes, le preguntaban al Papa Benedicto cuáles deben ser las prioridades en la misión de almas. Y el Santo Padre respondió glosando este Evangelio: “Para esta primera gran misión que Jesús encomendó a esos setenta y dos discípulos, les dio tres imperativos: orad, curad y anunciad. Creo que debemos encontrar el equilibrio entre estos tres imperativos esenciales, tenerlos siempre presentes como centro de nuestro trabajo”.

El primer imperativo es “Rogad al dueño de la mies”. “Orad, es decir: sin una relación personal con Dios todo el resto no puede funcionar, porque realmente no podemos llevar a Dios, la realidad divina y la verdadera vida humana a las personas, si nosotros mismos no vivimos una relación profunda, verdadera, de amistad con Dios en Cristo Jesús”.

Esta es una misión para todos los cristianos. Aprovechemos este momento para pedir al Señor: “¡Jesús, almas!... ¡Almas de apóstol!: son para ti, para tu gloria. Verás como acaba por escucharnos” (Camino, n. 804). Pidamos al Señor que no falten las vocaciones en la Iglesia. Que cada vez sean más las personas que se toman como dirigidas a ellas las palabras del Señor: “sed perfectos como vuestro Padre celestial”. Lo pediremos con nuestra vida entera, que debe convertirse toda ella en “una relación profunda, verdadera, de amistad con Dios en Cristo Jesús”. Que seamos amigos de Cristo, para que cada vez sean más los obreros que vengan a la mies del Señor.

2. El segundo imperativo es curar: “en la ciudad donde entréis y os reciban, curad a los enfermos que haya en ella”.

El Papa lo comenta así: “Jesús dijo: curad a los enfermos, a los abandonados, a los necesitados. (...) Por tanto, como se dice, es preciso conocer a las ovejas, tener relaciones humanas con las personas que nos han sido encomendadas, mantener un contacto humano y no perder la humanidad, porque Dios se hizo hombre y así confirmó todas las dimensiones de nuestro ser humano”.

Éste es uno de los puntos significativos del cristianismo, siempre y en todo lugar. En la Encíclica “Deus Caritas Est” se resume la misión de la Iglesia en tres puntos: culto, servicio, anuncio. Veintiún siglos después, la clave sigue siendo la misma: culto (liturgia, oración), servicio (diaconía, caridad), anuncio (kerigma, apostolado).

Ya hemos hablado de ser almas de oración, amigos de Jesús. Pues la piedra de toque de ese amor es la caridad fraterna: pensemos qué tanto cuidamos las visitas a las personas más pobres o necesitadas (como dice el Papa, puede darse el caso de personas con sus necesidades materiales resueltas, pero en la soledad, el abandono o el sufrimiento). Y también miremos cómo es nuestra caridad con las que tenemos a la mano, en el día a día: parientes, compañeros de estudio o de trabajo, especialmente aquella persona cuyo trato nos cuesta un poco más.

A veces, quizá por nuestra soberbia o nuestro egoísmo perdemos ese “contacto humano”, tratamos secamente a las almas. En este momento pienso en una anécdota de San Josemaría, que en alguna ocasión tuvo que atender a una persona hosca, difícil. “Procuré tratarlo como lo hubiera hecho Jesús”, escribió después en sus apuntes. Esta es la medida de la auténtica caridad, “porque Dios se hizo hombre y así confirmó todas las dimensiones de nuestro ser humano”.

Un aspecto concreto de ese cuidado es el material, pero más importante aún es la preocupación por el alma de nuestros conocidos. Así lo recuerda el Papa: "lo humano y lo divino siempre van juntos. A mi parecer, a este "curar", en sus múltiples formas, pertenece también el ministerio sacramental. El ministerio de la Reconciliación es un acto de curación extraordinario, que el hombre necesita para estar totalmente sano. (…) Debemos curar los cuerpos, pero sobre todo —este es nuestro mandato— las almas. Debemos pensar en las numerosas enfermedades, en las necesidades morales, espirituales, que existen hoy y que debemos afrontar, guiando a las personas al encuentro con Cristo en el sacramento, ayudándoles a descubrir la oración, la meditación, el estar en la iglesia silenciosamente en presencia de Dios”.

Todo cristiano debe sentir en su vida el peso de las almas de toda la humanidad y de sus amigos en concreto: pedir por ellos, quererlos, preocuparse por sus necesidades, perder el miedo a preguntarle: “tú, ¿hace cuánto no te confiesas? –si quieres, te presento a mi confesor…” Eso es tratarlos como lo hubiera hecho Jesús, la auténtica caridad.



3. De este modo empatamos con el tercer imperativo, que es el anuncio: Decidles: «El Reino de Dios está cerca de vosotros». Salid a las plazas y decid: «(…) sabed esto: el Reino de Dios está cerca»”.

“¿Qué anunciamos nosotros? Anunciamos el reino de Dios. Pero el reino de Dios no es una utopía lejana de un mundo mejor, que tal vez se realizará dentro de cincuenta años o quién sabe cuándo. El reino de Dios es Dios mismo, Dios que se ha acercado y se ha hecho cercanísimo en Cristo. Este es el reino de Dios: Dios mismo está cerca y nosotros debemos acercarnos a este Dios tan cercano porque se ha hecho hombre, sigue siendo hombre y está siempre con nosotros en su Palabra, en la santísima Eucaristía y en todos los creyentes. Por consiguiente, anunciar el reino de Dios quiere decir hablar de Dios hoy, hacer presente la palabra de Dios, el Evangelio y, naturalmente, anunciar al Dios que se ha hecho presente en la sagrada Eucaristía”.

No basta con el buen ejemplo. Hay que hablar, también a los que parecen más alejados. Cuenta J. Eugui la anécdota de una persona que venció los respetos humanos y le habló de Dios a un amigo: “Me lo refiere un conocido. Iba dando una vuelta con un amigo y tuvo el arranque de manifestarle con toda sencillez que él siempre, es decir, todos los días, hacía una visita al Santísimo en alguna iglesia, y, puesto que se encontraban delante de una abierta, pues que aprovechaba; que a ver qué le parecía acompañarle en tan buena acción. El amigo se mosqueó un poco y contestó que él, mejor se quedaba fuera; cosa que hizo:


-Tú haz lo que te apetezca, pero yo no entro.


A la salida todavía hubo un poco de sorna:


-¿Y qué, te dijo algo?


Pero mi conocido tiene "cintura", y contestó al instante:


-Pues sí; me dijo que te espera.


Es curioso. Del tema no se volvió a hablar, pero el rejón, como se dice en ambientes taurinos, había quedado dentro, bien clavado. Este hombre ya no se pudo ese día, ni en los sucesivos, quitarse de la cabeza lo de "me dijo que te espera". Y acabó por concertar una cita con un sacerdote para tratar sobre la marcha de su vida hasta ese momento. Qué sé yo: son cosas de la gracia divina...”

Aunque seamos poca cosa, aunque tengamos miserias, el Señor quiere contar con nosotros para aumentar el número de obreros en su mies. Así concluye el Papa su consideración del Evangelio que meditamos: “Uniendo estas tres prioridades, y teniendo en cuenta todos los aspectos humanos, nuestros límites, que debemos reconocer, podemos realizar bien nuestra misión”.

Acudimos a la Santísima Virgen, Reina de los Apóstoles, para que aprendamos de su ejemplo a comunicar a muchas almas el hambre de tratar a Dios, de vivir la caridad cristiana y de hacer apostolado.