sábado, junio 26, 2010

Vocación a la santidad

Celebramos hoy la fiesta de San Josemaría Escrivá, conocido por recordar en el siglo XX la llamada universal a la santidad en la vida ordinaria. Ese mensaje sigue siendo llamativo: para algunos, simplemente se trata de un mensaje “provocativamente pasado de moda”. Para otros, suena a exigencia descarnada o utópica; éstos ven la santidad como una meta inalcanzable, solo a la mano de unos pocos privilegiados –monjas, curas, frailes exóticos-, nada que ver con ellos.

Les ocurre a estas personas como a los niños rusos, de los que dice Tatiana Goritcheva que, cuando les preguntaban: “¿Qué son los santos?” respondían: -Son unos señores calvos a los que les hacen estatuas”. En esta misma línea, alguna persona con un poco más de experiencia lo verá como un objetivo maravilloso, pero difícil de conseguir a la vista de la propia debilidad.
 
Sin embargo, el Señor quiso recordar ese mensaje en pleno siglo XX y no solo con la predicación de San Josemaría. De alguna manera, es uno de los frutos más sabrosos del Concilio Vaticano II: “todos los fieles, de cualquier edad y condición, están llamados a la plenitud de la caridad”.
 
Vocación universal a la santidad. Podemos detenernos en cada una de esos conceptos, que nos ayudarán a aprovechar más la fiesta de hoy. En primer lugar, “vocación”. Llamada. Quiere decir que no somos nosotros quienes nos lo proponemos, porque seamos grandes, fuertes, bellos o aventureros. Es el Señor quien llama: “no me habéis elegido vosotros, fui yo mismo quien os eligió”.
 
Aquí aparece una primera respuesta a las objeciones que veíamos al comienzo. Quien piensa que ser santo es un objetivo personal, que uno se propone como quien decide ser campeón mundial de un deporte o premio Nobel de Literatura, está muy equivocado. Y más temprano que tarde acaba por darse cuenta de la propia incapacidad. Pero si se trata de responder a una llamada divina, el tema cambia: la iniciativa no es del limitado ser humano, sino del Dios todopoderoso. Lo vemos en las lecturas del domingo XIII (Ciclo C): en la vocación de Eliseo, es Dios quien se adelanta. De la persona llamada solo se espera una respuesta generosa: “Eliseo se levantó, siguió a Elías y fue su servidor” (1 Re 19,16-21).
 
La primera idea de esta meditación es que la llamada a la santidad es un don, un regalo inmerecido. Esta verdad nos llena de esperanza, pues no depende solamente de nuestras capacidades, sino de la gracia de Dios. Cuando sintamos que somos como Pablo, poseedores de un “cuerpo de muerte” que se opone a las realidades más altas, debemos escuchar como dirigidas a nosotros las palabras que él escuchó para confirmarlo en su vocación: “Te basta mi gracia, sé fiel y vencerás”.
 
Don y misterio. Así llamó Juan Pablo II el libro autobiográfico sobre su propia vocación. Por eso, enseñaba San Josemaría que “No hay santidad de segunda categoría: o existe una lucha constante por estar en gracia de Dios y ser conformes a Cristo, nuestro Modelo, o desertamos de esas batallas divinas. A todos invita el Señor para que se santifiquen en su propio estado”.

2. De esta manera, entramos en la segunda parte de la expresión que estamos meditando: llamada universal a la santidad: “Sed santos como vuestro Padre celestial”. Señor: te damos gracias por la llamada y por confiar en nosotros, que somos tan poca cosa. Sin embargo, Tú que nos conoces mejor de lo que nos conocemos nosotros mismos, nos pones metas altas, nos indicas el modelo en la vida de tu Hijo. En eso consiste la santidad: en identificarnos con Jesús, que es el Camino, la Verdad y la Vida. Por eso es que el Evangelio y el Crucifijo son las armas de los discípulos de Cristo: ahí está el norte, como la brújula para el camino.
 
Santidad universal: A todos invita el Señor para que se santifiquen en su propio estado. Ahí radica la novedad de la predicación de San Josemaría: en dirigir ese mensaje a todos: Hemos venido a decir, con la humildad de quien se sabe pecador y poca cosa (…) que la santidad no es cosa para privilegiados: que a todos llama el Señor, que de todos espera Amor: de todos, estén donde estén; de todos, cualquiera que sea su estado, su profesión o su oficio”.

En algunas novelas figura la historia del mendigo que, de la noche a la mañana, descubre que es el príncipe heredero. Quizá a nosotros nos pasó lo mismo la primera vez que escuchamos esta doctrina. Y hoy puede ser un buen día para retomarlo con la misma ilusión: el Señor no llama solo a los grandes genios de la humanidad; para ser santos no hace falta tener especiales iluminaciones místicas ni deseos de abandonar el mundo. Todo lo contrario: a todos invita el Señor para que se santifiquen en su propio estado. De todos espera Amor.
 
Llamada universal. Los teólogos distinguen ese universalismo: santidad subjetiva, como venimos meditando, se refiere a todas las personas. Y santidad objetiva: todas las realidades humanas nobles son santificables: De todos espera Amor: de todos, estén donde estén; de todos, cualquiera que sea su estado, su profesión o su oficio.
 
Qué maravilla, Señor, saber que para seguirte no debo abandonar esa vocación humana que Tú mismo pusiste en mi corazón: la medicina, la ingeniería, el derecho… Ni tantas ilusiones que me han ayudado a encontrarte en mi vida: la música, la poesía, el arte, la literatura, el deporte, la amistad…
 
3. Llamada universal… a la santidad. La vocación –que todos recibimos en el sacramento del Bautismo- implica por nuestra parte el compromiso, el esfuerzo, la tarea de comportarnos como el Señor espera. Este es el sentido de la frase que hemos meditado antes: “No hay santidad de segunda categoría: o existe una lucha constante por estar en gracia de Dios y ser conformes a Cristo, nuestro Modelo, o desertamos de esas batallas divinas”.

La llamada es exigente. Lo vemos en el Evangelio del mismo domingo XIII (Lc 9,51-62): “Mientras iban de camino, uno le dijo: «Te seguiré adondequiera que vayas». Jesús le dijo: «Las raposas tienen madrigueras y las aves del cielo nidos, pero el hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza». Dijo a otro: «Sígueme». Y él respondió: «Señor, déjame antes ir a enterrar a mi padre». Y le contestó: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ven a anunciar el reino de Dios». Un tercero dijo a Jesús: «Yo te seguiré, Señor, pero permíteme que me despida antes de mi familia». Y Jesús le dijo: «El que pone la mano en el arado y mira atrás no es apto para el reino de Dios»”.
 
En nuestra vida ordinaria tenemos que vivir ese heroísmo en las pequeñas batallas de cada día: La santidad está en la lucha, en saber que tenemos defectos y en tratar heroicamente de evitarlos. La santidad —insisto— está en superar esos defectos..., pero nos moriremos con defectos: si no, seríamos unos soberbios (Forja, 312).
 
Hemos dicho que la santidad es identificarse con Cristo, que nos da su gracia para lograrlo. Pero Cristo dio su vida, murió en la Cruz. Se olvidó de sí mismo. A veces tenemos una idea edulcorada del cristianismo, como veíamos la semana pasada: algunos piensan que Jesús es un ambientalista, o un pacifista, pero poco más. Los mismos apóstoles se escandalizaron cuando Él les dijo que su mesianismo consistía en morir en la Cruz.

Ese mismo escándalo se repite hoy, y es el que hace tremendamente provocador al cristianismo para nuestra sociedad “líquida”, cómoda, aburguesada. Hace pocos meses, el Papa Benedicto XVI animaba a los jóvenes a tomarse en serio esta llamada a ser santos: “Queridos amigos, poned vuestra juventud al servicio de Dios y de los hermanos. Seguir a Cristo implica siempre la audacia de ir contra corriente. Pero vale la pena: este es el camino de la verdadera realización personal y, por tanto, de la verdadera felicidad, pues con Cristo se experimenta que "hay mayor felicidad en dar que en recibir" (Hch 20, 35). Por eso, os animo a tomar en serio el ideal de la santidad”.
 
Y continuaba citando a Léon Bloy, quien decía que "Hay una sola tristeza: no ser santos". El Papa concluía: “Queridos jóvenes, atreveos a comprometer vuestra vida en opciones valientes; naturalmente, no solos, sino con el Señor. Dad a vuestra ciudad el impulso y el entusiasmo que derivan de vuestra experiencia viva de fe, una experiencia que no mortifica las expectativas de la vida humana, sino que las exalta al participar en la misma experiencia de Cristo” (Homilía 17-V-2008).
 
3. Llamada universal a la santidad… en la vida ordinaria. En el trabajo cotidiano. Por eso, decía San Josemaría en Forja (n. 702): “Las tareas profesionales —también el trabajo del hogar es una profesión de primer orden— son testimonio de la dignidad de la criatura humana; ocasión de desarrollo de la propia personalidad; vínculo de unión con los demás; fuente de recursos; medio de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que vivimos, y de fomentar el progreso de la humanidad entera... —Para un cristiano, estas perspectivas se alargan y se amplían aún más, porque el trabajo —asumido por Cristo como realidad redimida y redentora— se convierte en medio y en camino de santidad, en concreta tarea santificable y santificadora”. Por esta razón, Juan Pablo II lo canonizó con el título de “el santo de lo ordinario”.
 
Acudimos a la Santísima Virgen María, para que nos ayude a formular propósitos, pequeños, bien definidos, que nos afiancen en el camino del seguimiento generoso de la llamada del Señor a ser santos en la vida cotidiana. De esa manera, se cumplirán en nuestras vidas las palabras con las que el Papa anima a la juventud de hoy: “Queridos jóvenes, dejaos implicar en la vida nueva que brota del encuentro con Cristo y podréis ser apóstoles de su paz en vuestras familias, entre vuestros amigos, en el seno de vuestras comunidades eclesiales y en los diversos ambientes en los que vivís y actuáis”.


domingo, junio 20, 2010

La Cruz de cada día

Después del banquete en casa de Simón, cuenta San Lucas que el Señor se queda a solas con sus discípulos: “Jesús estaba orando en un lugar retirado y sus discípulos se encontraban con él”.

Oración de Jesús. El tercer Evangelio remarca esta faceta del Señor: antes de llamar a los apóstoles, pasó la noche en oración; antes de la Transfiguración, estaba haciendo oración; antes de los milagros, mira al Cielo y da gracias a Dios. En el pasaje de hoy –que otros evangelistas narran sin este contexto de oración- “Jesús estaba orando en un lugar retirado y sus discípulos se encontraban con él”.

“Aprended de mí”, había dicho el Maestro. Es como si hoy nos dijera: aprended de mí a ser almas de oración. El Papa lo enseña con mucha frecuencia: “ante todo, hay que cuidar la relación personal con Dios, con el Dios que se nos manifestó en Cristo. (…) La pastoral tiene como misión fundamental enseñar a orar y aprenderlo personalmente cada vez más” (Discurso, 9-XI-2006). Una frase que hace recordar el principio que San Josemaría enseñaba a sus hijos espirituales para la labor de formación de la juventud: “Si no hacéis de los chicos hombres de oración, habéis perdido el tiempo”.

Y continúa el relato de Lucas con una singular encuesta: “les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?» Ellos le dijeron: «Unos que Juan el Bautista, otros que Elías y otros que uno de los antiguos profetas resucitado»”. Le responden en continuación con el episodio de Simón el fariseo: la gente piensa que se trata de un gran profeta, quizá el mismo Elías, al que esperaban como precursor del Mesías, del Cristo de Dios. Algunos pensaban que era Juan Bautista resucitado, de quien el mismo Jesús dirá que cumple la profecía, que es el precursor.

Pero la encuesta no termina allí. Inesperadamente, Él les dijo: «Y vosotros, ¿quién decís que soy Yo?» Juan Pablo II comentaba estas palabras como dirigidas a nosotros mismos: para ti, ¿quién es Jesucristo? ¿Quién dices que soy yo? El Papa actual sugiere que esta pregunta exige una relación más íntima, que este interrogante del Señor se refiere “a quienes lo conocen "de primera mano", habiendo vivido con él, habiendo entrado realmente en su vida personalísima hasta convertirse en testigos de su oración, de su diálogo con el Padre. Así, es importante que tampoco nosotros nos limitemos a la superficialidad de tantos que escucharon algo acerca de él: que era una gran personalidad, etc..., sino que entremos en una relación personal para conocerlo realmente”.

Entrar en relación con Jesús, conocerlo realmente, exige comportarnos como buenos amigos suyos: cumplir sus indicaciones, esforzarnos por ser fieles a sus exigencias. Como Pedro, que ante la pregunta: «Y vosotros, ¿quién decís que soy Yo?», tomó la palabra y respondió: «El Mesías de Dios».

En la tercera parte de esta escena, el Señor enseña a los discípulos en qué consiste su mesianismo: “Añadió que el hijo del hombre tenía que padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los maestros de la ley, ser matado y resucitar al tercer día”. Señor: ayúdanos a entender estas lecciones de tu amor y a comprender que el dolor, el sufrimiento, la cruz, son el camino de la identificación contigo.

“Y les decía a todos: «El que quiera venir en pos de mí niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero quien pierda la vida por mí, la salvará”. Éste es el camino para ser un buen cristiano, para tener una relación personal con el Señor, para ser almas de oración: tomar la cruz de cada día y negarse a sí mismo.

San Josemaría nos ayuda a concretar en qué consiste ese tomar la cruz cotidiana, que no es hacer penitencias ostentosas pero pasajeras, sino perseverar en pequeñas mortificaciones diarias, sacrificarse en “las cosas ordinarias y corrientes: en el trabajo intenso, constante y ordenado; sabiendo que el mejor espíritu de sacrificio es la perseverancia en acabar con perfección la labor comenzada; en la puntualidad, llenando de minutos heroicos el día; en el cuidado de las cosas, que tenemos y usamos; en el afán de servicio, que nos hace cumplir con exactitud los deberes más pequeños; y en los detalles de caridad, para hacer amable a todos el camino de santidad en el mundo: una sonrisa puede ser, a veces, la mejor muestra de nuestro espíritu de penitencia”.

Como siempre, acudimos a nuestra Madre, que perseveró al pie de la cruz pero que también supo estar diariamente sufriendo con su Hijo por nuestra redención. Pidámosle que nos alcance del Señor la gracia necesaria para vivir el itinerario que Jesús nos propone: negarnos a nosotros mismos, tomar la Cruz cada día y seguirlo.

sábado, junio 12, 2010

El perdón de los pecadores

Uno de los temas que más se citan en el arte dramático es la culpa. Ahí está el núcleo de nuestra intimidad, que tememos desvelar. Por eso cuesta mucho, en el proceso de la conversión, aceptar la necesidad de pedir perdón, acudir al sacramento de la penitencia.


El undécimo domingo del Ciclo C nos presenta el tema del perdón en dos actos. En primer lugar, vemos la Penitencia de David (2 Sam 12). El Rey amado ha caído profundamente: adulterio y asesinato, podemos decir en resumen. Y sin embargo, se cree inocente. Su conciencia no le remuerde. Mejor dicho, el ruido de la pasión no deja escuchar la verdad en el fondo de su alma. Tiene que venir el profeta a corregirle, por medio de una parábola. Cuando el rey se indigna ante el comportamiento injusto, Natán le hace caer en la cuenta: ¡ese hombre eres tú!

En las palabras de contrición de David vemos que el pecado es desprecio al Señor, falta de gratitud, no valorar sus dones, pensar que le faltó algo que nosotros, por nuestros propios medios, podemos conseguir. Esto es el “seréis como dioses” del pecado original. Para David fue poca cosa el reino…

Pues bien, nunca se apartará la espada de tu casa, ya que me has despreciado y has tomado la mujer de Urías el hitita para mujer tuya. Como introduce un desorden, necesita purificación, penitencia (ése es el sentido de la amenaza). Es lo que el Señor logra en David: que reconozca su yerro, del que no era consciente hasta entonces: “-He pecado contra el Señor”. Lo expresa también el salmo 31: “Mi pecado te reconocí y no oculté mi culpa; dije: ‘me confesaré al Señor de mis rebeldías’ y tú absolviste mi culpa, perdonaste mi pecado”.

Este relato del Antiguo Testamento es como el preludio de un tema muy importante para Lucas (7,36-50): la misericordia de Jesús (el Evangelio lucano se caracteriza por ser el único que presenta parábolas como la del hijo pródigo, por ejemplo).

Uno de los fariseos le rogaba que comiera con él; entrando en casa del fariseo se recostó a la mesa. Y entonces una mujer pecadora que había en la ciudad, al enterarse que estaba sentado a la mesa en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro con perfume, y por detrás se puso a sus pies llorando; y comenzó a bañarle los pies con sus lágrimas, y los enjugaba con sus cabellos, los besaba y los ungía con el perfume.

La protagonista es una mujer que, sin ningún respeto humano, exterioriza su contrición: si públicamente era conocida como pecadora, vio conveniente que también fuese pública su conversión. San Efrén comenta que “con sus besos, la pecadora recibió el favor de los pies benditos que habían traído el perdón de sus pecados. Ella, finamente, ungía con perfume los pies de su médico, quien le había concedido a su sufrimiento el tesoro de la curación. El que justifica a los pecadores se invitó a sí mismo en razón del arrepentimiento de la pecadora”.

Al ver esto el fariseo que le había invitado, se decía: «Si éste fuera profeta, sabría con certeza quién y qué clase de mujer es la que le toca: que es una pecadora». Jesús tomó la palabra y le dijo: —Simón, tengo que decirte una cosa. Y él contestó: —Maestro, di. —Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y otro cincuenta. Como ellos no tenían con qué pagar, se lo perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le amará más? —Supongo que aquel a quien perdonó más –contestó Simón. Entonces Jesús le dijo: —Has juzgado con rectitud. Y vuelto hacia la mujer, le dijo a Simón: —¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella en cambio me ha bañado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos. No me diste el beso. Pero ella, desde que entré no ha dejado de besar mis pies. No has ungido mi cabeza con aceite. Ella en cambio ha ungido mis pies con perfume.

Jesús no oculta su dolor por las omisiones de Simón. Así lo comenta San Josemaría: “cuando una persona extraña nos mira con indiferencia, no nos importa demasiado; pero si es un ser querido quien nos trata así, con desafecto, ¡cómo nos duele su comportamiento! Y a Jesús, ¿no van a dolerle tus negligencias, tus precipitaciones, tus descuidos, tus indelicadezas?”

San Ambrosio explica que «el Señor amó no el ungüento, sino el cariño; agradeció la fe, alabó la humildad. Y tú también, si deseas la gracia, aumenta tu amor; derrama sobre el cuerpo de Jesús tu fe en la Resurrección, el perfume de la Iglesia santa y el ungüento de la caridad fraterna».

Por eso te digo: le son perdonados sus muchos pecados, porque ha amado mucho. Aquel a quien menos se perdona menos ama. Entonces le dijo a ella: —Tus pecados quedan perdonados.

Saout sugiere que “la mujer se sabía ya perdonada cuando entra en casa del fariseo. El v. 47 se puede entender así: ‘si yo puedo declarar que sus muchos pecados han sido perdonados es porque veo que ella ha mostrado mucho reconocimiento (amado)”. Berger va más allá y aclara que se trata de una unidad, de un encuentro decisivo entre el arrepentimiento del pecador y el amor de Jesús.

Podemos colegir de las palabras del Señor que al que mucho se le perdona, más debe amar. Podemos decir, como el Fundador del Opus Dei: “Jesucristo me ha perdonado la muchedumbre de mis pecados -¡cuánta generosidad!-, a pesar de mi ingratitud. Y si a esta mujer le fueron perdonados muchos pecados, porque amó mucho, a ti, hijo mío y a mí, como también se nos ha perdonado mucho, nos queda una gran deuda de amor. ¡Jesús, hasta la locura y el heroísmo! Con tu gracia, Señor, aunque me sea preciso morir por Ti, yo no te abandonaré”.

Y los convidados comenzaron a decir entre sí: —¿Quién es éste que hasta perdona los pecados? El le dijo a la mujer: —Tu fe te ha salvado; vete en paz.

El perdón de los pecados es para quien tenga fe. Otro tema importante para Lucas es Jesús como salvador. Aquí vemos que esa salvación incluye la misericordia, como predicaba San Josemaría: “¡Qué paz me dan estas consideraciones! ¡Qué paz nos debe dar saber que nos perdona siempre el Señor, que nos ama tanto, que conoce tanto de las flaquezas humanas, que sabe de qué barro tan vil estamos hechos!”

El corazón misericordioso de Jesús, su amor por nosotros hasta el extremo, es una fiesta propia que celebramos el viernes después del Corpus. Ese amor se manifiesta con el perdón. La humildad de Jesús explica que se abaje hasta casi pedirnos que nos dejemos reconciliar. Es lo que dice San Pablo (2Co 5,18-20): “En nombre de Cristo os rogamos: reconciliaos con Dios”. ¡Cuántas veces el afán de almas de los sacerdotes se manifiesta precisamente en esa disponibilidad para facilitar el reencuentro del hijo pródigo con su padre misericordioso!

Es lo que cuenta Juan Pablo II en un libro de memorias sobre el 50º aniversario de su ordenación sacerdotal. Dice que le impresionó un viaje que hizo a Ars en octubre de 1947: “San Juan María Vianney sorprende en especial porque en él se manifiesta el poder de la gracia que actúa en la pobreza de medios humanos. Me impresionaba profundamente, en particular, su heroico servicio de confesonario. Este humilde sacerdote que confesaba más de diez horas al día comiendo poco y dedicando al descanso apenas unas horas, había logrado, en un difícil periodo histórico, provocar una especie de revolución espiritual en Francia y fuera de ella. Millares de personas pasaban por Ars y se arrodillaban en su confesonario”. Después añade una frase que ha marcado a mucha gente, especialmente a sacerdotes: "Del encuentro con su figura llegué a la convicción de que el sacerdote realiza una parte esencial de su misión en el confesonario, por medio de aquel voluntario hacerse prisionero del confesonario".

A nosotros no se nos pide que hagamos manifestaciones públicas de nuestra fe en el poder salvador y misericordioso de Jesús, como hizo la mujer pecadora. El Señor solo espera que tengamos la humildad y la fe para acercarnos aunque sea a escondidas como Nicodemo y nos dejemos reconciliar con Él, que para eso dio su vida por nosotros en la Cruz.

Pidamos a nuestra Madre, la Virgen, cuyo Corazón no solo padeció en el Calvario, sino que sufre cada vez que sus hijos morimos a la gracia por el pecado. Santa María, Refugio de los pecadores, ¡Ruega por nosotros!, alcánzanos del Señor la gracia de la valentía para acudir sincera y humildemente al tribunal misericordioso de Jesús, como la mujer del Evangelio, para escuchar su palabra de amor: —Tus pecados quedan perdonados. Tu fe te ha salvado; vete en paz.

jueves, junio 10, 2010

Sagrado Corazón de Jesús

Los proyectos del corazón del Señor subsisten de edad en edad, para librar las vidas de sus fieles de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre (Antífona de Entrada). Celebramos tu amor, Señor; ese Corazón tuyo que nos amó hasta el extremo, hasta el fin, como nadie más puede hacerlo en la tierra. Y esos proyectos de tu corazón subsisten también hoy, para librarnos de la muerte y reanimarnos en estos tiempos de tanta necesidad. Los proyectos de tu corazón quieren nuestra paz, nuestra alegría eterna, nuestra eficacia humana y sobrenatural.

Teniendo en la mente esos “proyectos”, San Josemaría tuvo mucha devoción al Corazón Sacratísimo de Jesús: Sabemos que desde pequeño había aprendido de sus padres aquella jaculatoria: “Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío. Dulce Corazón de María, sed la salvación mía”. En los años de la guerra, al ver el poder de los enemigos de Dios, pensaba en Él: en medio de aquellas dificultades, le llenaba de paz saber que “¡también el Corazón de Jesús vela!” Y ante la imposibilidad humana de sacar la Obra con sus solas fuerzas, se apoyaba en la oración de las almas que había atendido: “pienso que algunos enfermos, de los que asistí hasta su muerte, durante mis años apostólicos (!), hacen fuerza en el Corazón de Jesús”. Al concluir hoy el Año sacerdotal, podemos fijarnos en el ejemplo de este santo sacerdote para nuestra vida cristiana de hoy.

En sus catequesis de los años 70, contaba que solía complementar la jaculatoria corporativa del Opus Dei: Corazón Sacratísimo y Misericordioso de Jesús, ¡danos la paz! con una petición: “Y haced mi corazón semejante al vuestro”.

Un corazón similar al de Jesús. En eso consiste la vida cristiana. Así nos lo sugiere el mismo Señor en la Antífona del Evangelio: "Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón". Aprended de mi corazón humilde, cargad con mi yugo. San Josemaría traducía libremente estas palabras: “mi yugo es la libertad, mi yugo es el amor, mi yugo es la unidad, mi yugo es la vida, mi yugo es la eficacia”.

En la oración colecta se pone el énfasis en unos puntos concretos: “Al celebrar hoy la solemnidad del Corazón de Jesús recordamos el inmenso amor de tu Hijo para con nosotros; concédenos alcanzar de esa fuente divina la abundancia inagotable de tu gracia”.

Recordamos el inmenso amor de Jesús, como vemos en las lecturas de hoy: Yo mismo apacentaré a mis ovejas y las haré reposar, promete el Señor a través de Ezequiel. El Señor es mi pastor, nada me falta, canta con júbilo el salmo 22. Finalmente, la promesa del Buen Pastor anunciada en el Antiguo Testamento se cumple en el evangelista de la misericordia divina, San Lucas (15, 3-7): Alegraos conmigo, porque ya encontré la oveja que se me había perdido.

Comentando esta escena del Buen Pastor, San Josemaría consideraba que es una parábola muy útil si alguna vez el demonio (“si pudiera, te despojaría de todos los dones que Dios te ha concedido, sobre todo de la fe, de la pureza y de la vocación”) nos hiciera pasar por la cabeza que nos hemos alejado de manera irremediable de Dios: “recuerda que –como en la parábola- el Señor sale siempre en busca del alma que se descarría; que Él, por su parte, nunca te negará la gracia que necesitas para recomenzar. (…) Ten fe, ten esperanza, confía en el amor que Jesús siente por ti. Él es el Buen Pastor, e irá por ríos y cañadas a buscarte, para apretarte contra su pecho llagado y moverte así a ser fiel. (…) Señor, ¡qué fácil es perseverar, sabiendo que Tú eres el Buen Pastor y nosotros ovejas de tu rebaño!¡Estamos en las manos de Jesús!"

S. Gregorio Magno comenta que Jesús es el Buen Pastor, pues «puso la oveja sobre sus hombros, porque, al asumir la naturaleza humana, Él mismo cargó con nuestros pecados». Es lo que cantamos con admiración en el Prefacio: con amor admirable se entregó por nosotros y, elevado sobre la cruz, hizo que de la herida de su costado brotaran, con el agua y la sangre, los sacramentos de la Iglesia; para que así, acercándose al corazón abierto del Salvador, todos puedan beber con gozo de la fuente de salvación.

Aquel Viernes Santo el Señor permitió que le abrieran el costado para quedarse con nosotros en los sacramentos. Nos puede servir la glosa que hace el Prelado del Opus Dei a un punto de Forja (894): “Cristo Jesús, Buen Sembrador, a cada uno de sus hijos nos aprieta en su mano llagada –como al trigo–; nos inunda con su Sangre, nos purifica, nos limpia, ¡nos emborracha!...; y luego, generosamente, nos echa por el mundo uno a uno: que el trigo no se siembra a sacos, sino grano a grano”.

En primer lugar, el Señor nos inunda con su Sangre por medio de los sacramentos, y así nos purifica, nos limpia, ¡nos emborracha!: nos conduce a la santidad. Pero sólo si queremos, si dejamos obrar al Paráclito, que es el Artífice de nuestra identificación con Jesús.

Podemos lograr esa inundación de Amor, dice el Prelado, si buscamos “el contacto con la Humanidad Santísima del Señor en la Penitencia y en la Eucaristía. Hemos de asimilar sus enseñanzas, no sólo leyendo la Sagrada Escritura y con afán de adquirir y mejorar la formación doctrinal, sino permaneciendo en diálogo sincero con Él en la oración: implorando que su Palabra penetre hasta lo más recóndito de nuestro pobre yo y empape nuestros afectos y deseos. Y hemos de desear que Él nos conduzca: seguir sus huellas, aprender de sus virtudes, para identificarnos más y más con su modo de sentir, de comprender y de amar”.

Es todo un itinerario: sacramentos, estudio, oración, docilidad, lucha. Pero no basta con la mejora personal. La jaculatoria de San Josemaría pide la paz al Corazón de Jesús, pero también espera de la caridad divina que haga nuestro corazón semejante al suyo: dispuesto al sacrificio por las almas.

Por eso comenta Mons. Echevarría: “una vez que el Espíritu Santo realiza estas operaciones en nosotros –o mejor, al mismo tiempo–, el Señor nos echa por el mundo, como el sembrador lanza a voleo los granos de trigo en el surco, para que den fruto; siendo nosotros mismos unión entre Dios y los hombres, gracias a nuestra alma sacerdotal. (…) Sobre la base del carácter bautismal, la gracia específica de la llamada a la Obra nos empuja a ayudar a Cristo en la salvación de las almas, siempre, pero no porque seamos mejores que los demás. Jesucristo es el único Mediador entre los hombres y Dios, pero desea que colaboremos con Él en esa tarea”.

Para terminar, pensemos en esa devoción que une los Sagrados Corazones. San Josemaría consideraba que el Corazón de la Virgen es “imagen perfecta del Corazón de Jesús”. Acudamos a Ella para que haga eficaz nuestra petición de hoy: Corazón Sacratísimo y Misericordioso de Jesús, ¡dadnos la paz! Y haced mi corazón semejante al vuestro.

domingo, junio 06, 2010

Eucaristía y sacerdocio de Cristo



 Después de Pentecostés, fiesta con la que terminaba la Pascua, el ingreso al tiempo ordinario de la liturgia está marcado por la solemnidad de la Santísima Trinidad. Una semana más tarde, la Iglesia celebra otra fiesta grande que sintetiza la historia de la salvación: la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre santísimos de Cristo.

Con esta festividad se renueva la fe en la presencia del Señor en la Eucaristía, también en las especies consagradas que se reservan en el Sagrario después de la Misa. Además, es la fiesta del sacerdocio de Jesús. Hoy es un buen día para pensar por qué llamamos al Señor “Sumo y Eterno sacerdote”, en qué consiste su sacrificio, qué tipo de ofrendas hizo a Dios, por qué actuó de esa manera y cuáles eran su motivación última, de dónde sacaba la fuerza para realizar la liturgia de su sacrificio.

En la primera lectura (Gn 14,18-20) leemos la historia de Melquidesec, un hombre misterioso que ofrece a Abraham pan y vino, después de unas batallas que éste había sostenido para liberar a su sobrino Lot: “Melquisedec, rey de Salem, que era sacerdote del Dios Altísimo, ofreció pan y vino, y le bendijo diciendo: -Bendito sea Abrán por parte del Dios Altísimo, creador de cielo y tierra; y bendito sea el Dios Altísimo que puso a tus enemigos en tus manos. Y Abrán le dio el diezmo de todo”.

Se trata de un rey, aunque los nombres también tienen su simbolismo: “ciudad de la paz”, “rey de justicia”. Le ofrece pan y vino, una acción que tiene el significado de la hospitalidad y de la paz entre personas de dos tribus distintas: un permiso de visado, podríamos decir. Pero lo que llama la atención es que después de la acogida solidaria este rey bendice a Abrán y a Dios y recibe de su huésped el diezmo de todo.

El Catecismo (1333) enseña que la La Iglesia ve en en el gesto de este rey y sacerdote una prefiguración de su propia ofrenda. De hecho, así se reza en la Santa Misa: “Mira con ojos de bondad esta ofrenda y acéptala, como aceptaste los dones del justo Abel, el sacrificio de Abrahán, nuestro padre en la fe, y la oblación pura de tu sumo sacerdote Melquisedec”.

El Salmo 109 anuncia que el Mesías forma parte de ese linaje, en una línea distinta a la del sacerdocio de Aarón y de Leví: «Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec”.  A la manera de aquel hombre, como explicará la carta a los Hebreos: “vive para siempre, posee un sacerdocio perpetuo. Vive siempre para interceder por nosotros porque se ofreció de una vez para siempre él mismo” (Cf. Heb 7,23-28).

En el Evangelio de San Lucas (9, 10-17) vemos la realización de estas figuras del Antiguo Testamento: el sacerdote anunciado es Jesucristo, que da de comer a una multitud. Se trata del único milagro narrado a la vez por los cuatro evangelios: Cuando la gente se dio cuenta, le siguió. Y les acogió y les hablaba del Reino de Dios, y sanaba a los que tenían necesidad.

Jesús les da, en primer lugar, el pan de la palabra. Sabe que andan como ovejas que no tienen pastor y, sin embargo, lo primero que les da es formación, estudio, ideas claras… Luego, acude en ayuda de los más necesitados: los enfermos, los hambrientos.

Empezaba a declinar el día, y se acercaron los doce para decirle: —Despide a la muchedumbre, para que se vayan a los pueblos y aldeas de alrededor, a buscar albergue y a proveerse de alimentos; porque aquí estamos en un lugar desierto.

Da gusto ver la confianza con que los discípulos trataban a Jesús. Nos habla de la humildad del Señor, que les había permitido “manejar su agenda”, como vemos por la sencillez con que le indican la necesidad de despedir al gentío. También van aprendiendo a pensar en los demás, ¡cuánto habrá influido el ejemplo de María en Caná!

Él les dijo: —Dadles vosotros de comer. Pero ellos dijeron: —No tenemos más que cinco panes y dos peces, a no ser que vayamos nosotros y compremos comida para todo este gentío –había unos cinco mil hombres. Entonces les dijo a sus discípulos: —Hacedlos sentar en grupos de cincuenta.  Así lo hicieron, y acomodaron a todos.

Karris explica que se trata de un nuevo encargo para los discípulos: alimentar con la Eucaristía al nuevo Israel. Resalta la dimensión que Lucas le da a las reuniones de Jesús con las personas, para comer: en el cap. 4, había mostrado un episodio de la comunión con los pecadores. Ahora, les da misión de alimentar a la creación hambrienta.

Señor: te damos gracias por estas escenas del Evangelio, que nos muestran hasta qué punto has querido confiar en nosotros como instrumentos de tu sacerdocio eterno. También hoy nos miras a tus discípulos y nos das la misma orden: Dadles vosotros de comer. Quizá nosotros, a la vista de nuestras miserias y limitaciones, también debemos responder como los doce: con nuestros pobres medios humanos, qué poco podremos hacer. Sin embargo, estamos dispuestos a ponernos en tus manos y a “hacer lo que Tú nos digas”, como aprendimos de María en Caná. Aunque no entendamos el sentido de tus mandatos, sabemos que obedeciendo a tus indicaciones seremos eficaces y fieles.

Así sucede con los discípulos. Sin tener prácticamente nada para ofrecer a aquella multitud inmensa, obedecen a la orden de hacerlos sentar en grupos de a cincuenta: Así lo hicieron, y acomodaron a todos.

Después de contar con la pobre colaboración humana, con la ayuda de aquellos doce y la obediencia de la multitud (tampoco se rebelan, ni ponen en duda la eficacia del mandato de sentarse en grupos: simplemente se sientan como indican los instrumentos del Señor), Jesús asume el protagonismo de esta meditación. Como Melquisedec en el Antiguo Testamento, Jesús  toma el pan y lo ofrece a sus invitados, que somos todas las personas a lo largo de los siglos.

Los gestos, las acciones, son similares –casi idénticas- a las de la última cena y a las de Emaús: “levantó los ojos, bendijo, partió, dio”... No hay duda de que Lucas está anticipando el sentido del sacerdocio de Cristo: su dimensión eucarística.

Tomando los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo y pronunció la bendición sobre ellos, los partió y empezó a dárselos a sus discípulos, para que los distribuyeran entre la muchedumbre. Comieron hasta que todos quedaron satisfechos. Y de los trozos que sobraron, ellos recogieron doce cestos.

Lucas es el único que relaciona la multiplicación con el anuncio de la pasión, inmediatamente después. Esta es la otra dimensión del Sacerdocio de Cristo: su disponibilidad para el sacrificio. Pero no para ofrecer un holocausto extrínseco, de un becerro o de unas palomas. La ofrenda de Jesús es su propia vida, su cuerpo y su sangre que quedarán para siempre disponibles para sus discípulos en el Sacramento de la Eucaristía, como celebramos hoy.

El Catecismo (n. 1544) explica precisamente que “Melquisedec es considerado por la Tradición cristiana como una prefiguración del sacerdocio de Cristo, que "mediante una sola oblación ha llevado a la perfección para siempre a los santificados" (Hb 10,14), es decir, mediante el único sacrificio de su Cruz”.

Esta doctrina es la que enseñarán los primeros cristianos, después de la Ascensión del Señor al Cielo. Así vemos en la segunda lectura (1 Co 11,23-26), en la que San Pablo hace una apología de la tradición que recibió y que a su vez él mismo transmite: “Porque yo recibí del Señor lo que también os transmití: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, y dando gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se da por vosotros; haced esto en conmemoración mía». Y de la misma manera, después de cenar, tomó el cáliz, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; cuantas veces lo bebáis, hacedlo en conmemoración mía». Porque cada vez que coméis este pan y bebéis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga”.

Esta corriente trinitaria de amor por los hombres -enseña San Josemaría- se perpetúa de manera sublime en la Eucaristía. Hace muchos años, aprendimos todos en el catecismo que la Sagrada Eucaristía puede ser considerada como Sacrificio y como Sacramento; y que el Sacramento se nos muestra como Comunión y como un tesoro en el altar: en el Sagrario. La Iglesia dedica otra fiesta al misterio eucarístico, al Cuerpo de Cristo ‑Corpus Christi‑ presente en todos los tabernáculos del mundo” (Es Cristo que pasa, n. 85).

Así lo explicó Benedicto XVI en la homilía de la Misa del Corpus del 2010, haciendo ver el papel del Espíritu Santo como el motivador principal del misterio eucarístico: “¿En qué sentido Jesús es sacerdote? Nos lo dice precisamente la Eucaristía. Podemos volver a partir de esas sencillas palabras que describen a Melquisedec: “ofreció pan y vino” (Gn 14,18). Y esto es lo que hizo Jesús en la Última Cena: ofreció pan y vino, y en ese gesto se resumió totalmente a sí mismo y a su propia misión. En ese acto, en la oración que lo precede y en las palabras que lo acompañan está todo el sentido del misterio de Cristo

La pasión fue para Jesús como una consagración sacerdotal. Él no era sacerdote según la Ley, pero lo ha llegado a ser de forma existencial en su Pascua de pasión, muerte y resurrección: se ofreció a sí mismo en expiación y el Padre, exaltándolo por encima de toda criatura, lo ha constituido Mediador universal de salvación (…).

Jesús anticipó su Sacrificio, un Sacrificio no ritual, sino personal. En la Última Cena Él actúa movido por ese "espíritu eterno" con el que se ofrecerá después sobre la Cruz (cfr Hb 9,14). Dando las gracias y bendiciendo, Jesús transforma el pan y el vino. Es el amor divino que transforma: el amor con que Jesús acepta por anticipado darse completamente a sí mismo por nosotros.

Este amor no es otro que el Espíritu Santo, el Espíritu del Padre y del Hijo, que consagra el pan y el vino y cambia su sustancia en el Cuerpo y en la Sangre del Señor, haciendo presente en el Sacramento el mismo Sacrificio que se realiza después de forma cruenta en la Cruz.

Podemos por tanto concluir que Cristo fue sacerdote verdadero y eficaz porque estaba lleno de la fuerza del Espíritu Santo, estaba lleno de toda la plenitud del amor de Dios, y esto precisamente “en la noche en que fue traicionado”, precisamente en la “hora de las tinieblas” (cfr Lc 22,53). Es esta fuerza divina, la misma que realizó la Encarnación del Verbo, la que transforma la extrema violencia y la extrema injusticia en un acto supremo de amor y de justicia.

Esta es la obra del sacerdocio de Cristo, que la Iglesia ha heredado y prolonga en la historia, en la doble forma del sacerdocio común de los bautizados y del ordenado de los ministros, para transformar el mundo con el amor de Dios. Todos, sacerdotes y fieles, nos nutrimos de la misma Eucaristía, todos nos postramos a adorarLa, porque en ella está presente nuestro Maestro y Señor, está presente el verdadero Cuerpo de Jesús, Víctima y Sacerdote, salvación del mundo. ¡Venid, exultemos con cantos de alegría! ¡Venid, adoremos!”