Comentarios litúrgicos -lectio divina- de un sacerdote católico. Imágenes tomadas en su mayoría de www.centroaletti.com
lunes, febrero 22, 2010
Transfiguración, oración, contemplación
tentaciones de Jesús
jueves, febrero 18, 2010
Cuaresma
1. Viernes después de ceniza. Tiempo de conversión, de penitencia. El pasado miércoles recibimos la ceniza, mientras se nos decía: “Conviértete y cree en el Evangelio”. El Papa explicaba en la Audiencia de ese día este llamado a la mudanza total: “la conversión –decía- no es una simple decisión moral que rectifica nuestra conducta de vida, sino que es una decisión de fe, que nos implica enteramente en la comunión íntima con la persona viva y concreta de Jesús. Convertirse y creer en el Evangelio no son dos cosas distintas o de alguna forma sólo cercanas entre sí, sino que expresan la misma realidad”.viernes, febrero 12, 2010
80 años de las mujeres del Opus Dei
1. Hace 80 años, Nuestro Señor hizo entender a San Josemaría, durante la celebración del Sacrificio eucarístico, que la luz fundacional del Opus Dei abarcaba también a las mujeres. Así lo describía él mismo: “el 14 de febrero de 1930, celebraba yo la misa en la capillita de la vieja marquesa de Onteiro, madre de Luz Casanova, a la que yo atendía espiritualmente, mientras era Capellán del Patronato. Dentro de la Misa, inmediatamente después de la Comunión, ¡toda la Obra femenina! No puedo decir que vi, pero sí que intelectualmente, con detalle (después yo añadí otras cosas, al desarrollar la visión intelectual), cogí lo que había de ser la Sección femenina del Opus Dei. Di gracias, y a su tiempo me fui al confesonario del P. Sánchez. Me oyó y me dijo: esto es tan de Dios como lo demás” [Cf. Vázquez de Prada A. El Fundador del Opus Dei. vol. I, p. 323].
Se cumplen ochenta años desde que el Fundador del Opus Dei “cogió intelectualmente” lo que había de ser el apostolado de las mujeres de la Obra. Hace unos días, el Prelado escribía a los fieles de la Obra que “desde el 14 de febrero de 1930, San Josemaría trabajó por abrir este camino de santidad en medio del mundo, el Opus Dei, a mujeres de todas las profesiones, razas y condiciones sociales. Ahora manifestamos nuestra gratitud a la Santísima Trinidad, porque es una realidad que esa labor ha arraigado con hondura y extensión en todo el mundo, a pesar de las grandes dificultades que tuvo que superar, especialmente en los comienzos”. Si ya era difícil predicar que los hombres no tenían que salirse del mundo para buscar la santidad, con mayor razón –estamos hablando de 80 años atrás- si esa invitación se dirigía a las mujeres…
El Prelado ayuda a entender esas contradicciones haciendo ver que entonces era muy raro que las mujeres cursaran estudios universitarios o que trabajaran fuera del hogar —a excepción de los trabajos manuales que siempre habían realizado—, y más raro aún que ocuparan puestos de responsabilidad civil, social o académica. Recuerdo que alguien entendió mejor esta idea cuando supo que las mujeres del Opus Dei fueron de las primeras en tener licencia de conducción. También fueron grandes las dificultades que tuvo que sortear San Josemaría para lograr que sus hijas pudieran estudiar altos estudios teológicos.
Por eso damos gracias a Dios, por haber suscitado esta corriente espiritual que –unida a otras realidades, espirituales y humanas- han forjado el reconocimiento —también en las leyes civiles— de la dignidad de la mujer, su igualdad de derechos y deberes respecto al varón. ¡Qué bien hace sus cosas, el Señor! Por eso le damos gracias, porque ha recordado esa dimensión de familia que caracteriza a la Iglesia, en la cual cada miembro tiene su peculiar papel, para mostrar la imagen de Dios (Uno y Trino).
La teología católica no deja de reconocer el papel insustituible del genio femenino en la familia, en la sociedad, en todos los campos. Por eso, el Concilio Vaticano II proclamó con toda solemnidad: “Llega la hora, ha llegado la hora en que la vocación de la mujer se cumple en plenitud, la hora en que la mujer adquiere en el mundo una influencia, un peso, un poder jamás alcanzados hasta ahora. Por eso, en este momento en que la humanidad conoce una mutación tan profunda, las mujeres llenas del espíritu del Evangelio pueden ayudar tanto a que la humanidad no decaiga”.
2. Pero volvamos a esa mañana, a aquella capilla donde un joven sacerdote celebraba la Eucaristía: “Dentro de la Misa, inmediatamente después de la Comunión, ¡toda la Obra femenina!”. Por eso, cada vez que San Josemaría recordaba esta fecha, procuraba pasar oculto, insistiendo en que el protagonismo del aniversario es del Señor. Por ejemplo, decía en una charla en 1959: “Quería estar hoy con vosotras, mis hijas, porque celebramos el aniversario de aquel día en que Nuestro Señor se dignó abrir a las mujeres este camino divino en la tierra”.
Estamos en mitad del año sacerdotal, y no es simple coincidencia el contexto de esta luz de Dios que hoy celebramos. ¿En cuál mejor momento podría ver San Josemaría la voluntad de Dios sobre su Obra, sino dentro de la Misa? Después de la Comunión, en momentos de especial unión con Cristo sacramentado. Nos sirve para pensar en nuestra propia Misa: ¿escuchamos a Dios con hambre de cumplir su Voluntad? ¿Estamos atentos para escuchar sus deseos?
Para vivir mejor la Santa Misa, nos pueden servir estas palabras del Siervo de Dios Juan Pablo II, pronunciadas en 1995: «En el arco de casi cincuenta años de sacerdocio, la celebración de la Eucaristía sigue siendo para mí el momento más importante y más sagrado. Tengo plena conciencia de celebrar en el altar in persona Christi. Jamás en el curso de estos años, he dejado la celebración del Santísimo Sacrificio. Si esto sucedió alguna vez, fue sólo por motivos independientes de mi voluntad. La Santa Misa es de modo absoluto el centro de mi vida y de toda mi jornada».
Por eso, en todos los centros del Opus Dei se procurará dar el mayor realce posible a esta fecha, celebrando, donde sea posible, la Santa Misa cantada y la exposición solemne con Te Deum. Y le pediremos a la Virgen que, en este nuevo año que comienza, La Santa Misa sea de modo absoluto el centro de nuestra vida y de toda nuestra jornada.
El apunte de San Josemaría continúa: “No puedo decir que vi, pero sí que intelectualmente, con detalle (después yo añadí otras cosas, al desarrollar la visión intelectual), cogí lo que había de ser la Sección femenina del Opus Dei. Di gracias, y a su tiempo me fui al confesonario del P. Sánchez. Me oyó y me dijo: esto es tan de Dios como lo demás”. Desarrollar la visión intelectual, estudiar, trabajar cada día, pues ése es el núcleo del mensaje sobrenatural de la Obra: santificar el trabajo ordinario. Dar gracias, como hacemos hoy. Y acudir a la dirección espiritual. Es una muestra de docilidad a la gracia, de humildad, de confiar en la luz que el Espíritu Santo brinda a la persona que guía nuestra alma. También, un motivo de confirmar lo que se ve en la oración o en la Misa: esto es tan de Dios como lo demás. Damos gracias a la Trinidad por ese designio suyo, como lo hacía el Fundador, que decía en 1955: “La Obra, verdaderamente, sin esa voluntad expresa del Señor y sin vuestras hermanas, hubiera quedado manca”.
3. ¿Y cuál es la mejor manera de dar gracias a Dios? – Haciéndolas llegar a la Santísima Trinidad por manos de la Santísima Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra. Por eso, para que todos en la Obra celebren este aniversario muy unidos a Santa María, el Prelado ha querido que desde esa fecha, y hasta el 14-II-2011, se viva en la Prelatura un Año mariano en acción de gracias a la Santísima Trinidad, acudiendo a la intercesión de nuestra Madre del Amor Hermoso, bajo la mirada complacida de San Josemaría, para que los fieles de la Prelatura sirvan lealmente a la Iglesia Santa, y a las almas.
El Prelado apuntaba en la carta de febrero unos detalles sobre la forma en que quería que se viviera el año mariano: “A lo largo de estos meses, nos esforzaremos por honrar más y mejor a nuestra Madre, sobre todo cuidando con esmero el rezo y contemplación del Santo Rosario, difundiendo esta devoción entre nuestras familias y nuestros amigos. Y demos gracias a Dios, expresamente, por la tarea de las mujeres que se ocupan de la atención material de los Centros de la Prelatura, que contribuye decisivamente a mantener y mejorar el clima de hogar que el Señor infundió en la Obra, cuando la inspiró a nuestro Padre en
Nos pueden servir, para este agradable empeño, unas palabras de San Josemaría: “María santifica lo más menudo, lo que muchos consideran erróneamente como intrascendente y sin valor: el trabajo de cada día, los detalles de atención hacia las personas queridas, las conversaciones y las visitas con motivo de parentesco o de amistad. ¡Bendita normalidad, que puede estar llena de tanto amor de Dios! Porque eso es lo que explica la vida de María: su amor. Un amor llevado hasta el extremo, hasta el olvido completo de sí misma, contenta de estar allí, donde la quiere Dios, y cumpliendo con esmero la voluntad divina. Eso es lo que hace que el más pequeño gesto suyo, no sea nunca banal, sino que se manifieste lleno de contenido. María, Nuestra Madre, es para nosotros ejemplo y camino. Hemos de procurar ser como Ella, en las circunstancias concretas en las que Dios ha querido que vivamos” (Es Cristo que pasa, 148).
La Virgen María, Madre del Amor Hermoso, nos ayudará a recorrer este camino con la ilusión renovada. Además, coincidirá el primer semestre con la recta final del año sacerdotal. Por eso, también le pediremos a Ella por los frutos de este Año convocado por el Papa Benedicto XVI, rezando especialmente para que todos los fieles tengamos un alma sacerdotal vibrante, y para que sepamos comunicar la alegría de ese don a las personas que tratamos.
Podemos terminar con unas palabras de San Josemaría, con las que terminaba la homilía que citamos antes: “El Señor quiere de nosotros que no desaprovechemos esta ocasión de crecer en su Amor a través del trato con su Madre. Que cada día sepamos tener con Ella esos detalles de hijos —cosas pequeñas, atenciones delicadas—, que se van haciendo grandes realidades de santidad personal y de apostolado, es decir, de empeño constante por contribuir a la salvación que Cristo ha venido a traer al mundo” (Es Cristo que pasa, 149).
miércoles, febrero 03, 2010
vocación
En los primeros capítulos del Evangelio de Lucas vemos el inicio de la labor apostólica del Señor. Regresa a su Nazaret, el pueblo donde creció, y predica en la sinagoga: “Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír”. Jesús se apropia la promesa del profeta, dice que él mismo es el Mesías prometido. Inmediatamente después vemos la reacción de los presentes, muy positiva al comienzo: “Todos daban testimonio en favor de él y se maravillaban de las palabras de gracia que procedían de su boca”. Sin embargo, en algunos surge la duda, “y decían: —¿No es éste el hijo de José?” ¿Cómo puede ser posible –pensarían- que aquél que conocimos pequeño, que durante su infancia no hizo nada raro, resulte ser ahora el Hijo de David? Les pasaba lo que cuenta una historia popular, de un campesino que había donado un cerezo de su propiedad para que hicieran con esa madera la imagen de un santo. Pasados los años, le preguntaron por qué le tenía tan poca devoción a ese intercesor, que tenía tanta fama de milagroso. A lo que respondió: “a ese santo no le rezo, pues lo conocí cerezo”. No tuvieron fe en Jesús. Es el primer “fracaso” del Señor, el comienzo del camino de tropiezos que tendrá hasta morir en la Cruz.
Jesucristo no condesciende ante esa reacción folclórica. Al contrario, se reafirma en la universalidad de su vocación, aunque le conlleve una notoria contrariedad: “Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira y se levantaron, le echaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta la cima del monte sobre el que estaba edificada su ciudad para despeñarle. Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó”.
En la primera lectura del cuarto domingo también aparece un relato vocacional: en este caso, el profeta Jeremías. A él le dice el Señor: “Antes de formarte en el seno materno, ya te conocía, y antes de que nacieses, te tenía consagrado: yo te constituí profeta de las naciones”. Así nos puede decir a cada uno, que nos conoce mejor que nuestras madres. Que nos tiene elegidos desde la eternidad –como dice san Pablo- para que seamos santos. Señor: enséñanos a asumir la vocación que nos has dado a cada uno con todas sus virtualidades, a llevarla a cabo hasta el final. Ayúdanos a ver tu voluntad y danos fuerzas –tu gracia- para cumplirla.
Al inicio de un nuevo año, es bueno pensar en lo que espera el Señor de nosotros. Como Jeremías, como el mismo Jesucristo, debemos buscar que todo el fin de nuestra vida sea cumplir la voluntad del Padre. Es normal que uno sienta un poco de miedo al plantearse cambiar los propios planes por los que el Señor le diseña. Lo expresaba muy bien Benedicto XVI: ¿Acaso no tenemos todos de algún modo miedo – si dejamos entrar a Cristo totalmente dentro de nosotros, si nos abrimos totalmente a él –, miedo de que él pueda quitarnos algo de nuestra vida? ¿Acaso no tenemos miedo de renunciar a algo grande, único, que hace la vida más bella? ¿No corremos el riesgo de encontrarnos luego en la angustia y vernos privados de la libertad?
¡Cuántos ejemplos tenemos de personas que, a pesar del miedo inicial, no han hecho otra cosa que seguir al Maestro! Es la escuela de los santos. Todos tenemos presente el modelo de Juan Pablo II, al que quizá beatifiquen este año. Precisamente este Siervo de Dios insistía: “No tengáis miedo. Abrid a Cristo las puertas del corazón”. Al comienzo de su pontificado, Benedicto XVI lo recordaba, pensando no solo en su predicación, sino también en el ejemplo de toda su vida: “El Papa quería decir: ¡no! quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada – absolutamente nada – de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera».
¡Cuántas decisiones de entrega a Dios han suscitado esas palabras a lo largo de estos años! Con su intercesión desde el cielo, Juan Pablo II continúa haciendo que a nosotros hoy nos interpelen: Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia de una larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida.
Acudamos a la Virgen Santísima, modelo de respuesta generosa al llamado del Señor. Que perdamos el miedo a abrir las puertas, a dejar el lastre que nos impide volar. Madre nuestra, haz que en este año nuevo sean muchas las personas en el mundo, comenzando por nosotros mismos, que respondamos cada día como Tú al Señor: “Hágase en mí según tu palabra”.
Amigos de Jesús y de su Palabra
Podemos preguntarnos con cuáles disposiciones escuchamos nosotros la lectura de la Palabra en la Misa y qué efectos produce en nuestras vidas. Como decía Benedicto XVI en la clausura del Sínodo sobre la Palabra, “Escritura y liturgia convergen en el único fin de llevar al pueblo dialogar con el Señor y a obedecer su voluntad. La Palabra que sale de la boca de Dios y que testimonian las Escrituras regresa a él en forma de respuesta orante, de respuesta vivida, de respuesta que brota del amor”. Por eso respondemos con el Salmo 18: “Tus palabras, Señor, son espíritu y vida”.
En el 2008, el Sínodo de los Obispos se dedicó a este tema precisamente por su importancia. Tenemos que ser amantes de la Escritura. Ahí está Dios, que nos habla y nos transmite su voluntad, sus consejos, su cariño, su aliento, su ejemplo; lo que necesitamos en nuestras circunstancias concretas. Además, es el mejor camino para hacernos amigos de Jesús, que es el núcleo de la vida interior: conversar con Él, conocerlo, meternos en su vida –la que nos narra el Evangelio- para que Él se meta de lleno en la nuestra.
Lo expresa muy bien S. Canals en su libro “Ascética meditada”: “Para llegar a esta amistad hace falta que tú y yo nos acerquemos a El, lo conozcamos y lo amemos. La amistad de Jesús es una amistad que lleva muy lejos: con ella encontraremos la felicidad y la tranquilidad, sabremos siempre, con criterio seguro, cómo comportarnos; nos encaminaremos hacia la casa del Padre y seremos, cada uno de nosotros, otro Cristo, pues para esto se hizo hombre Jesucristo: Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciera Dios”.
El mismo autor concreta: “¿Pero dónde buscar al Señor? ¿Cómo acercarse a El y conocerlo? En el Evangelio, meditándolo, contemplándolo, amándolo, siguiéndolo. Con la lectura espiritual, estudiando y profundizando la ciencia de Dios. Con la Santísima Eucaristía, adorándolo, deseándolo, recibiéndolo. Acércate a Jesucristo, hermano mío; acércate a Jesucristo en el silencio y en la laboriosidad de su vida oculta, en las penas y en las fatigas de su vida pública, en su Pasión y Muerte, en su gloriosa Resurrección”.
2. Por ejemplo, en el Evangelio de hoy, Lucas (4, 14-21) muestra que el Espíritu Santo impulsa a Jesús para que evangelice la Galilea de los gentiles y para que participe en la reunión de la sinagoga “y se levantó para leer. Entonces le entregaron el libro del profeta Isaías y, abriendo el libro, encontró el lugar donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, por lo cual me ha ungido para evangelizar a los pobres, me ha enviado para anunciar la redención a los cautivos (…). Y comenzó a decirles: —Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír”.
En la sinagoga de Nazaret, nuestro Señor lee el pasaje de Isaías 61,1-2 donde el profeta anuncia la llegada de Dios mismo, para librar al pueblo de sus dolores. Jesús anuncia que las palabras de Isaías se cumplen con Él; Él mismo es la salvación: «Al ser Él la “Buena Nueva”, existe en Cristo plena identidad entre mensaje y mensajero, entre el decir, el actuar y el ser» (Juan Pablo II, RM. 13). Los asistentes a la sinagoga no reaccionaron bien. Hoy somos nosotros quienes somos interpelados por la palabra de Jesús, ahora que comienza un nuevo año. Cada que leemos el Evangelio se cumple esa Escritura en nosotros, como en la sinagoga cuando la leyó Jesús. ¿Cómo reaccionaremos? ¿Con indiferencia o con docilidad? Pidamos al Espíritu Santo que también suscite en nosotros una respuesta generosa a las peticiones que Jesús quiere hacernos en este 2010.
3. San Josemaría sugería leer cada día unos minutos el Santo Evangelio: “Al abrir el Santo Evangelio, piensa que lo que allí se narra —obras y dichos de Cristo— no sólo has de saberlo, sino que has de vivirlo. Todo, cada punto relatado, se ha recogido, detalle a detalle, para que lo encarnes en las circunstancias concretas de tu existencia. —El Señor nos ha llamado a los católicos para que le sigamos de cerca y, en ese Texto Santo, encuentras la Vida de Jesús; pero, además, debes encontrar tu propia vida. Aprenderás a preguntar tú también, como el Apóstol, lleno de amor: "Señor, ¿qué quieres que yo haga?..." —¡La Voluntad de Dios!, oyes en tu alma de modo terminante. Pues, toma el Evangelio a diario, y léelo y vívelo como norma concreta. —Así han procedido los santos” (Forja, n. 754).
En el Sínodo de la Palabra, el Papa explicaba que “cuando Dios habla, siempre pide una respuesta; su acción de salvación requiere la cooperación humana; su amor espera correspondencia” (Homilía 051008). Y añadía que “sólo la Palabra de Dios puede cambiar en profundidad el corazón del hombre; por eso, es importante que tanto los creyentes como las comunidades entren en una intimidad cada vez mayor con ella”.
Entrar en intimidad con lo que Jesús nos dice, para responder a su amor. En vacaciones leí el testimonio de una Mons. Juan Larrea, un Obispo santo al que pude conocer hace unos años y que murió fiel a su vocación como Numerario del Opus Dei. Él narraba así el momento en que pidió la admisión en la Obra, cuando respondió afirmativamente al amor divino: “Desde ese instante recobré la plena serenidad y paz interior. Estaba convencido de haber hecho lo que Dios me pedía y a lo largo de más de cincuenta años he podido constatar que el Señor me llamó por esos caminos absolutamente normales y corrientes y me dio su gracia para responder que sí, con plena libertad, sin presión alguna y conociendo muy bien a qué me comprometía”.
Responder que sí a lo que el Señor nos transmita en la oración, por medio del Evangelio. Meditar sobre los efectos de la Palabra de Dios en nuestra vida, nos lleva también a sacar propósitos de convertirnos en verdaderos apóstoles. Deberíamos sentir como propio el grito de San Pablo: "¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!" (1 Co 9, 16), “grito que para todo cristiano se convierte en invitación insistente a ponerse al servicio de Cristo. "La mies es mucha" (Mt 9, 37), repite también hoy el Maestro divino. (…) Es indispensable que los cristianos de todos los continentes estén preparados para responder a quienes les pidan razón de su esperanza (cf. 1 P 3, 15), anunciando con alegría la Palabra de Dios y viviendo sin componendas el Evangelio” (Benedicto XVI, cit.). Estar preparados. No basta con tener deseos. Hace falta estudio, doctrina. En este nuevo año nos proponemos también, para profundizar en la amistad con Jesucristo, cuidar la perseverancia y el aprovechamiento de los medios de formación cristiana a los que asistimos.
Concluimos con el texto de Canals que meditábamos al comienzo: “Todos hallamos en El, que es la causa ejemplar, el modelo, el tipo de santidad que a cada uno conviene. Si cultivamos su amistad, lo conoceremos. Y en la intimidad de nuestra confianza con El escucharemos sus palabras. Te he dado el ejemplo, obra como Yo lo he hecho. Pero antes de terminar, levanta confiadamente tu mirada a la Santísima Virgen. Pues Ella supo, como ningún otro, llevar en su corazón la vida de Cristo y meditarla dentro de sí. Recurre a Ella, que es Madre de Cristo y Madre tuya. Porque a Jesús se va siempre a través de María.”

