lunes, febrero 22, 2010

Transfiguración, oración, contemplación


El segundo domingo de Cuaresma, la liturgia  nos presenta la Transfiguración del Señor (Lc 9,28-36): “En aquel tiempo, Jesús se llevó con él a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a un monte para orar. Mientras él oraba, cambió el aspecto de su rostro, y su vestido se volvió blanco y muy brillante”.

Este es el punto central del evento, sobre todo si lo consideramos en el tiempo litúrgico que estamos viviendo, que debe estar marcado por la oración, el ayuno y la misericordia. De hecho, el Papa también se detiene en él en su libro Jesús de Nazaret: “De nuevo nos encontramos —como en el Sermón de la Montaña y en las noches que Jesús pasaba en oración— con el monte como lugar de máxima cercanía de Dios;. (…) La transfiguración es un acontecimiento de oración; se ve claramente lo que sucede en la conversación de Jesús con el Padre: la íntima compenetración de su ser con Dios, que se convierte en luz pura. En su ser uno con el Padre, Jesús mismo es Luz de Luz. En ese momento se percibe también por los sentidos lo que es Jesús en lo más íntimo de sí y lo que Pedro trata de decir en su confesión: el ser de Jesús en la luz de Dios, su propio ser luz como Hijo”.

La transfiguración, acontecimiento de oración. La cuaresma, tiempo de oración. San León Magno explica que “en aquella transfiguración se trataba, sobre todo, de alejar de los corazones de los discípulos el escándalo de la cruz. (…) Pero con no menor providencia se estaba fundamentando la esperanza de la Iglesia santa, ya que el cuerpo de Cristo, en su totalidad, podría comprender cuál habría de ser su transformación, y sus miembros podrían contar con la promesa de su participación en aquel honor que brillaba de antemano en la cabeza”.

Hemos de transformarnos nosotros también, pero no solo cuando lleguemos al cielo, sino que ya aquí en la tierra estamos llamados a la contemplación. Para eso, es preciso que luchemos por ser fieles a la gracia que el Señor está dispuesto a concedernos –sobre todo en este tiempo litúrgico fuerte- para que seamos almas de oración.

San Josemaría predicaba: “no podemos considerar esta Cuaresma como una época más, repetición cíclica del tiempo litúrgico. Este momento es único; es una ayuda divina que hay que acoger. Jesús pasa a nuestro lado y espera de nosotros —hoy, ahora— una gran mudanza. (…) Aquí está frente a nosotros, este día de salvación. La llamada del buen Pastor llega hasta nosotros: ego vocavi te nomine tuo, te he llamado a ti, por tu nombre. Hay que contestar —amor con amor se paga— diciendo: ecce ego quia vocasti me, me has llamado y aquí estoy. Estoy decidido a que no pase este tiempo de Cuaresma como pasa el agua sobre las piedras, sin dejar rastro. Me dejaré empapar, transformar; me convertiré, me dirigiré de nuevo al Señor, queriéndole como El desea ser querido”. (Es Cristo que pasa, 59)

Ya llevamos casi dos semanas en este desierto cuaresmal, acompañando a Jesús en los cuarenta días de preparación para su vida pública, para que nosotros podamos celebrar con provecho el misterio pascual. Podemos hacer examen y pensar si estamos rezando más, si estamos cuidando con particular empeño alguna práctica de piedad en especial: la Santa Misa –centro y raíz de nuestra vida interior-, la devoción a María –Madre de Dios y Madre nuestra-, la oración mental, la presencia de Dios a lo largo del día, etc. Al mismo tiempo, es el momento para formular propósitos concretos: acudir con más frecuencia al sacramento de la Reconciliación, cuidar más el rezo y contemplación del Santo Rosario, leer con más atención el Santo Evangelio o algún libro de lectura espiritual…

Se trata de subir, como Pedro, Santiago y Juan, a la montaña con Cristo, es decir, con esfuerzo, con cansancio a veces, pero también dejando atrás el ajetreo diario, lo que nos quita la paz. “En esto, dos hombres comenzaron a hablar con él: eran Moisés y Elías que, aparecidos en forma gloriosa, hablaban de la salida de Jesús que iba a cumplirse en Jerusalén. Pedro y los que estaban con él se encontraban rendidos por el sueño. Y al despertar, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban a su lado. Cuando éstos se apartaron de él, le dijo Pedro a Jesús: —Maestro, qué bien estamos aquí; hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías –pero no sabía lo que decía”. 

El Obispo Anastasio Sinaíta explicaba este pasaje como un trasunto del cielo: “Corramos hacia allí, animosos y alegres, y penetremos en la intimidad de la nube, a imitación de Moisés y Elías, o de Santiago y Juan. Seamos como Pedro, arrebatado por la visión y aparición divina, transfigurado por aquella hermosa transfiguración, desasido del mundo, abstraído de la tierra; despojémonos de lo carnal, dejemos lo creado y volvámonos al Creador, al que Pedro, fuera de sí, dijo: Señor, ¡qué bien se está aquí!”

Pero no debemos esperar a la muerte para tener la experiencia de la vida contemplativa. Es lo que enseña San Josemaría, que invitaba a convertirse en contemplativos en medio del mundo: “Primero una jaculatoria, y luego otra, y otra..., hasta que parece insuficiente ese fervor, porque las palabras resultan pobres...: y se deja paso a la intimidad divina, en un mirar a Dios sin descanso y sin cansancio. Vivimos entonces como cautivos, como prisioneros. Mientras realizamos con la mayor perfección posible, dentro de nuestras equivocaciones y limitaciones, las tareas propias de nuestra condición y de nuestro oficio, el alma ansía escaparse. Se va hacia Dios, como el hierro atraído por la fuerza del imán. Se comienza a amar a Jesús, de forma más eficaz, con un dulce sobresalto” (Amigos de Dios, 296).

Vida de oración, transfiguración interna, dentro de nuestras tareas ordinarias. Amar al Señor, tratarlo con confianza, como enseña San Pablo en la segunda lectura de hoy (Rm 8,31): “Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él todas las cosas?” El Señor nos dará la gracia necesaria para vencer en todas las luchas, nada ni nadie es más fuerte que el amor de Dios hacia nosotros.

Mientras así hablaba, se formó una nube y los cubrió con su sombra. Al entrar ellos en la nube, se atemorizaron. Y se oyó una voz desde la nube que decía:   —Éste es mi Hijo, el elegido: escuchadle. Cuando sonó la voz, se quedó Jesús solo. Ellos guardaron silencio, y a nadie dijeron por entonces nada de lo que habían visto.

Benedicto XVI comentaba esta escena hace unos años, aludiendo a que Jesús habla con Moisés y Elías sobre su muerte en la Cruz: para un cristiano orar no equivale a evadirse de la realidad y de las responsabilidades que implica, sino asumirlas a fondo, confiando en el amor fiel e inagotable del Señor”. Y concluía que “la oración no es algo accesorio, algo opcional; es cuestión de vida o muerte. En efecto, sólo quien ora, es decir, quien se pone en manos de Dios con amor filial, puede entrar en la vida eterna, que es Dios mismo. Durante este tiempo de Cuaresma pidamos a María, Madre del Verbo encarnado y Maestra de vida espiritual, que nos enseñe a orar como hacía su Hijo, para que nuestra existencia sea transformada por la luz de su presencia”.

Podemos terminar con la oración que haremos después de la comunión: “Señor, Padre santo, que nos mandaste escuchar a tu amado Hijo; alimenta nuestra fe con tu palabra y purifica los ojos de nuestro espíritu, para que podamos alegrarnos en la contemplación de tu gloria”.

tentaciones de Jesús



Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó del Jordán y fue conducido por el Espíritu al desierto, donde estuvo cuarenta días y fue tentado por el diablo. No comió nada en estos días, y al final sintió hambre.

El primer domingo de Cuaresma, la Iglesia nos invita a considerar las tentaciones de Jesús. El Catecismo (n. 538) lo resume de esta manera: “Los Evangelios hablan de un tiempo de soledad de Jesús en el desierto inmediatamente después de su bautismo por Juan: "Impulsado por el Espíritu" al desierto, Jesús permanece allí sin comer durante cuarenta días; vive entre los animales y los ángeles le servían (cf. Mc 1,12-13). Al final de este tiempo, Satanás le tienta tres veces tratando de poner a prueba su actitud filial hacia Dios. Jesús rechaza estos ataques que recapitulan las tentaciones de Adán en el Paraíso y las de Israel en el desierto, y el diablo se aleja de él "hasta el tiempo determinado" (Lc 4,13).

Jesús es el nuevo Israel: como el pueblo elegido, padece tentación; pero, a diferencia de los israelitas, vence al demonio. En su libro “Jesús de Nazaret”, Benedicto XVI ve en las tentaciones una pregunta sobre qué es lo que cuenta verdaderamente en la vida humana, cuál es el auténtico bien del ser humano.


Entonces le dijo el diablo: —Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan.  Y Jesús le respondió:—Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre.

En esta tentación el diablo pone a prueba (Si eres Hijo de Dios) la filiación divina que Dios Padre había proclamado poco antes en el bautismo. El Papa comenta que “aquí aparece claro el núcleo de toda tentación: apartar a Dios que, ante todo lo que parece más urgente en nuestra vida, pasa a ser algo secundario, o incluso superfluo y molesto. Poner orden en nuestro mundo por nosotros solos, sin Dios, contando únicamente con nuestras propias capacidades, reconocer como verdaderas sólo las realidades políticas y materiales, y dejar a Dios de lado como algo ilusorio, ésta es la tentación que nos amenaza de muchas maneras. Es propio de la tentación adoptar una apariencia moral: no nos invita directamente a hacer el mal, eso sería muy burdo. Finge mostrarnos lo mejor: abandonar por fin lo ilusorio y emplear eficazmente nuestras fuerzas en mejorar el mundo. Además, se presenta con la pretensión del verdadero realismo. Lo real es lo que se constata: poder y pan. Ante ello, las cosas de Dios aparecen irreales, un mundo secundario que realmente no se necesita”.

Poder y pan. ¡Cuántas veces nos movemos por esas prioridades! Con dolor podemos decir que casi siempre… Mi futuro, mi carrera, mis proyectos. Incluso en las labores de caridad, podemos caer en el riesgo de poner en primer lugar el pan, las necesidades físicas –no es que no sean importantes- antes que la dignidad de hijos de Dios, la espiritualidad, la formación humana y sobrenatural. Sin embargo, concluye el Papa, en alusión a las multiplicaciones de pan, como prefiguración de la Eucaristía, “Jesús no es indiferente al hambre de los hombres, a sus necesidades materiales, pero las sitúa en el contexto adecuado y les concede la prioridad debida”.

Después el diablo lo llevó a un lugar elevado y le mostró todos los reinos de la superficie de la tierra en un instante y le dijo: —Te daré todo este poder y su gloria, porque me han sido entregados y los doy a quien quiero. Por tanto, si me adoras, todo será tuyo. Y Jesús le respondió: —Escrito está: Adorarás al Señor tu Dios y solamente a Él darás culto.

En la segunda tentación el diablo le ofrece a Jesús el reinado de este mundo a cambio de un homenaje a él. Una vez más, la tentación del poder, del dinero, de los bienes terrenos o de la caduca gloria humana. Dice el Papa que ésta “resulta ser la tentación fundamental, se refiere a la pregunta sobre qué debe hacer un salvador del mundo. (…) Jesús ha traído a Dios y, con El, la verdad sobre nuestro origen y nuestro destino; la fe, la esperanza y el amor”.

Entonces lo llevó a Jerusalén, lo puso sobre el pináculo del Templo y le dijo: —Si eres Hijo de Dios, arrójate de aquí abajo, porque escrito está: Dará órdenes a sus ángeles sobre ti para que te protejan y te lleven en sus manos,  no sea que tropiece tu pie contra alguna piedra. Y Jesús le respondió: —Dicho está: No tentarás al Señor tu Dios.

En la tercerta tentación el demonio le propone a Jesús escapar de la muerte en virtud de ser Hijo de Dios (Eunsa). Comenta el Papa que “esta escena sobre el pináculo del templo hace dirigir la mirada también hacia la cruz. Cristo no se arroja desde el pináculo del templo. No salta al abismo. No tienta a Dios. Pero ha descendido al abismo de la muerte, a la noche del abandono, al desamparo propio de los indefensos. Se ha atrevido a dar este salto como acto del amor de Dios por los hombres. Y por eso sabía que, saltando, sólo podía caer en las manos bondadosas del Padre”. El Señor nos muestra dónde tenemos que poner nuestras esperanzas.

Y terminada toda tentación, el diablo se apartó de él hasta el momento oportuno.

El momento oportuno será el triduo pascual, cuando Cristo venció definitivamente al poder del mal. El Catecismo (n.540) concluye que “Cristo venció al Tentador a favor nuestro: "Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado" (Hb 4, 15)”.

Es lo que predicaba, lleno de alegría, San Agustín (Salmo 60): “nos incluyó en sí mismo cuando quiso verse tentado por Satanás. Nos acaban de leer que Jesucristo, nuestro Señor, se dejó tentar por el diablo. ¡Nada menos que Cristo tentado por el diablo! Pero en Cristo estabas siendo tentado tú, porque Cristo tenía de ti la carne, y de él procedía para ti la salvación; de ti procedía la muerte para él, y de él para ti la vida; de ti para él los ultrajes, y de él para ti los honores; en definitiva, de ti para él la tentación, y de él para ti la victoria. Si hemos sido tentados en él, también en él vencemos al diablo. ¿Te fijas en que Cristo fue tentado, y no te fijas en que venció? Reconócete a ti mismo tentado en él, y reconócete también vencedor en él”.

La Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto. Es el sentido de esta cuaresma, como dice el prefacio de la Misa: “Cristo nuestro Señor, al abstenerse durante cuarenta días de tomar alimento, inauguró la práctica de nuestra penitencia cuaresmal y, al rechazar las tentaciones del Enemigo, nos enseñó a sofocar la fuerza del pecado”.

Comenzábamos citando al Papa, que ve en este episodio una pregunta sobre qué es lo que cuenta verdaderamente en la vida humana, cuál es el auténtico bien del ser humano. En el mismo texto, Benedicto XVI concluye que “en la lucha contra Satanás ha vencido Jesús: frente a la divinización fraudulenta del poder y del bienestar, frente a la promesa mentirosa de un futuro que, a través del poder y la economía, garantiza todo a todos, El contrapone la naturaleza divina de Dios, Dios como auténtico bien del hombre”.

jueves, febrero 18, 2010

Cuaresma

1. Viernes después de ceniza. Tiempo de conversión, de penitencia. El pasado miércoles recibimos la ceniza, mientras se nos decía: “Conviértete y cree en el Evangelio”. El Papa explicaba en la Audiencia de ese día este llamado a la mudanza total: “la conversión –decía- no es una simple decisión moral que rectifica nuestra conducta de vida, sino que es una decisión de fe, que nos implica enteramente en la comunión íntima con la persona viva y concreta de Jesús. Convertirse y creer en el Evangelio no son dos cosas distintas o de alguna forma sólo cercanas entre sí, sino que expresan la misma realidad”.
Convertirnos y creer en el Evangelio. Viene a la mente la anécdota que contaba un obispo africano sobre conversión: «La serpiente se quejaba a la oruga de que la gente tenía miedo de las dos. La oruga le dio la solución: “debemos cambiar, transformarnos”. Algún tiempo más tarde, la oruga se había convertido en mariposa, bonita, llena de gracia y color, que gozaba del cariño de todos. La serpiente había mudado solamente la piel, y la gente seguía asustándose de ella. Como respuesta a sus lamentos, la mariposa le explicó: tú has cambiado superficialmente; en cambio, yo tengo ahora una nueva existencia».
Para nosotros, esa nueva existencia viene de la fe en el Evangelio, en decidirnos a vivir en comunión íntima con la persona viva y concreta de Jesús. Como predicaba San Josemaría, “La Cuaresma ahora nos pone delante de estas preguntas fundamentales: ¿avanzo en mi fidelidad a Cristo?, ¿en deseos de santidad?, ¿en generosidad apostólica en mi vida diaria, en mi trabajo ordinario entre mis compañeros de profesión? Cada uno, sin ruido de palabras, que conteste a esas preguntas, y verá cómo es necesaria una nueva transformación, para que Cristo viva en nosotros, para que su imagen se refleje limpiamente en nuestra conducta” (Es Cristo que pasa, n. 58). Como la oruga, tenemos que cambiar de existencia, optar definitivamente por Jesús.
2. El Papa explicaba en la homilía del miércoles pasado el sentido de la Cuaresma: Seguir a Jesús en el desierto cuaresmal es condición necesaria para participar en su Pascua, en su “éxodo”. Adán fue expulsado del Paraíso terrestre, símbolo de la comunión con Dios; ahora, para volver a esta comunión y por tanto a la vida verdadera, es necesario atravesar el desierto, la prueba de la fe. ¡No solos, sino con Jesús! Él – como siempre – nos ha precedido y ha vencido ya el combate contra el espíritu del mal. Este es el sentido de la Cuaresma, tiempo litúrgico que cada año nos invita a renovar la elección de seguir a Cristo por el camino de la humildad para participar en su victoria sobre el pecado y sobre la muerte”.
Atravesar el desierto, la prueba de la fe. Seguir a Jesús, acompañarlo estos cuarenta días: no solos, sino con Él. Renovar la elección de seguirlo, por el camino de la humildad, para participar en su victoria sobre el pecado. Tradicionalmente se enseñan tres prácticas cuaresmales: ayuno, oración, limosna (caridad). El Papa las enriquece con el sentido de la compañía de Jesús en el combate contra el espíritu del mal, contra el pecado personal.


El Evangelio de Mateo (9,14-17) se refiere a esa compañía de Jesús precisamente cuando reseña las críticas al Maestro porque sus discípulos no ayunaban: “Entonces se le acercaron los discípulos de Juan para decirle: —¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos con frecuencia y, en cambio, tus discípulos no ayunan? Jesús les respondió: —¿Acaso pueden estar de duelo los amigos del esposo mientras el esposo está con ellos? Ya vendrá el día en que les será arrebatado el esposo; entonces, ya ayunarán”.
San Agustín comentaba este pasaje diciendo que “ésta es la causa de que ayunemos antes de la solemnidad de la Pasión del Señor y de que abandonemos el ayuno durante los cincuenta días siguientes. Todo el que ayuna como es debido, o bien busca humillar su alma, desde una fe no fingida, con el gemido de la oración y la mortificación corporal, o bien deja de lado el placer carnal hasta pasar hambre y sed, porque movido por alguna carencia espiritual su mirada está puesta en el goce de la verdad y la sabiduría. De ambas clases de ayuno habló el Señor cuando le preguntaron por qué sus discípulos no ayunaban. Así pues, una vez que se nos ha quitado el esposo, nosotros, sus hijos, tenemos que llorar. Nuestro llanto es justo si ardemos en deseos de verle” (Sermón 210,4).
El Santo de Hipona nos ayuda a poner el sentido de la Cuaresma en la compañía de Jesús, camino del Calvario. Como él, procuramos humillar el alma con la oración y la mortificación; e intentamos imitarlo –levemente- con nuestras penitencias corporales (hambre, sed). Si bien critica –y citémoslo aquí, pues la Cuaresma no está reñida con la alegría- que “hay cristianos que observan la Cuaresma debido a un espíritu de sensualidad más bien que por religión y se dedican a buscar nuevos goces en lugar de mortificar sus antiguas codicias. A base de grandes gastos hacen provisión de toda clase de frutos y se esfuerzan en combinar los condimentos más variados y más exquisitos (...) También los hay que se abstienen del vino pero para reemplazarlo por bebidas que combinan con jugo de otras frutas". Podríamos decirles: “Vaya Cuaresma”. Entiendo que no es el caso de los que me escuchan.
3. Consideremos en esta meditación la importancia del ayuno, que es penitencia gratísima a Dios (Camino, 477). Cuenta D. Pedro Casciaro que, cuando San Josemaría escribía estas palabras, vivía generosos ayunos en medio de las penurias de la guerra: "En el Hotel Sabadell pagábamos cuatro pesetas por cama. No recuerdo cuánto cobraban por cada comida, pero el precio normal en cualquier modesto restorán de Burgos no era inferior a ocho pesetas. El Siervo de Dios organizaba las cosas para ir, al acercarse la hora de las comidas, a cumplir algunos encargos con un hijo suyo que solía ser algo distraído; le decía: tú ocúpate de esto y yo de esto otro, y ya nos veremos después de la comida. Luego, cuando los demás interrogábamos al Siervo de Dios, eludía la pregunta”.
Sabemos que la Conferencia Episcopal ayuda a concretar esas penitencias con la invitación a observar el ayuno y la abstinencia de carne el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo. Durante los Viernes de Cuaresma, nos anima a “cumplir el precepto de la abstinencia privándose de carne o de otro alimento habitual de especial agrado para la persona”.
Los santos enriquecen el sentido del ayuno, cuando enseñan que no solo se refiere a la privación de alimentos, práctica que sigue siendo bien importante en nuestros tiempos. Así, por ejemplo, enseña San León Magno que el ayuno “debe consistir mucho más en la privación de nuestros vicios que en la de los alimentos”. Viene a la mente el consejo que daba Juan Pablo II hace unos años: podríamos tener ayuno de Internet algunos días de la Cuaresma. Sé de algún joven norteamericano que ofrecía como penitencia cuaresmal no entrar a Facebook. Son ejemplos que no daban los Padres de la Iglesia por obvias razones, pero que hoy nos pueden ayudar bastante.
Y San Bernardo concreta más aún: “Ayunen los ojos de toda mirada curiosa... Ayunen los oídos, no atendiendo a las palabras vanas y a cuanto no sea necesario para la salud del alma... Ayune la lengua de la difamación y la murmuración, de las palabras vanas, inútiles... Ayune la mano de estar ociosa y de todas las obras que no sean mandadas. Pero ayune mucho más el alma misma de los vicios y pecados, y de imponer la propia voluntad y juicio. Pues, sin este ayuno, todos los demás son reprobados por Dios”.
Estamos viviendo la Cuaresma del año mariano. Durante estas semanas, podrá servirnos la contemplación de los dolores de María, como ejemplo y modelo de acompañar a Cristo en el desierto cuaresmal, de “convertirnos y creer en el Evangelio”. Podemos terminar con otro consejo de San Josemaría (Camino, 497): “Di: Madre mía -tuya, porque eres suyo por muchos títulos-, que tu amor me ate a la Cruz de tu Hijo: que no me falte la Fe, ni la valentía, ni la audacia, para cumplir la voluntad de nuestro Jesús”.

viernes, febrero 12, 2010

80 años de las mujeres del Opus Dei



1. Hace 80 años, Nuestro Señor hizo entender a San Josemaría, durante la celebración del Sacrificio eucarístico, que la luz fundacional del Opus Dei abarcaba también a las mujeres. Así lo describía él mismo: “el 14 de febrero de 1930, celebraba yo la misa en la capillita de la vieja marquesa de Onteiro, madre de Luz Casanova, a la que yo atendía espiritualmente, mientras era Capellán del Patronato. Dentro de la Misa, inmediatamente después de la Comunión, ¡toda la Obra femenina! No puedo decir que vi, pero sí que intelectualmente, con detalle (después yo añadí otras cosas, al desarrollar la visión intelectual), cogí lo que había de ser la Sección femenina del Opus Dei. Di gracias, y a su tiempo me fui al confesonario del P. Sánchez. Me oyó y me dijo: esto es tan de Dios como lo demás” [Cf. Vázquez de Prada A. El Fundador del Opus Dei. vol. I, p. 323].


Se cumplen ochenta años desde que el Fundador del Opus Dei “cogió intelectualmente” lo que había de ser el apostolado de las mujeres de la Obra. Hace unos días, el Prelado escribía a los fieles de la Obra que “desde el 14 de febrero de 1930, San Josemaría trabajó por abrir este camino de santidad en medio del mundo, el Opus Dei, a mujeres de todas las profesiones, razas y condiciones sociales. Ahora manifestamos nuestra gratitud a la Santísima Trinidad, porque es una realidad que esa labor ha arraigado con hondura y extensión en todo el mundo, a pesar de las grandes dificultades que tuvo que superar, especialmente en los comienzos”. Si ya era difícil predicar que los hombres no tenían que salirse del mundo para buscar la santidad, con mayor razón –estamos hablando de 80 años atrás- si esa invitación se dirigía a las mujeres…


El Prelado ayuda a entender esas contradicciones haciendo ver que entonces era muy raro que las mujeres cursaran estudios universitarios o que trabajaran fuera del hogar —a excepción de los trabajos manuales que siempre habían realizado—, y más raro aún que ocuparan puestos de responsabilidad civil, social o académica. Recuerdo que alguien entendió mejor esta idea cuando supo que las mujeres del Opus Dei fueron de las primeras en tener licencia de conducción. También fueron grandes las dificultades que tuvo que sortear San Josemaría para lograr que sus hijas pudieran estudiar altos estudios teológicos.


Por eso damos gracias a Dios, por haber suscitado esta corriente espiritual que –unida a otras realidades, espirituales y humanas- han forjado el reconocimiento —también en las leyes civiles— de la dignidad de la mujer, su igualdad de derechos y deberes respecto al varón. ¡Qué bien hace sus cosas, el Señor! Por eso le damos gracias, porque ha recordado esa dimensión de familia que caracteriza a la Iglesia, en la cual cada miembro tiene su peculiar papel, para mostrar la imagen de Dios (Uno y Trino).


La teología católica no deja de reconocer el papel insustituible del genio femenino en la familia, en la sociedad, en todos los campos. Por eso, el Concilio Vaticano II proclamó con toda solemnidad: “Llega la hora, ha llegado la hora en que la vocación de la mujer se cumple en plenitud, la hora en que la mujer adquiere en el mundo una influencia, un peso, un poder jamás alcanzados hasta ahora. Por eso, en este momento en que la humanidad conoce una mutación tan profunda, las mujeres llenas del espíritu del Evangelio pueden ayudar tanto a que la humanidad no decaiga”.


2. Pero volvamos a esa mañana, a aquella capilla donde un joven sacerdote celebraba la Eucaristía: “Dentro de la Misa, inmediatamente después de la Comunión, ¡toda la Obra femenina!”. Por eso, cada vez que San Josemaría recordaba esta fecha, procuraba pasar oculto, insistiendo en que el protagonismo del aniversario es del Señor. Por ejemplo, decía en una charla en 1959: “Quería estar hoy con vosotras, mis hijas, porque celebramos el aniversario de aquel día en que Nuestro Señor se dignó abrir a las mujeres este camino divino en la tierra”.


Estamos en mitad del año sacerdotal, y no es simple coincidencia el contexto de esta luz de Dios que hoy celebramos. ¿En cuál mejor momento podría ver San Josemaría la voluntad de Dios sobre su Obra, sino dentro de la Misa? Después de la Comunión, en momentos de especial unión con Cristo sacramentado. Nos sirve para pensar en nuestra propia Misa: ¿escuchamos a Dios con hambre de cumplir su Voluntad? ¿Estamos atentos para escuchar sus deseos?


Para vivir mejor la Santa Misa, nos pueden servir estas palabras del Siervo de Dios Juan Pablo II, pronunciadas en 1995: «En el arco de casi cincuenta años de sacerdocio, la celebración de la Eucaristía sigue siendo para mí el momento más importante y más sagrado. Tengo plena conciencia de celebrar en el altar in persona Christi. Jamás en el curso de estos años, he dejado la celebración del Santísimo Sacrificio. Si esto sucedió alguna vez, fue sólo por motivos independientes de mi voluntad. La Santa Misa es de modo absoluto el centro de mi vida y de toda mi jornada».


Por eso, en todos los centros del Opus Dei se procurará dar el mayor realce posible a esta fecha, celebrando, donde sea posible, la Santa Misa cantada y la exposición solemne con Te Deum. Y le pediremos a la Virgen que, en este nuevo año que comienza, La Santa Misa sea de modo absoluto el centro de nuestra vida y de toda nuestra jornada.


El apunte de San Josemaría continúa: “No puedo decir que vi, pero sí que intelectualmente, con detalle (después yo añadí otras cosas, al desarrollar la visión intelectual), cogí lo que había de ser la Sección femenina del Opus Dei. Di gracias, y a su tiempo me fui al confesonario del P. Sánchez. Me oyó y me dijo: esto es tan de Dios como lo demás”. Desarrollar la visión intelectual, estudiar, trabajar cada día, pues ése es el núcleo del mensaje sobrenatural de la Obra: santificar el trabajo ordinario. Dar gracias, como hacemos hoy. Y acudir a la dirección espiritual. Es una muestra de docilidad a la gracia, de humildad, de confiar en la luz que el Espíritu Santo brinda a la persona que guía nuestra alma. También, un motivo de confirmar lo que se ve en la oración o en la Misa: esto es tan de Dios como lo demás. Damos gracias a la Trinidad por ese designio suyo, como lo hacía el Fundador, que decía en 1955: “La Obra, verdaderamente, sin esa voluntad expresa del Señor y sin vuestras hermanas, hubiera quedado manca”.


3. ¿Y cuál es la mejor manera de dar gracias a Dios? – Haciéndolas llegar a la Santísima Trinidad por manos de la Santísima Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra. Por eso, para que todos en la Obra celebren este aniversario muy unidos a Santa María, el Prelado ha querido que desde esa fecha, y hasta el 14-II-2011, se viva en la Prelatura un Año mariano en acción de gracias a la Santísima Trinidad, acudiendo a la intercesión de nuestra Madre del Amor Hermoso, bajo la mirada complacida de San Josemaría, para que los fieles de la Prelatura sirvan lealmente a la Iglesia Santa, y a las almas.


El Prelado apuntaba en la carta de febrero unos detalles sobre la forma en que quería que se viviera el año mariano: A lo largo de estos meses, nos esforzaremos por honrar más y mejor a nuestra Madre, sobre todo cuidando con esmero el rezo y contemplación del Santo Rosario, difundiendo esta devoción entre nuestras familias y nuestros amigos. Y demos gracias a Dios, expresamente, por la tarea de las mujeres que se ocupan de la atención material de los Centros de la Prelatura, que contribuye decisivamente a mantener y mejorar el clima de hogar que el Señor infundió en la Obra, cuando la inspiró a nuestro Padre en 1928”.


Nos pueden servir, para este agradable empeño, unas palabras de San Josemaría: “María santifica lo más menudo, lo que muchos consideran erróneamente como intrascendente y sin valor: el trabajo de cada día, los detalles de atención hacia las personas queridas, las conversaciones y las visitas con motivo de parentesco o de amistad. ¡Bendita normalidad, que puede estar llena de tanto amor de Dios! Porque eso es lo que explica la vida de María: su amor. Un amor llevado hasta el extremo, hasta el olvido completo de sí misma, contenta de estar allí, donde la quiere Dios, y cumpliendo con esmero la voluntad divina. Eso es lo que hace que el más pequeño gesto suyo, no sea nunca banal, sino que se manifieste lleno de contenido. María, Nuestra Madre, es para nosotros ejemplo y camino. Hemos de procurar ser como Ella, en las circunstancias concretas en las que Dios ha querido que vivamos” (Es Cristo que pasa, 148).


La Virgen María, Madre del Amor Hermoso, nos ayudará a recorrer este camino con la ilusión renovada. Además, coincidirá el primer semestre con la recta final del año sacerdotal. Por eso, también le pediremos a Ella por los frutos de este Año convocado por el Papa Benedicto XVI, rezando especialmente para que todos los fieles tengamos un alma sacerdotal vibrante, y para que sepamos comunicar la alegría de ese don a las personas que tratamos.


Podemos terminar con unas palabras de San Josemaría, con las que terminaba la homilía que citamos antes: “El Señor quiere de nosotros que no desaprovechemos esta ocasión de crecer en su Amor a través del trato con su Madre. Que cada día sepamos tener con Ella esos detalles de hijos —cosas pequeñas, atenciones delicadas—, que se van haciendo grandes realidades de santidad personal y de apostolado, es decir, de empeño constante por contribuir a la salvación que Cristo ha venido a traer al mundo” (Es Cristo que pasa, 149).

miércoles, febrero 03, 2010

vocación

En los primeros capítulos del Evangelio de Lucas vemos el inicio de la labor apostólica del Señor. Regresa a su Nazaret, el pueblo donde creció, y predica en la sinagoga: “Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír”. Jesús se apropia la promesa del profeta, dice que él mismo es el Mesías prometido. Inmediatamente después vemos la reacción de los presentes, muy positiva al comienzo: “Todos daban testimonio en favor de él y se maravillaban de las palabras de gracia que procedían de su boca”.

Sin embargo, en algunos surge la duda, “y decían: —¿No es éste el hijo de José?” ¿Cómo puede ser posible –pensarían- que aquél que conocimos pequeño, que durante su infancia no hizo nada raro, resulte ser ahora el Hijo de David? Les pasaba lo que cuenta una historia popular, de un campesino que había donado un cerezo de su propiedad para que hicieran con esa madera la imagen de un santo. Pasados los años, le preguntaron por qué le tenía tan poca devoción a ese intercesor, que tenía tanta fama de milagroso. A lo que respondió: “a ese santo no le rezo, pues lo conocí cerezo”. No tuvieron fe en Jesús. Es el primer “fracaso” del Señor, el comienzo del camino de tropiezos que tendrá hasta morir en la Cruz.

“Entonces les dijo: —Sin duda me aplicaréis aquel proverbio: «“Médico, cúrate a ti mismo”. Cuanto hemos oído que has hecho en Cafarnaún, hazlo también aquí en tu tierra». El Señor les muestra la misericordia de Dios, que siempre ha enviado profetas en medio de momentos difíciles para hacerles más llevadero el camino. Y añadió: —En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su tierra. Os digo de verdad que muchas viudas había en Israel en tiempos de Elías, (…); y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda en Sarepta de Sidón. Muchos leprosos había también en Israel en tiempo del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue curado, más que Naamán el Sirio”. Ya desde el Antiguo Testamento el Señor había hecho ver que su salvación se dirigía a todos.

Por eso, en esta escena Jesús les hace ver que la principal causa de su enfado es un celo pueblerino: les duele que él haya ganado prestigio en otras ciudades antes que en Nazaret. No entienden que su vocación es universal, dirigida a todas las personas de todos los tiempos y todos los lugares, pero ellos quieren tener un taumaturgo al alcance de su mano: “y decían: —¿No es éste el hijo de José?”. Gnilka resume este pasaje con una sencilla frase: “Jesús no quiso hacer milagros para sus paisanos porque no encontró ninguna fe”.

Jesucristo no condesciende ante esa reacción folclórica. Al contrario, se reafirma en la universalidad de su vocación, aunque le conlleve una notoria contrariedad: “Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira y se levantaron, le echaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta la cima del monte sobre el que estaba edificada su ciudad para despeñarle. Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó”.

En la primera lectura del cuarto domingo también aparece un relato vocacional: en este caso, el profeta Jeremías. A él le dice el Señor: “Antes de formarte en el seno materno, ya te conocía, y antes de que nacieses, te tenía consagrado: yo te constituí profeta de las naciones”. Así nos puede decir a cada uno, que nos conoce mejor que nuestras madres. Que nos tiene elegidos desde la eternidad –como dice san Pablo- para que seamos santos. Señor: enséñanos a asumir la vocación que nos has dado a cada uno con todas sus virtualidades, a llevarla a cabo hasta el final. Ayúdanos a ver tu voluntad y danos fuerzas –tu gracia- para cumplirla.

Al inicio de un nuevo año, es bueno pensar en lo que espera el Señor de nosotros. Como Jeremías, como el mismo Jesucristo, debemos buscar que todo el fin de nuestra vida sea cumplir la voluntad del Padre. Es normal que uno sienta un poco de miedo al plantearse cambiar los propios planes por los que el Señor le diseña. Lo expresaba muy bien Benedicto XVI: ¿Acaso no tenemos todos de algún modo miedo – si dejamos entrar a Cristo totalmente dentro de nosotros, si nos abrimos totalmente a él –, miedo de que él pueda quitarnos algo de nuestra vida? ¿Acaso no tenemos miedo de renunciar a algo grande, único, que hace la vida más bella? ¿No corremos el riesgo de encontrarnos luego en la angustia y vernos privados de la libertad?


¡Cuántos ejemplos tenemos de personas que, a pesar del miedo inicial, no han hecho otra cosa que seguir al Maestro! Es la escuela de los santos. Todos tenemos presente el modelo de Juan Pablo II, al que quizá beatifiquen este año. Precisamente este Siervo de Dios insistía: “No tengáis miedo. Abrid a Cristo las puertas del corazón”. Al comienzo de su pontificado, Benedicto XVI lo recordaba, pensando no solo en su predicación, sino también en el ejemplo de toda su vida: “El Papa quería decir: ¡no! quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada – absolutamente nada – de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera».

¡Cuántas decisiones de entrega a Dios han suscitado esas palabras a lo largo de estos años! Con su intercesión desde el cielo, Juan Pablo II continúa haciendo que a nosotros hoy nos interpelen: Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia de una larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida.

Acudamos a la Virgen Santísima, modelo de respuesta generosa al llamado del Señor. Que perdamos el miedo a abrir las puertas, a dejar el lastre que nos impide volar. Madre nuestra, haz que en este año nuevo sean muchas las personas en el mundo, comenzando por nosotros mismos, que respondamos cada día como Tú al Señor: “Hágase en mí según tu palabra”.

Amigos de Jesús y de su Palabra


1. Comenzamos un nuevo año litúrgico, al menos en estas páginas. Las lecturas del tercer domingo del año nos presentan, en primer lugar (Ne 8, 2-4a.5-6.8-1) al pueblo hebreo que retorna de la diáspora y se reúne para escuchar al sacerdote Esdras, que trae la Ley ante toda la asamblea y la lee desde el amanecer hasta el medio día. Todo el pueblo responde: Amén. Amén. Leían el libro de la Ley con claridad, explicando el sentido. El pueblo escucha la lectura de pie, llora y se estremece al conocer la Palabra de Dios.


Podemos preguntarnos con cuáles disposiciones escuchamos nosotros la lectura de la Palabra en la Misa y qué efectos produce en nuestras vidas. Como decía Benedicto XVI en la clausura del Sínodo sobre la Palabra, “Escritura y liturgia convergen en el único fin de llevar al pueblo dialogar con el Señor y a obedecer su voluntad. La Palabra que sale de la boca de Dios y que testimonian las Escrituras regresa a él en forma de respuesta orante, de respuesta vivida, de respuesta que brota del amor”. Por eso respondemos con el Salmo 18: “Tus palabras, Señor, son espíritu y vida”.

En el 2008, el Sínodo de los Obispos se dedicó a este tema precisamente por su importancia. Tenemos que ser amantes de la Escritura. Ahí está Dios, que nos habla y nos transmite su voluntad, sus consejos, su cariño, su aliento, su ejemplo; lo que necesitamos en nuestras circunstancias concretas. Además, es el mejor camino para hacernos amigos de Jesús, que es el núcleo de la vida interior: conversar con Él, conocerlo, meternos en su vida –la que nos narra el Evangelio- para que Él se meta de lleno en la nuestra.


Lo expresa muy bien S. Canals en su libro “Ascética meditada”: “Para llegar a esta amistad hace falta que tú y yo nos acerquemos a El, lo conozcamos y lo amemos. La amistad de Jesús es una amistad que lleva muy lejos: con ella encontraremos la felicidad y la tranquilidad, sabremos siempre, con criterio seguro, cómo comportarnos; nos encaminaremos hacia la casa del Padre y seremos, cada uno de nosotros, otro Cristo, pues para esto se hizo hombre Jesucristo: Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciera Dios”.


El mismo autor concreta: “¿Pero dónde buscar al Señor? ¿Cómo acercarse a El y conocerlo? En el Evangelio, meditándolo, contemplándolo, amándolo, siguiéndolo. Con la lectura espiritual, estudiando y profundizando la ciencia de Dios. Con la Santísima Eucaristía, adorándolo, deseándolo, recibiéndolo. Acércate a Jesucristo, hermano mío; acércate a Jesucristo en el silencio y en la laboriosidad de su vida oculta, en las penas y en las fatigas de su vida pública, en su Pasión y Muerte, en su gloriosa Resurrección”.


2. Por ejemplo, en el Evangelio de hoy, Lucas (4, 14-21) muestra que el Espíritu Santo impulsa a Jesús para que evangelice la Galilea de los gentiles y para que participe en la reunión de la sinagoga “y se levantó para leer. Entonces le entregaron el libro del profeta Isaías y, abriendo el libro, encontró el lugar donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, por lo cual me ha ungido para evangelizar a los pobres, me ha enviado para anunciar la redención a los cautivos (…). Y comenzó a decirles: —Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír”.


En la sinagoga de Nazaret, nuestro Señor lee el pasaje de Isaías 61,1-2 donde el profeta anuncia la llegada de Dios mismo, para librar al pueblo de sus dolores. Jesús anuncia que las palabras de Isaías se cumplen con Él; Él mismo es la salvación: «Al ser Él la “Buena Nueva”, existe en Cristo plena identidad entre mensaje y mensajero, entre el decir, el actuar y el ser» (Juan Pablo II, RM. 13). Los asistentes a la sinagoga no reaccionaron bien. Hoy somos nosotros quienes somos interpelados por la palabra de Jesús, ahora que comienza un nuevo año. Cada que leemos el Evangelio se cumple esa Escritura en nosotros, como en la sinagoga cuando la leyó Jesús. ¿Cómo reaccionaremos? ¿Con indiferencia o con docilidad? Pidamos al Espíritu Santo que también suscite en nosotros una respuesta generosa a las peticiones que Jesús quiere hacernos en este 2010.


3. San Josemaría sugería leer cada día unos minutos el Santo Evangelio: “Al abrir el Santo Evangelio, piensa que lo que allí se narra —obras y dichos de Cristo— no sólo has de saberlo, sino que has de vivirlo. Todo, cada punto relatado, se ha recogido, detalle a detalle, para que lo encarnes en las circunstancias concretas de tu existencia. —El Señor nos ha llamado a los católicos para que le sigamos de cerca y, en ese Texto Santo, encuentras la Vida de Jesús; pero, además, debes encontrar tu propia vida. Aprenderás a preguntar tú también, como el Apóstol, lleno de amor: "Señor, ¿qué quieres que yo haga?..." —¡La Voluntad de Dios!, oyes en tu alma de modo terminante. Pues, toma el Evangelio a diario, y léelo y vívelo como norma concreta. —Así han procedido los santos” (Forja, n. 754).


En el Sínodo de la Palabra, el Papa explicaba que “cuando Dios habla, siempre pide una respuesta; su acción de salvación requiere la cooperación humana; su amor espera correspondencia” (Homilía 051008). Y añadía que “sólo la Palabra de Dios puede cambiar en profundidad el corazón del hombre; por eso, es importante que tanto los creyentes como las comunidades entren en una intimidad cada vez mayor con ella”.


Entrar en intimidad con lo que Jesús nos dice, para responder a su amor. En vacaciones leí el testimonio de una Mons. Juan Larrea, un Obispo santo al que pude conocer hace unos años y que murió fiel a su vocación como Numerario del Opus Dei. Él narraba así el momento en que pidió la admisión en la Obra, cuando respondió afirmativamente al amor divino: “Desde ese instante recobré la plena serenidad y paz interior. Estaba convencido de haber hecho lo que Dios me pedía y a lo largo de más de cincuenta años he podido constatar que el Señor me llamó por esos caminos absolutamente normales y corrientes y me dio su gracia para responder que sí, con plena libertad, sin presión alguna y conociendo muy bien a qué me comprometía”.


Responder que sí a lo que el Señor nos transmita en la oración, por medio del Evangelio. Meditar sobre los efectos de la Palabra de Dios en nuestra vida, nos lleva también a sacar propósitos de convertirnos en verdaderos apóstoles. Deberíamos sentir como propio el grito de San Pablo: "¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!" (1 Co 9, 16), “grito que para todo cristiano se convierte en invitación insistente a ponerse al servicio de Cristo. "La mies es mucha" (Mt 9, 37), repite también hoy el Maestro divino. (…) Es indispensable que los cristianos de todos los continentes estén preparados para responder a quienes les pidan razón de su esperanza (cf. 1 P 3, 15), anunciando con alegría la Palabra de Dios y viviendo sin componendas el Evangelio” (Benedicto XVI, cit.). Estar preparados. No basta con tener deseos. Hace falta estudio, doctrina. En este nuevo año nos proponemos también, para profundizar en la amistad con Jesucristo, cuidar la perseverancia y el aprovechamiento de los medios de formación cristiana a los que asistimos.


Concluimos con el texto de Canals que meditábamos al comienzo: “Todos hallamos en El, que es la causa ejemplar, el modelo, el tipo de santidad que a cada uno conviene. Si cultivamos su amistad, lo conoceremos. Y en la intimidad de nuestra confianza con El escucharemos sus palabras. Te he dado el ejemplo, obra como Yo lo he hecho. Pero antes de terminar, levanta confiadamente tu mirada a la Santísima Virgen. Pues Ella supo, como ningún otro, llevar en su corazón la vida de Cristo y meditarla dentro de sí. Recurre a Ella, que es Madre de Cristo y Madre tuya. Porque a Jesús se va siempre a través de María.”