sábado, septiembre 18, 2010

El administrador infiel. La responsabilidad civil del cristiano


Una vez concluida la primera parte del Evangelio de Lucas, en la que se exponen sus enseñanzas en Galilea, el médico evangelista nos cuenta una serie de parábolas y enseñanzas sobre diversos temas, camino de Jerusalén. Comienza con un discurso acerca de las riquezas, la “parábola del administrador infiel”: —Había un hombre rico que tenía un administrador, al que acusaron ante el amo de malversar la hacienda. Le llamó y le dijo: «¿Qué es esto que oigo de ti? Dame cuentas de tu administración, porque ya no podrás seguir administrando».
Nos habla del juicio, de que en algún momento tendremos que dar cuenta de nuestra administración. Al morir, desde luego, tendremos ese diálogo de amor con nuestro Dios en que se valorará qué tanto lo hemos amado y se nos premiará misericordiosamente por nuestros pobres esfuerzos para ser buenos hijos suyos. También, con toda justicia, se verá el modo de purificarnos de nuestras escorias en la caridad con Dios y con nuestros hermanos. Y es posible –Dios no lo quiere- que, si no hemos sido fieles y hemos decidido libremente alejarnos de Él, se nos envíe “a las tinieblas exteriores”, al infierno que consiste en el alejamiento definitivo de nuestro Señor. Por eso, cada día procuramos examinar nuestra conciencia para ir afinando en la manera como administramos los talentos recibidos.
Y dijo para sí el administrador: «¿Qué voy a hacer, ya que mi señor me quita la administración? Cavar no puedo; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que haré para que me reciban en sus casas cuando me despidan de la administración». Y, convocando uno a uno a los deudores de su amo, le dijo al primero: «¿Cuánto debes a mi señor?» Él respondió: «Cien medidas de aceite». Y le dijo: «Toma tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta». Después le dijo a otro: «¿Y tú cuánto debes?» Él respondió: «Cien cargas de trigo». Y le dijo: «Toma tu recibo y escribe ochenta». Se trata de un engaño, un fraude fiscal… Desde luego, hay que entender que el Señor no lo propone como una conducta ejemplar, da por descontado el rechazo de esa actitud. Pero nos hace ver a lo que puede llegar una persona para sacar adelante su proyecto personal: «¡Qué afán ponen los hombres en sus asuntos terrenos!: ilusiones de honores, ambición de riquezas, preocupaciones de sensualidad. –Ellos y ellas, ricos y pobres, viejos y hombres maduros y jóvenes y aún niños: todos igual. –Cuando tú y yo pongamos el mismo afán en los asuntos de nuestra alma tendremos una fe viva y operativa: y no habrá obstáculo que no venzamos en nuestras empresas de apostolado» (S. Josemaría, Camino, n. 317).
El amo alabó al administrador infiel por haber actuado sagazmente. No alaba su infidelidad, sino la sagacidad, la prudencia –una de las cuatro virtudes cardinales, junto con la justicia, la fortaleza y la templanza-. Porque los hijos de este mundo son más sagaces en lo suyo que los hijos de la luz. Los cristianos, en cuanto somos iluminados por la palabra de Verdad de Jesucristo, podemos llamarnos “hijos de la luz”. Pero a veces puede suceder que escondamos esa luminaria. Por vergüenza, por respetos  humanos, para no incomodar… o por falta de fe, por complejo de inferioridad, negamos a tantas personas la luz que buscan y que agradecerían si fuéramos más audaces para anunciar el mensaje divino de paz, de amor, de dignidad. Comenta San Josemaría: “Ya lo dijo el Maestro: ¡ojalá los hijos de la luz pongamos, en hacer el bien, por lo menos el mismo empeño y la obstinación con que se dedican, a sus acciones, los hijos de las tinieblas! -No te quejes: ¡trabaja, en cambio, para ahogar el mal en abundancia de bien!” (Forja, n. 848).
 Y yo os digo: haceos amigos con las riquezas injustas, para que, cuando falten, os reciban en las moradas eternas. En su viaje a Inglaterra, Benedicto XVI recordó el ejemplo de un buen hijo de la luz que se hizo amigos con el mundo político de su época: “quisiera recordar la figura de Santo Tomás Moro, el gran erudito inglés y hombre de Estado, quien es admirado por creyentes y no creyentes por la integridad con la que fue fiel a su conciencia, incluso a costa de contrariar al soberano de quien era un “buen servidor”, pues eligió servir primero a Dios”. Y explicó que esa figura sigue iluminando el debate actual: “si los principios éticos que sostienen el proceso democrático no se rigen por nada más sólido que el mero consenso social, entonces este proceso se presenta evidentemente frágil”. Poniendo el ejemplo de la reciente crisis financiera, el Papa hizo ver que el punto central de esta cuestión es: “¿dónde se encuentra la fundamentación ética de las deliberaciones políticas?”
Y, como buen hijo de la luz, resumió los principios que deben guiar el diálogo contemporáneo: “las normas objetivas para una acción justa de gobierno son accesibles a la razón, prescindiendo del contenido de la revelación. En este sentido, el papel de la religión en el debate político no es tanto proporcionar dichas normas, como si no pudieran conocerlas los no creyentes. Menos aún proponer soluciones políticas concretas, algo que está totalmente fuera de la competencia de la religión. Su papel consiste más bien en ayudar a purificar e iluminar la aplicación de la razón al descubrimiento de principios morales objetivos”. Los hijos de la luz deben iluminar la razón, “corregirla” de sus errores.
El Papa habló con claridad, con cariño y con fuerza, como debemos hacer nosotros en los ambientes en que nos movemos –después de estudiar a fondo los temas-: “el mundo de la razón y el mundo de la fe —el mundo de la racionalidad secular y el mundo de las creencias religiosas— necesitan uno de otro y no deberían tener miedo de entablar un diálogo profundo y continuo, por el bien de nuestra civilización. En otras palabras, la religión no es un problema que los legisladores deban solucionar, sino una contribución vital al debate nacional”. En nuestra oración personal, debemos sacar propósitos que nos ayuden a aportar en el campo del conocimiento en que nos movamos esa síntesis entre racionalidad y religión, para comunicarla al mundo contemporáneo, en diálogo fecundo en el que también aprenderemos mucho: “se trata de un proceso de doble sentido”, como dice el Papa.
2. Quien es fiel en lo poco también es fiel en lo mucho; y quien es injusto en lo poco también es injusto en lo mucho. Por tanto, si no fuisteis fieles en la riqueza injusta, ¿quién os confiará la verdadera? Y si en lo ajeno no fuisteis fieles, ¿quién os dará lo vuestro?  A San Josemaría le gustaba mucho meditar esta frase del Señor. Por ejemplo, en Camino (n. 243) escribió: “Quien es fiel en lo poco también lo es en lo mucho. - Son palabras de San Lucas que te señalan - haz examen - la raíz de tus descaminos”. Antes, en 1935, había escrito: “La inexperiencia unida a esas ambiciones de cosas grandes, lleva a la gente joven al mal camino de despreciar las cosas pequeñas: lo vulgar, lo de cada día, el detalle, el silencio..., el orden. Es preciso salir al paso de este error gravísimo, haciéndoles considerar aquella tan conocida frase del Eclesiástico (Si 19, 1): “el que desprecia las cosas pequeñas poco a poco cae en las grandes”. Y aquel versículo de San Lucas: “quien es fiel en lo poco, también lo es en lo mucho: y quien es injusto en lo poco, también lo es en lo mucho (Lc 16, 10)”
Aprovechemos este momento para hacer examen, para ver si este aforismo divino también nos señala cuál es la raíz de nuestros descaminos. Quizá esperamos el gran momento de hacer una gesta extraordinaria y, mientras tanto, descuidamos las cosas pequeñas: lo vulgar, lo de cada día, el detalle, el silencio..., el orden: “Puesto que hemos de comportarnos siempre como enviados de Dios, debemos tener muy presente que no le servimos con lealtad cuando abandonamos nuestra tarea; cuando no compartimos con los demás el empeño y la abnegación en el cumplimiento de los compromisos profesionales; cuando nos puedan señalar como vagos, informales, frívolos, desordenados, perezosos, inútiles... Porque quien descuida esas obligaciones, en apariencia menos importantes, difícilmente vencerá en las otras de la vida interior, que ciertamente son más costosas” (Amigos de Dios, n. 61).
3. Concluye el Señor sus enseñanzas: Ningún criado puede servir a dos señores, porque o tendrá aversión a uno y amor al otro, o prestará su adhesión al primero y menospreciará al segundo: no podéis servir a Dios y a las riquezas. El Catecismo de la Iglesia (n. 1723) cita al respecto al nuevo Beato John Henry Newman: «El dinero es el ídolo de nuestro tiempo. A él rinde homenaje "instintivo" la multitud, la masa de los hombres. Miden la felicidad según la fortuna, y, según la riqueza también, miden la honorabilidad de la persona. (...) La riqueza es uno de los ídolos de nuestros días, y la notoriedad el segundo… La fama, el hecho de ser reconocido y de llamar la atención en el mundo (lo que podría llamarse una fama de periódico) se consideran como un gran bien en sí mismos, un bien soberano y un motivo de veneración” (Disc. sobre la fe. 5).
Acudamos a la Santísima Virgen, para que nos ayude a imitar su ejemplo de desprendimiento, para que aprendamos de Ella a ser fieles en lo poco, para que nos alcance la gracia de iluminar el ambiente en que nos movemos con la luz del Evangelio, con la prudencia y sagacidad de los hijos de la luz.

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