sábado, junio 12, 2010

El perdón de los pecadores

Uno de los temas que más se citan en el arte dramático es la culpa. Ahí está el núcleo de nuestra intimidad, que tememos desvelar. Por eso cuesta mucho, en el proceso de la conversión, aceptar la necesidad de pedir perdón, acudir al sacramento de la penitencia.


El undécimo domingo del Ciclo C nos presenta el tema del perdón en dos actos. En primer lugar, vemos la Penitencia de David (2 Sam 12). El Rey amado ha caído profundamente: adulterio y asesinato, podemos decir en resumen. Y sin embargo, se cree inocente. Su conciencia no le remuerde. Mejor dicho, el ruido de la pasión no deja escuchar la verdad en el fondo de su alma. Tiene que venir el profeta a corregirle, por medio de una parábola. Cuando el rey se indigna ante el comportamiento injusto, Natán le hace caer en la cuenta: ¡ese hombre eres tú!

En las palabras de contrición de David vemos que el pecado es desprecio al Señor, falta de gratitud, no valorar sus dones, pensar que le faltó algo que nosotros, por nuestros propios medios, podemos conseguir. Esto es el “seréis como dioses” del pecado original. Para David fue poca cosa el reino…

Pues bien, nunca se apartará la espada de tu casa, ya que me has despreciado y has tomado la mujer de Urías el hitita para mujer tuya. Como introduce un desorden, necesita purificación, penitencia (ése es el sentido de la amenaza). Es lo que el Señor logra en David: que reconozca su yerro, del que no era consciente hasta entonces: “-He pecado contra el Señor”. Lo expresa también el salmo 31: “Mi pecado te reconocí y no oculté mi culpa; dije: ‘me confesaré al Señor de mis rebeldías’ y tú absolviste mi culpa, perdonaste mi pecado”.

Este relato del Antiguo Testamento es como el preludio de un tema muy importante para Lucas (7,36-50): la misericordia de Jesús (el Evangelio lucano se caracteriza por ser el único que presenta parábolas como la del hijo pródigo, por ejemplo).

Uno de los fariseos le rogaba que comiera con él; entrando en casa del fariseo se recostó a la mesa. Y entonces una mujer pecadora que había en la ciudad, al enterarse que estaba sentado a la mesa en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro con perfume, y por detrás se puso a sus pies llorando; y comenzó a bañarle los pies con sus lágrimas, y los enjugaba con sus cabellos, los besaba y los ungía con el perfume.

La protagonista es una mujer que, sin ningún respeto humano, exterioriza su contrición: si públicamente era conocida como pecadora, vio conveniente que también fuese pública su conversión. San Efrén comenta que “con sus besos, la pecadora recibió el favor de los pies benditos que habían traído el perdón de sus pecados. Ella, finamente, ungía con perfume los pies de su médico, quien le había concedido a su sufrimiento el tesoro de la curación. El que justifica a los pecadores se invitó a sí mismo en razón del arrepentimiento de la pecadora”.

Al ver esto el fariseo que le había invitado, se decía: «Si éste fuera profeta, sabría con certeza quién y qué clase de mujer es la que le toca: que es una pecadora». Jesús tomó la palabra y le dijo: —Simón, tengo que decirte una cosa. Y él contestó: —Maestro, di. —Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y otro cincuenta. Como ellos no tenían con qué pagar, se lo perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le amará más? —Supongo que aquel a quien perdonó más –contestó Simón. Entonces Jesús le dijo: —Has juzgado con rectitud. Y vuelto hacia la mujer, le dijo a Simón: —¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella en cambio me ha bañado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos. No me diste el beso. Pero ella, desde que entré no ha dejado de besar mis pies. No has ungido mi cabeza con aceite. Ella en cambio ha ungido mis pies con perfume.

Jesús no oculta su dolor por las omisiones de Simón. Así lo comenta San Josemaría: “cuando una persona extraña nos mira con indiferencia, no nos importa demasiado; pero si es un ser querido quien nos trata así, con desafecto, ¡cómo nos duele su comportamiento! Y a Jesús, ¿no van a dolerle tus negligencias, tus precipitaciones, tus descuidos, tus indelicadezas?”

San Ambrosio explica que «el Señor amó no el ungüento, sino el cariño; agradeció la fe, alabó la humildad. Y tú también, si deseas la gracia, aumenta tu amor; derrama sobre el cuerpo de Jesús tu fe en la Resurrección, el perfume de la Iglesia santa y el ungüento de la caridad fraterna».

Por eso te digo: le son perdonados sus muchos pecados, porque ha amado mucho. Aquel a quien menos se perdona menos ama. Entonces le dijo a ella: —Tus pecados quedan perdonados.

Saout sugiere que “la mujer se sabía ya perdonada cuando entra en casa del fariseo. El v. 47 se puede entender así: ‘si yo puedo declarar que sus muchos pecados han sido perdonados es porque veo que ella ha mostrado mucho reconocimiento (amado)”. Berger va más allá y aclara que se trata de una unidad, de un encuentro decisivo entre el arrepentimiento del pecador y el amor de Jesús.

Podemos colegir de las palabras del Señor que al que mucho se le perdona, más debe amar. Podemos decir, como el Fundador del Opus Dei: “Jesucristo me ha perdonado la muchedumbre de mis pecados -¡cuánta generosidad!-, a pesar de mi ingratitud. Y si a esta mujer le fueron perdonados muchos pecados, porque amó mucho, a ti, hijo mío y a mí, como también se nos ha perdonado mucho, nos queda una gran deuda de amor. ¡Jesús, hasta la locura y el heroísmo! Con tu gracia, Señor, aunque me sea preciso morir por Ti, yo no te abandonaré”.

Y los convidados comenzaron a decir entre sí: —¿Quién es éste que hasta perdona los pecados? El le dijo a la mujer: —Tu fe te ha salvado; vete en paz.

El perdón de los pecados es para quien tenga fe. Otro tema importante para Lucas es Jesús como salvador. Aquí vemos que esa salvación incluye la misericordia, como predicaba San Josemaría: “¡Qué paz me dan estas consideraciones! ¡Qué paz nos debe dar saber que nos perdona siempre el Señor, que nos ama tanto, que conoce tanto de las flaquezas humanas, que sabe de qué barro tan vil estamos hechos!”

El corazón misericordioso de Jesús, su amor por nosotros hasta el extremo, es una fiesta propia que celebramos el viernes después del Corpus. Ese amor se manifiesta con el perdón. La humildad de Jesús explica que se abaje hasta casi pedirnos que nos dejemos reconciliar. Es lo que dice San Pablo (2Co 5,18-20): “En nombre de Cristo os rogamos: reconciliaos con Dios”. ¡Cuántas veces el afán de almas de los sacerdotes se manifiesta precisamente en esa disponibilidad para facilitar el reencuentro del hijo pródigo con su padre misericordioso!

Es lo que cuenta Juan Pablo II en un libro de memorias sobre el 50º aniversario de su ordenación sacerdotal. Dice que le impresionó un viaje que hizo a Ars en octubre de 1947: “San Juan María Vianney sorprende en especial porque en él se manifiesta el poder de la gracia que actúa en la pobreza de medios humanos. Me impresionaba profundamente, en particular, su heroico servicio de confesonario. Este humilde sacerdote que confesaba más de diez horas al día comiendo poco y dedicando al descanso apenas unas horas, había logrado, en un difícil periodo histórico, provocar una especie de revolución espiritual en Francia y fuera de ella. Millares de personas pasaban por Ars y se arrodillaban en su confesonario”. Después añade una frase que ha marcado a mucha gente, especialmente a sacerdotes: "Del encuentro con su figura llegué a la convicción de que el sacerdote realiza una parte esencial de su misión en el confesonario, por medio de aquel voluntario hacerse prisionero del confesonario".

A nosotros no se nos pide que hagamos manifestaciones públicas de nuestra fe en el poder salvador y misericordioso de Jesús, como hizo la mujer pecadora. El Señor solo espera que tengamos la humildad y la fe para acercarnos aunque sea a escondidas como Nicodemo y nos dejemos reconciliar con Él, que para eso dio su vida por nosotros en la Cruz.

Pidamos a nuestra Madre, la Virgen, cuyo Corazón no solo padeció en el Calvario, sino que sufre cada vez que sus hijos morimos a la gracia por el pecado. Santa María, Refugio de los pecadores, ¡Ruega por nosotros!, alcánzanos del Señor la gracia de la valentía para acudir sincera y humildemente al tribunal misericordioso de Jesús, como la mujer del Evangelio, para escuchar su palabra de amor: —Tus pecados quedan perdonados. Tu fe te ha salvado; vete en paz.

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