lunes, noviembre 23, 2009

Cristo Rey


Hoy llegamos al final del año litúrgico. Concluimos un período, marcados como estamos por el paso cíclico del tiempo en nuestra vida. Es momento de examen, de balance: ¿qué tanto hemos aprovechado las gracias que nos diste, Señor, durante este año? En nuestra oración, podemos pensar dónde estábamos en noviembre del año pasado; dónde celebramos la fiesta de Cristo Rey hace un año. Y pensar, en un primer análisis, en el año: la Navidad, la Cuaresma, la Semana Santa, el año laboral, las vacaciones de mitad de año, el segundo semestre… hasta llegar a hoy. Seguramente, en ese breve recorrido litúrgico que hemos hecho, se nos han venido a la mente momentos especiales: un medio de formación que nos sirvió bastante, un descanso que nos llegó en el mejor momento, algunas amistades que nos impactaron positivamente…


Pero también veremos algunas manchas en nuestra actuación: faltas de generosidad, propósitos incumplidos, detalles que no quisiéramos haber tenido. Surge la tentación de la desesperanza: ¿lograremos cambiar para bien, definitivamente, alguna vez? Quizá es precisamente por eso por lo que concluimos el año como lo hacemos: festejando a Jesucristo como Rey del universo. Por eso canta la liturgia: “Oh Jesús, Rey admirable, Vencedor noble, Dulzura inefable a Quien tanto anhelamos: Rey de las virtudes y Rey de la gloria, invicto Rey soberano, Dispensador de la gracia, Honor de la Corte celestial”.


En la primera lectura se presenta la profecía de Daniel (7,13-14): 7, 13-14: “Yo, Daniel, en una visión nocturna, vi venir sobre las nubes del cielo alguien semejante a un hijo de hombre; avanzó hacia el anciano y fue introducido ante su presencia. Entonces recibió poder, gloria y reino. Y todos los pueblos, naciones y lenguas lo servían. Su poder es eterno, nunca acabará, y su reino jamás será destruido”. Los primeros cristianos no dudaron en aplicar esta visión al reinado de Jesucristo, lo mismo que el Salmo 93: “El Señor reina, vestido de majestad”.


Curiosamente, el Evangelio presenta a Jesús en otra situación: para este domingo, el pasaje escogido es el capítulo 18 de San Juan, que transcurre en el palacio de Poncio Pilato. Ya no vemos el esplendor ni el poder que nos presentan el profeta y el salmista: “Pilato entró de nuevo en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo: —¿Eres tú el Rey de los judíos? Jesús contestó: —¿Dices esto por ti mismo, o te lo han dicho otros de mí?”


Como vemos, el ambiente es pesado. Jesús lleva unas doce horas apresado por los judíos que, después de maltratarlo, se dirigen al procurador para que sea él quien lo juzgue y condene a muerte. Por su parte, ya le habían hecho un juicio religioso por blasfemia (¡como para que algunos duden de que Jesús se proclamaba Hijo de Dios!) Pero lo que deseaban era una condena a muerte, que al parecer ellos no podían dar, según se desprende de la respuesta que dan a Pilato cuando éste les indicó que lo juzgaran ellos mismos: “A nosotros no nos está permitido dar muerte a nadie”. Por eso lo llevan a un proceso político, acusándolo de sedición contra el César (a Él, que había enseñado: “Dad al César lo que es del César”). O quizá querían humillarlo por partida doble… García-Moreno explica que, con su respuesta, “Jesús busca el sentido de la Interrogación de Pilato. Si habla por si mismo, la pregunta tiene un sentido claramente político, y entonces la respuesta seria negativa. Pero si no habla por si, sino por otros, entonces la cuestión podría ser entendida religiosa o políticamente. Por eso Jesús distingue, ya que él es Rey, pero no político sino religioso”.


Todo este contexto explica la dura respuesta de Jesús: “—¿Dices esto por ti mismo, o te lo han dicho otros de mí? —¿Acaso soy yo judío? –respondió Pilato–. Tu gente y los príncipes de los sacerdotes te han entregado a mí: ¿qué has hecho?” Cuando se estudia a fondo el proceso de Jesús, se ve que el procurador romano se encuentra en un dilema: se va convenciendo de que Jesús es inocente, pero no quiere tener malas relaciones con las autoridades judías. En el pensamiento contemporáneo, hay quien lo ve como un ejemplo a seguir (Kelsen, por ejemplo): ante tal disyuntiva, no resuelve el problema buscando la verdad –que la tiene en frente, en la persona de Jesús-, sino que toma una decisión políticamente correcta: lavarse las manos haciendo una encuesta… Para ser objetivos, tengo que decir aquí que en la Iglesia Ortodoxa este hombre es venerado como santo mártir. Probablemente su esposa Claudia le ayudó después a convertirse… En este momento podemos pensar cuántas veces actuamos como Pilato, a medias tintas, tratando de quedar bien con Dios y con el diablo…


Por eso, “Jesús respondió: —Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores lucharían para que no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí. Pilato le dijo: —¿O sea, que tú eres Rey?” (Se trata de una pregunta retórica, un formulismo legal). “Jesús contestó: —Tú lo dices: yo soy Rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad escucha mi voz”.


Su reino no es de este mundo. Este es el sentido de la fiesta de hoy: no pretendemos entronizar a Jesús como patrono de una bandería humana o de un partido político. El reino de Cristo no es de aquí, como alaba el Prefacio de la Misa: “consagraste Sacerdote eterno y Rey del universo a tu único Hijo, nuestro Señor Jesucristo, ungiéndolo con óleo de alegría, para que, ofreciéndose a sí mismo como víctima perfecta y pacificadora en el altar de la cruz, consumara el misterio de la redención humana; y sometiendo a su poder la creación entera, entregara a tu majestad infinita un reino eterno y universal: reino de la verdad y la vida, reino de la santidad y la gracia, reino de la justicia, el amor y la paz”.


Juan Pablo II explicaba que “el Reino de Dios no es un concepto, una doctrina o un programa sujeto a libre elaboración, sino que es ante todo una persona que tiene el rostro y el nombre de Jesús de Nazaret”. Y añadía que no se puede separar de la Iglesia –y aquí entramos cada uno de nosotros, pertenecientes o convocados a ella-, “que está ordenada al Reino de Dios, del cual es germen, signo e instrumento, puesto que tiene la misión de anunciarlo e instaurarlo en todos los pueblos”.


Cristo Rey no es una figura para admirar, sino que conlleva un compromiso personal. Quizá recordamos las primeras veces que leímos aquellos puntos de Camino que hablan sobre llamamiento: “—“¡Su Reino no tendrá fin!” ¿No te da alegría trabajar por un reinado así?” (n. 906). San Josemaría tiene además una homilía estupenda sobre esta fiesta, de la que tomo solo una idea sobre nuestro compromiso con el reinado de Cristo: para que Cristo efectivamente reine tengo que dejarlo señorear en mi vida. Cristo debe reinar, antes que nada, en nuestra alma. Pero qué responderíamos, si El preguntase: tú, ¿cómo me dejas reinar en ti? Yo le contestaría que, para que El reine en mí, necesito su gracia abundante: únicamente así hasta el último latido, hasta la última respiración, hasta la mirada menos intensa, hasta la palabra más corriente, hasta la sensación más elemental se traducirán en un hosanna a mi Cristo Rey. Si pretendemos que Cristo reine, hemos de ser coherentes: comenzar por entregarle nuestro corazón. Si no lo hiciésemos, hablar del reinado de Cristo sería vocerío sin sustancia cristiana, manifestación exterior de una fe que no existiría, utilización fraudulenta del nombre de Dios para las componendas humanas (Es Cristo que pasa, n. 181).


Lo decía también, de modo poético, J. Leclerq: «Él es Rey de mi corazón. Rey de ese mundo íntimo dentro de mí mismo donde nadie penetra y donde únicamente yo soy señor. Jesús es Rey ahí en mi corazón. Tú lo sabes bien, Señor».


Podemos concluir con una petición del Papa actual: “La Virgen María, a quien Dios asoció de modo singular a la realeza de su Hijo, nos obtenga acogerlo como Señor de nuestra vida, para cooperar fielmente en el acontecimiento de su reino de amor, de justicia y de paz”.

sábado, noviembre 14, 2009

Vida más allá de la muerte (Los novísimos)





A la salida del Templo, le dijeron a Jesús: “Maestro, ¡mira qué piedras y qué edificios!”. Siempre y en todas partes es habitual el regionalismo, la admiración de las grandes obras del propio pueblo. Explica la Biblia de Navarra que los judíos pensaban que el día del juicio del Señor sería terrible para los impíos, pero glorioso para los hebreos. La majestuosidad del Templo era señal de esa futura gloria. En este caso, el Señor no respondió con la típica afirmación diplomática del estilo: “es de los más bonitos que he visto”. Es más, corrige la interpretación en boga y añade que el Templo sería destruido. No se trataba de ser aguafiestas, sino de anunciar lo que le pasaría a Él mismo y a sus seguidores a lo largo de los siglos: también la predicación del Evangelio será en medio de lucha y contradicciones. En su libro Jesús de Nazaret, el Papa resalta que este discurso se pronuncia en el contexto previo a la Pasión y a la muerte en la Cruz.



El Señor habla de la llegada del Hijo del Hombre al final de los tiempos: en aquellos días, después de aquella tribulación, el sol se oscurecerá y la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo, y las potestades de los cielos se conmoverán. Entonces verán al Hijo del Hombre que viene sobre las nubes con gran poder y gloria. Y entonces enviará a los ángeles y reunirá a sus elegidos desde los cuatro vientos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo.



El año litúrgico suele traer estos textos apocalípticos para cerrar las últimas semanas, como una llamada a estar atentos para la llegada definitiva del Señor, pues nadie sabe de ese día y de esa hora: ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre.



Jesús aprovecha que hay un árbol de higos en las cercanías y predica con una parábola: Aprended de la higuera esta parábola: cuando sus ramas están ya tiernas y brotan las hojas, sabéis que está cerca el verano. Así también vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que es inminente, que está a las puertas. En verdad os digo que no pasará esta generación sin que todo esto se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. A partir del momento en que florece, la higuera tarda un mes en dar fruto. Así la Iglesia vivirá entre Adviento y Pascua. Como nadie conoce el momento preciso, hay que estar en vigilancia constante, en una confiada espera en el Señor (Howard V. y Peabody D.). El fundamento para esa “resistencia paciente” (Harrington D.), para esa constante vigilancia, es la expectación del eschaton, de la llegada de Cristo en su gloria.



Para fortalecer el cariz esperanzador de este pasaje, la liturgia lo relaciona, en la semana XXXIII, con el comienzo del capítulo 12 del libro de Daniel: “En aquel tiempo se levantará Miguel, el gran príncipe que está al frente de los hijos de tu pueblo". El profeta anuncia la salvación del pueblo de Dios por medio de Miguel, arcángel protector. Los inscritos en el libro son los fieles.

Este pasaje es una muestra de la fe en la Resurrección que comenzaba a madurar en el Antiguo Testamento. La Resurrección no será igual para todos: para unos, será de vida eterna; para otros, de eterna ignominia. Se concluye que los últimos tiempos comienzan con la muerte y resurrección de Cristo y la lucha ya no será entre naciones sino entre el maligno y la Iglesia del Resucitado. Lo importante no es la espera del fin del mundo, sino reconocer los signos humildes de la acción de Cristo resucitado (Léonard).



Lucha y contradicciones. Vigilancia y oración. Espera confiada, resistencia paciente. A todo eso nos debe mover el final de un año más. A prepararnos para el momento definitivo, que es cuando nos llegue el día de dar el paso a la vida eterna. Por eso la Iglesia predica sobre los novísimos, las cuatro verdades eternas. Juan Pablo II decía que “la Iglesia tampoco puede omitir, sin grave mutilación de su mensaje esencial, una constante catequesis sobre lo que el lenguaje cristiano tradicional designa como los cuatro novísimos del hombre: muerte, juicio (particular y universal), infierno y gloria. En una cultura, que tiende a encerrar al hombre en su vicisitud terrena más o menos lograda, se pide a los Pastores de la Iglesia una catequesis que abra e ilumine con la certeza de la fe el más allá de la vida presente; más allá de las misteriosas puertas de la muerte se perfila una eternidad de gozo en la comunión con Dios o de pena lejos de Él. Solamente en esta visión escatológica se puede tener la medida exacta del pecado y sentirse impulsados decididamente a la penitencia y a la reconciliación”.



En el libro “Cruzar el umbral de la esperanza” le preguntaban, precisamente: “¿El paraíso, el purgatorio y el infierno todavía "existen"?” Y el Papa polaco recordaba con gratitud la fuerza de la antigua predicación sobre estos temas: “¡Cuántas personas fueron llevadas a la conversión y a la confesión por estas prédicas y reflexiones sobre las cosas últimas! Además, hay que reconocerlo, ese estilo pastoral era profundamente personal: "Acuérdate de que al fin te presentarás ante Dios con toda tu vida, que ante Su tribunal te harás responsable de todos tus actos, que serás juzgado no sólo por tus actos y palabras, sino también por tus pensamientos, incluso los más secretos." Se puede decir que tales prédicas, perfectamente adecuadas al contenido de la Revelación del Antiguo y del Nuevo Testamento, penetraban profundamente en el mundo íntimo del hombre. Sacudían su conciencia, le hacían caer de rodillas, le llevaban al confesonario, producían en él una profunda acción salvífica".



Hay una vieja leyenda que nos puede ayudar a plantearnos el tema de la muerte. Se llama "El hombre que sabía el día de su muerte": Joven conde Rodolfo. Una fría tarde de octubre de 1321 se internó en el bosque, persiguiendo una presa difícil. Cuando ya empezaba a oscurecer, se encontró unas ruinas de lo que resultó ser una antigua capilla abandonada. A pesar del polvo y el desorden, decidió dormir allí. Entrada la noche, lo despertó un ruido de campanas y se encontró en un funeral. Preguntó por quién se celebraba y le respondieron que un joven caballero que se había perdido en el bosque y que había sido encontrado muerto ese día, 26 de octubre de 1371. El conde Rodolfo se estremeció y decidió acercarse al catafalco y descubrió que el muerto era ¡él mismo!, cincuenta años más viejo. Dio un grito de susto y... se despertó. Se dio cuenta de que el sueño era un aviso: moriría exactamente en 50 años.

Pensándolo bien, tomó una decisión: vivir 25 años de placeres y otros 25 de penitencia. Sintió que había pasado poco tiempo cuando descubrió que ya había pasado la primera mitad del plazo, que había dedicado a diversiones, cacerías, fiestas y también pecados. Tomó entonces una segunda decisión: dedicar los siguientes 15 años al placer y esperar los últimos 10 años para el arrepentimiento. Este período pasó más rápido aún que el primero, por lo que decidió hacer de nuevo una división del tiempo restante y así hasta que le quedaba una semana.

Citó para esos días a todos sus parientes con el fin de despedirse en una fiesta monumental, que duró varios días. Cuando llegó el 25 de octubre, y solo le quedaba una jornada, sintió que necesitaba descansar un poco para poder entonces confesarse, recibir la unción y la comunión y prepararse para la muerte.

Pero cuando ya estaba acostado sintió los dolores y pidió que llamaran al sacerdote. Mientras buscaban al párroco, el Conde Rodolfo comenzó a arrepentirse por haber desperdiciado 50 años mientras observaba lo rápido que bajaba la arena en su reloj de mesa, y se daba cuenta de que si el sacerdote no se daba prisa se quedaría sin la esperada reconciliación con Dios. Cuando escuchó el carruaje que traía al párroco, se dio cuenta de que era demasiado tarde: antes de que él entrara, sonó la campana que anunciaba el nuevo día. Desesperado, el Conde soltó un horrible alarido y... se despertó de verdad.

Con gran alivio, notó que estaba frente al crucifijo enmohecido de la capilla en ruinas, en mitad del bosque, donde había entrado solo unas horas antes para reposar. Pero el joven conde Rodolfo tomó en serio el misericordioso aviso. De ahí en adelante, buscó la santidad en medio de sus ocupaciones, acudió a la Misa y a la oración con frecuencia, tuvo gran devoción a la Santísima Virgen y procuró acercar a Dios a sus amigos. Mediante el examen de conciencia y la confesión frecuente, se mantuvo siempre preparado para el momento más importante de su vida: el día de su encuentro definitivo con Dios. (Inspirado en: Caballeros de la Virgen. Historias para niños... o adultos con fe. Bogotá 2006, p. 66-69)



Juan Pablo II explicaba que hoy día “la escatología es profundamente antropológica, pero a la luz del Nuevo Testamento está sobre todo centrada en Cristo y en el Espíritu Santo, y es también, en un cierto sentido, cósmica”. También afirmaba que “los hombres siguen teniendo esta convicción. Los horrores de nuestro siglo no han podido eliminarla: "Al hombre le es dado morir una sola vez, y luego el juicio" (cfr. Hebreos 9,27). Y que “desde siempre el problema del infierno ha turbado a los grandes pensadores de la Iglesia, desde los comienzos, desde Orígenes, hasta nuestros días, (…) ¿Puede Dios, que ha amado tanto al hombre, permitir que éste Lo rechace hasta el punto de querer ser condenado a perennes tormentos? Y, sin embargo, las palabras de Cristo son unívocas. En Mateo habla claramente de los que irán al suplicio eterno (cfr. 25,46). ¿Quiénes serán éstos? La Iglesia nunca se ha pronunciado al respecto. Es un misterio verdaderamente inescrutable entre la santidad de Dios y la conciencia del hombre”.



Para explicar el purgatorio se inspiraba en “las Obras místicas de san Juan de la Cruz. La "llama de amor viva", de la que él habla, es en primer lugar una llama purificadora. (…) No nos encontramos aquí frente a un simple tribunal. Nos presentamos ante el poder del mismo Amor. Es sobre todo el Amor el que juzga. Dios, que es Amor, juzga mediante el amor. Es el Amor quien exige la purificación, antes de que el hombre madure por esa unión con Dios que es su definitiva vocación y su destino”. Y éste es el Cielo, la comunión con el Hijo del Hombre de que nos habla el Evangelio de Marcos.


Acudimos a Santa María, para que pida por nosotros en los dos momentos más importantes de nuestra vida: “ahora y en la hora de nuestra muerte”. Amén.



miércoles, noviembre 11, 2009

Vida de fe (ciego de Jericó)




Continúa Jesús subiendo a Jerusalén con decisión, después de haber enseñado a sus discípulos el lema de su vida: el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en redención de muchos. 

Después de cruzar Jericó, la comitiva escucha gritos de un limosnero ciego: ¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí! El ambiente no está para más diálogos, pensarán algunos, después del regaño que sufrieron del Señor en la escena anterior. Quizá por eso, reprenden al mendigo para que calle y no incomode al Maestro, que bastante apesadumbrado está como para cargar las peticiones inoportunas… “Pero él gritaba mucho más”. Los apóstoles no logran disimular el ruido, que el Maestro no se entere, hasta que él se paró y dijo: -Llamadle.

También nosotros acompañamos al Señor, como los discípulos. Y también a veces queremos responder por Él. Pero no lo hacemos con su misericordia, sino con nuestra tosquedad. Señor: queremos seguir más cerca de ti, para aprender de tu ejemplo a atender con el mismo cariño a todas las personas. Para saber que todas son importantes para ti. Que te preocupas por cada una y nos pides que las llamemos. Contágianos, Señor, esa preocupación por las almas. Ellas están gritando que quieren verte, piden piedad para sus miserias y nosotros no queremos complicarnos la vida, nos creemos mejores que ellas porque Tú has tenido más misericordia en nuestro favor. Sugiérenos en este momento cuáles son esas personas en las que quieres lucirte, hacer milagros, contando con nuestra ayuda. Que nos demos cuenta de que quieres contar con nosotros. Que te paras y nos dices, pensando en ellas: -Llamadles. Llámalas tú, en mi nombre.

¿Qué pasaba por la mente de aquél hombre, mientras tanto? Llevaba una vida lamentable: ciego y mendigo. Quizás había sido reconocido antes de perder la vista. Al menos, su padre era aún recordado, pues le llaman “Bar-timeo”, el hijo de Timeo. Probablemente había oído de aquel taumaturgo que había curado paralíticos, que había devuelto la vida a algún muerto, que había expulsado demonios. En sus circunstancias personales, cualquier posibilidad de curación es recibida con esperanza. Pero, además, le habían llegado ecos de su predicación y se había convencido de que aquel personaje era, sin duda alguna, el Mesías esperado. 

Esperaba encontrarlo en alguna fiesta, de camino a Jerusalén. Quizás hubiera intentado buscarlo, cuando supo que estaba en parajes cercanos, pero su limitación física se lo habría dificultado. Hasta que, aquella mañana, habría escuchado –con la finura de oído que desarrollan los ciegos- ecos del paso de Jesús de Nazaret. Por eso decidió esperarlo en las afueras de la ciudad, para garantizar un encuentro personal, sin el barullo de la gente, en un sitio que quizás conocía como un buen lugar para pedir limosna: en el giro de la carretera, para dar tiempo al caminante de compadecerse de él.

Tú y yo también somos ciegos: cuántas cosas grandes que no vemos, porque nos lo impide la ceguera de nuestro egoísmo, de nuestra vanidad, de nuestra sensualidad, de nuestra pereza. Nos tapa los ojos de alma el tener la mirada puesta en lo de abajo, en nuestros proyectos, en nuestra fama, incluso en nuestros fracasos, en nuestras miserias, que nos humillan, no porque ofendan a Dios sino porque no somos tan perfectos como quisiéramos. Lo peor es que no nos damos cuenta, creemos que vemos bien, que no necesitamos ninguna ayuda. ¡Y ésa es, precisamente, nuestra peor ceguera! Ojalá tuviéramos la humildad de Bartimeo, que no se avergüenza de esperar, delante de todo el mundo, para manifestar su fe.

Quizás alguien le avisaría al momento de salir por la puerta de aquel poblado y, justo en ese momento, el ciego habría empezado a clamar, “a decir a gritos”: ¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí! Esperaba que, al reconocer el mesianismo de Jesús, sería bien tratado por los discípulos –es lo menos que puede hacer un apóstol, agradecer las alabanzas a su maestro-. Quizá entonces, añoraba, uno de aquellos hombres se le acercaría para llevarlo a la presencia del Maestro. Y así comenzó a suceder. Nada más terminar sus gritos, sintió la cercanía de varios discípulos –quizá Judas sería uno de ellos- y experimentaría la felicidad de pensar que todo salía según sus planes. Sin embargo, no fue así, sino todo lo contrario: “muchos le reprendían para que se callara”.

Pero él ya tenía bastante experiencia con este tipo de reproches. Y, en esta circunstancia, tenía fe en que había mucho en juego: estar cerca del Mesías, tocarlo, escucharlo. Y, por qué no, pedirle el milagro de la curación. Volver a ver. Recobrar la vista, viéndolo de frente a Él. Por eso, “él gritaba mucho más: —¡Hijo de David, ten piedad de mí!” De repente, escuchó que la multitud se callaba. Sintió que era el centro de la atención. Y una persona que llevaba un traje amplio –oía cómo el viento desplegaba su manto- se dirigió a él, con voz potente: —“¡Ánimo!, levántate, te llama”.

El Maestro le esperaba, pero quiso probar la fe del ciego, forzar su constancia. San Josemaría comentaba esta escena (Amigos de Dios, 195 ss): ¡Es la vocación cristiana! Pero no es una sola la llamada de Dios. Considerad además que el Señor nos busca en cada instante: levántate -nos indica-, sal de tu poltronería, de tu comodidad, de tus pequeños egoísmos, de tus problemitas sin importancia. Despégate de la tierra, que estás ahí plano, chato, informe. Adquiere altura, peso y volumen y visión sobrenatural.

Aquel hombre, arrojando su manto, dio un salto y se acercó a Jesús. (…) No olvides que, para llegar hasta Cristo, se precisa el sacrificio; tirar todo lo que estorbe: manta, macuto, cantimplora. Tú has de proceder igualmente en esta contienda para la gloria de Dios, en esta lucha de amor y de paz, con la que tratamos de extender el reinado de Cristo. (…) Lección de fe, lección de amor. Porque hay que amar a Cristo así.

El relato de San Josemaría cuenta una intimidad autobiográfica: E inmediatamente comienza un diálogo divino, un diálogo de maravilla, que conmueve, que enciende, porque tú y yo somos ahora Bartimeo. Abre Cristo la boca divina y pregunta: quid tibi vis faciam?, ¿qué quieres que te conceda? Y el ciego: Maestro que vea. ¡Qué cosa más lógica! Y tú, ¿ves? ¿No te ha sucedido, en alguna ocasión, lo mismo que a ese ciego de Jericó? Yo no puedo dejar de recordar que, al meditar este pasaje muchos años atrás, al comprobar que Jesús esperaba algo de mí -¡algo que yo no sabía qué era!-, hice mis jaculatorias. Señor, ¿qué quieres?, ¿qué me pides? Presentía que me buscaba para algo nuevo y el Rabboni, ut videam -Maestro, que vea- me movió a suplicar a Cristo, en una continua oración: Señor, que eso que Tú quieres, se cumpla.

Señor, que vea. Petición simple, que a tantas almas le ha servido para discernir cuál es la voluntad de Dios sobre el propio camino. Señor, que vea. Petición que debe ir unida al deseo de cumplirla: Que eso que Tú quieres, Señor, se cumpla. Entonces Jesús le dijo: —Anda, tu fe te ha salvado. Y al instante recobró la vista. Y le seguía por el camino.

Concluimos con la homilía del Fundador del Opus Dei: Seguirle en el camino. Tú has conocido lo que el Señor te proponía, y has decidido acompañarle en el camino. Tú intentas pisar sobre sus pisadas, vestirte de la vestidura de Cristo, ser el mismo Cristo: pues tu fe, fe en esa luz que el Señor te va dando, ha de ser operativa y sacrificada. No te hagas ilusiones, no pienses en descubrir modos nuevos. La fe que El nos reclama es así: hemos de andar a su ritmo con obras llenas de generosidad, arrancando y soltando lo que estorba.


Servicio




En el capítulo décimo de San Marcos, el Señor sube a Jerusalén con sus discípulos. Ya se nota un aire tenso: “Jesús los precedía y ellos estaban sorprendidos: los que le seguían tenían miedo”. Les llama la atención la resolución con que asciende al sitio donde morirá, según ha anunciado dos veces. Por toda respuesta, el relato presenta un tercer anuncio acerca de la inminencia de su muerte y posterior resurrección. Sin embargo, parece que los discípulos no se enteraran. Santiago y Juan se preocupan más por su lugar en la gloria que por su participación e los padecimientos: “Entonces se acercan a él Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, diciéndole: —Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir. Él les dijo: — ¿Qué queréis que os haga? Y ellos le contestaron: —Concédenos sentarnos uno a tu derecha y otro a tu izquierda en tu gloria. Y Jesús les dijo: —No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo bebo, o recibir el bautismo con que yo soy bautizado? —Podemos –le dijeron ellos. Jesús les dijo: —Beberéis el cáliz que yo bebo y recibiréis el bautismo con que yo soy bautizado; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde concederlo, sino que es para quienes está dispuesto”.



El Señor menciona dos figuras del sufrimiento: el cáliz y el bautismo. Para cuando se escribió el evangelio, ya Santiago había bebido ese cáliz y recibido el bautismo del martirio. Pero inmediatamente se nos presenta la reacción de soberbia de los otros discípulos: “Al oír esto los diez comenzaron a indignarse contra Santiago y Juan. Entonces Jesús les llamó y les dijo: —Sabéis que los que figuran como jefes de las naciones las oprimen, y los poderosos las avasallan. No tiene que ser así entre vosotros; al contrario: quien quiera llegar a ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, que sea esclavo de todos: porque el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en redención de muchos”.



Estas palabras se relacionan con la primera lectura, que es el cuarto canto del Siervo del Señor profetizado por Isaías. En este pasaje, explica Benedicto XVI, llegamos al tercer tipo de palabras sobre el Hijo del hombre: los preanuncios de la pasión. Ya hemos visto que los tres anuncios de la pasión del Evangelio de Marcos, que estructuran tanto el texto como el camino de Jesús mismo, indican cada vez con mayor nitidez su destino próximo y la necesidad intrínseca del mismo. Encuentran su punto central y su culminación en la frase que sigue al tercer anuncio de la pasión y su aclaración, estrechamente unida a ella, sobre el servir y el mandar: "Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos" (Mc 10, 45).



Podemos concretar esa disposición, que debe ser habitual, en pequeños detalles de servicio, comenzando por el propio hogar: saberse molestar cada uno, para que la casa funcione. Ofrecerse para colaborar en el aseo, el orden, los mandados. Servir en la cocina y en el comedor. Ayudar con el silencio, o soportar el ruido de los demás sin muchos aspavientos. Lo mismo con el cigarrillo: una buena mortificación para el fumador es no hacerlo en lugares cerrados y otra, para el que no fuma, es soportar el humo ajeno haciendo buena cara. Ceder el televisor, el computador o el teléfono. Servir en la vía pública: conducir con decencia y sin atacar a los otros. Servir en los medios de transporte público, en la calle, en el sitio de trabajo o en el aula de clase. Dar limosna a personas necesitadas o, al menos, a entidades que les ayudan. A veces los mendigos entienden que uno no les dé una moneda, pero sí esperan una cara sonriente, una mirada fraterna. Cuántos detalles pequeños se nos presentan a lo largo del día para ejercitar ese lema de cristiano: yo no vine para que me sirvan, sino para servir.



Una anécdota de San Josemaría: “El día 19 de marzo de 1959, fiesta de san José, patrono del Opus Dei, Escrivá pasa por el office en el momento en que están preparando las fuentes de la comida. Se detiene. Toma una. Entra en el comedor. Desde la puerta, busca con la mirada a Julia Bustillo, que es la más veterana. Va hacia donde ella está sentada y le acerca la bandeja, sosteniéndola para que se sirva: -En la casa de Nazaret todos servían… ¡Hoy me toca servir a mí! Pero el gesto pretende abrir camino a una costumbre. Así que, pasado un tiempo, les dirá a las directoras que viven en La Montagnola: -En casa no hay «servicio doméstico»: unos realizan una profesión y otros otra. Cada cual hace su trabajo y todos servimos a Dios, que es el único Señor. Me parecería muy bien que algunas veces -y no hace falta que sea un día excepcional o un día de fiesta, sino cualquier día corriente- vosotras sirvierais la mesa de quienes, porque es su profesión, habitualmente os atienden a vosotras (Urbano P. El hombre de Villa Tevere, p. 252).



Una manifestación concreta de esas ansias de servir es el esfuerzo por adquirir más competencia en nuestro trabajo profesional. Escribe San Josemaría: “Por eso, como lema para vuestro trabajo, os puedo indicar éste: para servir, servir. Porque, en primer lugar, para realizar las cosas, hay que saber terminarlas. No creo en la rectitud de intención de quien no se esfuerza en lograr la competencia necesaria, con el fin de cumplir debidamente las tareas que tiene encomendadas. No basta querer hacer el bien, sino que hay que saber hacerlo. Y, si realmente queremos, ese deseo se traducirá en el empeño por poner los medios adecuados para dejar las cosas acabadas, con humana perfección” (Es Cristo que pasa, 50).



Juan Pablo II decía que el ser humano “se afirma a sí mismo, de manera más completa, dándose. Ésta es la plena realización del mandamiento del amor. Ésta es también la plena verdad del hombre, una verdad que Cristo nos ha enseñado con Su vida y que la tradición de la moral cristiana -no menos que la tradición de los santos y de tantos héroes del amor por el prójimo- ha recogido y testimoniado en el curso de la historia” (Cruzar el umbral de la esperanza, p. 208). Al papa polaco le gustaba poner tres ejemplos de vida entregada: la maternidad, la milicia –un soldado que arriesga su vida por la patria-, la entrega a Dios en el celibato.



Pidamos a la Virgen Santísima su protección para que también sea nuestro lema que no hemos venido a la tierra para ser servidos, sino para servir y dar la vida a los demás por Dios.