viernes, septiembre 11, 2009

Conversión


Oyin explica el contexto del capítulo seis de San Lucas: se trata del primer discurso de Jesús a sus nuevos discípulos. Antes de elegirlos, el Señor sube a un monte para orar toda la noche. Después, lleno del Espíritu Santo, elige a los doce Apóstoles y les describe en términos simples y elocuentes la forma de vida que se espera de ellos: bienaventurados los pobres, los mansos, los limpios de corazón…



Lucas seleccionó con cuidado las enseñanzas del Señor para su primer discurso a los nuevos discípulos. Se trata del corazón del discipulado cristiano, para quienes acaban de estrenarlo. Se llama “el discurso de la llanura”, para distinguirlo del “sermón del monte” de Mateo. Y tiene cuatro partes: introducción (anuncio a los pobres), cuerpo del discurso (odio y condenación) y conclusión. El Evangelio de hoy pertenece a la tercera parte: la benevolencia hacia el prójimo, así como el Señor hace salir el sol sobre malos y buenos. No creerse más santos que los demás: solo Dios juzga.



Lucas 6, 39-42: Les dijo también una parábola: —¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? 40 No está el discípulo por encima del maestro; todo aquel que esté bien instruido podrá ser como su maestro.



Estar bien instruidos, con la luz del Señor. Cuánto necesitamos el estudio, para que nuestra piedad no sea sentimental o voluntarista; para poder guiar a los demás hombres a la claridad del Maestro. (Repaso del Magisterio, de la Sagrada Escritura, de la Teología, escritos de santos; y también repaso de la profesión, de la cultura, etc.)



¿Por qué te fijas en la mota del ojo de tu hermano y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: «Hermano, deja que saque la mota que hay en tu ojo», no viendo tú mismo la viga que hay en el tuyo? Hipócrita: saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás con claridad cómo sacar la mota del ojo de tu hermano.



Estar bien instruidos, sacar las vigas de nuestros propios ojos: purificarnos. Dice San Teófilo: “Si tú me dices: ‘Muéstrame a tu Dios’, yo te diré a mi vez: ‘muéstrame tú al hombre que hay en ti’ y yo te mostraré a mi Dios. Muéstrame, por tanto, si los ojos de tu mente ven y si oyen los oídos de tu corazón. (…) Ven a Dios los que son capaces de mirarlo, porque tienen abiertos los ojos del espíritu. Porque todo el mundo tiene ojos, pero algunos los tienen oscurecidos y no ven la luz del sol. Y no porque los ciegos no vean ha de decirse que el sol ha dejado de lucir, sino que esto hay que atribuírselo a sí mismos y a sus propios ojos. De la misma manera, tienes tú los ojos de tu alma oscurecidos a causa de tus pecados y malas acciones”.



Señor: necesitamos purificar nuestra mirada, para ver la claridad de tu luz. Y para ver con claridad cómo sacar la mota del ojo de nuestros hermanos. En estas circunstancias, puede acecharnos la tentación del pesimismo, al ver las dimensiones de la viga de nuestros ojos. Pero tenemos un arma poderosa: los consuelos maternales de María, cuya Natividad celebramos el pasado martes.



Por eso, nos pueden servir mucho las palabras que Papa Benedicto XVI predicaba en la fiesta de la Natividad de la Virgen: la genealogía, con sus figuras luminosas y oscuras, con sus éxitos y sus fracasos, nos demuestra que Dios también escribe recto con los renglones torcidos de nuestra historia. Dios nos deja nuestra libertad y, sin embargo, sabe encontrar en nuestro fracaso nuevos caminos para su amor. Dios no fracasa. Así esta genealogía es una garantía de la fidelidad de Dios, una garantía de que Dios no nos deja caer y una invitación a orientar siempre de nuevo nuestra vida hacia Él, a caminar siempre nuevamente hacia Cristo.



Dios escribe recto con nuestros renglones torcidos. Gracias, Señor, por haber querido contar con nosotros siendo –como somos- tan poca cosa. Gracias, sobre todo, porque has sabido encontrar en nuestro fracaso nuevos caminos para tu amor. Tú no fracasas, porque eres fiel. No nos dejarás caer y una vez más nos invitas a orientarnos hacia Ti, a caminar siempre nuevamente hacia tu Hijo. Miramos nuestra vida, la viga de nuestros ojos, y procuramos sacar propósitos concretos: huir de ciertas ocasiones, rectificar más prontamente, ser más piadosos, trabajar con más abnegación, orientarnos hacia Cristo, caminar hacia Él, que nos espera en el Sagrario, en la Misa, en la Cruz.



En esa misma fiesta, predicaba San Josemaría: volviendo de nuevo a meternos en la genealogía de Jesucristo, encontramos hombres y mujeres —antepasados de José y de María— que a veces no fueron un modelo. Con esa lección, seguro que la Madre de Dios quiere que consideremos que Ella, siendo toda limpia —¡Inmaculada!—, nos acepta con nuestras manchas. Y cuando nos acercamos a Ella y a Jesús, con la conciencia limpia, con la voluntad llena de buenos deseos, entonces todo lo pasado no cuenta. Podemos rehacer nuestra vida, y para eso a lo largo de la jornada habremos de rectificar el rumbo más de una vez.



Nuestra Madre, Santa María, nos acepta con nuestras manchas. Nos ayuda a borrar todo lo pasado. Rehace nuestra vida, nos alcanza luces del Señor para rectificar una vez más. Pidámosle hoy su protección maternal con esa jaculatoria tan sencilla que repetía el Fundador del Opus Dei: Madre, madre mía!



Viene a la mente una antigua anécdota, retocada: la de un pintor, que estaba haciendo un cuadro sobre la Última Cena. Para pintar a Jesús utilizó como modelo a un santo sacerdote. Un sobrino suyo, joven y limpio, le sirvió para inspirar el rostro de Juan. Pero tenía dos problemas: no era fácil encontrar el modelo para Judas y para Pedro. Alguien le aconsejó buscar en la cárcel, para pintar el primero. El comisario le recomendó a un malvado avaro y asesino que, con su mala cara, encarnó perfectamente al apóstol traidor. Pasaron los meses y el pintor decidió dejar en su taller el cuadro sin terminar, pues no aparecía por ninguna parte el modelo de San Pedro. Por esa época encontró a una niña que le servía para pintar imágenes de la Virgen y se especializó en el tema de María.



Años más tarde, al visitar un famoso monasterio, le removió la predicación del abad sobre la conversión de San Pedro. Y, mientras recordaba aquella Última Cena inconclusa, dio gracias a Dios por haber encontrado el modelo: ¿quién mejor que aquél famoso predicador de la misericordia divina? El abad aceptó encantado y, durante su modelado, sonreía mientras notaba una cierta inquietud en el rostro del pintor. Después de varias sesiones, el artista le preguntó si se conocían de antes, pues esa cara le sonaba muy conocida. El abad le contestó que se habían visto varios años atrás: él mismo había sido el modelo de Judas y, mientras posaba para ese cuadro, se había convertido al ver el rostro amable de Jesús, la compañía cariñosa de Juan y el espacio para Pedro, aún ausente.



Con lágrimas en los ojos, le manifestó su confidencia al pintor: mientras veía el retrato de la maldad en su rostro, había sentido que el Señor mismo le decía que el puesto de San Pedro sería para él, que la misericordia divina sería infinita para perdonar sus pecados, si estaba dispuesto a convertirse y pedir perdón como aquél Apóstol. Había acudido inmediatamente al confesor de la cárcel y, al cumplir su condena, había ingresado al monasterio, donde un tiempo después había sido nombrado abad. Por eso le gustaba tanto predicar sobre la misericordia divina y sobre la conversión de Cefas, el primer Papa.



Es la idea principal de la carta del Prelado del Opus Dei para septiembre de 2009: “son pensamientos que, en este Año sacerdotal, invitan a fomentar —también entre los confesores— un amplio apostolado para difundir la necesidad del sacramento de la Reconciliación y dar gracias por este medio de alcanzar el perdón de los pecados, que el Señor ha entregado a la Iglesia. Estas consideraciones, además, nos llenan de optimismo y de serenidad, porque nos ayudan a caer en la cuenta de que Dios no se cansa de nuestras flaquezas, aunque no las quiere. Ni nuestros pecados, ni nuestros defectos, cuando nos dolemos de esas deficiencias y pedimos perdón, acudiendo si es necesario al sacramento de la Penitencia, podrán apartarnos de Él. El Señor desea atraernos constantemente a su amor mediante la misericordia. Quiero que vosotros y yo —repito con palabras de San Josemaría— tengamos esa visión de lucha; que no perdamos nunca de vista que en la vida interior es necesario pelear sin desánimo; que no nos desalentemos cuando al intentar servir a Dios, no una vez sino muchas, tengamos que rectificar”.



El Prelado termina su carta invitándonos a confiar en que, en esta guerra por apartar la viga de nuestros ojos para mostrar la paja de los ojos ajenos, contamos con el apoyo de nuestra Madre: “Con el poderoso auxilio de la Virgen, seremos siempre vencedores, aunque a veces experimentemos la derrota en las escaramuzas de la pelea diaria. María está pendiente sin tregua de nosotros, y cuando oiga su nombre en nuestros labios nos atenderá enseguida para protegernos. ¡Madre! (terminamos con palabras de San Josemaría) —Llámala fuerte, fuerte. —Te escucha, te ve en peligro quizá, y te brinda, tu Madre Santa María, con la gracia de su Hijo, el consuelo de su regazo, la ternura de sus caricias: y te encontrarás reconfortado para la nueva lucha”.

sábado, septiembre 05, 2009

El trabajo de Jesús


Hace unos meses, le preguntaban al Prelado del Opus Dei en una entrevista: Ustedes invitan a merecer la santidad a través del trabajo. ¿Cuánta gente cree que, hoy en día, no se emplea sólo por ganar un sueldo? Es un interrogante actual, pues en los tiempos de crisis que corren podemos ver el trabajo solo como el medio para obtener el sustento nuestro y de nuestra familia.



El capítulo séptimo del Evangelio de Marcos, que la liturgia propone para el XXIII domingo nos ofrece una idea para vislumbrar una respuesta sobre el valor del trabajo y el modo de realizarlo. El segundo evangelio presenta la curación de un sordo al que, además, le costaba hablar bien. La acción transcurre en tierra de gentiles, al otro lado del Jordán: salió de la región de Tiro y vino a través de Sidón hacia el mar de Galilea, cruzando el territorio de la Decápolis.



El Señor devuelve la audición y el habla correcta a aquel hombre, lo que genera la admiración general de la multitud: “Y se le abrieron los oídos, quedó suelta la atadura de su lengua y empezó a hablar correctamente. Y les ordenó que no se lo dijeran a nadie. Pero cuanto más se lo mandaba, más lo proclamaban; y estaban tan maravillados que decían: —Todo lo ha hecho bien, hace oír a los sordos y hablar a los mudos”.



Se maravillaban porque veían cumplidas las promesas del profeta Isaías (35, 4-7): "Se iluminarán los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos se abrirán, saltará como un venado el cojo, la lengua del mudo cantará”. Se trata de una manifestación, una prueba, de un principio más general, que San Josemaría consideraba una corta biografía de Jesús (Amigos de Dios, 56): Bene omnia fecit, todo lo ha hecho bien.



Si os fijáis, entre las muchas alabanzas que dijeron de Jesús los que contemplaron su vida, hay una que en cierto modo comprende todas. Me refiero a aquella exclamación, cuajada de acentos de asombro y de entusiasmo, que espontáneamente repetía la multitud al presenciar atónita sus milagros: bene omnia fecit [Mc 7,37], todo lo ha hecho admirablemente bien: los grandes prodigios, y las cosas menudas, cotidianas, que a nadie deslumbraron, pero que Cristo realizó con la plenitud de quien es perfectus Deus, perfectus homo [Símbolo Quicumque], perfecto Dios y hombre perfecto.



Años de trabajo de Jesús, que también respondieron a la misma descripción del capítulo séptimo de San Marcos: Todo lo hizo bien. Nosotros no podemos imitar a Jesús en sus milagros: no devolveremos la vista ni haremos caminar a los paralíticos, a no ser que seamos médicos de avanzada. Pero lo que sí tenemos al alcance de la mano es imitarlo en esos años de vida oculta en los que trabajaba bien, poniendo en esa labor ordinaria el mismo empeño que más tarde pondría para hacer sus milagros o para morir en la Cruz.



Toda la vida del Señor me enamora. Tengo, además, una debilidad particular por sus treinta años de existencia oculta en Belén, en Egipto y en Nazaret. Ese tiempo —largo—, del que apenas se habla en el Evangelio, aparece desprovisto de significado propio a los ojos de quien lo considera con superficialidad. Y, sin embargo, siempre he sostenido que ese silencio sobre la biografía del Maestro es bien elocuente, y encierra lecciones de maravilla para los cristianos. Fueron años intensos de trabajo y de oración, en los que Jesucristo llevó una vida corriente —como la nuestra, si queremos—, divina y humana a la vez; en aquel sencillo e ignorado taller de artesano, como después ante la muchedumbre, todo lo cumplió a la perfección.



Ejemplo de vida para nuestra lucha. De nuestro trabajo cotidiano también deberían decir los demás: todo lo hace bien. Hemos de tener prestigio profesional, no para encumbrarnos, sino para mostrar la influencia del mensaje de Cristo en nuestras vidas y para ayudarle a iluminar la sociedad de hoy con su doctrina. La luz de los seguidores de Jesucristo no ha de estar en el fondo del valle, sino en la cumbre de la montaña, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en el cielo (Mt 5,16). (Cristo que pasa, 10).



Para cumplir con esa misión nuestra, de todo bautizado, hace falta esfuerzo, lucha, trabajo, fatiga. Tampoco seremos ningunos héroes, no haremos más que comportarnos como tantos millones de personas a nuestro alrededor, solo que con una motivación más trascendente: Puesto que hemos de comportarnos siempre como enviados de Dios, debemos tener muy presente que no le servimos con lealtad cuando abandonamos nuestra tarea; cuando no compartimos con los demás el empeño y la abnegación en el cumplimiento de los compromisos profesionales; cuando nos puedan señalar como vagos, informales, frívolos, desordenados, perezosos, inútiles... Porque quien descuida esas obligaciones, en apariencia menos importantes, difícilmente vencerá en las otras de la vida interior, que ciertamente son más costosas. Quien es fiel en lo poco, también lo es en lo mucho, y quien es injusto en lo poco, también lo es en lo mucho [Lc 16,10]. (Amigos de Dios, 62)



Un ejemplo cercano es el del Papa: Vincent Twomey, alumno suyo en los años de Ratisbona, cuenta que «al comenzar cada semestre, los estudiantes de todos los años y de varias disciplinas se reunían en una de las salas de lectura más grandes para escuchar ensimismados las lecturas introductivas de Joseph Ratzinger. Cualquiera que fuera el tratado que tuviera que afrontar en aquel semestre (creación, cristología o eclesiología), él comenzaba situando la materia en primer lugar en el contexto cultural y contemporáneo y luego dentro de las investigaciones teológicas más recientes, para luego ofrecer su propio examen original, docto y sistemático del tema». Joseph Ratzinger luchaba por trabajar bien, por estudiar a fondo las cuestiones, y por eso ha hecho tanto bien: con su merecido prestigio profesional continúa iluminando el mundo de hoy con la luz de las doctrinas de Cristo, en diálogo con el pensamiento, las inquietudes y las propuestas contemporáneas.



Podemos concluir con la respuesta que Mons. Echevarría dio al interrogante con que comenzábamos: “La ocupación no puede concebirse simplemente como un valor económico. En los planes de Dios, el trabajo perfecciona y madura al hombre. Por esta razón, poner inventiva e interés por hacer las cosas acabadamente bien –no sólo por cobrar un sueldo– y servir con lealtad a Dios y a los demás ennoblece a la persona. En nuestra sociedad ‘supereconomicista’, descubrir el valor cristiano del trabajo puede ser una liberación y una siembra de fraternidad”.



Pidamos a la Virgen -¡Cómo sería la perfección de su trabajo diario, ofrecido cada momento a su Hijo!- que también de nuestras ocupaciones se pueda decir: Bene omnia fecit, ¡todo lo ha hecho bien!