domingo, agosto 30, 2009

Limpieza de corazón



San Marcos explica, en el capítulo séptimo de su Evangelio, que los fariseos y todos los judíos nunca comen si no se lavan las manos muchas veces, observando la tradición de los mayores; y cuando llegan de la plaza no comen, si no se purifican; y hay otras muchas cosas que guardan por tradición: purificaciones de las copas y de las jarras, de las vasijas de cobre y de los lechos. Y le preguntaban los fariseos y los escribas: —¿Por qué tus discípulos no se comportan conforme a la tradición de los mayores, sino que comen el pan con manos impuras?

Se refieren a impureza (koinos) levítica. Más que “todos los judíos”, como dice aquí Marcos para explicar a sus destinatarios gentiles, se trata solo de algunos judíos, en concreto los fariseos, que promovían la extensión a los laicos de las reglas de pureza exigidas a los sacerdotes cuando celebraban el culto judío.

Él les respondió: —Bien profetizó Isaías de vosotros, los hipócritas, como está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está muy lejos de mí.

Jesús no rechaza la pureza, sino la tradición farisaica sobre la Ley: hace notar cómo han terminado sustituyendo la Ley de Dios por leyes de los hombres (permitían que una persona no ayudara a sus padres –no cumpliera el cuarto mandamiento- si ofrecía ese dinero para el culto).

Y aprovecha para aclarar en qué consiste la pureza de corazón: las cosas que salen del hombre, ésas son las que hacen impuro al hombre (v. 15): Porque del interior del corazón de los hombres proceden los malos pensamientos, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, los deseos avariciosos, las maldades, el fraude, la deshonestidad, la envidia, la blasfemia, la soberbia y la insensatez. Todas estas cosas malas proceden del interior y hacen impuro al hombre (v. 23).

Lo que sale del corazón es lo que hace impuro al hombre: los hechos perversos y los vicios. Gnilka explica que el acento recae en cuál es la verdadera impureza: la moral. Jesucristo rechaza la piedad formal, legalista. No quiere abolir la pureza cultual, sino la deformación de la esencia de la fe. 
Por eso, estuvo dispuesto a contraer la impureza cultual cuando compartía la mesa con publicanos y pecadores. Y lo mismo sucede con el sábado: Jesús cura y hace otras transgresiones, pues “el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado”.

Su pensamiento acerca de la rígida piedad farisaica queda expuesto con la parábola del fariseo y el publicano: lo importante no es cumplir rigideces jurídicas, sino tener un corazón limpio, puro, contrito, humilde y reconocedor de la grandeza de Dios. Esta doctrina quedará resumida en el sermón del monte: bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Limpieza de corazón. No se trata de una serie de negaciones, sino de una labor positiva, de una afirmación gozosa, como le gustaba decir a San Josemaría. En Camino dedica un capítulo, en la cuarta parte, para meditar sobre la santa pureza. Y uno de los primeros puntos (el 123) se refiere precisamente a que la decisión de vivir la castidad –fruto de la acción del Espíritu Santo- no es una carga, sino una corona triunfal. Con ella nos llega la alegría y la paz. Por eso también aclaraba que, para una persona normal, esta lucha debe ocupar el cuarto o quinto lugar (Amigos de Dios, 179). En esa misma línea, cuando hablaba de la pureza sacerdotal, decía que es una corona de la iglesia (n. 71).

Limpieza de corazón. Muchas personas la viven por naturaleza: porque están ocupadas, porque trabajan bastante, porque están bien enamoradas, porque son “normales”. El cristiano la vive por esas mismas razones, pero sobre todo como fruto del Espíritu Santo, y porque su fe le enseña el valor del cuerpo, de la materia, de su sexualidad. El creyente se sabe creado por Dios, sabe que no “tenemos” un cuerpo, sino que “somos” cuerpo y alma.

Flannery O’Connor, famosa escritora católica estadounidense, decía (en “El hábito de ser”) que esta doctrina es es la más absolutamente espiritual de todas las posiciones de la Iglesia. Y que la raíz de estas enseñanzas “radica, tal vez, en la resurrección del cuerpo. Es nuevamente una doctrina espiritual y va más allá de nuestro entendimiento”. También explicaba que no se pueden pensar sobre este tema “en términos de conveniencia, sino a la luz de la naturaleza humana bajo Dios”.

San Josemaría resumía los medios para vencer en la lucha por esta virtud: “Hemos de ser lo más limpios que podamos, con respeto al cuerpo, sin miedo, porque el sexo es algo santo y noble –participación en el poder creador de Dios–, hecho para el matrimonio. Y, así, limpios y sin miedo, con vuestra conducta daréis el testimonio de la posibilidad y de la hermosura de la santa pureza. (…) Cuidad esmeradamente la castidad, y también aquellas otras virtudes que forman su cortejo –la modestia y el pudor–, que resultan como su salvaguarda. No paséis con ligereza por encima de esas normas que son tan eficaces para conservarse dignos de la mirada de Dios: la custodia atenta de los sentidos y del corazón; la valentía –la valentía de ser cobarde– para huir de las ocasiones; la frecuencia de los sacramentos, de modo particular la Confesión sacramental; la sinceridad plena en la dirección espiritual personal; el dolor, la contrición, la reparación después de las faltas. Y todo ungido con una tierna devoción a Nuestra Señora, para que Ella nos obtenga de Dios el don de una vida santa y limpia”. (Amigos de Dios, 180).

Precisamente así terminamos: acudiendo a Santa María, Madre del Amor Hermoso, para que nos alcance del Señor la limpieza de corazón, el don de una vida santa y limpia.

sábado, agosto 22, 2009

San Pedro y el Papa



Concluimos hoy los cinco domingos que la liturgia dedica al capítulo seis del Evangelio de San Juan. En los versículos 60-69, el evangelista presenta la reacción de los seguidores de Jesús: “Al oír esto, muchos de sus discípulos dijeron: —Es dura esta enseñanza, ¿quién puede escucharla? Jesús, conociendo en su interior que sus discípulos estaban murmurando de esto, les dijo: —¿Esto os escandaliza? Pues, ¿si vierais al Hijo del Hombre subir adonde estaba antes? El espíritu es el que da vida, la carne no sirve de nada: las palabras que os he hablado son espíritu y son vida. Sin embargo, hay algunos de vosotros que no creen. En efecto, Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que le iba a entregar”.


Para seguir a Jesús hace falta entenderlo “en espíritu y vida”, no como una simple enseñanza carnal. Es cuestión de fe. Perkins muestra que la división de la que habla el evangelista no se da simplemente entre los espectadores casuales, sino entre los propios discípulos, que “se echaron atrás y ya no andaban con él”. Uno podría pensar que, en estas circunstancias, lo más sensato sería usar la diplomacia, “recoger manguera”, explicar un poco mejor lo dicho, para ver si es posible recuperar a algunos de los que se van… Pero el Señor, por el contrario, radicaliza su posición: “Entonces Jesús les dijo a los doce: —¿También vosotros queréis marcharos?” Y lo dice después de anunciar que sabe de las intrigas del traidor y de la cizaña que está sembrando entre los discípulos: “hay algunos de vosotros que no creen”.


Este episodio es la primera ocasión en que se menciona el grupo conformado por los Apóstoles, con Pedro a la cabeza. Es más, aparte de las tres ocasiones que se menciona el grupo en esta escena, en ninguna otra parte del evangelio de Juan se habla de él. Ratzinger dirá que solo aquí se le da al círculo de los Doce toda su importancia y su fisonomía. Como en Cesarea de Filipo, es Pedro quien toma la vocería de los otros once: “Le respondió Simón Pedro: —Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios”.


“El Santo de Dios” equivale al “Cristo de Dios”, al Ungido, al Mesías. Jaubert anota que es el título que confesaban con estremecimiento los demonios en Mc 1,24. Ratzinger señala que la peculiaridad del relato de Juan es que pone la confesión de Pedro en el contexto de la última cena. Le da más énfasis a su significado sacerdotal, pues así se le llama a Aarón en el salmo 106. Además, como está insertado en el discurso eucarístico, este título remite al misterio pascual. Y relaciona esta confesión con el estremecimiento de Pedro posterior a la pesca milagrosa, cuando dirá: “Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo”.


El Papa extrae varias conclusiones de este pasaje, también a la luz de la comparación de este pasaje con los paralelos sinópticos. La primera es que se trata de un evento decisivo: a partir de entonces, los discípulos serán el núcleo inicial de la nueva familia de Jesús: la futura Iglesia, que permanece “en camino” con Jesús y que, gracias a esa compañía, lo “conoce”. Y concluye su la meditación de la escena diciendo que “durante toda su historia, la Iglesia está siempre en peregrinación intentando penetrar en estas palabras, que solo se nos pueden hacer comprensibles al contacto con las heridas de Jesús y en el encuentro con su resurrección, convirtiéndose después para nosotros en una misión”. Misión de Pedro y de los demás discípulos, misión confiada por Cristo: apacienta mis ovejas, id por todo el mundo y predicad el Evangelio.


La meditación de la confesión de Pedro nos compromete a creer como él, a encontrar en su fe y en sus sucesores “el criterio seguro de discernimiento sobre la verdad de lo que creen” (Eunsa). En este caso, tener esa fe sólida en que Pedro es el Vicario de Cristo en la tierra, la cabeza de la familia de Dios en el mundo, que es la Iglesia, sobre la cual “no prevalecerá el poder del infierno”. Y seguir sus enseñanzas, estudiar su magisterio; además de orar por él, por su salud, por su trabajo, por sus intenciones. Un buen católico debe caracterizarse por ser buen hijo del Papa.


Hoy celebramos también la fiesta de Santa María Reina, una semana después de la Asunción al cielo. Y hace unos años, el Papa explicaba la primera lectura de la Misa: “En el centro de las visiones que presenta el Apocalipsis se encuentran la imagen sumamente significativa de la Mujer, que da a luz un Hijo varón, y la visión complementaria del Dragón, que ha caído de los cielos, pero que todavía es muy poderoso. Esta Mujer representa a María, la Madre del Redentor, pero representa al mismo tiempo a toda la Iglesia, el Pueblo de Dios de todos los tiempos, la Iglesia que en todos los tiempos, con gran dolor, da a luz a Cristo de nuevo. Y siempre está amenazada por el poder del Dragón. Parece indefensa, débil. Pero, mientras está amenazada, perseguida por el Dragón, también está protegida por el consuelo de Dios. Y esta Mujer, al final, vence. No vence el Dragón. ¡Esta es la gran profecía de este libro, que nos da confianza! La Mujer que sufre en la historia, la Iglesia que es perseguida, al final se presenta como la Esposa espléndida, imagen de la nueva Jerusalén, en la que ya no hay lágrimas ni llanto, imagen del mundo transformado, del nuevo mundo cuya luz es el mismo Dios, cuya lámpara es el Cordero” (Audiencia 22-VIII-06).



sábado, agosto 15, 2009

Asunción de la Virgen



Como Aurora rebosante de luz, Te encumbras en lo alto del Cielo, Sol resplandeciente y bellísima Luna, oh María. Hoy asciende al Trono de la gloria, la Reina del mundo, por gracia de su Hijo, que existe antes del lucero.

Celebramos hoy la fiesta de la Asunción de nuestra Señora. El año pasado, Benedicto XVI decía que esta Solemnidad “nos impulsa a elevar la mirada hacia el cielo. No un cielo hecho de ideas abstractas, ni tampoco un cielo imaginario creado por el arte, sino el cielo de la verdadera realidad, que es Dios mismo: Dios es el cielo. Y Él es nuestra meta, la meta y la morada eterna, de la que provenimos y a la que tendemos (...). Es una ocasión para ascender con María a las alturas del espíritu, donde se respira el aire puro de la vida sobrenatural y se contempla la belleza más auténtica, la de la santidad”. En su carta de agosto, el Prelado del Opus Dei invita a hacer examen sobre nuestro espíritu contemplativo: “¿Cómo y con qué asiduidad recurrimos a la Virgen para proceder siempre y en todo con sentido sobrenatural? ¿Pedimos a nuestra Madre que crezca en nuestras almas el espíritu contemplativo?”

Elevada por encima de los Ángeles, y sobre los coros celestiales, es la única Mujer que transciende de los méritos de todos los Santos. San Juan Damasceno, el más ilustre transmisor de esta tradición, compara la asunción de la Virgen con sus demás privilegios: «Convenía que aquella que en el parto había conservado intacta su virginidad conservara su cuerpo también después de la muerte libre de la corruptibilidad. Convenía que aquella que había llevado al Creador como un niño en su seno tuviera después su mansión en el cielo. Convenía que la esposa que el Padre había desposado habitara en el tálamo celestial. Convenía que aquella que había visto a su Hijo en la cruz y cuya alma había sido atravesada por la espada del dolor, del que se había visto libre en el momento del parto, lo contemplara sentado a la derecha del Padre. Convenía que la Madre de Dios poseyera lo mismo que su Hijo y que fuera venerada por toda criatura como Madre y esclava de Dios.»

Pío XII, después de hacer esa cita, resume los motivos de fondo que justifican la Asunción de nuestra Madre: primero, la solidaridad con su Hijo (“asociada generosamente a la obra del divino Redentor”). También nosotros podemos asociarnos con generosidad a la redención, por medio de nuestros pequeños –o grandes- sacrificios: una sonrisa, pasar por alto impertinencias y defectos de los que conviven con nosotros, dar buen ejemplo, hacer apostolado…

Además, el Papa que proclamó este dogma presenta la antítesis con Eva (“los santos padres presentan a la Virgen María como la nueva Eva, asociada al nuevo Adán, íntimamente unida a él, aunque de modo subordinado, en la lucha contra el enemigo infernal”). En el evangelio de la Misa del día, la Virgen alaba a Dios “porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso, cuyo nombre es Santo”: Se opone a la soberbia del demonio, representado en la primera lectura: el dragón del Apocalipsis es adversario de Dios en el AT y se identifica con la serpiente de Gn 3, a la que se le anunció su derrota a manos del hijo de la Mujer.

Y por eso, el Papa proclamaba solemnemente (Pio XII, Const. Apost. Munificentissimus Deus, l-XI-1950): Pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial.

Al que había dado calor en su seno y colocado en un pesebre, lo contempla ahora, como Rey del Universo, desde la gloria del Padre. Como escribió San Josemaría, misterio de amor es éste. La razón humana no alcanza a comprender. Sólo la fe acierta a ilustrar cómo una criatura haya sido elevada a dignidad tan grande, hasta ser el centro amoroso en el que convergen las complacencias de la Trinidad. Sabemos que es un divino secreto. Pero, tratándose de Nuestra Madre, nos sentimos inclinados a entender más —si es posible hablar así— que en otras verdades de fe [Cristo que pasa, 171].

Nuestra Madre está en el Cielo. Nos ha precedido y allí nos aguarda. Nos alcanza del Señor las gracias necesarias para lograrlo. Cuántas conversiones se basan en esta presencia maternal de la Virgen, que es como un sello de nuestra fe cristiana: cuenta una de las primeras mujeres del Opus Dei en Kenia que Chepkoetch es una muchacha africana perteneciente a la tribu kalenjin. Un día explicó -recordando el paganismo de sus antepasados- cómo entre su gente siempre se había adorado a un solo Dios, que para ellos estaba en el sol. Le ofrecían, en el día más largo del año, el cordero más blanco de los rebaños. En tiempos de su abuela llegaron misioneros católicos y protestantes, y su abuela iba una semana a escuchar las explicaciones de una misión y a la siguiente las de la otra. Y fue la Madre de Dios la que hizo que se convirtiera a la fe católica, después de algún tiempo. Pensó -entre otras muchas razones- que la religión que tenía una Madre como la Virgen María debía ser la mejor de todas.

El canto del Magnificat, que es el Evangelio de la Misa del día, es –según Benedicto XVI- un retrato, un verdadero icono de María, en el que podemos verla tal cual es. Karris explica que, en el Magnificat, María glorifica a Dios (“María exclamó: —Proclama mi alma las grandezas del Señor, y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador”) por lo que está haciendo a favor de los hombres mediante su hijo. Se regocija porque la promesa se cumplió. Dios puso los ojos en la humildad de su esclava (He aquí la esclava del Señor, había dicho), por eso la llamarán bienaventurada todas las generaciones (la primera de las cuales es la de Isabel: bienaventurada tú, que has creído, le había dicho al saludarla).

“Su misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen”, lo que Dios hizo en María se universaliza ahora… Protegió a Israel su siervo, recordando su misericordia, como había prometido a nuestros padres”: Dios es fiel. El cumplimiento definitivo será el nacimiento de Jesús.

Terminamos acudiendo a nuestra Madre con el Himno que hemos meditado a lo largo de esta oración: “Ruega por nosotros a tu Hijo oh Virgen de las vírgenes, para que, ya que Tú le diste de lo nuestro, Él nos conceda de lo Suyo”.

celibato por el reino de los cielos



En el capítulo 19 de Mateo (1-12) se presenta una insidia de los fariseos, que se acercan a Jesús preguntándole “para tentarle: —¿Le es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo? Él respondió: —¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo hombre y mujer, y que dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”. El Señor expone la dignidad del matrimonio, inscrito en el plan original de la creación.


También muestra las exigencias de santidad que ese sacramento conlleva, ante lo cual son sus propios discípulos quienes reaccionan diciendo: “Si esa es la condición del hombre con respecto a su mujer, no trae cuenta casarse”.



La respuesta del Señor es una clase magistral sobre el celibato: “No todos son capaces de entender esta doctrina, sino aquellos a quienes se les ha concedido. En efecto, hay eunucos que nacieron así del vientre de su madre; también hay eunucos que han quedado así por obra de los hombres; y los hay que se han hecho eunucos a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien sea capaz de entender, que entienda”.



El contexto es claramente polémico: el primer requisito para entender esta doctrina es querer hacerlo. Si uno se acerca con predisposiciones negativas, nacidas quizá de la propia incapacidad para vivirlo, no lo entenderá nunca.



La respuesta de Jesús habla de tres clases de eunucos o de célibes: congénitos, castrados para servir en las cortes, y los voluntarios que se dedican libremente a las necesidades y exigencias del reino. Este último grupo se relaciona con las exigencias radicales que el Señor había hecho once capítulos atrás, en el mismo evangelio de Mateo (8, 22): “Sígueme y deja a los muertos enterrar a sus muertos”. También resuenan aquí las enseñanzas de San Pablo sobre la superioridad de la virginidad cristiana (1 Cor 7, 25 ss): “Quien desposa a su virgen obra bien; y quien no la desposa obra mejor”.



Gnilka cuenta que, por el uso de la palabra “eunuco”, se ve que se trataba de un insulto a Jesús: los enemigos le decían de esa forma (así como le llamaban “comedor y bebedor”), escandalizados por su celibato voluntario, que suscitaba extrañeza en el judaísmo contemporáneo. No se trata de un ideal ascético, ni tampoco de un escalafón para alcanzar el reinado de Dios, sino de una opción para dedicarse íntegramente y con todas las fuerzas a trabajar para el reino, por amor de los hombres.



El celibato por el reino de los cielos, será siempre un tema para defender en nuestro tiempo. Sigue siendo, como cuando Jesús pasó por la tierra, escandaloso y atractivo… Pero requiere una perspectiva teológica para comprenderlo, no se puede afrontar desde encuestas periodísticas o al calor de situaciones particulares que se ponen de moda de vez en cuando.



La esencia del celibato consiste, en palabras de Echevarría, en que manifiesta la completa oblación que libremente hace el sacerdote de su propia vida, para Cristo y para la Iglesia, siguiendo el ejemplo –y la llamada, y la gracia- de Jesucristo.



San Josemaría hablaba en una ocasión a la luz de su propia experiencia: «El sacerdote, si tiene verdadero espíritu sacerdotal, si es hombre de vida interior, nunca se podrá sentir solo. ¡Nadie como él podrá tener un corazón tan enamorado! Es el hombre del Amor, el representante entre los hombres del Amor hecho hombre. Vive por Jesucristo, para Jesucristo, con Jesucristo y en Jesucristo. Es una realidad divina que me conmueve hasta las entrañas, cuando todos los días, alzando y teniendo en las manos el Cáliz y la Sagrada Hostia, repito despacio, saboreándolas, estas palabras del Canon: Per Ipsum, et cum Ipso et in Ipso... Por Él, con Él, en Él, para Él y para las almas vivo yo. De su Amor y para su Amor vivo yo, a pesar de mis miserias personales. Y a pesar de esas miserias, quizá por ellas, es mi Amor un amor que cada día se renueva».



Me parece que de esas palabras pueden sacarse muchas ideas, pero sobre todo propósitos, teniendo en cuenta que todos los cristianos somos sacerdotes -por el bautismo y la confirmación-, si bien de modo distinto al sacerdocio ministerial.



Una idea, quizá la principal, o la que más punta ofrece para un propósito concreto, es la de no sentirse solo. Incluye la receta: el cristiano que tiene vida interior no se siente nunca solo y, por eso, no se busca compensaciones. El cristiano que hace oración, que habla con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo, que acude a la intercesión de la Virgen, de los ángeles y de los santos, que visita con frecuencia a Jesús en el Sagrario, tendrá siempre un corazón enamorado, “nadie como él” podrá sentirse tan acompañado.



En ese contexto es posible decir que el sacerdote –y todo cristiano enamorado de Dios- es el Es el hombre del Amor, el representante entre los hombres del Amor hecho hombre. Vive por Jesucristo, para Jesucristo, con Jesucristo y en Jesucristo. Pensar en esas preposiciones admite mucho examen de conciencia: ¿vivimos por, para, con y en Jesucristo?...



Inmediatamente pensamos en el Ofertorio de la Misa, ese momento en que le presentamos al Padre el Cuerpo y la Sangre de Cristo, recién consagrados, ofrecidos en alto por las manos del sacerdote, que dice: “Por Cristo, con Él y en Él, a ti, Dios Padre Omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria…” ¿Cuántas veces nos hemos conmovido al responder “Amén”, después de esta doxología?



San Josemaría dice que se conmueve hasta las entrañas cuando todos los días, alzando y teniendo en las manos el Cáliz y la Sagrada Hostia, repito despacio, saboreándolas, estas palabras del Canon: Per Ipsum, et cum Ipso et in Ipso... Por Él, con Él, en Él, para Él y para las almas vivo yo.



Una objeción que puede surgir ante palabras tan encendidas, que nos permiten adentrarnos en el corazón de un santo es, precisamente, que nosotros somos pecadores. Podemos ver el ejemplo de los bienaventurados como un ideal inaccesible, para “genios de la santidad”, como decía el entonces Cardenal Ratzinger. Y para eso nos ayudan las últimas palabras de esta cita: De su Amor y para su Amor vivo yo, a pesar de mis miserias personales. Y a pesar de esas miserias, quizá por ellas, es mi Amor un amor que cada día se renueva». Muestran una lucha que ha durado toda la vida, hasta la muerte. Contaba que, siendo muy joven, un profesor le había enseñado la necesidad del celibato para los curas: «porque no concuerda el salterio con la cítara». De esa manera le aclaraba que no hay lugar -ni tiempo- para un cariño humano.



Y recordamos una anécdota que trae el libro de las hermanas Toranzo acerca de “Una familia del Somontano”: refieren que, mientras era estudiante en el Seminario de Zaragoza, durante algún período, unas mujeres que san Josemaría no conocía en absoluto, con cierta frecuencia, intentaron provocarlo, pero él ni las miraba siquiera y soportó esta persecución diabólica -que no podía evitar-, poniéndose en manos de la Virgen. (...) Cuando el Abuelo le sugirió "que era mejor ser un buen padre de familia que un mal sacerdote", la respuesta del seminarista fue "que, en el mismo momento en que se había dado cuenta de la persecución de aquellas mujeres desconocidas, a las cuales, por su parte, no había ofrecido ni la más mínima consideración, se había apresurado a informar al Rector del Seminario", y le pidió al padre que estuviera tranquilo, porque aquello "no había venido a enturbiar su decisión de hacerse sacerdote, con todas las consecuencias requeridas".Cuántas anécdotas parecidas tendremos que contar nosotros si, de verdad, queremos que, a pesar de nuestras miserias, quizá por ellas, sea nuestro Amor “un amor que cada día se renueva”.



Acudimos a la Virgen Santísima, cuya Asunción celebramos, para que cada vez sean muchas más las almas que se decidan a vivir el celibato por el reino de los cielos. Y que todos los cristianos vivamos por Cristo, con Cristo, en Cristo, para Cristo y para las almas.