sábado, julio 25, 2009

Cinco panes y dos peces

Después de esto partió Jesús a la otra orilla del mar de Galilea, el de Tiberíades. Iniciativa de Jesús, busca a la gente. Quiere que todos se salven, no se contenta con esperarlos…

Le seguía una gran muchedumbre porque veían los signos que hacía con los enfermos. Así somos: lo buscamos por interés, cuando lo necesitamos. Después, cuando las cosas van bien, nos olvidamos de Él; dejamos que pase a ocupar un segundo lugar. Perdón, Señor. Que no confiemos más en nuestras fuerzas. Que no sigamos contentos con nuestra mediocridad. Que no te sigamos por los signos que puedes hacer en nuestro favor, sino por amor desinteresado, para tratar de retornar en parte tu amor hasta la muerte.

Jesús subió al monte y se sentó allí con sus discípulos. Pronto iba a ser la Pascua, la fiesta de los judíos. La intimidad con Jesús requiere esfuerzo. Por eso es frecuente la figura del monte. Cercanía de la Pascua, que trae a la mente el sacrificio pascual de Jesús. Era una buena fecha, de tiempo fresco, lo cual nos ayuda a entender lo que a continuación nos describe San Juan:

Jesús, al levantar la mirada y ver que venía hacia él una gran muchedumbre, le dijo a Felipe: — ¿Dónde vamos a comprar pan para que coman éstos? –lo decía para probarle, pues él sabía lo que iba a hacer. El Señor se preocupa de sus seguidores. Es previsivo: sabe lo que hará. Sin embargo, quiere contar con nuestro pobre aporte humano. Se dirige a nosotros, pone a prueba nuestra creatividad. Quiere que seamos sus instrumentos inteligentes, no simples máquinas repetidoras. Por eso pregunta a Felipe: — ¿Dónde vamos a comprar pan para que coman éstos?

¡Cuántas veces nos habremos visto interpelados, tentados como Felipe, por cuestiones similares! El Señor pone en nuestras manos una familia, unas personas, una entidad, una labor apostólica, y parece como si todo dependiera de nuestro esfuerzo. Ante esos retos, caben varias reacciones: intentar arreglarlo todo con las propias fuerzas, o dejar que sea Dios por su cuenta el que se encargue -mientras nosotros, perezosos, nos desentendemos-, o actuar como el Evangelio de hoy:

Felipe le respondió: —Doscientos denarios de pan no bastan ni para que cada uno coma un poco. Es la reacción “realista”. Se ve que Felipe era un hombre práctico, quizá cumplía con frecuencia ese papel de secretario –aunque era Judas el que llevaba la bolsa-: preveía, calculaba y daba su veredicto. En esta ocasión, su cuenta dice que, para dar a cada una de las personas de esa multitud, no alcanzarían ni doscientos jornales, unos cuatro millones de pesos colombianos de hoy.

Doscientos jornales. Un dineral. Doscientos días de trabajo, les pide el Señor a sus Apóstoles de un momento a otro. Y no para construir la sede central de su apostolado, o para prever las necesidades futuras, sino para “despilfarrarlos”, atendiendo a una muchedumbre transitoria. ¡Cuánto nos enseña el Señor! Esta escena va en la línea de la Encíclica “Caritas in veritate”: nos muestra la lógica de la gratuidad, de la generosidad, del don, que ha venido a instaurar Jesucristo, por encima de nuestra tacañería, de nuestra codicia, de nuestro egoísmo.

Los apóstoles se han ido empapando de la lógica divina, y no tienen vergüenza de plantear sus pobres aportaciones: “Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: —Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero, ¿qué es esto para tantos?”

Estamos hablando de una necesidad de cuatro millones de pesos en pan, y el muchacho no tiene problema en aportar unos diez o quince mil pesos… Hay que dar de comer a una muchedumbre, y él ofrece comida para dos. ¡Parece ridículo! Así es nuestra aportación en las obras de Dios: por mucho que hagamos, no deja de ser verdaderamente desproporcionado. Pero el Señor quiere que demos nuestros cinco panes y los dos peces, aunque no sea nada, comparado con la Obra de Dios.

El muchacho, que somos tú y yo en este pasaje, le entrega al Señor todo lo que tiene. Quizá era la previsión para la cena en su casa, pero tiene la fe suficiente para entregarla al Maestro. No piensa en sí mismo, ni en sus planes: lo prioritario es ayudar, hacer de cirineo en este momento para Jesús.

Señor, dinos ahora en esta oración: ¿Cuáles son esos panes y esos peces que Tú estás esperando que te entregue? ¿Cómo puedo ayudarte a tu labor de buen pastor en el mundo de hoy? – Quizá nos pides que te demos el corazón, que no lo compartamos tanto, que no te dejemos las migas… O que empleemos en tus cosas los mejores tiempos, o que sacrifiquemos un poco nuestras aficiones, nuestros planes personales, al servicio de los demás… Pregúntale tú concretamente qué panes te está pidiendo, cuáles peces le puedes dar…

Al ver Jesús que Andrés y el muchacho habían entendido su lógica, dijo: —Mandad a la gente que se siente –había en aquel lugar hierba abundante. Y se sentaron un total de unos cinco mil hombres. Si contamos tantas mujeres como varones –podrían ser más, pues ellas son más piadosas- y tres muchachitos en promedio por pareja –teniendo en cuenta la fecundidad judía de aquella época-, podemos hablar de unas 25.000 personas, cuatro millones de pesos en pan no bastan… ¿Qué pensarían los apóstoles ante ese mandato, ante esa locura desproporcionada? ¿Cuáles habrán sido los comentarios de Judas, a baja voz, con los que estaban a su lado?

Jesús tomó los panes y, después de dar gracias (alusión a la Eucaristía), los repartió a los que estaban sentados, e igualmente les dio cuantos peces quisieron. No toca de a pan por cabeza: se trata de un banquete mesiánico, que muestra el cumplimiento de las promesas antiguas: Comerán todos hasta saciarse. O, como leíamos en la primera lectura, comerán y sobrará, según la promesa del profeta Eliseo, que también repartió panes de cebada entre un grupo grande. ¡Qué generosidad, Señor; qué magnánimo eres! ¡Cuánto tenemos que aprender de Ti! ¡Qué deseos de confiar más en tu grandeza!

Cuando quedaron saciados, les dijo a sus discípulos: —Recoged los trozos que han sobrado para que no se pierda nada. Y los recogieron, y llenaron doce cestos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. Dice San Josemaría: ¿Y para qué recoger los restos? ¿Para qué? Para que, con esos doce grandes cestos de pan que han sobrado, comamos nosotros ahora y nos alimentemos de la fe. De la fe en Él, que es capaz de obrar todo eso superabundantemente, por el amor que tiene a los hombres, por el amor que tiene a la Iglesia, por el deseo de redimir, de salvar a las gentes.

También nosotros podemos acudir a Jesucristo, llenos de fe como este santo sacerdote, y decirle: ¡Señor, que sobren cestos ahora mismo!¡Hazlo generosamente!¡Que se vea que eres Tú!

También la multitud aquella creyó en el Señor viendo el signo que Jesús había hecho, decían: —Éste es verdaderamente el Profeta que viene al mundo.

El Señor nos da una última enseñanza de esperar el momento oportuno, la “hora” prevista por el Padre: Jesús, conociendo que estaban dispuestos a llevárselo para hacerle rey, se retiró otra vez al monte él solo



Peregrinos: muerte y esperanza


 Santa Misa de funeral.

1ª. Lectura: Ap 14,13: Ellos descansan de sus trabajos porque sus obras los acompañan.
Sal 63: Mi alma está sedienta de ti, Dios mío.
Lc 23: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. No está aquí, resucitó.

Celebramos hoy las exequias de nuestro hermano Luis Enrique. Es una circunstancia que nos hace enfrentarnos con esa realidad inexorable de la muerte. Como dice el poeta del siglo de oro español: “Yo, ¿para qué nací? / -para salvarme /que tengo que morir es infalible”...

Es dura la realidad de la muerte. Y es tan humana, que hasta el Señor Jesucristo aceptó padecerla, como acabamos de leer en el Evangelio: hacia las tres de la tarde, en medio de las penumbras de aquel Viernes Santo,
“Jesús, con voz potente, exclamó: ‘Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu’. Y dicho esto, expiró”.

Imaginémonos el corazón de su Madre. Pensemos en los sentimientos de Juan. A cada uno de ellos, el Señor les había encomendado mutuamente su cuidado: Ahí tienes a tu hijo, le había dicho a María; ahí tienes a tu Madre, le recomendó a Juan.

La escena de la Piedad, del amante que recibe entre sus brazos el cadáver de su amado, se repite cada día. Hoy lo vemos en esta queridísima familia.

Sé de un niño –no tenía mucho más de catorce años - que experimentó también el dolor de la separación por la muerte de su padre. Contaba que, al confirmarse la noticia, sintió como un hachazo que lo partía en dos. Parece que es una experiencia frecuente.

En ese momento, surgen interrogantes sobre la nueva vida: ¿qué será de nuestra existencia sin ti? Y recordamos tantos momentos gratos, cuando le teníamos entre nosotros: las salidas, los juegos, los consejos, los paseos, la vida diaria. Y también nos vienen a la mente algunas desavenencias: y sabemos descubrir esa disculpa que hace unos meses o unos años no supimos encontrar para darle un perdón más rápido. Hoy sabemos que, también aquello que nos costaba entender, siempre era para nuestro bien.

También nos pueden venir remordimientos, por palabras que no debimos haber dicho. O por lo que dejamos de hacer: podríamos haber agradecido, aprendido o comprendido más. Pero también es importante saber que –así como es natural el perdón y la disculpa de nuestra parte por sus posibles errores- él nos ha perdonado: sonríe pensando en nuestro dolor, con su gesto característico, y nos dice: tranquilos, todo está bien.

El muchachito del que hablaba al comienzo contaba que, durante las horas del velorio, uno pasa como por un túnel: agradece la visita de los parientes, de los amigos, pero experimenta esa soledad tremenda de la muerte, el temor ante el futuro sin ese bastón del ser querido.

Y piensa en las virtudes de la persona que se ha ido: como en este caso, en que hablamos de un buen padre, un buen esposo, un buen cristiano. Que deja –por Providencia de Dios, que siempre sabe escoger el mejor momento- una familia ya autónoma, con hijos profesionales. Que se va con la satisfacción del deber cumplido.

Asistir a unas exequias siempre nos interpela con la verdad de la muerte, decíamos. Sin querer ser trágico, es fácil pensar que un día nos llegará el momento, a cada uno, de partir. Y esa visión nos ayuda a ver de otro modo las aspiraciones que nos motivan cada día.

Es el último recuerdo que aquél muchacho me transmitía sobre el entierro de su padre: dice que -después del funeral- en la procesión con el féretro por la nave de la iglesia, el coro entonó un himno muy conocido, que él mismo había cantado muchas veces. Pero en la solemnidad del momento, entendió la verdad de esa doctrina que en forma musical quiso el Señor recordarle, y recordarnos ahora:
“Nos hallamos aquí en este mundo que tu amor nos dio, pero la meta no está en esta tierra: es un Cielo que está más allá”.

En medio del dolor que nos causa la separación, nos llena de consuelo y de esperanza la convicción de que enterramos a un hombre santo. Al comienzo del año sacerdotal, la Iglesia nos recuerda que, por el hecho de estar bautizados y confirmados, todos participamos del sacerdocio de Cristo –en modos diversos, los laicos y los clérigos-.

Luis Enrique era un buen padre, un buen esposo, un buen trabajador, precisamente porque era un buen cristiano. El sábado pasado le administré el sacramento de la unción de enfermos y pude constatar lo bien preparado que estaba para dar este paso. Y fue preparando a su familia con cariño, con fortaleza –sin apenas quejarse-, con visión sobrenatural.

San Josemaría, a quien Luis Enrique tenía mucha devoción –hasta el punto de hacerse Cooperador del Opus Dei- decía que morir es como casarse. Y sugería que, cuando nos llegara el momento, pidiéramos la intercesión de la Virgen:
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora… Y concluía: “¡Y verás a la hora de la muerte! ¡Qué sonrisa tendrás a la hora de la muerte! No habrá un rictus de miedo, porque estarán los brazos de María para recogerte”.

Esto fue lo que sucedió en la hora de la muerte de Luis Enrique: antenoche, lo último que hizo la familia fue rezar el Rosario. Y ayer, al comenzar el día de Nuestra Señora del Carmen, Luis Enrique se encontró con los brazos de María para recogerlo, la Virgen se lo llevó a la Casa del Padre. Y ahora, desde allí, nos sigue cuidando, y no dejará de pedir al Señor por nuestras necesidades.

Nosotros seguiremos rezando por él, como un deber de justicia, pero estamos convencidos de lo que escuchamos en la primera lectura:
“Dichosos los difuntos que mueren en el Señor: ellos descansan de sus trabajos porque sus obras los acompañan”. Y estamos aquí testimoniando que las obras buenas de Luis Enrique fueron muchas, y se lo agradecemos, a él y, en primer lugar, al Señor por habernos dado este modelo de conducta.

Podemos terminar meditando los últimos versos que consolaron a aquel amigo cuando era casi un niño y que ojalá hoy también nos ayuden a ejercitar nuestra esperanza.
“Somos los peregrinos que vamos hacia el Cielo. La fe nos ilumina: nuestro destino no se halla aquí. La meta está en lo eterno, nuestra patria es el Cielo. La esperanza nos guía y el amor nos lo entreabre ya”.

Bogotá, 17-VII-2009

Vocación y apostolado

Y llamó a los doce.


Las lecturas de estas semanas son muy apropiadas para el inicio del Año sacerdotal: en el domingo XIV considerábamos el tema de la vocación. En el domingo XV veremos que esa llamada es apostólica, comporta una misión. Como en el Antiguo Testamento, a Amós (7,12-15) y a tantos profetas, que pueden decir: “Yo no era profeta ni hijo de profeta, sino que me dedicaba a cuidar el ganado y cultivar higueras. Pero el Señor me tomó y me ordenó que dejara el rebaño diciéndome: "Vete y profetiza a mi pueblo Israel"”.

Igual en el Nuevo Testamento, el Señor nos toma y nos ordena. Lo vemos en el canto de alabanza con el que Pablo (Ef 1,3-14) bendice al Señor por sus beneficios, en primer lugar por la elección eterna: Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda bendición espiritual en los cielos, ya que en él nos eligió antes de la creación del mundo para que fuéramos santos y sin mancha en su presencia, por el amor; nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por Jesucristo.

Y comenzó a enviarlos de dos en dos. De acuerdo con una tradición rabínica que enseñaba: “el enviado por un hombre es el hombre mismo”, el Señor nos toma y nos da una misión, una orden. Gracias, Señor, por tu llamada; por confiar en nosotros y poner en nuestras manos a tu Iglesia, a la humanidad de estos tiempos. Para esa misión contamos con la gracia de Dios, que nos reviste, como a los apóstoles, con su autoridad para llevar a cabo su obra: dándoles potestad sobre los espíritus impuros.

Pero existe el peligro de pensar que el apostolado depende de nuestras capacidades, de nuestras estrategias, de nuestra virtud. El Señor quiere servirse de ellas, como instrumento, pero no hemos de olvidar lo que nos indica el Papa Benedicto: Para comprender la misión de la Iglesia hemos de regresar al Cenáculo, donde los discípulos permanecían juntos (cf. Lc 24,49), rezando con María, la «Madre», a la espera del Espíritu prometido. Toda comunidad cristiana tiene que inspirarse constantemente en este icono de la Iglesia naciente. La fecundidad apostólica y misionera no es el resultado principalmente de programas y métodos pastorales sabiamente elaborados y «eficientes», sino el fruto de la oración comunitaria incesante (cf. Pablo VI, Exhort. apost. Evangelii nuntiandi, 75). Mensaje JMJ 2008

Señor: estamos haciendo nuestra oración, dándote gracias por nuestra vocación y considerando la misión apostólica que conlleva. Queremos pedirte, de modo incesante, por la fecundidad apostólica y misionera de nuestra labor. Ayúdanos a no olvidar aquél punto de Camino (n. 965): “Es preciso que seas "hombre de Dios", hombre de vida interior, hombre de oración y de sacrificio. Tu apostolado debe ser una superabundancia de tu vida "para adentro"”.

Y les mandó que no llevasen nada para el camino, ni pan, ni alforja, ni dinero en la bolsa, sino solamente un bastón; y que fueran calzados con sandalias. Hasta desde el punto de vista material, el Señor quiere dejarnos clara la lección: no dice lo que hay que llevar, sino todo lo contrario: lo que no se debe portar (Gnilka): deben ir completamente desprovistos de todo. Prohíbe incluso pedir provisiones (no pueden llevar alforja). Se trata de aparecer como gente pobre. Pero su pobreza no es la indiferencia filosófica (como la de Antístenes o Crátenes), ni siquiera como la superación del mundo que propugna Buda. Los discípulos anuncian el nuevo Reino: quedar a merced de Dios, confiados en Él. 

Y que no llevaran dos túnicas. Dice San Agustín que con esta prohibición les invita a caminar en la sencillez, no en la doblez. Sinceridad absoluta, identificación con el Maestro.

Y les decía: —Si entráis en una casa, quedaos allí hasta que salgáis de aquel lugar. Algún exégeta explica que esta indicación recuerda que el Apóstol no es vagabundo. Debe permanecer en la labor, con constancia, pase lo que pase. También, aunque los resultados no sean los esperados inicialmente.

Y si en algún sitio no os acogen ni os escuchan, al salir de allí sacudíos el polvo de los pies en testimonio contra ellos. Les anuncia que se puede padecer la misma suerte de Cristo, la que acaba de sufrir en su propia tierra. También le sucedió a Amós, como en la primera lectura (7,12-15): “Amasías, sacerdote de Betel, dijo al profeta Amós: "Vete, vidente, márchate a Judá; gánate la vida profetizando allí. Pero no sigas profetizando en Betel, porque es el santuario del rey y el templo del reino"”.

El Evangelio concluye con una actitud de los apóstoles que es parecida a la de Jesús. Si aprendemos de Él, también le imitaremos en su obrar humano y sobrenatural: Se marcharon y predicaron que se convirtieran. Y expulsaban muchos demonios, signo de la proximidad del Reino. A partir de ahora, los Doce son sus heraldos (Léonard) y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban. En esta última palabra, la Iglesia ve “insinuado” el sacramento de la Unción de los enfermos, instituido por el Señor, y más tarde, «recomendado y promulgado a los fieles por Santiago apóstol (cfr St 5,14ss.)» (Biblia de Navarra).

Terminamos con unas palabras del Papa actual, que nos muestran la actualidad de la vocación apostólica que, también hoy, Jesucristo recuerda a sus enviados: “También hoy se necesitan discípulos de Cristo que no escatimen tiempo ni energía para servir al Evangelio. Se necesitan jóvenes que dejen arder dentro de sí el amor de Dios y respondan generosamente a su llamamiento apremiante, como lo han hecho tantos jóvenes beatos y santos del pasado y también de tiempos cercanos al nuestro. En particular, os aseguro que el Espíritu de Jesús os invita hoy a vosotros, jóvenes, a ser portadores de la buena noticia de Jesús a vuestros coetáneos. La indudable dificultad de los adultos de tratar de manera comprensible y convincente con el ámbito juvenil puede ser un signo con el cual el Espíritu quiere impulsaros a vosotros, jóvenes, a que os hagáis cargo de ello. Vosotros conocéis el idealismo, el lenguaje y también las heridas, las expectativas y, al mismo tiempo, el deseo de bienestar de vuestros coetáneos. Tenéis ante vosotros el vasto mundo de los afectos, del trabajo, de la formación, de la expectativa, del sufrimiento juvenil... Que cada uno de vosotros tenga la valentía de prometer al Espíritu Santo llevar a un joven a Jesucristo, como mejor lo considere, sabiendo «dar razón de vuestra esperanza, pero con mansedumbre » (cf. 1 P 3, 15). (Mensaje JMJ 2008)

viernes, julio 03, 2009

Fe, santidad, vocación


En la primera lectura del XIV Domingo, Dios llama a Ezequiel (2, 2-5) como un mensajero para que sea mediador entre Él y su pueblo: “Hijo de hombre, yo te envío a los israelitas, a ese pueblo rebelde, que se ha rebelado contra mí lo mismo que sus antepasados hasta el día de hoy. (...) Y sabrán que en medio de ellos hay un profeta". Esa es la misión del profeta: hablar al pueblo de parte del Señor.

Comenzamos el año sacerdotal y es una buena ocasión para pensar en el tema de la vocación. ¡Tenemos tantos ejemplos de personas que han sido llamadas y que han respondido generosamente! La página web de la Santa Sede pone algunos ejemplos de sacerdotes santos: el Santo cura de Ars, San Josemaría Escrivá, San Luis Alberto Hurtado, y los Beatos Ciriaco Elía, Charles de Foucauld, Bronisá Markiewicz, y Edoardo Poppe.

Vocación, llamada divina: Hijo de hombre, yo te envío. Decía Juan Pablo II, recordando su propia vida: “¿Cuál es la historia de mi vocación sacerdotal? La conoce sobre todo Dios. En su dimensión más profunda, toda vocación sacerdotal es un gran misterio, es un don que supera infinitamente al hombre. Cada uno de nosotros sacerdotes lo experimenta claramente durante toda la vida. Ante la grandeza de este don sentimos cuan indignos somos de ello. La vocación es el misterio de la elección divina: "No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca" (Jn 15, 16). "Y nadie se arroga tal dignidad, sino el llamado por Dios, lo mismo que Aarón'' (Hb 5, 4). "Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado: yo profeta de las naciones te constituí" (Jr 1, 5). Estas palabras inspiradas estremecen profundamente toda alma sacerdotal” (Don y Misterio).

Y Benedicto XVI menciona en su carta el ejemplo de su párroco y de otros sacerdotes santos que ha conocido: “Todavía conservo en el corazón el recuerdo del primer párroco con el que comencé mi ministerio como joven sacerdote: fue para mí un ejemplo de entrega sin reservas al propio ministerio pastoral, llegando a morir cuando llevaba el viático a un enfermo grave. También repaso los innumerables hermanos que he conocido a lo largo de mi vida y últimamente en mis viajes pastorales a diversas naciones, comprometidos generosamente en el ejercicio cotidiano de su ministerio sacerdotal”. La vocación es un regalo inmerecido del Señor a su pueblo. Desde luego, mucho más, para la persona elegida. Es una muestra de misericordia, como decía el cura de Ars: “El Sacerdocio es el amor del corazón de Jesús”.

En el salmo 122 se menciona un símbolo propio del mundo oriental: los ojos de los siervos que vigilan las manos de sus señores para captar el más mínimo gesto de benevolencia. Se trata de una espera dura, porque la vida del orante está saciada de desprecio y de humillación por parte de los soberbios (Jünglin): “Como están los ojos de los siervos pendientes de la mano de sus señores, así nuestros ojos miran al Señor, nuestro Dios, pendientes de que se compadezca de nosotros. Ten piedad de nosotros, Señor, ten piedad, que estamos cansados de desprecios; estamos ya cansados de la burla de los arrogantes, del desprecio de los orgullosos”.

El orante –ahora, nosotros- pide al Señor que se apiade, que se digne hacer un guiño para superar el desprecio de los soberbios (¿hay alguien más soberbio que el demonio mismo?) El hilo que une esta petición con la primera lectura es que el gesto del Señor es llamar a un mensajero para que sea mediador entre Él y su pueblo. Cuando este hombre acepta su vocación, le comunica la misión: enviarlo como su profeta, para que hable a las gentes de parte del Señor.

La segunda lectura pone el ejemplo de uno de los más grandes profetas del Nuevo Testamento: San Pablo. Sin embargo, no lo exalta como un genio inalcanzable de santidad. Por el contrario, nos muestra un hombre débil, que debe luchar para ser fiel (2 Corintios 12, 7b-10): “Para que no me engría, me fue clavado un aguijón en la carne, un ángel de Satanás, para que me abofetee, y no me envanezca. Por esto, rogué tres veces al Señor que lo apartase de mí; pero Él me dijo: «Te basta mi gracia, porque la fuerza se perfecciona en la flaqueza». Por eso, con sumo gusto me gloriaré más todavía en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo”. Cuánto nos llena de esperanza, saber que los grandes santos han sido seres como nosotros: con luchas, con dificultades, personas en las cuales triunfó la gracia.

Por último, el Evangelio nos habla de una virtud que ha sido recurrente en la liturgia de la Palabra de estas últimas semanas: se trata de la fe. Después de haber contemplado la fe de Jairo y de la hemorroísa en el capítulo quinto del Evangelio de Marcos, en el sexto aparece como un claro contraste la falta de fe de sus paisanos (Marcos 6, 1-6): Salió de allí y se fue a su ciudad, y le seguían sus discípulos. Y cuando llegó el sábado comenzó a enseñar en la sinagoga, y muchos de los que le oían decían admirados: —¿De dónde sabe éste estas cosas? ¿Y qué sabiduría es la que se le ha dado y estos milagros que se hacen por sus manos? ¿No es éste el artesano, el hijo de María, y hermano de Santiago y de José y de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros? Y se escandalizaban de él.

En este relato se recalca la condición común y corriente de Jesucristo: es un simple artesano. San Josemaría Escrivá recibió la misión profética de anunciar que precisamente el trabajo profesional es camino de santidad, de encuentro con Dios. En una de sus homilías predicaba: «Vuestra vocación humana es parte, y parte importante, de vuestra vocación divina. Esta es la razón por la cual os tenéis que santificar, contribuyendo al mismo tiempo a la santificación de los demás, de vuestros iguales, precisamente santificando vuestro trabajo y vuestro ambiente: esa profesión u oficio que llena vuestros días, que da fisonomía peculiar a vuestra personalidad humana, que es vuestra manera de estar en el mundo» (Cristo que pasa, 46).

Jesús, el artesano, se autoproclama también como profeta y, por lo tanto, sujeto al rechazo de sus paisanos, como le había sucedido a Elías y a Eliseo. Más adelante se contará entre aquellos a los que Jerusalén asesina. El Prelado del Opus Dei explicaba la importancia de la fe: ¡Cuánta necesidad tenemos los sacerdotes de que nuestra fe y nuestra esperanza aumenten más y más! Nos hallamos metidos en una labor donde lo que más cuenta, lo único absolutamente necesario (cfr. Lc 10,42), son los medios sobrenaturales. Se requieren verdaderos milagros, para conducir a las almas hasta Dios. Sin embargo, «se oye a veces decir que actualmente son menos frecuentes los milagros. ¿No será que son menos las almas que viven vida de fe?» (Amigos de Dios, n. 190). Estas palabras de San Josemaría resuenan en nuestros oídos como un toque de atención, una llamada a nuestro sentido de responsabilidad, porque el sacerdote ha de ser, ante todo, un hombre de fe y un hombre esperanzado. «Por medio de la fe –escribe el Papa–, accede a los bienes invisibles que constituyen la herencia de la Redención del mundo llevada a cabo por el Hijo de Dios» (Juan Pablo II, Don y misterio) (Conferencia publicada en Romana n. 36).

Comparando con los pasajes paralelos, Gnilka concluye que Jesús no quiso hacer allí ningún milagro, asombrado por la falta de fe de sus coterráneos. Y les decía Jesús: —No hay profeta que no sea menospreciado en su tierra, entre sus parientes y en su casa. Y no podía hacer allí ningún milagro; solamente sanó a unos pocos enfermos imponiéndoles las manos. Y se asombraba por su incredulidad.

Un ejemplo de vida de fe es la mujer que aparece mencionada entre las críticas, casi con aire ofensivo: ¿No es éste el artesano, el hijo de María? Pidámosle a Ella que interceda ante su hijo para que nosotros crezcamos en vida de fe. Para descubrir la propia vocación, para ejercer nuestra llamada a la santidad en medio del mundo, y para valorar el inmenso don del sacerdocio en nuestro tiempo.

Santo Tomás Apóstol, testigo de fe


Celebramos hoy la fiesta de Santo Tomás, el gemelo. Según una antigua tradición eclesiástica, evangelizó a los partos, aunque los cristianos de Malabar lo consideran el evangelizador de la India. Desde el siglo VI se celebra su fiesta el 3 de julio, fecha del traslado de su cuerpo a Edesa.


El himno de Laudes lo ensalza con estas palabras: Oh Tomás, que resplandeces entre los Apóstoles con gloria sublime: acoge benignamente el himno de alabanza que cantamos en tu honor: La caridad de Cristo depara un trono en el Cielo para ti, que, por amor, estabas dispuesto a morir por tu Maestro. Impetuoso, de carácter fuerte y decisiones prontas. Llegó a decir: “¡vayamos también nosotros y muramos con Él!”


También le agradecemos que fuera Él quien preguntara: ¿No sabemos a dónde vas, cómo sabremos cuál es el camino?, que mereció la respuesta del Señor: “Tomás, Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. Pero la escena que más recordamos, y que nos presenta el Evangelio de hoy, es la que ocurrió durante la primera semana después de la Resurrección (Jn 20, 24-28): “Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Alguna tradición exegética sugiere que es posible que Tomás se hubiera apartado del grupo de los Once, tal era su dolor –y su falta de fe-.


Quizá por eso es que los Apóstoles no obedecieron inmediatamente al Señor, que les había mandado a decir que los esperaba en Galilea. Si así sucedió, se entiende la alegría con que le cuentan, al encontrarlo: — ¡Hemos visto al Señor! También hoy día se repite una historia similar. Podemos encontrarnos con personas en dificultades, que piensan lograr lejos del Señor lo que solo a su lado podrán disfrutar. Y Jesús espera que nosotros también demos testimonio de su vida gloriosa, de su Resurrección; pero, sobre todo, de nuestra experiencia personal: — ¡Hemos visto al Señor!


Sin embargo, sabemos que la respuesta de Tomás no fue la más agradable… como suele ocurrir en estos casos, al menos en un primer momento: Pero él les respondió: —Si no le veo en las manos la marca de los clavos, y no meto mi dedo en esa marca de los clavos y meto mi mano en el costado, no creeré”. El himno de Laudes atribuye al cariño su escepticismo: Al oír lo que refieren tus hermanos, afligido por el cariño, quieres cerciorarte hasta ver y palpar las Llagas de Jesús. Es una manera benévola de describir la respuesta fuerte de Tomás a la noticia de sus hermanos de apostolado.


Si no veo, si no toco, si no palpo… Tomás pasó a la historia como el prototipo de la falta de fe. Un ejemplo más de defectos de santos, que tanto bien nos hace para llenarnos de esperanza. Si un hombre que pasó por tales tentaciones terminó siendo el evangelizador de la India, ¡cuántas cosas grandes podrá hacer el Señor con nuestra pobre vida, si somos personas fieles, con fe, o –al menos- si sabemos rectificar cuando veamos nuestros errores!


“A los ocho días estaban otra vez dentro sus discípulos y Tomás con ellos”. Al menos, se logró un paso: ya estaba de nuevo en familia, al calor del hogar que presidía la Virgen. El ambiente de casa, las costumbres familiares que tenían durante los tres años pasados, van transformando aquella alma atormentada, “afligida por el cariño”.


Era domingo, día del Señor, había pasado una semana exacta desde la Resurrección. Aunque estaban las puertas cerradas, vino Jesús, se presentó en medio y dijo: —La paz esté con vosotros. El Señor siempre nos trae la paz. Así lo recordamos cada vez que participamos en la Santa Misa: la paz os dejo, mi paz os doy. Paz para nosotros mismos, para nuestro trabajo, para la casa, para la Iglesia, para la humanidad. —La paz esté con vosotros. Tenemos que pensar en este saludo de Jesús cuando veamos a otras personas, cuando nos apabullen las dificultades, las contradicciones, los temores, nuestras propias miserias: la paz os dejo, mi paz os doy. —La paz esté con vosotros.


Pero el Señor no trae solo un saludo eficaz para todos. Conoce las necesidades de cada uno –las tuyas, las mías- y se dirige mirándonos a los ojos, respondiendo las dudas que le hemos formulado. Después le dijo a Tomás: —Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente. Respondió Tomás y le dijo: —¡Señor mío y Dios mío! El autor del himno de Laudes se emociona ante este relato: ¡Qué gozo al contemplar al Señor, compadecido de ti, cuando ya creyente, le llamas tu Dios y le adoras con toda la fuerza de tu corazón!


Quizá es injusta la connotación de incrédulo por antonomasia para un hombre que no duda en hacer un acto de fe tan notorio. San Josemaría comentaba: “Yo comprendo bien la confusión de Tomás delante del Señor y el maravilloso acto de fe y de amor que se le escapa: Dominus meus et Deus meus! (Jn 20,28). Toca a Cristo como nosotros, que lo tocamos en la Eucaristía, recibiéndole cada día en la Hostia Santa, y lo tocamos en la eficacia de la labor. (…) Y sin embargo, nuestra fe, ¿cómo anda?” Fe en Dios, fe en su gracia que puede transformar las almas como cambió la de Tomás, fe en los medios sobrenaturales para nuestra lucha personal y para el apostolado.


En una entrevista le hacían a Mons. Javier Echevarría una pregunta audaz: ¿También el Prelado del Opus Dei sufre crisis de fe? Y la respuesta fue: “Ninguna crisis, pero sí pruebas; porque la fe conoce necesariamente momentos duros ante el aparente –o real, pero no duradero– triunfo del mal. La muerte inesperada de personas queridas, los achaques de salud, las contradicciones de la vida son encuentros personales con la Cruz que pueden desconcertar un poco. El Señor nos hace madurar así, como personas y como cristianos”. Con ese ejemplo de fondo, podemos preguntarnos de nuevo, en la presencia del Señor: nuestra fe, ¿cómo anda?


Ante el comienzo del Año sacerdotal, acudimos al Señor para pedirle, como los personajes del Evangelio, “¡Señor, auméntanos la fe! ¡Yo creo, pero ayuda Tú mi poca fe!” El Papa nos propone unos objetivos muy claros –los propone Dios-: “Dejarse conquistar totalmente por Cristo. Anhelar la "ciencia del amor", que sólo se aprende de "corazón a corazón" con Cristo”. Por eso le pedimos fe al Señor, para saber encontrarlo en las pequeñas contrariedades de cada jornada, en el deber pequeño, en la puntualidad en alguna Norma de piedad, en el trabajo humilde, en el apostolado constante. “Precisamente por este motivo no debemos alejarnos nunca del manantial del Amor que es su Corazón traspasado en la cruz”.


Con ese Corazón amante, Jesús corrige a Tomás:
—Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto hayan creído”. Nosotros queremos responder bien, con la fe renovada de Tomás, haciendo nuestra una oración del Fundador del Opus Dei: Jesucristo resucitado: creemos en ti, te amamos, todo lo esperamos de ti, Cristo vencedor de la muerte. Concédenos la gracia de ser fieles y de dar fielmente testimonio de ti. Es lo que pediremos al Padre Eterno en la Colecta de la Misa: Tú que concediste a santo Tomás reconocer a Cristo como su Señor y su Dios; por intercesión de este apóstol, haz que crezcamos en la fe, para que creyendo firmemente en tu Hijo Jesucristo podamos participar de su vida divina.


Podemos concluir con otra consideración de San Josemaría (Forja, 235): Nos falta fe. El día en que vivamos esta virtud -confiando en Dios y en su Madre-, seremos valientes y leales. Dios, que es el Dios de siempre, obrará milagros por nuestras manos. -¡Dame, oh Jesús, esa fe, que de verdad deseo! Madre mía y Señora mía, María Santísima, ¡haz que yo crea!