Comentarios litúrgicos -lectio divina- de un sacerdote católico. Imágenes tomadas en su mayoría de www.centroaletti.com
sábado, julio 25, 2009
Cinco panes y dos peces
Peregrinos: muerte y esperanza

Sal 63: Mi alma está sedienta de ti, Dios mío.
Lc 23: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. No está aquí, resucitó.
Celebramos hoy las exequias de nuestro hermano Luis Enrique. Es una circunstancia que nos hace enfrentarnos con esa realidad inexorable de la muerte. Como dice el poeta del siglo de oro español: “Yo, ¿para qué nací? / -para salvarme /que tengo que morir es infalible”...
Es dura la realidad de la muerte. Y es tan humana, que hasta el Señor Jesucristo aceptó padecerla, como acabamos de leer en el Evangelio: hacia las tres de la tarde, en medio de las penumbras de aquel Viernes Santo, “Jesús, con voz potente, exclamó: ‘Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu’. Y dicho esto, expiró”.
Imaginémonos el corazón de su Madre. Pensemos en los sentimientos de Juan. A cada uno de ellos, el Señor les había encomendado mutuamente su cuidado: Ahí tienes a tu hijo, le había dicho a María; ahí tienes a tu Madre, le recomendó a Juan.
La escena de la Piedad, del amante que recibe entre sus brazos el cadáver de su amado, se repite cada día. Hoy lo vemos en esta queridísima familia.
Sé de un niño –no tenía mucho más de catorce años - que experimentó también el dolor de la separación por la muerte de su padre. Contaba que, al confirmarse la noticia, sintió como un hachazo que lo partía en dos. Parece que es una experiencia frecuente.
En ese momento, surgen interrogantes sobre la nueva vida: ¿qué será de nuestra existencia sin ti? Y recordamos tantos momentos gratos, cuando le teníamos entre nosotros: las salidas, los juegos, los consejos, los paseos, la vida diaria. Y también nos vienen a la mente algunas desavenencias: y sabemos descubrir esa disculpa que hace unos meses o unos años no supimos encontrar para darle un perdón más rápido. Hoy sabemos que, también aquello que nos costaba entender, siempre era para nuestro bien.
También nos pueden venir remordimientos, por palabras que no debimos haber dicho. O por lo que dejamos de hacer: podríamos haber agradecido, aprendido o comprendido más. Pero también es importante saber que –así como es natural el perdón y la disculpa de nuestra parte por sus posibles errores- él nos ha perdonado: sonríe pensando en nuestro dolor, con su gesto característico, y nos dice: tranquilos, todo está bien.
El muchachito del que hablaba al comienzo contaba que, durante las horas del velorio, uno pasa como por un túnel: agradece la visita de los parientes, de los amigos, pero experimenta esa soledad tremenda de la muerte, el temor ante el futuro sin ese bastón del ser querido.
Y piensa en las virtudes de la persona que se ha ido: como en este caso, en que hablamos de un buen padre, un buen esposo, un buen cristiano. Que deja –por Providencia de Dios, que siempre sabe escoger el mejor momento- una familia ya autónoma, con hijos profesionales. Que se va con la satisfacción del deber cumplido.
Asistir a unas exequias siempre nos interpela con la verdad de la muerte, decíamos. Sin querer ser trágico, es fácil pensar que un día nos llegará el momento, a cada uno, de partir. Y esa visión nos ayuda a ver de otro modo las aspiraciones que nos motivan cada día.
Es el último recuerdo que aquél muchacho me transmitía sobre el entierro de su padre: dice que -después del funeral- en la procesión con el féretro por la nave de la iglesia, el coro entonó un himno muy conocido, que él mismo había cantado muchas veces. Pero en la solemnidad del momento, entendió la verdad de esa doctrina que en forma musical quiso el Señor recordarle, y recordarnos ahora: “Nos hallamos aquí en este mundo que tu amor nos dio, pero la meta no está en esta tierra: es un Cielo que está más allá”.
En medio del dolor que nos causa la separación, nos llena de consuelo y de esperanza la convicción de que enterramos a un hombre santo. Al comienzo del año sacerdotal, la Iglesia nos recuerda que, por el hecho de estar bautizados y confirmados, todos participamos del sacerdocio de Cristo –en modos diversos, los laicos y los clérigos-.
Luis Enrique era un buen padre, un buen esposo, un buen trabajador, precisamente porque era un buen cristiano. El sábado pasado le administré el sacramento de la unción de enfermos y pude constatar lo bien preparado que estaba para dar este paso. Y fue preparando a su familia con cariño, con fortaleza –sin apenas quejarse-, con visión sobrenatural.
San Josemaría, a quien Luis Enrique tenía mucha devoción –hasta el punto de hacerse Cooperador del Opus Dei- decía que morir es como casarse. Y sugería que, cuando nos llegara el momento, pidiéramos la intercesión de la Virgen: Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora… Y concluía: “¡Y verás a la hora de la muerte! ¡Qué sonrisa tendrás a la hora de la muerte! No habrá un rictus de miedo, porque estarán los brazos de María para recogerte”.
Esto fue lo que sucedió en la hora de la muerte de Luis Enrique: antenoche, lo último que hizo la familia fue rezar el Rosario. Y ayer, al comenzar el día de Nuestra Señora del Carmen, Luis Enrique se encontró con los brazos de María para recogerlo, la Virgen se lo llevó a la Casa del Padre. Y ahora, desde allí, nos sigue cuidando, y no dejará de pedir al Señor por nuestras necesidades.
Nosotros seguiremos rezando por él, como un deber de justicia, pero estamos convencidos de lo que escuchamos en la primera lectura: “Dichosos los difuntos que mueren en el Señor: ellos descansan de sus trabajos porque sus obras los acompañan”. Y estamos aquí testimoniando que las obras buenas de Luis Enrique fueron muchas, y se lo agradecemos, a él y, en primer lugar, al Señor por habernos dado este modelo de conducta.
Podemos terminar meditando los últimos versos que consolaron a aquel amigo cuando era casi un niño y que ojalá hoy también nos ayuden a ejercitar nuestra esperanza. “Somos los peregrinos que vamos hacia el Cielo. La fe nos ilumina: nuestro destino no se halla aquí. La meta está en lo eterno, nuestra patria es el Cielo. La esperanza nos guía y el amor nos lo entreabre ya”.
Vocación y apostolado
Y llamó a los doce. viernes, julio 03, 2009
Fe, santidad, vocación
Santo Tomás Apóstol, testigo de fe
Celebramos hoy la fiesta de Santo Tomás, el gemelo. Según una antigua tradición eclesiástica, evangelizó a los partos, aunque los cristianos de Malabar lo consideran el evangelizador de la India. Desde el siglo VI se celebra su fiesta el 3 de julio, fecha del traslado de su cuerpo a Edesa.
El himno de Laudes lo ensalza con estas palabras: Oh Tomás, que resplandeces entre los Apóstoles con gloria sublime: acoge benignamente el himno de alabanza que cantamos en tu honor: La caridad de Cristo depara un trono en el Cielo para ti, que, por amor, estabas dispuesto a morir por tu Maestro. Impetuoso, de carácter fuerte y decisiones prontas. Llegó a decir: “¡vayamos también nosotros y muramos con Él!”
También le agradecemos que fuera Él quien preguntara: ¿No sabemos a dónde vas, cómo sabremos cuál es el camino?, que mereció la respuesta del Señor: “Tomás, Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. Pero la escena que más recordamos, y que nos presenta el Evangelio de hoy, es la que ocurrió durante la primera semana después de la Resurrección (Jn 20, 24-28): “Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Alguna tradición exegética sugiere que es posible que Tomás se hubiera apartado del grupo de los Once, tal era su dolor –y su falta de fe-.
Quizá por eso es que los Apóstoles no obedecieron inmediatamente al Señor, que les había mandado a decir que los esperaba en Galilea. Si así sucedió, se entiende la alegría con que le cuentan, al encontrarlo: — ¡Hemos visto al Señor! También hoy día se repite una historia similar. Podemos encontrarnos con personas en dificultades, que piensan lograr lejos del Señor lo que solo a su lado podrán disfrutar. Y Jesús espera que nosotros también demos testimonio de su vida gloriosa, de su Resurrección; pero, sobre todo, de nuestra experiencia personal: — ¡Hemos visto al Señor!
Sin embargo, sabemos que la respuesta de Tomás no fue la más agradable… como suele ocurrir en estos casos, al menos en un primer momento: Pero él les respondió: —Si no le veo en las manos la marca de los clavos, y no meto mi dedo en esa marca de los clavos y meto mi mano en el costado, no creeré”. El himno de Laudes atribuye al cariño su escepticismo: Al oír lo que refieren tus hermanos, afligido por el cariño, quieres cerciorarte hasta ver y palpar las Llagas de Jesús. Es una manera benévola de describir la respuesta fuerte de Tomás a la noticia de sus hermanos de apostolado.
Si no veo, si no toco, si no palpo… Tomás pasó a la historia como el prototipo de la falta de fe. Un ejemplo más de defectos de santos, que tanto bien nos hace para llenarnos de esperanza. Si un hombre que pasó por tales tentaciones terminó siendo el evangelizador de la India, ¡cuántas cosas grandes podrá hacer el Señor con nuestra pobre vida, si somos personas fieles, con fe, o –al menos- si sabemos rectificar cuando veamos nuestros errores!
“A los ocho días estaban otra vez dentro sus discípulos y Tomás con ellos”. Al menos, se logró un paso: ya estaba de nuevo en familia, al calor del hogar que presidía la Virgen. El ambiente de casa, las costumbres familiares que tenían durante los tres años pasados, van transformando aquella alma atormentada, “afligida por el cariño”.
Era domingo, día del Señor, había pasado una semana exacta desde la Resurrección. Aunque estaban las puertas cerradas, vino Jesús, se presentó en medio y dijo: —La paz esté con vosotros. El Señor siempre nos trae la paz. Así lo recordamos cada vez que participamos en la Santa Misa: la paz os dejo, mi paz os doy. Paz para nosotros mismos, para nuestro trabajo, para la casa, para la Iglesia, para la humanidad. —La paz esté con vosotros. Tenemos que pensar en este saludo de Jesús cuando veamos a otras personas, cuando nos apabullen las dificultades, las contradicciones, los temores, nuestras propias miserias: la paz os dejo, mi paz os doy. —La paz esté con vosotros.
Pero el Señor no trae solo un saludo eficaz para todos. Conoce las necesidades de cada uno –las tuyas, las mías- y se dirige mirándonos a los ojos, respondiendo las dudas que le hemos formulado. Después le dijo a Tomás: —Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente. Respondió Tomás y le dijo: —¡Señor mío y Dios mío! El autor del himno de Laudes se emociona ante este relato: ¡Qué gozo al contemplar al Señor, compadecido de ti, cuando ya creyente, le llamas tu Dios y le adoras con toda la fuerza de tu corazón!
Quizá es injusta la connotación de incrédulo por antonomasia para un hombre que no duda en hacer un acto de fe tan notorio. San Josemaría comentaba: “Yo comprendo bien la confusión de Tomás delante del Señor y el maravilloso acto de fe y de amor que se le escapa: Dominus meus et Deus meus! (Jn 20,28). Toca a Cristo como nosotros, que lo tocamos en la Eucaristía, recibiéndole cada día en la Hostia Santa, y lo tocamos en la eficacia de la labor. (…) Y sin embargo, nuestra fe, ¿cómo anda?” Fe en Dios, fe en su gracia que puede transformar las almas como cambió la de Tomás, fe en los medios sobrenaturales para nuestra lucha personal y para el apostolado.
En una entrevista le hacían a Mons. Javier Echevarría una pregunta audaz: ¿También el Prelado del Opus Dei sufre crisis de fe? Y la respuesta fue: “Ninguna crisis, pero sí pruebas; porque la fe conoce necesariamente momentos duros ante el aparente –o real, pero no duradero– triunfo del mal. La muerte inesperada de personas queridas, los achaques de salud, las contradicciones de la vida son encuentros personales con la Cruz que pueden desconcertar un poco. El Señor nos hace madurar así, como personas y como cristianos”. Con ese ejemplo de fondo, podemos preguntarnos de nuevo, en la presencia del Señor: nuestra fe, ¿cómo anda?
Ante el comienzo del Año sacerdotal, acudimos al Señor para pedirle, como los personajes del Evangelio, “¡Señor, auméntanos la fe! ¡Yo creo, pero ayuda Tú mi poca fe!” El Papa nos propone unos objetivos muy claros –los propone Dios-: “Dejarse conquistar totalmente por Cristo. Anhelar la "ciencia del amor", que sólo se aprende de "corazón a corazón" con Cristo”. Por eso le pedimos fe al Señor, para saber encontrarlo en las pequeñas contrariedades de cada jornada, en el deber pequeño, en la puntualidad en alguna Norma de piedad, en el trabajo humilde, en el apostolado constante. “Precisamente por este motivo no debemos alejarnos nunca del manantial del Amor que es su Corazón traspasado en la cruz”.
Con ese Corazón amante, Jesús corrige a Tomás: —Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto hayan creído”. Nosotros queremos responder bien, con la fe renovada de Tomás, haciendo nuestra una oración del Fundador del Opus Dei: Jesucristo resucitado: creemos en ti, te amamos, todo lo esperamos de ti, Cristo vencedor de la muerte. Concédenos la gracia de ser fieles y de dar fielmente testimonio de ti. Es lo que pediremos al Padre Eterno en la Colecta de la Misa: Tú que concediste a santo Tomás reconocer a Cristo como su Señor y su Dios; por intercesión de este apóstol, haz que crezcamos en la fe, para que creyendo firmemente en tu Hijo Jesucristo podamos participar de su vida divina.
Podemos concluir con otra consideración de San Josemaría (Forja, 235): Nos falta fe. El día en que vivamos esta virtud -confiando en Dios y en su Madre-, seremos valientes y leales. Dios, que es el Dios de siempre, obrará milagros por nuestras manos. -¡Dame, oh Jesús, esa fe, que de verdad deseo! Madre mía y Señora mía, María Santísima, ¡haz que yo crea!
