sábado, junio 20, 2009

Vida de fe

Ahora que comienzan las vacaciones, para muchas personas el descanso se relaciona con el agua: se desplazan hacia las piscinas, los ríos o, mejor aún, hacia el mar… No es por dañarles el plan, pero no falta quien menciona en esos sitios que, definitivamente, el hábitat humano es la tierra. Sobre todo, cuando se ha estado a punto de morir ahogado: sé de algún amigo que debe su vida a un desconocido que lo sacó del fondo de una piscina a la que se había metido siendo niño y sin pensar en la profundidad. También he oído la historia de alguien que, haciendo rafting, quedó dentro del agua justo debajo del kayak… con alguien sentado arriba. En fin, todos conocemos historias de tempestades y tormentas que hacen pensar, a quien va dentro de una embarcación: ¿por qué no me quedé en tierra firme?

Es lo que le sucedió también a un grupo de pescadores experimentados, como el de los apóstoles, una noche en que llevaban a Jesús a bordo… solo que dormido. Así lo cuenta el evangelista Marcos (4,35 ss): “se levantó una gran tempestad de viento, y las olas se echaban encima de la barca, hasta el punto de que la barca ya se inundaba”. Se nota que había escuchado esta historia a Pedro muchas veces, por eso es tan viva. Es fácil imaginar la escena, aunque nada envidiable la experiencia…

Lo peor de la historia es que llevaban al Maestro, que no se inmutaba. Se ve que tenía un sueño muy pesado y que aquel día el trabajo había sido muy intenso. El caso es que Marcos continúa diciendo que, mientras tanto, “Él estaba en la popa durmiendo sobre un cabezal”.

Sabemos que el Evangelio está escrito para nuestra edificación, que todo lo que allí aparece puede interpretarse literalmente –como venimos haciendo- pero que también tiene un sentido espiritual: esta escena nos habla de la barca de nuestra vida, en la que Cristo quiere estar, en la que se deja embarcar (así había comenzado la escena: “Aquel día, llegada la tarde, les dice: —Crucemos a la otra orilla. Y, despidiendo a la muchedumbre, le llevaron en la barca tal como estaba. Y le acompañaban otras barcas”.

Al llegar la tarde, Señor, quisiste armar un paseo con nosotros, que estuviéramos a solas contigo, que tuviéramos juntos nuestra convivencia. ¡Cuántas cosas querías enseñarnos, Señor! Lo primero que llama la atención es tu docilidad. Siendo el maestro, te dejas llevar en la barca tal como estabas. No pones condiciones, te dejas llevar. Casi parece que te hubieran montado sin muchos preámbulos. ¡Qué diferencia con nuestra actitud, con ese deseo de decir siempre la última palabra, de ser considerados, tenidos en cuenta, de salirnos con la nuestra!

Y le acompañaban otras barcas. La compañía de Cristo es para compartirla, no es para disfrutarla a solas: Jesús desea que todos los hombres se salven… ¡cuántas enseñanzas, Señor, apenas comenzando el viaje! Seguramente en el transcurso del camino hubo tiempo para conversar, comer algo, reír un rato, cambiar impresiones del día: alguno habrá contado una anécdota llamativa de los efectos del discurso del Señor en alguna alma, que quizá se había decidido a vivir las enseñanzas de las parábolas, ser buena tierra en la que el sembrador echa su semilla y da fruto abundante… Sería ya de noche cuando, siguiendo el ejemplo de Jesús, harían –haríamos- juntos un rato de oración, meditando las parábolas del Reino. Más tarde, habría turnos para remar mientras otros dormían.

En ese contexto es cuando pudo suceder lo que leíamos al comienzo: “se levantó una gran tempestad de viento, y las olas se echaban encima de la barca, hasta el punto de que la barca ya se inundaba”. Seguramente todos nos hemos encontrado en algún momento de nuestra vida, en esas mismas circunstancias. No digo en un barco que se inunda, sino en la barca de la vida que se tambalea: circunstancias económicas, familiares, afectivas, laborales… Si no nos ha pasado, tal vez nos pasará. Aunque no hace falta exagerar tampoco, pero la vida en la tierra conlleva dificultades, que podemos comparar con la tempestad en el lago.

2. Lo más duro de esas vicisitudes es que podemos olvidar el punto clave del relato: Jesús “estaba en la popa durmiendo sobre un cabezal”. Señor: que tengamos siempre presente, cuando la barca de nuestra existencia parezca inundarse, que Tú estás a nuestro lado. No tengamos reparo en gritar, si es del caso, como hicieron los Apóstoles, que “le despiertan, y le dicen: —Maestro, ¿no te importa que perezcamos?” Tengo un amigo que repetía estas palabras, como jaculatoria, una vez que le sucedió algo parecido en la bahía de Taganga, Magdalena.

Encontramos una enseñanza que Jesús nos da en este paseo: la importancia de la oración. Él, que está a nuestro lado, espera que le pidamos lo que sabe que nos hace falta. Vamos a pedirle ahora: por nuestros trabajos, por la familia, por una persona que queremos y lo necesita, por los enfermos, por los pobres, por la paz del mundo, por la evangelización, por el apostolado…

La historia de Job, que es la primera lectura de la Misa, nos muestra un ejemplo de sufrimiento verdadero; de barca que tambalea, sin nuestras exageraciones. Este buen hombre había perdido 7 hijos y 3 hijas, 500 bueyes, 7000 ovejas, 3000 camellos… ¡y no se quejaba!, ¡y no perdió la fe! Job no dudó del poder de Dios. Como tampoco dudaron los apóstoles, que por eso lo despertaron: Y, puesto en pie, increpó al viento y dijo al mar: —¡Calla, enmudece! Y se calmó el viento y sobrevino una gran calma.

Señor: que no perdamos la fe en ti, en tu poder. Que no olvidemos que Tú resuelves las dificultades “antes, más y mejor”. Que, aunque nos enfrentemos a mil contradicciones, tengamos siempre la serenidad que procede de la confianza plena en Ti.

3. Entonces les dijo: —¿Por qué os asustáis? ¿Todavía no tenéis fe? Ya sabemos el objetivo que Jesús tenía al planear este paseo: enseñarnos a ser almas de fe. A no asustarnos, a saber que, con Él, nada nos falta. Como dice el salmo 21, nada temo, Señor, porque Tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan.

La colecta de la Misa de hoy nos invita a “vivir siempre movidos por tu amor y con filial temor de ofenderte”. Esas actitudes son manifestación de fe. San Josemaría describe (Amigos de Dios, 203) lo que es un alma de fe, y señala otras características que nos pueden servir como propósito de este rato de oración:


“El hombre de fe sabe juzgar bien de las cuestiones terrenas, sabe que esto de aquí abajo es, en frase de la Madre Teresa, una mala noche en una mala posada. Renueva su convencimiento de que nuestra existencia en la tierra es tiempo de trabajo y de pelea, tiempo de purificación para saldar la deuda debida a la justicia divina, por nuestros pecados. Sabe también que los bienes temporales son medios, y los usa generosamente, heroicamente”.

Terminamos acudiendo a la intercesión de Santa María, maestra de fe. Ella nos ayudará a maravillarnos del poder de Dios, como hicieron los apóstoles, que terminaron diciendo: —¿Quién es éste, que hasta el viento y el mar le obedecen? Uno de los mejores piropos que se le han dirigido fue el de su prima, que la saludó diciéndole: “Bienaventurada tú, porque has creído…” Acudamos a Ella, pidiendo su intercesión para que el Señor nos aumente la fe.

sábado, junio 13, 2009

Corpus Christi


Me contaba un amigo que, hace unos días, mientras animaba a un colega a que se decidiera a confesarse y volviera a comulgar, éste le había respondido de buena manera: yo no creo en la Eucaristía, porque no me criaron con esa fe. Tú entenderás que me parece bonito, lo respeto y quisiera creerlo, pero la fe en que Jesús está presente en la hostia es un misterio muy difícil de creer. 
Y es verdad… aprovechemos este momento para pedir al Señor por la fe de este amigo y démosle gracias porque nos haya concedido creer en este Sacramento, culmen y fuente de nuestra vida interior.


Quizá por lo difícil que es creer en este misterio, el Señor ha querido que haya muchos ejemplos eucarísticos en el mundo. Uno de los más conocidos es el de Bolsena: corría el año de 1263. Cierto día, celebraba Misa un sacerdote piadoso, que tenía dudas sobre la presencia de Jesús en la Eucaristía. Cuando iba a partir la Hostia consagrada se le convirtió en carne, de la que salían gotas de sangre, hasta cubrir el corporal que estaba encima del altar. Muy cerca de allí, en Orvieto (donde todavía hoy se conserva la reliquia) estaba el Papa Urbano IV, quien recibió de rodillas aquellos corporales e instituyó la fiesta que hoy celebramos.


Jesús presente entre nosotros. ¡Quién pudiera adorarlo como se merece! Es lo que pedimos en la oración colecta: te pedimos nos concedas veneras de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre, que experimentamos en nosotros los frutos de tu redención. Por eso, nos invita la secuencia previa al Evangelio: Alabémoslo sin límites y con todas nuestras fuerzas; pues tan grande es el Señor, que nuestra alabanza es poca.


En la primera lectura, consideramos una de las primeras alianzas del Señor con su pueblo, en el Sinaí: Moisés comunica al pueblo las leyes que le enseñó el Señor y ellos se comprometen a cumplirlas. Al día siguiente firma la alianza con un ritual que incluye el sacrificio de unos novillos, con cuya sangre rocía el altar y el pueblo, mientras dice: "Esta es la sangre de la alianza que el Señor ha hecho con ustedes". Pero el pueblo fallaría a esa alianza, y a otras más a lo largo de los siglos. Sin embargo, Dios sí será fiel a su promesa, como explica el Papa: “el Señor no faltó a su promesa y, por medio de los profetas, se preocupó en recordar la dimensión interior de la alianza y anunció que iba a escribir una nueva en los corazones de sus fieles (Cf. Jeremías 31,33), transformándolos con el don del Espíritu (Cf. Ezequiel 36, 25-27). Y fue durante la Última Cena cuando estableció con los discípulos esta nueva alianza, confirmándola no con sacrificios de animales, como ocurría en el pasado, sino con su sangre, que se convirtió "sangre de la nueva alianza"”.


De esta nueva alianza nos habla también la segunda lectura: como sigue diciendo Benedicto XVI, “En la cruz, Jesús es al mismo tiempo víctima y sacerdote: víctima digna de Dios, porque está sin mancha, y sumo sacerdote que se ofrece a sí mismo, bajo el impulso del Espíritu Santo, e intercede por toda la humanidad. (…) La Eucaristía, renovando el sacrificio de la Cruz, nos hace capaces de vivir fielmente la comunión con Dios”.


Comunión con Dios. Como contaba un sacerdote que, al dar catequesis, le preguntaba a los muchachitos que se preparaban para comulgar: – ¿Ustedes, cómo ven a Jesús en la Eucaristía? Aquello les dejó desconcertados, no sabían cómo responder, hasta que una niña, con gran sencillez, levantó la mano y dijo: –Yo lo veo redondito. 
Es lo que celebra el prefacio de la Misa: “con este sacramento alimentas y santificas a tus fieles, para que su misma fe ilumine y su mismo amor congregue a todo el género humano que habita un mismo mundo. Así pues, nos reunimos a la mesa en torno de este admirable sacramento, para que la abundancia de tu gracia nos lleve a poseer la vida celestial”. Reunirnos como niños a la mesa, con sus padres.


El Papa citaba un consejo de otro catequista, el Santo cura de Ars, a sus feligreses: "Vengan a comulgar... Es verdad que no somos dignos de ella, pero la necesitamos". Y comentaba. “Con la conciencia de ser indignos por causa de los pecados, pero necesitados de alimentarnos con el amor que el Señor nos ofrece en el sacramento eucarístico, renovemos esta tarde nuestra fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía ¡No hay que dar por descontada nuestra fe!”


Terminamos con otra oración tomada de la Secuencia de hoy: Ten compasión de nosotros, buen pastor, pan verdadero. Apaciéntanos y cuídanos y condúcenos al cielo. Todo lo puedes y sabes, pastor de ovejas, divino. Concédenos en el cielo gozar la herencia contigo.