Celebramos hoy el cuarto domingo del tiempo de Pascua, conocido como “del Buen Pastor”. Efectivamente, en la colecta pedimos a Dios que nos guíe a la felicidad eterna de su Reino, para que “el débil rebaño de tu Hijo pueda llegar seguro a donde ya está su Pastor resucitado”.
En el Antiguo Testamento, la figura del pastor es muy común: los pequeños ganaderos y sus hijos se encargaban de estas faenas, pero también alquilaban los servicios de personas a las que pagaban con dinero o con una parte de los productos del rebaño. Además de buscar pastos y abrevaderos por esas difíciles zonas, los pastores tenían que cuidar las ovejas de las fieras y de los ladrones. En el Éxodo está legislada la indemnización por los animales robados. Y si una fiera atacaba al rebaño, debía mostrar trozos del animal como prueba (van der Born, Lehman). Sin embargo, pienso que en esa legislación quedaba escondido un peligro: un pastor perezoso podía dejar que el lobo atacara las ovejas... le bastaba después recuperar algunos trozos de cada una y él quedaba absuelto.
En el Antiguo Testamento es frecuente asimilar el rey a un pastor: David lo era antes de ser elegido, y Jeremías lo aplicó a los reyes de Judá por no haber cumplido con su misión. En Ezequiel y en Zacarías el Señor promete que él mismo se convertirá en pastor de su pueblo y anuncia que habrá un nuevo pastor, descendiente de David (Lehman, Lipinski). En ese contexto se entiende la alegoría del buen pastor (Jn 10, 11-18) que presenta el Evangelio del cuarto domingo de Pascua: “Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por sus ovejas. El asalariado, el que no es pastor y al que no le pertenecen las ovejas, ve venir el lobo, abandona las ovejas y huye –y el lobo las arrebata y las dispersa–, porque es asalariado y no le importan las ovejas. Yo soy el buen pastor, conozco las mías y las mías me conocen”.
El primitivo arte cristiano utilizó la figura del pastor para representar a Cristo. Un ejemplo de esa costumbre es la imagen del siglo III que adorna al Catecismo de la Iglesia. En ella se ve “a Cristo buen pastor, que con su autoridad (el cayado) conduce y protege a sus fieles (la oveja), la atrae con la melodiosa sinfonía de la verdad (la flauta) y la hace reposar a la sombra del árbol de la vida, su cruz redentora, que abre el paraíso”.
Este año coincide el domingo del Buen Pastor con el 3 de mayo, fiesta de la Invención de la Santa Cruz. Se celebra el hallazgo –es lo que significa la palabra “invención”-, por parte de la emperatriz Santa Elena, de las reliquias de la Santa Cruz en un terreno cercano al Gólgota, en el año 327. No es forzada la unión de ambos temas, pues el mismo evangelista nos habla del sentido último del pastoreo de Cristo: dar la vida por sus ovejas. No solo las ovejas del pueblo de Israel, sino todas las almas: “Tengo otras ovejas que no son de este redil, a ésas también es necesario que las traiga, y oirán mi voz y formarán un solo rebaño, con un solo pastor. Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo la doy libremente. Tengo potestad para darla y tengo potestad para recuperarla. Este es el mandato que he recibido de mi Padre”.
Podemos pensar qué tipo de ovejas somos: si nos dejamos pastorear por la palabra de verdad del Señor, si nos esforzamos por ser dóciles a sus enseñanzas, que nos llegan en la oración, en la Palabra, en la liturgia, en la predicación, en la confesión, en la dirección espiritual, también a través de los consejos que nos dan las personas cercanas en la familia, en el trabajo... Y aprovechar este examen para ver si nosotros también somos buenos pastores de las ovejas que tenemos a nuestro cargo: parientes, amigos, colegas, necesitan que les transmitamos lo que el Señor nos enseña, dónde están los malos pastos, las fieras, los peligros. También, con nuestro ejemplo, debemos enseñar que la felicidad está en dejarse pastorear por el Pastor resucitado.
El Domingo de Ramos pasado, Benedicto XVI explicaba que Jesús nos invita a que nosotros mismos demos nuestra vida por las ovejas, seamos grano de trigo que muere para resucitar con Él: «El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna» (Jn 12,25). Es decir, quien quiere tener su vida para sí, vivir sólo para él mismo, tener todo en puño y explotar todas sus posibilidades, éste es precisamente quien pierde la vida. Ésta se vuelve tediosa y vacía. Solamente en el abandono de sí mismo, en la entrega desinteresada del yo en favor del tú, en el «sí» a la vida más grande, la vida de Dios, nuestra vida se ensancha y engrandece».
El Papa concluía con unas palabras autobiográficas que nos pueden servir para esta semana: "si echo una mirada retrospectiva sobre mi vida personal, tengo que decir que precisamente los momentos en que he dicho «sí» a una renuncia han sido los momentos grandes e importantes de mi vida". Pidamos a la Santísima Virgen, divina Pastora, que en este mes de mayo que comienza también nosotros podamos decir que -con su ayuda- nos hemos esforzado por ser buenas ovejas y también buenos pastores.
Recuerdo la visita que me hizo un alumno judío, preguntándome por el Mesías cristiano. Con la mayor buena voluntad que podía, me pidió que entendiera que él no podía creer que Jesús fuera el Mesías, principalmente por dos motivos: en primer lugar, por la forma en que padeció. Además, y sobre todo, porque el Cristo prometido sería un príncipe con el cual llegaría la paz… y ya vemos cómo ha ido el mundo estos veinte siglos.
Para explicarle la primera objeción, le recomendé estudiar los pasajes de Isaías que hablan del Siervo sufriente, como oveja muda ante los trasquiladores… Sobre el tema de la paz, me vino a la mente el saludo de Jesús resucitado a sus apóstoles. Por ejemplo, el final del Evangelio de Lucas (24, 35-48), que enlaza dos relatos: después de la aparición a los discípulos de Emaús, ellos retornan a Jerusalén para contar a los once y a los que estaban con ellos todo lo sucedido en el camino. Mientras hablaban, Jesús mismo “se puso en medio y les dijo: —La paz esté con vosotros”. Este saludo es la clave de la liturgia del tercer domingo de Pascua, ya que trata de explicar por qué razón podemos hablar de paz entre nosotros. El tema de la paz, del perdón, de la reconciliación, es uno de los puntos centrales de la primera predicación cristiana, precisamente obedeciendo las órdenes de Jesús resucitado.
Llama la atención que, en todos los primeros discursos de Pedro, como también en los de Pablo, se encuentran ciertos elementos característicos del mensaje cristiano (del “Kerygma” o proclamación de lo esencial), que vemos en esta aparición del resucitado: en primer lugar, que la pasión y la resurrección habían sido anunciadas por las escrituras. Así, por ejemplo: “Esto es lo que os decía cuando aún estaba con vosotros: es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí. Entonces les abrió el entendimiento para que comprendiesen las Escrituras”.
Un segundo aspecto es que los apóstoles serán testigos de lo que han visto y oído: Vosotros sois testigos de estas cosas. El tercer punto es que el espíritu será derramado sobre esos testigos para que puedan cumplir su tarea: Y sabed que yo os envío al que mi Padre ha prometido. Vosotros permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de la fuerza de lo alto. Hoy podemos detenernos en el cuarto aspecto, según esta enumeración basada en un texto de A. George, y es precisamente el tema de la paz, que habíamos enunciado antes: parte importante del Kerygma es anunciar la conversión para el perdón de los pecados: Y les dijo: —Así está escrito: que el Cristo tiene que padecer y resucitar de entre los muertos al tercer día, y que se predique en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las gentes, comenzando desde Jerusalén.
De la importancia de este anuncio nos dan crédito las dos primeras lecturas del tercer domingo de Pascua. En los Hechos (3,13-15.17-19), vemos el discurso de Pedro en el Templo, después de curar a un cojo de nacimiento: “Vosotros negasteis al Santo y al Justo, y pedisteis que os indultaran a un homicida; matasteis al autor de la vida, a quien Dios resucitó de entre los muertos, de lo cual nosotros somos testigos”. El primer Papa anuncia la muerte y resurrección del Señor a manos de sus correligionarios, pero pone el acento, más que en la culpa, en el arrepentimiento y en el perdón de los pecados: “Ahora bien, hermanos, sé que obrasteis por ignorancia, lo mismo que vuestros jefes. Pero Dios cumplió así lo que había anunciado de antemano por boca de todos los profetas: que su Cristo padecería. Arrepentíos, por tanto, y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados”.
Ahora nos invita la Iglesia a continuar en la misma estela: anunciar a nuestros amigos que la paz procede de la reconciliación, del perdón de los pecados. Decirles que Cristo murió para vencer la oscuridad, el mal, el odio y que en esto consiste la alegría de la Pascua: en que ha triunfado la luz, el bien, el amor hasta el extremo de sacrificarse por los demás.
Es en ese sentido como se puede entender que Jesús es el Mesías, el Príncipe de la paz esperado por el pueblo hebreo. Lo enseña San Juan en la segunda lectura (1 Jn 2,1-5a): “Hijos míos, os escribo estas cosas para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos un abogado ante el Padre: Jesucristo, el Justo. Él es la víctima propiciatoria por nuestros pecados; y no sólo por los nuestros, sino por los de todo el mundo”.
Conversión, arrepentimiento, propiciación. Probablemente hemos acudido al Sacramento de la Reconciliación durante la Cuaresma, o en Semana Santa, o por Pascua de Resurrección, como manda nuestra Madre la Iglesia. Y le agradecemos al Señor esa ocasión maravillosa de recomenzar nuestra vida, la tranquilidad de conciencia, la paz de corazón que da el saber que Dios mismo nos ha perdonado nuestras ofensas.
La liturgia nos hace ver que la Pascua es muy buen tiempo para vivir en Cristo, también mediante la penitencia. El Compendio del Catecismo (n. 300) explica así la penitencia interior: “es el dinamismo del «corazón contrito: (Sal 51, 19), movido por la gracia divina a responder al amor misericordioso de Dios. Implica el dolor y el rechazo de los pecados cometidos, el firme propósito de no pecar más, y la confianza en la ayuda de Dios Se alimenta de la esperanza en la misericordia divina”. Se trata de continuar en nuestra vida el ejercicio de la muerte al pecado propio de la Cuaresma, para vivir con Jesús resucitado en todo momento.
Por eso, un buen propósito para este tiempo puede ser que continuemos recibiendo con frecuencia el sacramento de la Reconciliación, también si no tenemos conciencia de pecado grave. De esa manera, cada vez iremos afinando en nuestra lucha, el Espíritu Santo nos mostrará puntos concretos en los que podemos mejorar, y la gracia propia del sacramento nos ayudará a vencer en esas batallas cotidianas. También podemos pedirle al sacerdote que cuadremos una periodicidad fija, para que nos ayude también con un acompañamiento, una dirección espiritual.
Otro propósito, también en la misma línea del Evangelio de Lucas, es que se predique en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las gentes. ¡Cuántos de nuestros amigos podrían acercarse a la confesión si venciéramos la vergüenza y nos decidiéramos a compartir con ellos esa alegría tan maravillosa! Quizá por estos días, todavía podemos decirles: ¿te confesaste para Semana Santa? Y si respondieran negativamente, animarles a que lo hagan en este tiempo de Pascua. Sería actualizar el kerygma, el discurso de Pedro: “Arrepentíos, por tanto, y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados”.
Es la manera de entender por qué razón los cristianos vemos en Jesús al príncipe de la paz: no porque venga a acallar las armas o los ejércitos, sino porque nos trae un mensaje de victoria sobre el mal en cada alma. La paz de cada persona, que nos alcanzó muriendo en la Cruz. Podemos terminar con unas palabras de Benedicto XVI, en una ceremonia de ordenación sacerdotal, a los nuevos presbíteros: “El sacramento de la penitencia es uno de los tesoros preciosos de la Iglesia, porque sólo en el perdón se realiza la verdadera renovación del mundo. Nada puede mejorar en el mundo, si no se supera el mal. Y el mal sólo puede superarse con el perdón. Ciertamente, debe ser un perdón eficaz. Pero este perdón sólo puede dárnoslo el Señor. Un perdón que no aleja el mal sólo con palabras, sino que realmente lo destruye. Esto sólo puede suceder con el sufrimiento, y sucedió realmente con el amor sufriente de Cristo, del que recibimos el poder del perdón”.
Mirad mis llagas… "Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo" (Lc 24, 39). Juan Pablo II ponía en relación ese pasaje del Evangelio con otras palabras de San Juan en la primera Carta: "Lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y nuestras manos palparon... os lo anunciamos" (Jn 1, 1-3).
A San Josemaría le gustaba decir que esas llagas eran como el documento de identidad del Señor. La experiencia venía de lejos, pues el 6 de abril de 1938 escribía: “Esta mañana, camino de las Huelgas, a donde fui para hacer mi oración, he descubierto un Mediterráneo: la Llaga Santísima de la mano derecha de mi Señor. Y allí me tienes: todo el día entre besos y adoraciones. ¡Verdaderamente que es amable la Santa Humanidad de nuestro Dios! Pídele tú que Él me dé el verdadero Amor suyo: así quedarán bien purificadas todas mis otras afecciones. No vale decir: ¡corazón, en la Cruz!: porque, si una Herida de Cristo limpia, sana, aquieta, fortalece y enciende y enamora, ¿qué no harán las Cinco abiertas en el madero? ¡Corazón, en la Cruz!: Jesús mío, ¡qué más querría yo! Entiendo que, si continúo por este modo de contemplar (me metió S. José, mi Padre y Señor, a quien pedí que me soplara), voy a volverme más chalao que nunca lo estuve. ¡Prueba tú!”.
Y podemos sacar, de esta experiencia mística, consecuencias apostólicas. Tenemos que ser, como los dos Apóstoles de Emaús, testigos de Cristo resucitado: “Podemos comprender toda la maravilla de la llamada divina. La mano de Cristo nos ha cogido de un trigal: el sembrador aprieta en su mano llagada el puñado de trigo. La sangre de Cristo baña la simiente, la empapa. Luego, el Señor echa al aire ese trigo, para que muriendo, sea vida y, hundiéndose en la tierra, sea capaz de multiplicarse en espigas de oro”(Es Cristo que pasa, n. 3).
Nos hemos reunido para celebrar la primera Misa en este Oratorio. La liturgia de la Iglesia agradece al Señor porque “en esta casa visible que nos permitiste construir, donde proteges sin cesar a esta familia que peregrina hacia Ti, manifiestas y realizas de manera admirable el misterio de tu comunión con nosotros” (Misal Romano, Común de la dedicación de una iglesia).
Esa oración nos muestra que estamos aquí, no para ufanarnos por lo bien que nos ha quedado el Oratorio –que ha quedado muy bien: se nota el amor a Dios y la fe de quienes trabajaron en él, desde el Capellán hasta la persona que haya colaborado en lo más mínimo-, sino que nos reunimos para agradecer a Dios que nos haya permitido construirlo.
Los sitios sagrados son manifestación, en primer lugar, del amor que Dios nos ha tenido, al haberse abajado hasta quedarse a morar en medio de nosotros, para protegernos sin cesar y manifestar de modo admirable el misterio de su comunión con nosotros (Ídem).
La liturgia de la Palabra de este tiempo pascual se refiere a ese mismo misterio: el Evangelio de Juan (3,3-36) nos cuenta que, en el diálogo nocturno del Señor con Nicodemo, el Señor le explica que “el que viene de lo alto está sobre todos. (…) El que recibe su testimonio confirma que Dios es veraz: pues aquel a quien Dios ha enviado habla las palabras de Dios, porque da el Espíritu sin medida”. Con nuestra fe, nosotros confirmamos que las palabras de Cristo son, al mismo tiempo, palabras humanas y palabras de Dios, pues el Hijo es uno con el Padre y el Espíritu Santo, como celebraremos al finalizar este tiempo de Pascua, en la fiesta de Pentecostés (Cf. Biblia de Navarra).
Sigue diciendo el Señor a Nicodemo: “El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en sus manos. El que cree en el Hijo tiene vida eterna”. Por eso los cristianos dedicamos edificios al Señor, como una muestra de la fe que tenemos en Él. Creemos, como dice el Catecismo (n. 65), que «Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es la Palabra única, perfecta e insuperable del Padre. En Él lo dice todo, no habrá otra palabra más que ésta».
¿Y cuáles serán las palabras del Señor que más se repetirán en este Oratorio? –Las que la Iglesia asume en la liturgia: el Padrenuestro, las palabras de la consagración. Por eso, este lugar será un sitio de oración. Ayuda lo recogido del sitio, más que una iglesia es una Capilla del Santísimo, por eso solo tiene un altar, como el Oratorio que usa a diario el Santo Padre. Es la razón por la cual a San Josemaría le gustaba más el nombre de “Oratorio” que el de “Capilla”, para resaltar que aquí vendremos a orar, a conversar con nuestro Padre-Dios, que estará siempre dispuesto a escucharnos y a darnos su ayuda.
Quizá no suceda en esta sede, que agrupa a gente tan seria, una anécdota que pasó en el Oratorio de un colegio, pero la contaré porque nos enseña la confianza en el Señor que tenían aquellos alumnos. Un día, algún niño estaba demasiado travieso en el comedor; hasta que, después de varias reconvenciones, se ganó el castigo que le habían anunciado: si seguía jugando con la comida, sería expulsado del comedor. Al ver que se quedaría sin almuerzo, el chiquillo tuvo, como primera reacción, salir corriendo hacia el Oratorio y pedirle al Señor sacramentado: “¡Jesús, que no me dé hambre!”
Ojalá nosotros también nos acerquemos a decirle al Señor lo que nos inquieta, nuestras necesidades, o simplemente a contemplarlo, a acompañarlo, a meditar su Palabra, a darle gracias por quedarse entre nosotros, pues para eso quiso el Señor quedarse en este Oratorio, para manifestar y realizar de manera admirable el misterio de su comunión con nosotros.
Así lo explicaba el Santo Padre Benedicto XVI, el pasado Jueves Santo: “En el pan partido, el Señor se reparte a sí mismo. El gesto del partir alude misteriosamente también a su muerte, al amor hasta la muerte. Él se da a sí mismo, que es el verdadero «pan para la vida del mundo» (cf. Jn 6, 51). El alimento que el hombre necesita en lo más hondo es la comunión con Dios mismo. Al agradecer y bendecir, Jesús transforma el pan, y ya no es pan terrenal lo que da, sino la comunión consigo mismo. Esta transformación, sin embargo, quiere ser el comienzo de la transformación del mundo. Para que llegue a ser un mundo de resurrección, un mundo de Dios. Sí, se trata de transformación. Del hombre nuevo y del mundo nuevo que comienzan en el pan consagrado, transformado, transustanciado”.
Pidamos al Señor que, como fruto de nuestro paso por este Oratorio, siempre salgamos transformados en seres nuevos. Que aprendamos de Él, del sacrificio en la Cruz que celebraremos aquí cada día, a entregar la vida por Dios y por nuestros hermanos. A sacrificar nuestro egoísmo, nuestra soberbia, nuestra vanidad, nuestros vicios. Es lo que espera la Iglesia cuando pide al Señor “que en este lugar te ofrezcamos siempre un servicio digno, y obtengamos la plenitud de la redención”.
Un día como hoy, en 1912, hizo la primera Comunión San Josemaría Escrivá, inspirador de la Universidad de La Sabana. Antes de hacerla, se confesó con un sacerdote que le enseñó una oración que hoy día mucha gente repite en todo el mundo para prepararse a comulgar: Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre, con el espíritu y fervor de los santos.
En su biografía se transcriben algunos apuntes íntimos que tomaba en los aniversarios de ese acontecimiento. Por ejemplo: Día de San Jorge, 1932: Hoy hace veinte años que recibí por primera vez la sagrada Comunión. Señor San Jorge, ruega por mí (n. 707). Vísperas de S. Marcos, 1933: Ayer veintidós años de mi primera Comunión. ¡Dios mío! (n. 989). 23 de abril. ¡San Jorge! No se me olvida que hoy es aniversario de mi primera Comunión. ¡Cuántas cosas dejo de anotar! (n. 1180). Día 30 de Abril de 1936: [...] En Valencia, el día de San Jorge, aniversario de mi primera Comunión, me porté como un zángano, mejor, como un perfecto Borrico: rebuznar, y aún... Puedo decir que no sé rezar bien ni una avemaría. ¡Madre, Mamá del cielo! (n. 1332).
Pidamos al Señor que nos ayude a tener un cariño así de grande a nuestra relación con Él en la Eucaristía: que recordemos, como uno de los aniversarios más importantes de nuestra vida, el de la primera Comunión. Que nos preparemos para recibirlo con esa pureza, humildad y devoción, que cada día queramos mejorar un poquito nuestros detalles de delicadeza con Jesús en el Sagrario.
Concluyo con otras palabras del Inspirador de nuestra Universidad: “Finalmente un filial pensamiento amoroso para María, Madre de Dios y Madre nuestra. Perdonad que de nuevo os cuente un recuerdo de mi infancia: una imagen que se difundió mucho en mi tierra, cuando S. Pío X impulsó la práctica de la comunión frecuente. Representaba a María adorando la Hostia santa. Hoy, como entonces y como siempre, Nuestra Señora nos enseña a tratar a Jesús, a reconocerle y a encontrarle en las diversas circunstancias del día y, de modo especial, en ese instante supremo —el tiempo se une con la eternidad— del Santo Sacrificio de la Misa” (Es Cristo que pasa, 94).
Pensando en esa devoción con que comulgaría la que es Madre de Dios y Madre nuestra, nos dirigimos al Señor: Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre, con el espíritu y fervor de los santos.
Por mis conversaciones de esta semana con amigos universitarios, y por mi propia experiencia, la Semana Santa se ha convertido en ocasión –para algunos canales de televisión- de exhibir todos los refritos religiosos que, por otra parte, tienen bastante acogida. Por eso, los días santos hubo sobre-exposición de cuanto interrogante hay en nuestro ambiente actual: el canon de los evangelios, los evangelios apócrifos, María Magdalena, religiones comparadas, celibato sacerdotal, etc. Un amigo sintió removidos los cimientos de su fe con algunos datos “reveladores” sobre tradiciones religiosas del Oriente Medio, parecidas a la judeo-cristiana. El alma le volvió al cuerpo cuando le dije que yo sabía de esas teorías, que las había estudiado y que formaban parte de nuestro acervo cultural. Por su gesto, parecía que pensara: ¡al menos no es ninguna sorpresa para la Iglesia Católica!
Quizá por eso, el Papa ha venido insistiendo en sus homilías y discursos pascuales sobre la naturaleza histórica de la Resurrección. Así, por ejemplo, explicaba en el mensaje Urbi et Orbi que una de las preguntas que más angustian la existencia del hombre es precisamente ésta: ¿qué hay después de la muerte? Y respondía a este enigma afirmando que “la muerte no tiene la última palabra, porque al final es la Vida la que triunfa. Nuestra certeza no se basa en simples razonamientos humanos, sino en un dato histórico de fe: Jesucristo, crucificado y sepultado, ha resucitado con su cuerpo glorioso. Jesús ha resucitado para que también nosotros, creyendo en Él, podamos tener la vida eterna. Este anuncio está en el corazón del mensaje evangélico. San Pablo lo afirma con fuerza: «Si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación carece de sentido y vuestra fe lo mismo». Y añade: «Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados» (1 Co 15,14.19).
Por tanto, seguía diciendo Benedicto XVI, “la resurrección no es una teoría, sino una realidad histórica revelada por el Hombre Jesucristo mediante su «pascua», su «paso», que ha abierto una «nueva vía» entre la tierra y el Cielo (cf. Hb 10,20). No es un mito ni un sueño, no es una visión ni una utopía, no es una fábula, sino un acontecimiento único e irrepetible: Jesús de Nazaret, hijo de María, que en el crepúsculo del Viernes fue bajado de la cruz y sepultado, ha salido vencedor de la tumba. En efecto, al amanecer del primer día después del sábado, Pedro y Juan hallaron la tumba vacía. Magdalena y las otras mujeres encontraron a Jesús resucitado; lo reconocieron también los dos discípulos de Emaús en la fracción del pan; el Resucitado se apareció a los Apóstoles aquella tarde en el Cenáculo y luego a otros muchos discípulos en Galilea”.
Lo comentaba hoy a un grupo de amigos y un insigne historiador me respondió: “si la Resurrección no es histórica, no hay historia”. Y no se refería a la trascendencia del hecho, sino a que es uno de los eventos con mayor cantidad y fiabilidad de testimonios. Uno de ellos proviene de un escéptico. Y no me refiero a un filósofo de la decadencia griega, sino a uno de los apóstoles. Cuenta San Juan –uno de los primeros testigos oculares- que “Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le dijeron: — ¡Hemos visto al Señor! Pero él les respondió: —Si no le veo en las manos la marca de los clavos, y no meto mi dedo en esa marca de los clavos y meto mi mano en el costado, no creeré”.
El escepticismo de Tomás nos ayuda a los creyentes de hoy, pues deja por el suelo la hipótesis de una alucinación colectiva o la de que los discípulos vieron lo que querían ver. No. Tomás dudó. Y apeló al método experimental: Si no le veo en las manos la marca de los clavos, y no meto mi dedo en esa marca de los clavos y meto mi mano en el costado, no creeré.
Por eso tiene tanto valor este pasaje. “A los ocho días –sigue narrando san Juan-, estaban otra vez dentro sus discípulos y Tomás con ellos. Aunque estaban las puertas cerradas, vino Jesús, se presentó en medio y dijo: —La paz esté con vosotros. Después le dijo a Tomás: —Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente. Respondió Tomás y le dijo: —¡Señor mío y Dios mío! Jesús contestó: —Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto hayan creído”.
Comenta San Gregorio Magno: “La bondad de Dios actuó en este caso de un modo admirable, ya que aquel discípulo que había dudado, al palpar las heridas del cuerpo de su maestro, curó las heridas de nuestra incredulidad. Más provechosa fue para nuestra fe la incredulidad de Tomás que la fe de los otros discípulos, ya que, al ser él inducido a creer por el hecho de haber palpado, nuestra mente, libre de toda duda, es confirmada en la fe. De este modo, en efecto, aquel discípulo que dudó y que palpó se convirtió en testigo de la realidad de la resurrección”.
Este pasaje del Evangelio tiene el poder de hacernos pensar en cómo es nuestra fe. En su última carta, el Prelado del Opus Dei transcribe los apuntes de una meditación de San Josemaría: Hemos de pensar si nuestra fe no es también escasa; si, a veces, no tenemos miedo de sentir la voz del enemigo de nuestra alma, que nos retrae de manifestar públicamente nuestra fe, diciéndonos que somos fanáticos. (…) Tened esta fe sobrenatural, sabed que moveremos montañas, que resucitaremos a los muertos, que daremos voz a las lenguas que no saben hablar... ¡Y eficacia de obras al cuerpo tullido! Saber eso y creer eso, estar seguros del Señor en cada momento concreto, no es fanatismo: es creer en Cristo resucitado, sin cuya Resurrección inanis est et fides vestra (1 Cor 15, 14), es vana nuestra fe.
Podemos concluir haciendo nuestra una oración del Fundador del Opus Dei: Jesucristo resucitado: creemos en ti, te amamos, todo lo esperamos de ti, Cristo vencedor de la muerte. Concédenos la gracia de ser fieles y de dar fielmente testimonio de ti.
Según una muy antigua tradición de la Iglesia, el Viernes y el Sábado Santos son días alitúrgicos. Recuerdan el ayuno eucarístico, al que se sometió San Agustín, que ofreció al Señor, como penitencia dolorosa, el no comulgar un tiempo. El altar está totalmente desnudo: sin cruz ni candeleros sobre el altar. La Iglesia, con su sobriedad litúrgica, nos ayuda a sentir vivamente la ausencia del Esposo.
Nos hemos reunido para celebrar la Pasión del Señor más o menos a la misma hora en que sucedió: las tres de la tarde. La celebración consta de tres partes: Liturgia de la Palabra, adoración de la Cruz y Sagrada Comunión, que solo puede hacerse en este momento (a los enfermos se les puede llevar en cualquier momento). Hemos comenzado con una austera procesión de entrada, seguida de una postración durante la cual hemos orado al Señor. Venían a la mente, durante esos momentos, las consideraciones que se hacía Juan Pablo II sobre ese signo litúrgico durante su ordenación sacerdotal: el sacerdote “apoya la frente sobre el suelo del templo, manifestando así su completa disponibilidad para asumir el ministerio que le es confiado. Este rito ha marcado profundamente mi existencia sacerdotal. Años más tarde, en la Basílica de San Pedro -estábamos al principio del Concilio- recordando el momento de la Ordenación sacerdotal, escribí una poesía de la cual quiero citar aquí un fragmento: «Eres tú, Pedro. Quieres ser aquí el Suelo sobre el que caminan los otros... para llegar allá donde guías sus pasos... Quieres ser Aquél que sostiene los pasos, como la roca sostiene el caminar ruidoso de un rebaño: Roca es también el suelo de un templo gigantesco. Y el pasto es la Cruz». Al escribir estas palabras pensaba (...) en ese yacer por tierra en forma de Cruz antes de la Ordenación, acogiendo en la propia vida -como Pedro- la Cruz de Cristo y haciéndose con el Apóstol «suelo» para los hermanos, está el sentido más profundo de toda la espiritualidad sacerdotal”. Por asociación, recordamos el consejo que nos daba San Josemaría: “poner el corazón en el suelo, para que los demás pisen blando”. Después de la postración litúrgica hemos pedido ser conformes a Jesucristo: “de este modo, los que hemos llevado grabada, por exigencia de la naturaleza humana, la imagen de Adán, el hombre terreno, llevaremos grabada en adelante, por la acción santificadora de tu gracia, la imagen de Jesucristo, el hombre celestial”.
En la Liturgia de la Palabra escuchamos el cuarto oráculo del Siervo, que nos transmite Isaías. “Jesús realiza en su propia carne lo que anuncia la profecía” (Pelletier). El Salmo 30 es, según el Evangelio de san Lucas, la oración que Jesús pronunciaba en la Cruz antes de morir. La carta a los Hebreos nos presenta a Cristo, Sumo Sacerdote, solidario con los pecados de los hombres, por los que intercedió y ofreció su propia vida.
Para la proclamación de la Pasión del Señor no hemos empleado incienso ni ciriales, tampoco hemos dicho: “el Señor esté con vosotros” (no fue por olvido), ni hemos hecho la señal de la Cruz. La antífona, tomada del himno que Pablo recuerda a los Filipenses, nos da la clave de interpretación para el Evangelio de San Juan: Jesucristo “se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Y por eso Dios lo exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre”.
San Josemaría nos invita a considerar, en su homilía sobre el Viernes Santo, que “ahora, situados ante ese momento del Calvario, cuando Jesús ya ha muerto y no se ha manifestado todavía la gloria de su triunfo, es una buena ocasión para examinar nuestros deseos de vida cristiana, de santidad; para reaccionar con un acto de fe ante nuestras debilidades, y confiando en el poder de Dios, hacer el propósito de poner amor en las cosas de nuestra jornada. La experiencia del pecado debe conducirnos al dolor, a una decisión más madura y más honda de ser fieles, de identificarnos de veras con Cristo, de perseverar, cueste lo que cueste, en esa misión sacerdotal que El ha encomendado a todos sus discípulos sin excepción, que nos empuja a ser sal y luz del mundo.
Pensar en la muerte de Cristo –sigue diciendo el Fundador del Opus Dei- se traduce en una invitación a situarnos con absoluta sinceridad ante nuestro quehacer ordinario, a tomar en serio la fe que profesamos. La Semana Santa, por tanto, no puede ser un paréntesis sagrado en el contexto de un vivir movido sólo por intereses humanos: ha de ser una ocasión de ahondar en la hondura del Amor de Dios, para poder así, con la palabra y con las obras, mostrarlo a los hombres”.
Después de la homilía, la liturgia de la Palabra concluirá con la oración de los fieles, que hoy es más especial: pediremos por la Santa Iglesia, por el Papa, por la Jerarquía y los demás fieles, por los catecúmenos, por la unidad de los cristianos, por los judíos, por los que no creen en Cristo, por los que no creen en Dios, por los gobernantes, por los que padecen necesidad.
La segunda parte de la ceremonia será la solemne adoración de la Santa Cruz. Por tres veces se nos dirá: “Este es el árbol de la Cruz donde estuvo clavada la Salvación del mundo” y responderemos: “Vamos a adorarlo”. La liturgia propone un himno bellísimo para este momento: “Canta lengua, la victoria y del combate la gloria, canta el triunfo de la Cruz, que con éxito rotundo logró el Redentor del mundo, obtuvo en la Cruz Jesús. (…) Al Padre rindamos gloria, al Hijo triunfal victoria y al Paráclito el honor, porque el Señor Uno y Trino nos conserva el don divino de la fe, gracia y amor. Amén”.
Después se cubrirá el altar con un mantel, se pondrá el corporal y el libro, mientras se trae el Santísimo desde el lugar de la reserva. La última parte de esta celebración será la sagrada Comunión. Posteriormente, el altar se desnudará de nuevo y la Iglesia quedará en silencio, meditando junto al sepulcro del Señor su Pasión y su Muerte hasta la Vigilia Pascual. Será la mejor manera de acompañar a nuestra Madre, la Virgen María, que llora –como a Jesús- a sus hijos que mueren por el pecado.
Ojalá nos sucediera lo que le ocurrió a un modesto pintor francés que en la primera mitad del siglo XIX acudió a una subasta de un anticuario. Según cuenta J. Eugui, cuando pusieron a la venta un Crucifijo viejo y sucio, sintió dolor por las bromas que hacían en contra del Señor y por el bajo precio que ofrecían. Anunció unos cuantos francos más y se quedó con la talla. Cuando lo limpió, descubrió que el autor era un famoso artista florentino, Benvenuto Cellini. Por lo visto, la Cruz procedía del saqueo popular del palacio de Versalles durante la revolución francesa. Y, también hay que reseñar, que el rey pagó por ella una cantidad elevadísima de dinero al modesto pintor. Concluye el cronista: “¿No cabe hablar de cruces escondidas, aparentemente modestas, insignificantes, a lo largo de los días, que constituyen un verdadero tesoro? El asunto es no despreciarlas, porque el Señor, el gran Rey, luego las premia con largueza”.
Podemos concluir con los propósitos que nos sugiere San Josemaría: “Aceptemos sin miedo la voluntad de Dios, formulemos sin vacilaciones el propósito de edificar toda nuestra vida de acuerdo con lo que nos enseña y exige nuestra fe. Estemos seguros de que encontraremos lucha, sufrimiento y dolor, pero, si poseemos de verdad la fe, no nos consideraremos nunca desgraciados: también con penas e incluso con calumnias, seremos felices con una felicidad que nos impulsará a amar a los demás, para hacerles participar de nuestra alegría sobrenatural”. Corazón dulcísimo de María, en este Viernes Santo te pedimos que nos prepares y nos conserves seguro el camino de nuestra vocación cristiana.
Según una muy antigua tradición de la Iglesia, el Viernes y el Sábado Santos son días alitúrgicos. Recuerdan el ayuno eucarístico, al que se sometió San Agustín, que ofreció al Señor, como penitencia dolorosa, el no comulgar un tiempo. El altar está totalmente desnudo: sin cruz ni candeleros sobre el altar. La Iglesia, con su sobriedad litúrgica, nos ayuda a sentir vivamente la ausencia del Esposo.
Nos hemos reunido para celebrar la Pasión del Señor más o menos a la misma hora en que sucedió: las tres de la tarde. La celebración consta de tres partes: Liturgia de la Palabra, adoración de la Cruz y Sagrada Comunión, que solo puede hacerse en este momento (a los enfermos se les puede llevar en cualquier momento). Hemos comenzado con una austera procesión de entrada, seguida de una postración durante la cual hemos orado al Señor. Venían a la mente, durante esos momentos, las consideraciones que se hacía Juan Pablo II sobre ese signo litúrgico durante su ordenación sacerdotal: el sacerdote “apoya la frente sobre el suelo del templo, manifestando así su completa disponibilidad para asumir el ministerio que le es confiado. Este rito ha marcado profundamente mi existencia sacerdotal. Años más tarde, en la Basílica de San Pedro -estábamos al principio del Concilio- recordando el momento de la Ordenación sacerdotal, escribí una poesía de la cual quiero citar aquí un fragmento: «Eres tú, Pedro. Quieres ser aquí el Suelo sobre el que caminan los otros... para llegar allá donde guías sus pasos... Quieres ser Aquél que sostiene los pasos, como la roca sostiene el caminar ruidoso de un rebaño: Roca es también el suelo de un templo gigantesco. Y el pasto es la Cruz». Al escribir estas palabras pensaba (...) en ese yacer por tierra en forma de Cruz antes de la Ordenación, acogiendo en la propia vida -como Pedro- la Cruz de Cristo y haciéndose con el Apóstol «suelo» para los hermanos, está el sentido más profundo de toda la espiritualidad sacerdotal”. Por asociación, recordamos el consejo que nos daba San Josemaría: “poner el corazón en el suelo, para que los demás pisen blando”. Después de la postración litúrgica hemos pedido ser conformes a Jesucristo: “de este modo, los que hemos llevado grabada, por exigencia de la naturaleza humana, la imagen de Adán, el hombre terreno, llevaremos grabada en adelante, por la acción santificadora de tu gracia, la imagen de Jesucristo, el hombre celestial”.
En la Liturgia de la Palabra escuchamos el cuarto oráculo del Siervo, que nos transmite Isaías. “Jesús realiza en su propia carne lo que anuncia la profecía” (Pelletier). El Salmo 30 es, según el Evangelio de san Lucas, la oración que Jesús pronunciaba en la Cruz antes de morir. La carta a los Hebreos nos presenta a Cristo, Sumo Sacerdote, solidario con los pecados de los hombres, por los que intercedió y ofreció su propia vida.
Para la proclamación de la Pasión del Señor no hemos empleado incienso ni ciriales, tampoco hemos dicho: “el Señor esté con vosotros” (no fue por olvido), ni hemos hecho la señal de la Cruz. La antífona, tomada del himno que Pablo recuerda a los Filipenses, nos da la clave de interpretación para el Evangelio de San Juan: Jesucristo “se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Y por eso Dios lo exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre”.
San Josemaría nos invita a considerar, en su homilía sobre el Viernes Santo, que “ahora, situados ante ese momento del Calvario, cuando Jesús ya ha muerto y no se ha manifestado todavía la gloria de su triunfo, es una buena ocasión para examinar nuestros deseos de vida cristiana, de santidad; para reaccionar con un acto de fe ante nuestras debilidades, y confiando en el poder de Dios, hacer el propósito de poner amor en las cosas de nuestra jornada. La experiencia del pecado debe conducirnos al dolor, a una decisión más madura y más honda de ser fieles, de identificarnos de veras con Cristo, de perseverar, cueste lo que cueste, en esa misión sacerdotal que El ha encomendado a todos sus discípulos sin excepción, que nos empuja a ser sal y luz del mundo.
Pensar en la muerte de Cristo –sigue diciendo el Fundador del Opus Dei- se traduce en una invitación a situarnos con absoluta sinceridad ante nuestro quehacer ordinario, a tomar en serio la fe que profesamos. La Semana Santa, por tanto, no puede ser un paréntesis sagrado en el contexto de un vivir movido sólo por intereses humanos: ha de ser una ocasión de ahondar en la hondura del Amor de Dios, para poder así, con la palabra y con las obras, mostrarlo a los hombres”.
Después de la homilía, la liturgia de la Palabra concluirá con la oración de los fieles, que hoy es más especial: pediremos por la Santa Iglesia, por el Papa, por la Jerarquía y los demás fieles, por los catecúmenos, por la unidad de los cristianos, por los judíos, por los que no creen en Cristo, por los que no creen en Dios, por los gobernantes, por los que padecen necesidad.
La segunda parte de la ceremonia será la solemne adoración de la Santa Cruz. Por tres veces se nos dirá: “Este es el árbol de la Cruz donde estuvo clavada la Salvación del mundo” y responderemos: “Vamos a adorarlo”. La liturgia propone un himno bellísimo para este momento: “Canta lengua, la victoria y del combate la gloria, canta el triunfo de la Cruz, que con éxito rotundo logró el Redentor del mundo, obtuvo en la Cruz Jesús. (…) Al Padre rindamos gloria, al Hijo triunfal victoria y al Paráclito el honor, porque el Señor Uno y Trino nos conserva el don divino de la fe, gracia y amor. Amén”.
Después se cubrirá el altar con un mantel, se pondrá el corporal y el libro, mientras se trae el Santísimo desde el lugar de la reserva. La última parte de esta celebración será la sagrada Comunión. Posteriormente, el altar se desnudará de nuevo y la Iglesia quedará en silencio, meditando junto al sepulcro del Señor su Pasión y su Muerte hasta la Vigilia Pascual. Será la mejor manera de acompañar a nuestra Madre, la Virgen María, que llora –como a Jesús- a sus hijos que mueren por el pecado.
Ojalá nos sucediera lo que le ocurrió a un modesto pintor francés que en la primera mitad del siglo XIX acudió a una subasta de un anticuario. Según cuenta J. Eugui, cuando pusieron a la venta un Crucifijo viejo y sucio, sintió dolor por las bromas que hacían en contra del Señor y por el bajo precio que ofrecían. Anunció unos cuantos francos más y se quedó con la talla. Cuando lo limpió, descubrió que el autor era un famoso artista florentino, Benvenuto Cellini. Por lo visto, la Cruz procedía del saqueo popular del palacio de Versalles durante la revolución francesa. Y, también hay que reseñar, que el rey pagó por ella una cantidad elevadísima de dinero al modesto pintor. Concluye el cronista: “¿No cabe hablar de cruces escondidas, aparentemente modestas, insignificantes, a lo largo de los días, que constituyen un verdadero tesoro? El asunto es no despreciarlas, porque el Señor, el gran Rey, luego las premia con largueza”.
Podemos concluir con los propósitos que nos sugiere San Josemaría: “Aceptemos sin miedo la voluntad de Dios, formulemos sin vacilaciones el propósito de edificar toda nuestra vida de acuerdo con lo que nos enseña y exige nuestra fe. Estemos seguros de que encontraremos lucha, sufrimiento y dolor, pero, si poseemos de verdad la fe, no nos consideraremos nunca desgraciados: también con penas e incluso con calumnias, seremos felices con una felicidad que nos impulsará a amar a los demás, para hacerles participar de nuestra alegría sobrenatural”. Corazón dulcísimo de María, en este Viernes Santo te pedimos que nos prepares y nos conserves seguro el camino de nuestra vocación cristiana.
El Sagrado Triduo Pascual de la Pasión y Resurrección comienza con la Misa vespertina “in Coena Domini”. Iniciamos la celebración con el habitual saludo “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo…” y ya no diremos “Podéis ir en paz” hasta la Vigilia Pascual, que es el centro del triduo. La conclusión de este tiempo será con las Vísperas del Domingo de Resurrección.
El Triduo pascual resplandece en la cumbre de todo el año. Así como el domingo sobresale entre los días de la semana, la Solemnidad de la Pascua tiene preeminencia en el año litúrgico. Celebramos que Cristo haya consumado nuestra redención y también que haya glorificado a Dios modo perfecto mediante su muerte –con la que destruyó nuestra muerte- y su resurrección –con la que nos devolvió la vida-.
El Jueves Santo no se puede celebrar sin participación del pueblo, para acentuar el valor de la Eucaristía como sacramento de comunión con Dios y con nuestros hermanos. Nos reunimos en la tarde para recordar que, más o menos a esta hora, comenzó la cena pascual. Quizá por la misma razón, la Sagrada Comunión solo se puede distribuir durante la Misa (a los enfermos se les puede llevar a cualquier hora). Los signos ayudan a captar la grandeza del misterio que celebramos: el sagrario está completamente vacío; en la Misa consagraremos el suficiente número de formas para la comunión de hoy y la de mañana. No se trata de una simple previsión funcional: todo nos ayuda a ver y a sentir la preparación de la muerte del Señor y su ausencia cuando está en el sepulcro.
La antífona de entrada se inspira en las palabras de despedida de San Pablo a sus queridos fieles de Galacia: “Nosotros hemos de gloriarnos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo: en Él está nuestra salvación, vida y resurrección. Él nos salvó y nos liberó”. “Pablo les hace ver que sólo hay un motivo de gloria para él: la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, con la que se selló la Nueva Alianza, y se cumplió la Redención. Por eso ha llegado a ser la señal del cristiano. El alma fue creada –comenta Edith Stein– para la unión con Dios mediante la cruz, redimida en la cruz, «consumada y santificada en la Cruz, para quedar marcada con el sello de la Cruz por toda la eternidad»” (Biblia de Navarra).
Hemos comenzado con el acto penitencial, pidiendo perdón a Dios por nuestros pecados y proponiéndonos la conversión. Una vez más, en este sagrado Triduo pascual, nos empeñaremos en una nueva mudanza de nuestra vida. Después hemos entonado el Gloria, durante el cual han sonado las campanas: anuncian el júbilo por participar en esta celebración y, a la vez, otra señal de la grandeza de estos días: desde ahora, esas campanas enmudecerán hasta la Vigilia Pascual, cuando –después de la última lectura del Antiguo Testamento- volverán a sonar mientras entonaremos de nuevo el Gloria a Dios resucitado.
En la primera lectura (Ex 12,1-8.11-14) recordamos las rúbricas que el Señor indicó a Moisés y Aarón en Egipto, sobre el ritual de la pascua, preparación del sacrificio de Cristo que hoy celebramos: “el cordero será sin mancha”… su sangre librará al pueblo del exterminio… “este día será memorable y lo celebraréis con solemnidad”. El Salmo 115 menciona el rito de la tercera copa de vino que se toma en la pascua judía, y para el cristiano adquiere plenitud de significado con la respuesta de Pablo: “el cáliz de bendición es la comunión con la sangre de Cristo”. La segunda lectura continúa la respuesta del apóstol a las normas de la institución pascual del Antiguo Testamento: leímos el más antiguo relato que tenemos sobre la última cena: “Porque yo recibí del Señor lo que también os transmití: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, y dando gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo…»”. San Pablo insiste en que se trata de una tradición que se remonta a Cristo y que durará hasta el final de los tiempos: “Porque cada vez que coméis este pan y bebéis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga”.
Por último, el Evangelio de San Juan nos presenta los tres grandes misterios que hoy se conmemoran: la institución de la Sagrada Eucaristía y del orden sacerdotal; y también el mandamiento del Señor sobre la caridad fraterna. De hecho, terminada la homilía, donde lo aconseje una razón pastoral, se procede al lavatorio de los pies, mientras el coro canta la escena que Juan narra en el capítulo 13. Y después, durante la presentación de los dones, se puede cantar el famoso canto: “Donde hay caridad y amor, allí está Dios; el amor de Cristo ha hecho de nosotros una sola cosa; alegrémonos y gocémonos con Él. Temamos y amemos al Dios vivo: amémosle todos con sincero corazón”. Como señala San Josemaría en su homilía del Jueves Santo, “Si el Señor nos ha ayudado —y El está siempre dispuesto, basta con que le franqueemos el corazón—, nos veremos urgidos a corresponder en lo que es más importante: amar. Y sabremos difundir esa caridad entre los demás hombres, con una vida de servicio. Os he dado ejemplo, insiste Jesús, hablando a sus discípulos después de lavarles los pies, en la noche de la Cena. Alejemos del corazón el orgullo, la ambición, los deseos de predominio; y, junto a nosotros y en nosotros, reinarán la paz y la alegría, enraizadas en el sacrificio personal”.
El Santo Padre explicaba la dimensión sacerdotal del sacrificio de Cristo con estas palabras: “Jesús celebró la Pascua sin cordero y sin templo; y sin embargo no lo hizo sin cordero y sin templo. Él mismo era el Cordero esperado, el verdadero, como lo había anunciado Juan Bautista al inicio del ministerio público de Jesús: "He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Jn 1,29). Y él mismo es el verdadero templo, el templo vivo, en el que habita Dios, y en el que nosotros podemos encontrarnos con Dios y adorarlo. Su sangre, el amor de Aquel que es al mismo tiempo Hijo de Dios y verdadero hombre, uno de nosotros, esa sangre sí puede salvar. Su amor, el amor con el que él se entrega libremente por nosotros, es lo que nos salva. El gesto nostálgico, en cierto sentido sin eficacia, de la inmolación del cordero inocente e inmaculado encontró respuesta en Aquel que se convirtió para nosotros al mismo tiempo en Cordero y Templo”.
Podemos concluir con otro fragmento, tomado de su homilía del Jueves Santo del año 2007: “Pidamos al Señor que nos ayude a comprender cada vez más profundamente este misterio maravilloso, a amarlo cada vez más y, en él, a amarlo cada vez más a él mismo. Pidámosle que nos atraiga cada vez más hacia sí mismo con la sagrada Comunión. Pidámosle que nos ayude a no tener nuestra vida sólo para nosotros mismos, sino a entregársela a él y así actuar junto con él, a fin de que los hombres encuentren la vida, la vida verdadera, que sólo puede venir de quien es el camino, la verdad y la vida. Amén”.