sábado, julio 12, 2008

La parábola del sembrador

El Evangelio de Mateo presenta la predicación de Jesús en cinco grandes discursos. El tercero de ellos es llamado Discurso de las Parábolas, pues presenta siete en total, acerca del Reino de los Cielos.

Aquel día salió Jesús de casa y se sentó a la orilla del mar. Se reunió en torno a él una multitud tan grande, que tuvo que subir a sentarse en una barca, mientras toda la multitud permanecía en la playa. Y se puso a hablarles muchas cosas con parábolas. 

La jornada debía de ser agradable. La barca –probablemente la de Pedro, como en otra ocasión- sirve como púlpito y la playa como auditorio. La primera parábola es la del sembrador, que para los labriegos de aquel paraje debería de sonar muy familiar: —Salió el sembrador a sembrar… 

Más adelante explicará el sentido alegórico: la semilla es el mensaje del reino, la buena noticia del Evangelio, la doctrina, la palabra. La tierra son los oyentes.

Hay cuatro escenarios: el primero, cayó junto al camino y vinieron los pájaros y se la comieron. Se trata de todo el que oye la palabra del Reino y no entiende, viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón. Se refiere, en primer lugar, a los sacerdotes de su tiempo, sordos para atender el mensaje de Jesús; pero también podemos aplicarla a nosotros, que igualmente debemos entender la palabra del Reino, escucharla con oídos atentos, estudiarla, profundizar en su sentido. Para eso, hay que llevar los textos a la oración, estudiar su significado acudiendo al Magisterio, al Catecismo, al testimonio de los santos, de buenos teólogos (éstos se caracterizan por su fidelidad a los anteriores)…

El segundo grupo cayó en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra y brotó pronto por no ser hondo el suelo; pero al salir el sol, se agostó y se secó porque no tenía raíz. Lo que le sucede a éste es que oye la palabra, y al momento la recibe con alegría; pero no tiene en sí raíz, sino que es inconstante y, al venir una tribulación o persecución por causa de la palabra, enseguida tropieza y cae.

Los débiles e inconstantes que el Señor señala son las muchedumbres que lo seguían cuando hacía milagros, pero después lo abandonaron el Viernes Santo. Critica el Señor la reacción sentimental del entusiasmo pasajero, que no tiene raíces. La necesidad de estos fundamentos se nota en el momento de la prueba, de la burla, cuando ser cristiano supone un escándalo para el ambiente en el que nos movemos. Probablemente no moriremos mártires, pero sí tenemos que estar dispuestos a dar la cara, a evitar el tropiezo y la caída.

El tercer grupo cayó entre espinos; crecieron los espinos y la ahogaron. Éste es el que oye la palabra, pero las preocupaciones de este mundo y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y queda estéril. Estas son las personas que no viven de acuerdo con las enseñanzas del Señor. San Pablo se quejaba de que “no todos obedecieron al Evangelio” (Rom 10, 16).

Y escribía San Josemaría que “parte de la simiente cae en tierra estéril, o entre espinas y abrojos: que hay corazones que se cierran a la luz de la fe. Los ideales de paz, de reconciliación, de fraternidad, son aceptados y proclamados, pero —no pocas veces— son desmentidos con los hechos. Algunos hombres se empeñan inútilmente en aherrojar la voz de Dios, impidiendo su difusión con la fuerza bruta o con un arma menos ruidosa, pero quizá más cruel, porque insensibiliza al espíritu: la indiferencia. Pidamos al Señor que nosotros no nos cerremos a la luz de la fe, que las preocupaciones de este mundo y la seducción de las riquezas no entorpezcan la labor divina en nuestras almas.

San Atanasio comenta que también el divino sembrador quiere contar con nosotros para la faena: “El que un día habría de ser grano de trigo por su virtud nutritiva, de momento es un sembrador. (...) Nosotros, los agricultores de la Iglesia, vamos metiendo el azadón de las palabras por los sembrados, para cultivar el campo de modo que dé fruto”. Vienen a la mente otras palabras del Evangelio de Mateo (9, 38): “Rogad al señor de la mies que envíe obreros a su mies”. Es lo que el Papa hace en las Jornadas Mundiales de la Juventud. 

En esa misma línea, predica San Josemaría: “La escena es actual. El sembrador divino arroja también ahora su semilla. La obra de la salvación sigue cumpliéndose, y el Señor quiere servirse de nosotros: desea que los cristianos abramos a su amor todos los senderos de la tierra; nos invita a que propaguemos el divino mensaje, con la doctrina y con el ejemplo, hasta los últimos rincones del mundo. Nos pide que, siendo ciudadanos de la sociedad eclesial y de la civil, al desempeñar con fidelidad nuestros deberes, cada uno sea otro Cristo, santificando el trabajo profesional y las obligaciones del propio estado”.

Llegamos así al último escenario de la parábola: la cuarta parte cayó en buena tierra y comenzó a dar fruto, una parte el ciento, otra el sesenta y otra el treinta. Se trata del que oye la palabra y la entiende, y fructifica y produce el ciento, o el sesenta, o el treinta. El trasfondo de esta parábola es un pasaje de Isaías (55, 1-11): “Como la lluvia y la nieve descienden de los cielos y no vuelven allá, sino que riegan la tierra, la fecundan, la hacen germinar, y dan simiente al sembrador y pan a quien ha de comer, así será la palabra que sale de mi boca: no volverá a mí de vacío, sino que hará lo que Yo quiero y realizará la misión que le haya confiado. Por eso, algunos exegetas llaman a este relato “la parábola de la esperanza”.

El Señor garantiza una cosecha abundante. En aquella época, una siembra buena era la que fructificaba el cincuenta. Y Jesús promete hasta el ciento. Comenta, por último, San Josemaría: “Si miramos a nuestro alrededor, a este mundo que amamos porque es hechura divina, advertiremos que se verifica la parábola: la palabra de Jesucristo es fecunda, suscita en muchas almas afanes de entrega y de fidelidad. La vida y el comportamiento de los que sirven a Dios han cambiado la historia, e incluso muchos de los que no conocen al Señor se mueven —sin saberlo quizá— por ideales nacidos del cristianismo” (Es Cristo que pasa, 150).

Con la intercesión de la Virgen Santísima, podemos estar seguros de la palabra divina: a pesar de nuestra nesciencia, del poder –limitado- del Maligno, de la inconstancia, del egoísmo, el Espíritu Santo –como lluvia del cielo- nos garantiza que, si queremos y ponemos los medios, ¡la Palabra del reino fructificará en nosotros y a nuestro alrededor!

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